Una cuestión de vida o muerte
Llegó otro miércoles, día en el que invariablemente nos reuníamos con 4 amigas: Leticia, Carla, Mary y Alejandra. Al igual que todas las semanas, comenzamos con el rito de contarnos nuestros secretos de amores, de familias y de estudios.
Sin embargo, ese no fue un miércoles común, pues sin darnos cuenta empezamos a tratar un tema muy interesante, que resultó de gran importancia para llevarnos a reflexionar acerca de cómo estábamos viviendo nuestra fe.
Carla tiene 22 años, estudia Psicología y siempre ha sido el alma de la diversión en nuestro pequeño grupo. Durante las últimas semanas habíamos notado algunas actitudes tan extrañas como indescriptibles en ella... la veíamos esquiva, meditabunda ¡y hasta había rechazado ir a un par de fiestas! Pero cuando le preguntábamos a qué se debían estos cambios, Carla se abstenía de contestar o respondía con indiscutibles excusas.
Aquel miércoles, Carla decidió romper ante nosotros el silencio de sus secretos y contarnos lo que le ocurría.. De ese modo, cambiando el alocado tono de su conversación se puso seria para "confesarnos" que, de haber sido "católica" toda su vida -en verdad rezaba poco, iba a Misa muy de vez en cuando, y no frecuentaba los Sacramentos- ella había decidido ingresar a la Iglesia Bautista.
Hacía ya cinco meses que había comenzado a asistir a un culto protestante, y decía sentirse de maravillas desde que "Dios había tocado su vida".
Yo necesitaba argumentos que me explicaran el porqué del cambio, pues he visto muchas personas que entibiaron su fe en la Universidad, e incluso muchas que se hicieron ateas o agnósticas, pero ésta era la primera vez que conocía a alguien que "cambiaba" de religión..
En un intento de explicación sobre sus motivos, me dijo: "Tú, por ejemplo, perteneciendo a la Iglesia Católica, ¿has pensado en todo lo que supuestamente tendrías que hacer para salvarte? Porque claro, vivir una vida de lo más cómoda y después confesarte diciéndole a un cura tus pecados para que te perdone es muy fácil; pero no creo que sea tan sencilla la cosa..." Allí entramos en discusión, pues sin darse cuenta, Carla tenía una visión aún más fácil de la salvación, y sostenía que lo único que ella tenía que hacer para asegurar su salvación era "tener fe y reconocer a Cristo como su Salvador"; de modo que ya estaba salvada.
Según ella me decía, a los protestantes no les interesa, en
última instancia, cómo vives o cómo terminas tu vida,
pues "desde que conoces al Señor y te bautizas, ya estás
salvado", y, por tanto, las obras que realizas o aquellas que nunca
llegas a realizar no son tan trascendentes. El argumento básico era
que "todos somos pecadores por naturaleza, pero la salvación
dada por la justicia de Dios no puede ser quebrada por el pecado".
Así como Carla, varias otras personas critican a los católicos,
aún habiendo sido bautizadas originalmente en nuestra fe, pero sin
conocer a fondo las bases sobre las cuales se sustenta nuestra religión.
En muchos casos, esto obedece a una mala formación, a falta de conocimiento, o de interés por conocer la doctrina católica. En otros, se debe a que, quizás por comodidad, por temor al cambio, por evitar el compromiso, no queremos ver lo que le agrada al Señor y lo que realmente debemos hacer para poder salvarnos
Redimidos o salvados por Jesús
Esta pregunta encierra una de las claves
del gran dilema acerca de la salvación, tema central de casi todas
las religiones: para la Iglesia Católica, a diferencia de lo que
ocurre con la doctrina de nuestros "hermanos separados", los protestantes,
existe una importante diferencia entre la "Salvación" y
la "Redención".
En efecto, el magisterio de nuestra Iglesia nos dice que Jesucristo, con
Su Pasión y Muerte, nos redimió de nuestros pecados, entregando
su vida en la Cruz y luego resucitando.
Así nos abrió las puertas del Cielo, y nos allanó el
camino que nos devuelve la gracia y la amistad con Dios.
De esa manera, hemos sido rescatados del pecado, a gran precio. Hemos conseguido,
a través de la Sangre de Cristo, la posibilidad de que se perdonen
nuestros pecados y de poder ingresar al Reino de Dios.
Pero esto no es todo, puesto que a pesar de su infinito poder, el Señor
respeta, por sobre todas las cosas, la libertad que Él mismo nos
ha dado a los hombres.
Así como respetó la libertad de Adán y Eva, recomendándoles
que no comieran el fruto del árbol prohibido, pero permitiéndoles
que lo hicieran, porque ellos desearon hacerlo, así también
respeta ahora la libertad individual de cada uno para "optar"
por su salvación o su condena.
Dice San Agustín: "Dios, que te ha creado sin ti, no te salvará
sin ti", por tanto, para salvarse es imprescindible creer en las verdades
reveladas por Dios, pero también hacer buenas obras.
Es necesario entonces, no sólo creer EN Dios, sino también
creer A Dios, y por tanto hacer todo el bien que Él nos propone,
a través del Evangelio.
