Después del tránsito por esta vida: Cielo, Infierno o Purgatorio: tú puedes elegir ahora

Por: Marķa Cecilia de Rico Toro

Casi todos nosotros, en algún momento, nos hemos puesto a pensar sobre nuestro destino final. Sabemos que estamos aquí de paso, que más tarde o más temprano este cuerpo se irá al sepulcro ¿dónde irá nuestra alma entonces?

El cielo es la opción que todos los creyentes anhelamos. Es aquella plenitud de intimidad con Dios, que está destinada para los que hayan aceptado al Señor en sus vidas, y para quienes se hayan abierto sincera y plenamente a Su amor, aunque más no sea, en el momento previo a la muerte.

Al respecto, el Papa nos dice: "Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta Comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados, se llama 'el cielo' " (Audiencia General Nº 1024 de S.S. Juan Pablo II, miércoles 21 de julio de 1999.)
Se tiene más de una visión acerca de lo que
significa el cielo: se lo ve como una parte del universo, hablando de la creación. Es la morada de Dios desde donde Él ve y juzga todo; el lugar celestial, al que todos deseamos ir para encontrarnos definitivamente con nuestro Padre, a través de Jesucristo resucitado, gracias a la Comunión con el Espíritu Santo.
Todos los que creemos esperamos, después del recorrido de nuestra vida terrena, llegar a esa participación en la completa intimidad con el Padre, y aquel lugar de reconciliación está allí, en lo más alto que somos capaces de imaginar.
No debemos imaginar al Cielo como un lugar físico, situado entre las nubes, como nos lo hacen ver la mayoría de las pinturas y cuadros. El Cielo es algo más profundo, porque se trata, fundamentalmente, de un estado: de la relación personal con la Santísima Trinidad; frente a lo cual, el espacio físico donde se encuentre, pierde importancia.
La Iglesia Católica sintetiza y afirma que "por su muerte y su resurrección, Jesucristo nos ha abierto las puertas del Cielo"; estado al que podremos llegar si sabemos administrar con juicio los bienes que el Señor nos regala cada día en esta tierra.
De antemano, y a través de la vida que Dios quiere para nosotros: una vida de rectitud, de entrega a Su divina voluntad, una vida en la cual miremos a nuestro prójimo con Sus ojos, podemos ya ir sintiendo la alegría y la paz de la que gozaremos un día allá, en ese lugar celestial.

El infierno, a veces tan poco temido...
En varios pasajes de la Biblia, el infierno o la condenación se expresan como "la muerte", que sin duda es una de las realidades más duras con las cuales debemos enfrentarnos todos. "El que no ama, permanece en la muerte. El que odia a su hermano, es un asesino, y, como lo saben ustedes, en el asesino no permanece la Vida eterna." nos dice contundentemente Juan, el apóstol amado de Jesús (1 Jn. 3,15).

Según nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica “...Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre, por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la Comunión con Dios y con los bienaventurados, es lo que se designa con la palabra ‘infierno’ ”. (Catecismo de la Iglesia Católica, Párrafo 1033).
Las imágenes del Nuevo Testamento muestran al lugar destinado a los que no hacen el bien como un “horno ardiente...”, donde “será el llanto y el rechinar de dientes” y otras expresiones tan desgarradoras como estas (Mt 13, 42; Cf. 25, 30. 41).
Debemos interpretar correctamente las representaciones que la Sagrada Escritura hacen del infierno: más que un lugar físico, se refieren a la situación en la que llegará a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, y recibe como merecido castigo, la pena eterna.

¿“El infierno está en esta vida”?
Uno de los mayores peligros para nuestra alma es la idea de que el infierno no existe, o que “está en esta vida”, como cada vez más personas dicen. Ya advertía San Agustín que el mayor éxito de Satanás es hacernos creer que él no existe. Nuestra religión define claramente que hay una condena eterna para todos los que viven y mueren en el error del pecado.
Sin embargo, la Redención conquistada por Jesucristo ofrece al hombre, a cada instante, la posibilidad de salvarse, y corresponde a cada uno aceptarla o no, en plena libertad, pero corriendo el peligro de condenarse para siempre.
No es propósito de estos párrafos el generar pánico en nuestros lectores. Debe tomarse en cuenta, sin embrago, la urgente necesidad de reflexionar sobre nuestra vida espiritual, la convivencia diaria con nuestro prójimo, y de cuánto bien y mal estemos haciendo, sobre lo cual seremos juzgados posteriormente. Cada uno escoge su camino.

Como bien enseña nuestro Catecismo, citando incluso al propio Jesús, "Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del INFIERNO son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: 'Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran' [Mt 7,13-14] (La cita pertenece al Catecismo, Párrafo 1036).

El purgatorio, un estado de purificación
El hombre se encuentra permanentemente, y cada día, ante una alternativa: o vive con el Señor, en la bienaventuranza eterna, o permanece alejado de su presencia para toda la eternidad.
La simple lógica nos sugiere que para vivir en comunión eterna con Dios debemos de ser santos; y obviamente estamos todos bastante lejos de ello. Sin embargo para todos los que decidimos abrir nuestro corazón al Señor, se nos presenta un camino posible de purificación,
además de la oración y las buenas obras que realicemos en esta vida, que por cierto deben ser muchas y sobrepasar a las malas. Se trata del Purgatorio.
Parece algo muy simple de entender, pero para la mayoría de nosotros, los católicos, el “purgatorio” es algo misterioso y desconocido, algo sobre lo que sin duda, alguna vez hemos escuchado pero no tenemos una idea del todo clara.
En pocas palabras, el Purgatorio es el estado (llamémosle lugar, sólo para entenderlo mejor) al cual van todas las almas que, aun muriendo en gracia de Dios, no han llegado en su vida a purificar el daño que han ocasionado con sus pecados. Muchos de nosotros pensamos que a través de la confesión ya estamos listos para el cielo, porque se nos perdonaron todos nuestros pecados. Si bien esto último es cierto, también lo es el hecho de que la confesión no repara el daño que hemos cometido, y para ello debemos realizar actos penitenciales, mortificaciones, ayunos y otras formas de purificación. (Ver artículo sobre las indulgencias. Próximo número de Jesucristo Vivo).
“Los que aún estamos vivos, podemos reparar el daño que hemos ocasionado con los grandes medios que nos ofrece la Santa Madre Iglesia, como los sacramentos, la oración diaria a Dios, las obras de misericordia, la predicación de la Palabra de Dios, las indulgencias plenarias, la vida de caridad y de santidad” (en www.catholic.net “¿Qué es el Purgatorio?”). El purgatorio, por tanto, existe, y es más que un lugar: es un estado de purificación, con un fuego que arrancará todos nuestros errores de raíz y los disolverá. No es igual que el infierno, pues en el infierno reina la desesperación eterna, y en el purgatorio el amor y la esperanza de una futura salvación.

Dogma de fe y decisión
No se puede ser católico y no creer que existen un cielo, un infierno y un purgatorio, pues no sólo que este es un Dogma de fe (es decir, una verdad indiscutible de nuestra doctrina), sino que el mismo Papa nos ha hablado en varias ocasiones de ello.
Ahora bien, teniendo en cuenta que estás en posibilidad de elegir, hoy mismo y a cada instante, dónde irá tu alma cuando te mueras ¿qué piensas hacer al respecto?

 

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