Los diez Mandamientos de la Ley de Dios
.
Los mandamientos no son prohibiciones caprichosas para poner trabas a la libertad del hombre. Es la ley justa y sabia con que Dios quiere guiarnos, para nuestro propio bien. Todos los mandamientos son para todos: nadie puede dejar de cumplirlos, y es necesario cumplirlos todos para salvarse. No basta decir: yo no robo ni mato. Para salvarse hay que guardarlos todos. Para condenarse basta faltar a uno sólo de ellos.
1º Amarás a Dios
sobre todas las cosas: Es decir, tenerle un aprecio supremo. Estar
convencido de que Dios vale más que nadie, y por eso, preferir su
amor antes que cualquier otra cosa. Una prueba de amor a Dios sobre todas
las cosas es guardar sus mandamientos por encima de todo, estar dispuesto
a perderlo todo antes que ofenderle. Poner a Dios en el centro mismo de
nuestras vidas y amar, por Él y a través de Él, a todos
los seres que nos rodean.
No podemos ir detrás de los bienes económicos u otras satisfacciones,
como quien va en busca de un tesoro. Para cumplir con este mandamiento,
nuestro tesoro será Dios y en Él se deberán de centrar
todos nuestros valores.
2º No tomarás el nombre de Dios en vano: No poner a
Dios como testigo (jurar) de cuestiones falsas. No decir blasfemias o cosas
en contra de la Religión que Jesús, Dios, ha fundado, de la
Virgen, de los Santos o de los objetos Sagrados. No incumplir las promesas
hechas al Señor en momentos en que se deseaba reforzar ciertas súplicas.
3º Santificarás las Fiestas: Participar activa y profundamente de la Santa Misa completa todos los domingos y fiestas de guardar o días de precepto, a excepción de algún impedimento grave, como una enfermedad, un accidente, etc.; y no trabajar, los domingos, salvo que sea estrictamente necesario. Son días de precepto: Todos los domingos del año. Santa María Madre de Dios (1º de enero). Epifanía o Reyes (6 de enero). San José (19 de marzo). Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo (40 días después del Domingo de Resurrección). Santos Apóstoles Pedro y Pablo (29 de junio). Asunción de la Santísima Virgen María (15 de agosto). Día de Todos los Santos (1º de noviembre). Inmaculada Concepción de la Virgen María (8 de diciembre). Navidad (25 de diciembre), las Fiestas Patronales y algunas fechas determinadas por cada obispo para su diócesis.
4º Honrarás a tu padre y a tu madre: Honrar a los padres
es obedecer, si se vive bajo su potestad, sus mandatos; mientras no manden
lo que es pecado. La desobediencia a los padres es más grave cuando
se trata de cosas relacionadas con el bien de nuestra alma: deberes religiosos,
consejos sobre nuestras amistades, selección de sanas diversiones,
etc.
Con la emancipación cesa el deber de obediencia a los padres, pero
no así el de guardarles un respeto profundo y de cuidarlos, ayudarlos,
darles cariño y procurar en todo su bienestar.
Este mandamiento abarca, además, la organización de la sociedad,
las relaciones entre superiores y subordinados, patrones y obreros, etc.
Este mandamiento obliga también a los padres a corresponder al amor
de sus hijos y a procurarles todo el bien.
5º No matarás: Este mandamiento nos obliga
a no hacer daño a la propia vida o a la de otros con obras, pero
también con palabras o con deseos. Implica, por tanto, no odiar.
Es decir, nos manda a querer bien a todos y perdonar a nuestros enemigos.
No hablar mal de nadie, y por supuesto aborrecer la eutanasia, el aborto,
la manipulación de embriones humanos, los vicios autodestructivos
y toda forma de práctica asociada con la muerte o contraria a la
Vida.
6º No fornicarás: Este mandamiento nos llama a la pureza,
en su sentido más amplio. Se nos pide que seamos puros y castos en
pensamientos, palabras y obras; y que tratemos con respeto todo lo relacionado
con la sexualidad. El sexo no es malo en sí, pues Dios lo ha hecho,
pero hay que usarlo según su ley. Son pecados graves contra el sexto
mandamiento todas las acciones -hechas a solas o con otra persona- que tiendan
a buscar el placer sexual fuera de su uso lícito en el matrimonio.
