La Reconciliación con Dios, con uno y "con el universo"

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Como sabemos, los sacramentos constituyen uno de los rasgos distintivos de nuestra religión. Son los siete instrumentos y signos visibles, los siete "Misterios" (como los llaman las Iglesias Católicas de Oriente), a través de los cuales el Espíritu Santo distribuye la gracia, la fuerza y el poder de Cristo a su cuerpo místico, que es la Iglesia: que somos todos y cada uno de nosotros.

Entre ellos, la Reconciliación, también llamada Sacramento del Perdón y de la Paz, de la Penitencia, o de la Confesión, es el camino a través del cual la Iglesia Católica nos invita a restablecer la amistad con Dios, toda vez que se halle interrumpida o malograda por nuestros propios pecados.
Siempre que es posible, conviene remitirse a las fuentes bibliográficas esenciales de nuestra fe, en las cuales uno puede encontrar "comprimidas" las enseñanzas de nuestra religión. Tres párrafos del Catecismo de la Iglesia Católica, y un pasaje del Evangelio de San Juan, leídos detenidamente, e intercalados con algunos comentarios, nos permitirán comprender en gran medida la trascendencia de este sacramento.

1. La confesión ayuda al equilibrio psicológico...

“La confesión de los pecados, incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro." (Catecismo de la Iglesia Católica, Párrafo 1455).

En una investigación realizada en distintos países europeos y americanos, se pudo constatar que la gran mayoría (cerca del 60%), esto es 6 de cada 10, de los pacientes que eran tratados por 150 profesionales de la salud mental, es decir, psicólogos clínicos y psiquiatras, eran personas no creyentes.

Más aún: del 40% restante, o sea, de los que decían profesar alguna religión, apenas el 10% (esto es, el 4% del total de los pacientes estudiados) eran católicos, cifra que dista mucho de los parámetros poblacionales de las localidades donde se hicieron los estudios, en donde o bien la mayoría o las primeras, o segundas minorías son católicas, con porcentajes que en todos los casos superan el 15% de la población total.
Expresado de un modo mucho más simple: el estudio reveló que los católicos que recurren a tratamientos psicológicos o psiquiátricos, son proporcionalmente muchos menos que los no creyentes o los miembros de otras religiones que lo hacen. Al indagarse sobre las causas por las cuales se producía este fenómeno, muchos de los mismos doctores se refirieron a la posibilidad de que los sacerdotes católicos, a través del sacramento de la confesión, fuesen "una competencia" para el ejercicio de sus profesiones.

En efecto, la explicación parece bastante lógica: cuando una persona analiza sus errores o defectos, los cuenta y trata de enmendarlos, libera grandes tensiones, reduce el riesgo de desequilibrarse mentalmente y encuentra la armonía. Todo esto a través de un proceso psicológico que técnicamente se conoce con el nombre de "catarsis", que es la liberación de las angustias a través de su exteriorización; una de las claves de la psicoterapia.

Si además de esto, el penitente consigue, a través del firme propósito de enmienda (acompañado de mucha oración, por supuesto), superar los pecados o errores de los que se acusa y no vuelve a incurrir en ellos, su autovaloración personal o autoestima, se verá muy favorecida, reforzando la estructura general de su personalidad

 

2. ¿Existe un solo camino para el perdón de los pecados: la confesión

“La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión. Y esto se establece así por razones profundas. Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los pecadores: 'Hijo, tus pecados están perdonados' (Mc 2,5); es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de él para curarlos; los restaura y los devuelve a la comunión fraterna. Por tanto, la confesión personal es la forma más significativa de la reconciliación con Dios y con la Iglesia." (Catecismo, Párrafo 1484.)

En cierta ocasión me enteré de un sacerdote sudamericano que acostumbraba dar a sus fieles absoluciones masivas, para invitarles a "compartir la Mesa del Señor". No es necesario abundar en críticas ni juzgar a las personas por actitudes que sólo pueden estar originadas en una mala interpretación de lo que la Iglesia manda o en una mala intención manifiesta.

Sin duda, los aspectos más relevantes del sacramento de la penitencia son el análisis riguroso, íntimo y profundo de las propias conductas y pensamientos, y el mismo "acto" de la confesión. Se trata pues de hacer un alto en el camino, para ver en qué se ha estado obrando mal, arrepentirse de verdad y tratar de corregir el rumbo. Pero además de ello, es de vital importancia "humillarse" ante Dios (representado completamente por el sacerdote, en éste como en todos los demás sacramentos), y tener el valor de decirle "te he fallado en esto, o en aquello, Padre. Lo siento de verdad y me comprometo contigo a no volver a hacerlo".

