La Iglesia en acción
Por: Pbro. Fernando Sacramento Ávila
Buscar nuevos métodos y expresiones que traduzcan el nuevo ardor evangelizador que ha motivado con energía, con su palabra y ejemplo, Juan Pablo II, es tarea de todo bautizado consciente y comprometido en realizar la misión de la Iglesia. Para el Papa, la nueva evangelización es una realización del pensamiento del Concilio Vaticano II. Allí se han sentado las bases de una renovación que aún no se hace efectiva realidad en la vida y acción de las iglesias particulares. Toda la reflexión jubilar y, en general, todo el magisterio de Su Santidad, ha removido los documentos del Concilio, re-presentándolos a la Iglesia sistemáticamente, con nuevas aplicaciones pastorales a los desafíos de este mundo cambiante.
Una de las primeras convicciones del Concilio es proclamar a la Iglesia como “sacramento de Cristo” 1. Es decir que, siendo su Cuerpo Místico, la presencia de Cristo en el mundo de hoy, no “es” directamente, y en sentido absoluto, Cristo mismo, sino que es “su signo y su instrumento”. Queda claro así, que es una Iglesia en construcción permanente, en lo concreto del lugar y del momento histórico, “comunión entre Dios y los hombres y de los hombres entre sí”.
Por otra parte, el Concilio afirma que la diócesis es la porción del Pueblo de Dios en la que se realiza concretamente la Iglesia una, santa, católica y apostólica 2. De este modo, por un lado, nos confirma que en la comunidad diocesana encontramos a Jesucristo Vivo y Actuante, que nos integra a todos en su cuerpo, como un solo Pueblo de Dios, y por el otro, establece para todos los bautizados el reto de hacer de esta comunidad un auténtico signo e instrumento de comunión.
La acción pastoral diocesana, partiendo de esta reflexión sobre el “ser” de la Iglesia, debe concebirse como una pastoral de conjunto, orgánica, articulada, planificada, que presente a la iglesia diocesana actuando como un solo organismo y caminando hacia una misma meta.
El protagonista de la vida de la Iglesia es el Espíritu Santo, que le ha sido comunicado en Pentecostés. Es Él quien la dinamiza y santifica, promoviendo la diversidad al repartir sus dones y carismas y convocando a todos a la unidad en la complementación y articulación de las originalidades.
Pero esta acción del Espíritu implica la respuesta libre y responsable de la persona y de la comunidad, que desde su condición humana, permiten la posibilidad de la tentación y el pecado.
Esta es la tensión permanente que encontramos en la realidad de nuestras iglesias particulares. La dispersión y la división, la oposición entre sus miembros, enfrentamientos dolorosos por una parte, y por otra los permanentes intentos de reconciliación, de articulación y complementación, de perdón y de unidad.
La unidad y la paz, dones del Espíritu, exigen de los miembros de la comunidad la disponibilidad de su libre voluntad para hacerse realidad cada día, como en cualquier familia, en la tolerancia y el respeto, la aceptación y la reconciliación. Por esto, la conversión permanente es un elemento constitutivo del dinamismo de la comunidad eclesial. Lo conseguido hasta hoy siempre será sólo un paso más, para dar un nuevo paso mañana. La realización plena de la comunión con Dios y con los hermanos está al final, como promesa que se va realizando en la historia y que llegará a su plenitud en la consumación de los tiempos.
El Papa, en la Carta Apostólica Novo Millenio Ineunte, nos urge a vivir una “espiritualidad de comunión”, que traduzca la verdad sobre la Iglesia en impulso de vida, en acción de cada cristiano y de la pastoral de la Iglesia en cada lugar. Una pastoral de comunión y para la comunión, que propicie la realización de la comunión como signo y al mismo tiempo instrumento, signo atrayente, convocante, para el mundo.