También es pecado exponerse voluntariamente, a sí mismo o
a otros, al peligro de cometer dichas acciones. La pureza es una virtud
eminentemente positiva y constructiva que templa el carácter y lo
fortalece. Se ha de vivir puramente, según mande la vocación
de cada uno regida por Dios: en virginidad o en matrimonio. No hay más
opciones.
7º No robarás: Se prohíbe quitar, retener, estropear o destrozar lo ajeno contra
la voluntad de su dueño. Contraer deudas sabiendo que no se podrán
pagar en el plazo adecuado esun pecado muy frecuente de nuestros tiempos,
en que tanta gente vive gastando por encima de sus posibilidades reales.
Este mandamiento prohíbe también el fraude en todas sus formas:
robar con apariencias legales, con astucia, falsificaciones, adulteraciones,
mentiras, hipocresías, monedas falsas, falsificación de marcas
y procedencias, etcétera.
La corrupción, la recepción de dineros indebidos, coimas o
"mordidas", la evasión de obligaciones e impuestos, el
giro de cheques sin fondos, la emisión de letras impagables, la compra
de objetos robados y un sinnúmero de prácticas tan difundidas
a través de las cuales se obtienen "ventajas" impropias.
8º No dirás falso testimonio ni mentirás: No expresar cosas falsas, ni contar los defectos del prójimo sin
necesidad, ni calumniarlo, ni pensar mal de él sin fundamento, ni
descubrir o dar a conocer secretos que nos fueron confiados, sin una razón
suficiente que lo justifique. Cuando tal revelación pudiese causar
daño a las personas, la obligación de preservarlo subsiste
aunque no se trate de un secreto confiado sino "descubierto",
y aunque no se haya prometido a nadie el guardarlo. Será pues un
acto de caridad cristiana el callar y aún disimular los defectos
y problemas ajenos. El no hacerlo así implica pecar contra Dios y
contra el prójimo, y ese es un pecado que se debe confesar.
Mentir es negar la verdad a quien tiene derecho de saberla. En ciertas ocasiones
sí se puede "ocultar la verdad" a quien no tiene tal derecho;
por ejemplo, en el ejercicio de profesiones como el sacerdocio, la medicina
o la abogacía.
9º No consentirás pensamientos ni deseos impuros: Este mandato complementa al 6º mandamiento, y se refiere a los pecados
internos contra la castidad: pensamientos y deseos. La moral cristiana exige
una máxima coherencia entre los pensamientos y las obras; entre la
voluntad (interna) y la acción (externa). Por eso la moral católica
manda rechazar los deseos impuros. Enseñaba pues Jesús que
"El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero
con ella en su corazón" (Mt. 5:27 y ss.) Pero para que haya
pecado contra este mandamiento, como contra cualquier otro, es necesario
desear o recrearse voluntariamente en lo que está prohibido hacer.
Quien tiene malos pensamientos, imaginaciones o deseos contra su voluntad,
no peca. Sentir no es consentir. El pecado está en el consentir,
no en el sentir; en deleitarse con pensamientos, recuerdos, imágenes
o sensaciones impuras. Siente el cuerpo y consiente el alma. Quien peca
siempre es el alma, no el cuerpo.
10º No codiciarás los bienes ajenos: Este mandamiento
está, de algún modo, contenido en el séptimo, pero
insiste en que también se puede pecar simplemente "deseando"
tener o tomar lo ajeno. Esto no quiere decir que no puedas desear obtener
lícitamente algo igual (y hasta mejor) que lo que tiene tu prójimo.
En todo caso, nos manda a conformarnos con los bienes que Dios nos ha dado
y con aquellos que honradamente podamos adquirir.
El pecado está en tener envidia de los bienes ajenos, y en
protestar con rabia a Dios por no tener más de lo que uno tiene.
En tales casos, la amargura del corazón corroe la paz del alma. La
codicia es la idolatría del dinero y de los bienes que éste
proporciona. La felicidad no está en tener muchas o las mejores cosas,
sino en saber disfrutar de lo que se tiene.