 

3. Yo me confieso directamente con Dios y no necesito intermediarios"

La tristemente difundida idea de que "los actos de contrición" son suficientes para poder comulgar, ha conducido y conduce a gravísimo error y a sacrilegio a muchas personas, que creyendo cumplir con Dios al repetir el ritual de la Misa y la comunión frecuente, pidiéndole perdón al Señor por haberle ofendido, "directamente y en el secreto de su corazón", se sienten en paz... Pero no saben que al actuar así están labrando su propia condena.

El acto de contrición y el propósito de enmienda pueden ser suficientes cuando no se ha cometido un pecado mortal, pero como veremos en la nota en la cual se analizan los diez mandamientos, hay muchas conductas muy comunes entre nosotros, que por atentar contra Dios, contra las personas o contra nuestra propia dignidad, sí constituyen graves pecados y nos inhiben de recibir a Dios en la Santa Eucaristía.El Catecismo de nuestra Iglesia es contundente y claro al respecto, cuando nos recomienda: “Según el mandamiento de la Iglesia 'todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar, al menos una vez al año, los pecados graves de que tiene conciencia'. 'Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no celebre la misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental a no ser que concurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes'...". (Catecismo, Párrafo 1457; extraído del Código de Derecho Canónico. Las negrillas son nuestras).

 

4. Cómo hacer una confesión "bien hecha"

Después de muchos años de llevar una vida tan "agradable" como pecaminosa y disipada, y por varios asuntos que hoy no vienen a cuento, decidí tomarme un poco más en serio la religión.

A pesar de las burlas de los amigos, comencé a asistir a Misa, a leer cosas que favorecían mi crecimiento espiritual y a visitar sitios católicos en Internet, dejando de lado los pornográficos... Por un regalo inexplicable de Dios estaba empezando a convertirme en un "chupa sirios", que es como yo mismo llamaba a los pocos "ultra catolicones" que conocía en aquel tiempo, siempre de lejos.
Naturalmente, las lecturas y las Misas me llevaron a rezar más y a vivir REALMENTE feliz; con una felicidad y una dicha tal que incluso hoy, varios años más tarde, me parece imposible de expresar.

Pero sin duda, el paso más importante que di en todo este proceso, fue el reconciliarme con Dios y con la Iglesia, a través de una "confesión de vida", después de casi 10 años de haber dado vueltas por los más extraviados caminos y sin sentir la menor de las culpas...
Es muy grave decirlo, pero el asunto fue verdaderamente así: vivía "tranquilo", a pesar de todas mis iniquidades, que para ese entonces me parecían fenomenales y hasta hacía gala de ellas entre los amigotes. Me sentía bueno, porque, dentro de todo, pensaba que no le hacía mal a nadie.

Recién cuando tomé conciencia clara de mis horribles pecados, fue cuando me di cuenta de que necesitaba con urgencia hacer algo para buscar el perdón de Dios.

Afortunadamente, en este nuevo camino conocí a un sacerdote franciscano conventual, que después recién vine a saber, por su misma pertenencia a esa Orden, tenía un carisma especial para confesar.
No cabe duda de que su amistad fue para mí una bendición, pero como quiera que no todos pueden contar con esa suerte, ahora siento que me toca a mí recomendarte algunas lecturas que en su momento él me sugería. Más aún: me he tomado la libertad (quizás atrevimiento) de preparar este artículo a partir de algunos "recortes", fundamentalmente de la obra maestra del Padre Jorge Loring (S.J.), "Para Salvarte", con algunas omisiones y aditamentos, de aquí, y de más allá.

Y es que la mayoría de las personas, después de recibir las catequesis de rigor para hacer la Primera Comunión, la Confirmación, etc., por lo general aprendidas de memoria, aburridas, dictadas contra el tiempo, y encontrándonos desprovistos de la madurez necesaria para comprenderlas, no volvemos a leer nada sobre este sacramento tan importante que Dios nos regala a los católicos, para que podamos acercarnos de nuevo a Él con la pureza del primer día

 