Entonces, si ya creemos en Él, necesitamos ahora conocerlo bien,
para saber qué es exactamente lo que Él nos manda.
Por lo demás, y puesto que Dios es amor, conocer a Dios es casi lo
mismo que amarlo, y por tanto amar también a todos los hombres, sus
creaturas y nuestros hermanos.
Pero todo este amor es un don gratuito, y viene "solo", a través
de las gracias que nos da el Señor con solamente interesarnos por
Él.
La fé y las buenas obras
La fe no puede ir separada de las buenas
obras. "Ya lo ven: Son las Buenas Obras las que hacen justo al hombre
y no sólo la fe" recalca el Apóstol Santiago (Santiago
4.24)
Te cuestionarás sobre las tradicionales "Buenas Obras",
y es posible que hasta te dé flojera el pensar en realizar alguna
de aquellas que son las más conocidas: Ir a visitar a la gente enferma
de un hospital, a los ancianos de un asilo, hacer una donación...
En efecto, son todas ellas buenas obras, pero ¿cómo llegarás
a realizarlas si no sientes la motivación necesaria?
Lo más importante es que no te desalientes, porque hay muchas más
buenas obras de lo que puedas imaginar en una primera instancia, y la caridad
debe comenzar en casa: con los seres que te rodean, con aquella tía
olvidada, con la muchacha que te hace la limpieza...
Esa motivación de la que hablamos, se llama "fe". Porque
las buenas obras nacen de ella, y a su vez la alimentan en una especie de
"círculo virtuoso"
Acércate a Dios, ábrele tu corazón, entrégale
tu amor y pídele fervorosamente que aumente tu fe. Ese es el comienzo,
es el impulso imprescindible para que nazcan las buenas obras en ti y afloren
inundando todo el espacio que te rodea.
Haz que la oración y la petición fervorosa a Dios, de que
acreciente tu fe, sea el comienzo de ese cambio que todos necesitamos. Puedes
empezar hoy mismo, al concluir esta lectura.
Te hablamos de todo esto porque realmente tu fe puede salvarte; pero en
la medida en que te lleve a conocer más a Dios, a amarlo y a practicar
todo el bien que Él te pide.
¿Quién puede amar a un extraño?
Así como el amor auténtico,
profundo y verdadero entre dos personas es posible sólo en la medida
en que se conocen, de la misma manera el amor a Dios requiere de un inicial
esfuerzo, por parte nuestra, para conocerlo.
Es en este punto de origen en el cual la razón y los sentimientos
se entrelazan, aunque más tarde el amor pueda sobrepasar los límites
siempre estrechos del conocimiento.
Sólo es posible amar a Dios cuando se lo conoce, aunque nuestra capacidad
intelectual resulte limitada y apenas podamos conocer parcialmente al Creador
y Señor del Universo. De allí viene la necesidad de esforzarse
por conocer a Dios y lo que nuestra Iglesia nos enseña sobre Él.
Sin duda, la principal causa por la cual a veces nos sentimos vacíos,
extraviados, apesadumbrados; es que no alcanzamos a comprender el infinito
amor que Dios nos tiene.
Por eso queremos invitarte a que te intereses un poco más por conocer
Sus enseñanzas, que encontrarás en la Biblia, en general,
y particularmente en el Nuevo Testamento... y no necesitarás, cambiar
de religión para constatar que Jesucristo está vivo, te ama
y es tu Salvador... pero si tú lo ayudas.
Sólo debemos pedirle que aumente nuestra fe, que nos dé perseverancia,
y como pidió Su Santa Madre en las Bodas de Caná, en los instantes
previos a que Jesús realizase Su primer milagro, "que hagamos
todo lo que Él nos manda". Pero para saber qué es lo
que nos manda, deberemos conocerlo. Interesémonos pues por leer su
vida y las enseñanzas que Él nos ha dejado
La conversión no es un asunto exclusivo de protestantes
Desde la misma religión católica,
el Santo Padre lo ha manifestado en varias ocasiones, estamos todos invitados
permanentemente a transitar por el camino de la conversión y del
cambio; transformación que consiste en nada menos que "crucificar"
con Cristo, cada día, nuestros pecados y los malos hábitos
que nos alejan de nuestro Dios.
Sabemos que es difícil cambiar repentinamente de hábitos,
porque el mundo que nos rodea, lleno de placeres y tentaciones, es atractivo,
nos proporciona "lo que nos gusta y nos hace sentir bien". Pero,
¿no pensaste en que el hecho de acercarte a Dios, no puede jamás
ser un obstáculo para seguir disfrutando de la vida?.
Si lo intentas verás que puedes disfrutarla aun mucho más:
Si tienes a Dios en ti, valorarás de un modo especial todo lo que
el Señor te regala cada día, desde un lindo amanecer, pasando
por el cariño de tus seres queridos y terminando en la posibilidad
de sentir profundamente Su amor en cada pequeña oración que
hagas.
