Ha concluido el Sínodo de Obispos

Por: Pbro. Lic. Renzo Séssolo Chies SBD

El mundo entero ha mirado con mucha expectativa y esperanza el Sínodo de los Obispos que se realizó en Roma del 30 de septiembre al 27 de octubre pasados. 280 obispos, procedentes de todas partes del mundo, se han congregado para estudiar un aspecto esencial de la vida de la Iglesia: el ministerio del obispo.

Nuestros pastores, “servidores del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo”, como los define el Santo Padre, profundizaron las reflexiones acerca de la identidad de su misión.

Grandes son los desafíos pastorales que ha de enfrentar la Iglesia de hoy, que está presenciando uno de los momentos más difíciles de la historia. Además de denunciar la estructura de pecado que rodea nuestra sociedad, como la violencia, el ateísmo, el terrorismo, la injusticia, la pobreza, el aborto, la eutanasia, etcétera, el Sínodo hace un llamado a la esperanza y a la paz.

“El mal no tiene nunca la última palabra”, afirma Juan Pablo II, ni tiene que definir la suerte de los pueblos... Sin embargo, sí se nos advierte que debe imponerse un cambio de orden moral.

Al referirse a la identidad del obispo, se señalan como características principales: La santidad; el espíritu de pobreza; la unidad al Papa y a todos los pastores de la Iglesia (en comunión con él). El obispo es un profeta, es custodio de la sana doctrina; refleja la actitud del Buen Pastor que alienta la vida, vigila y alerta frente a los peligros...

Nos dice el Santo Padre en su discurso: “Los obispos han confirmado la voluntad de ‘echar las redes’, confiando en la palabra de Cristo que les repite: ‘¡Duc in altum!’ - ¡Boga mar adentro!” (cf. Lucas 5, 4-5).

El Papa exhortó a los obispos a estimular el espíritu y la acción misionera de toda la comunidad eclesial, y en particular de los laicos, para que participen activa y responsablemente según los diferentes dones y estados de vida, para constituirse en apóstoles de la Nueva Evangelización. Tanto ayer como hoy, la mies es abundante en los campos del mundo y tiene necesidad de obreros, de vocaciones misioneras.

Dios necesita de nuestros miembros: nuestras manos, nuestras bocas, nuestros pies, para recorrer todos los caminos del mundo, para hacer presente Su Reino, para ser “artesanos de la civilización del amor”.
En este tiempo que queda del año, no perdamos la intensidad de la oración, en especial la del Santo Rosario, para pedir por la paz. Y preparemos nuestros corazones, a fin de que la próxima Navidad encuentre en ellos una digna morada para Jesús.

¡Feliz tiempo de adviento!

 

 

 

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