5. Los cinco requisitos para hacer una buena confesión

El examen de conciencia
Este examen consiste en recordar los pecados cometidos desde la última confesión bien hecha. Debe hacerse con diligencia, seriedad y sinceridad; pero sin angustiarse. La confesión no es un suplicio ni una tortura, sino un acto de confianza y amor a Dios. No se trata de atormentar el alma, sino de dar a Dios cuenta filial de los errores cometidos. Debe recordarse que Dios es, antes que nada, un Padre.
Naturalmente, el examen se hace antes de la confesión, para decir después al confesor todos los pecados que se han recordado; y cuántas veces se cometió cada uno, en el caso de los pecados graves.
El examen de conciencia se hace procurando recordar todos los pecados cometidos de pensamiento, de palabra, de obra, y por omisión (es decir, por no haber hecho algo que debía hacerse) contra los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia, o contra las obligaciones particulares de cada persona. Todo desde la última confesión bien hecha.
Si sabes el número exacto de cada clase de pecados graves que cometiste, debes decirlo con exactitud.Pero si te es muy difícil, basta que lo digas con la mayor aproximación que puedas: por ejemplo, cuántas veces, más o menos, a la semana, al mes, etc. cometiste esos pecados, sobre todo en el caso de los pecados mortales.
Si después de confesarte recuerdas con mayor certeza el número de los pecados que habías cometido, lo dices en la próxima confesión. Pero no es necesario que después de confesarte sigas pensando en el número de pecados cometidos, pues entonces nunca quedarías tranquilo. Si hiciste el examen de conciencia en forma diligente, no debes preocuparte ya más: todo estará perdonado al confesarte.
El repaso de los 10 Mandamientos, suele ser una buena guía para comenzar un buen análisis de conciencia, pero es necesario además ser profundamente autocrítico en este análisis, y pensar en todos los actos malos que se hayan cometido, ofendiendo a Dios, a las personas que nos rodean, o atentando contra nuestra propia dignidad.

El arrepentimiento y dolor de los pecados

Después de hacer un profundo y sincero análisis de conciencia, sin duda sobrevendrá un auténtico dolor por haber pecado. Sentir dolor de los pecados es arrepentirse de haber pecado y de haber ofendido a Dios. El dolor es lo más importante de la confesión. Es indispensable: sin dolor no hay perdón de los pecados
Arrepentirse de haber hecho una cosa significa desear, de todo corazón, no haberla hecho; comprender que está mal, y sentir dolor por haber cometido ese acto, o dolerse por no haber hecho algo que se considera que debía hacerse. El arrepentimiento, en la confesión, es un aborrecimiento del pecado cometido; es detestar el pecado que se cometió.
No basta con arrepentirse de haber pecado, por un motivo meramente humano. Por ejemplo, en cuanto que el pecado es una falta de educación (irreverencia hacia los padres), o en tanto que es una conducta socialmente reprobada (adulterio), o que puede traer consecuencias perjudiciales para la salud (la prostitución), etc. Quien está arrepentido aborrece el haber ofendido a Dios, y se propone firmemente no volver a hacerlo. El arrepentimiento es "dolor del alma".
El arrepentimiento es una cuestión de voluntad. Quien diga sinceramente que quisiera no haber cometido tal o cual otro pecado SIENTE verdadero dolor. Por eso es desaconsejable esperar a que los enfermos estén muy graves para llamar a un sacerdote. Si el enfermo pierde sus facultades, no podrá arrepentirse, y sin arrepentimiento no hay perdón de los pecados. Para que la Confesión no sea un mero acto mecánico, sino que devuelva la verdadera paz al corazón, antes de recibir la absolución debe sentirse el dolor de todos los pecados graves que se hayan cometido.

Propósito de enmienda

El propósito de enmienda es una firme resolución de no volver a pecar más. Brota espontáneamente del dolor. Si tienes arrepentimiento de verdad, harás el propósito de no volver a pecar. Para poder confesarse no hace falta que estés absolutamente seguro de que no volverás a caer. Esta seguridad no la tiene nadie. Es necesario sí que estés verdaderamente convencido de que no quieres volver a caer. Lo mismo que al salir de casa no sabes si tropezarás, pero sí sabes que no quieres tropezar. Lo que importa es la autenticidad del propósito a la hora de la confesión.tropezar. Lo que importa es la autenticidad del propósito a la hora de la confesión.
Dice Juan Pablo II: "Es posible que, aun en la lealtad del propósito de no volver a pecar, la experiencia del pasado y la conciencia de la debilidad actual susciten el temor de nuevas caídas; pero eso no va en contra de la autenticidad del propósito, cuando a ese temor va unida la voluntad, apoyada por la oración, de hacer lo que es posible para evitar la culpa".

Confesión y Penitencia

Te recomendamos muy especialmente: Al confesarte, no omitas ninguno de tus pecados. Habla sinceramente con el sacerdote, como si lo hicieras con Dios mismo, y libérate del peso de cada una de tus culpas. Finalmente, no dejes de cumplir con fidelidad la penitencia que el sacerdote te dé. Ora mucho pidiendo al Señor y a la Santísima Virgen que te den la fuerza para rechazar todas las tentaciones en el futuro.
El Catecismo de nuestra Iglesia, en el Párrafo 1496, nos explica que "Los efectos espirituales del sacramento de la Penitencia son:
la reconciliación con Dios por la que el penitente recupera la gracia;
la reconciliación con la Iglesia;
la remisión de la pena eterna contraída por los pecados mortales;
la remisión, al menos en parte, de las penas temporales, consecuencia del pecado;
la paz y la serenidad de la conciencia, y el consuelo espiritual;
- el acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate cristiano."

 

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