Lo único que Él quiere es que vivas con rectitud: cumpliendo
sus mandamientos, aplicando a tu vida las enseñanzas que Jesucristo
nos dejó en su tránsito por este mundo -y que las tienes muy
cerca de ti, en el Evangelio-; haciendo todo el bien que puedas y recibiendo
frecuentemente los Sacramentos, en especial el de la Reconciliación
(o Confesión) y el de la Eucaristía (o Comunión), que
Él mismo instituyó y nos dejó para fortalecernos en
la fe y alejarnos paulatinamente del pecado.
Lo fácil y dificil que es salvarse
Feliz ese siervo a quien su Señor
al venir encuentre tan bien ocupado. En verdad les digo: le confiará
la administración de todo lo que tiene” –dijo Jesús.
(Mt 24, 46-47)
La doctrina católica nos enseña que si una persona muere en
estado de gracia no se condenará, es decir, que si en el momento
preciso de su muerte no está en pecado mortal, se librará
del infierno.
Esta aseveración tiene varias implicancias, que trataremos de explicar
brevemente: lo primero y más elemental que entendemos, es que si
alguien tuvo la gracia de hacer una buena confesión antes de morir,
se salvará.
De allí la importancia trascendental de procurar vivir en estado
de gracia santificante (la gracia que se obtiene sobre todo a través
de la recepción de los sacramentos), y de confesarse frecuentemente,
pues uno no sabe el día y la hora en que será llamado para
dejar este mundo, y por tanto no puede prever si tendrá o no un sacerdote
cerca en esos momentos para recibir el Sacramento de la Reconciliación.
“Sépanlo bien: Si el dueño de casa supiera a qué
hora vendrá el ladrón, estaría preparado para no permitirle
entrar en su casa. Ustedes también estén preparados, porque
en el momento menos pensado, vendrá el Hijo del Hombre” –nos
dice el Señor (Mt 24, 43-44).
Si no me confieso antes de morir, ¿me iré de cabeza al infierno?
Sabemos que el requisito fundamental
para salvarse, cuando uno es adulto y pecador como la mayoría de
nosotros, es morir en la gracia de Dios, que otorga la Reconciliación
o Confesión. Sin embargo, existe una excepción, y es el caso
en que la persona que está en pecado, y próxima a morir, no
puede ser acudida por un sacerdote.
Imaginemos por ejemplo un hecho tan luctuoso como terrible y reciente: el
atentado a las Torres Gemelas en Nueva York. Allí, varios centenares
de católicos murieron sin poder ser asistidos por un sacerdote. ¿Podría
el Señor condenarlos por haber muerto sin confesarse? Ciertamente
que no, como tampoco sucede con las personas que fallecen en un repentino
y trágico accidente.
En tales circunstancias, la Iglesia promete que la Misericordia del Señor
será infinita, para con las personas que con su último aliento
clamen a Dios por el perdón de sus pecados. Si el individuo tiene
un instante de lucidez antes de la muerte, y en ese instante se arrepiente
de todo corazón por todos los pecados que ha cometido, y le pide
a Dios el perdón, también se salvará.
No obstante ello, seguimos sin tener la seguridad de que antes de morir
contaremos con esos segundos de lucidez y paz suficientes como para hacer
un buen análisis de conciencia y el respectivo acto de contrición
o arrepentimiento.
Una vez más, entonces, volvemos a la necesidad de vivir siempre en
gracia de Dios, de recurrir a la confesión cuantas veces caigamos
en pecado, y cumpliendo a cabalidad con todos los requisitos para que sea
una confesión bien hecha. (Te recomendamos leer las notas sobre La
Reconciliación que vienen más adelante).
Los méritos necesarios para ingresar directamente al Reino de los
Cielos son tantos, que este artículo necesitaría del triple
de espacio para desarrollarlos. Quede claro, por ahora que, como dijo Jesús,
“muchos son los llamados pero pocos los escogidos”, (Mt 22,14)
y que por tanto deberemos esforzarnos grandemente por obtener un lugar allí,
siempre y sólo con la gracia y la misericordia de Dios.
¿Me deja la confesión "listito" para ir al cielo?
Mediante la confesión (o sacramento
de la Reconciliación), el sacerdote, a través del ministerio
que le ha confiado la Iglesia, tiene el poder de “absolverme”
los pecados que yo le confiese, de los cuales esté verdaderamente
arrepentido; esto es, tiene el poder de perdonármelos, en nombre
de Dios.
Sin embargo, por el hecho de haber cometido estos pecados me merezco ciertas
“penas”, que no me son “automáticamente borradas”
a través de la absolución ni de la penitencia.
La “salvación” que promete la muerte en estado de gracia
santificante (es decir, en ausencia de pecado mortal), no implica la certeza
absoluta de que iré inmediatamente al Cielo. Simplemente me asegura
que el Señor no me dejará ir al infierno. Por esto, lo más
probable es que cuando muera me vaya al Purgatorio.
No obstante, como católico que soy, podré rectificar mis errores,
practicar obras de caridad y, en adelante, hacer los méritos suficientes
para ganarme el Cielo. Podré, por ejemplo, buscar las indulgencias,
plenarias o parciales, que administra la Iglesia, y sobre las cuales se
hablará en el próximo número de esta revista
.