Revisemos la muerte de Jesus Nuestro Hermano

Por: Pbro. Juan Díaz Vilar, S.J.

El proyecto de Jesús defraudó a unos y enfadó a otros. Al comienzo la gente le seguía más y más. Jesús era un profeta con éxito, pero después del primer año de ministerio la misma gente le fue abandonando hasta dejarlo, en los últimos meses de su vida, muy solo.

Jesús triunfó a los comienzos porque su personalidad fascinaba y sus milagros creaban admiración. El pueblo comenzó a poner en Él sus esperanzas de un Mesías político, que les liberara del poder de los romanos e hiciera de ellos una nación fuerte y poderosa.

Esta fue la gran tentación que constantemente le acosaba. Ser ese Mesías triunfador era el deseo de sus seguidores, pero esa no era su vocación, sino su gran tentación.

Poco a poco, Jesús comenzó a darse cuenta de que era eso y sus milagros lo que el pueblo realmente esperaba, y no sólo el pueblo, también sus discípulos. Éstos, siempre que les hablaba del sufrimiento y de la cruz quedaban asustados, confundidos y defraudados.

Nuestro hermano tenía que acudir constantemente a la oración, para encontrar la voluntad del Padre, tomar fuerzas para resistir la dureza de la vida y sus tentaciones; pero también para refugiarse de su soledad, junto al Padre. La soledad le fue invadiendo poco a poco como una bruma al atardecer hasta dejarle en una noche silenciosa.

Por otra parte, los fariseos y sacerdotes se sentían enojados, ofendidos y sobre todo amenazados por su predicación. Jesús zarandeaba los tres pilares sobre los que construían su religión, hasta casi derribarlos. Estos tres pilares eran: ley, templo y sábado. Por eso le consideraban blasfemo e incluso endemoniado. A medida que avanzaba Jesús en el camino de la predicación del Reino, crecía en ellos el odio, hasta que determinaron matarlo.

Por si todo esto fuera poco, uno de sus discípulos, Judas, decepcionado, decidió traicionarlo. Judas no fue simplemente un traidor. Él había crecido entre los zelotes, un grupo radical de aquellos tiempos, y justamente por ello deseaba arrojar por la un hombre con carisma que arrastrara a las masas, y ese era Jesús, pero Él no quería aceptarlo; por eso incluso llegó a esconderse cuando la gente quiso hacerle rey. Judas no comprendía, y cada vez se fue defraudando más de este Mesías que no respondía a sus expectativas y esperanzas. Sí, Judas, antes que un traidor, fue un hombre decepcionado de Jesús hasta el rechazo y la amargura.

La soledad de las últimas horas

Cuando pienso en las últimas horas de vida de nuestro hermano, todo mi ser se estremece, parece imposible tanto dolor concentrado en una persona y en un tiempo. Los dolores físicos que sufrió tuvieron que ser increíblemente fuertes: Después de estar una noche lleno de tensión y sin dormir, vienen los azotes crueles, con una tremenda pérdida de sangre, el camino al Calvario sin fuerzas, los clavos, la incomodidad de la cruz, sobre todo para respirar... Pero pienso que fueron mucho más fuertes los dolores en su corazón: sus amigos, aquellos de los que se había despedido en la última cena, le habían abandonado: Pedro, el líder, llegó a decir que no le conocía. Cuando Pilatos pregunta en el Pretorio a quién eligen para liberar, si a Jesús o Barrabás, no hubo una voz amiga que le acompañara y le defendiera. ¿Dónde estaban los cojos, los leprosos, los ciegos, todos aquellos a los que había perdonado y sanado?
Sí, en el corazón de nuestro hermano, tuvo que hacerse un nudo que le ahogaba en medio de ese mar enfurecido, sin nadie que viniera a rescatarle. De vez en cuando se le oía suspirar profundamente, como para expulsar su pena, pero ésta era como las olas en la playa, siempre volvía a invadirle.

Sin embargo, ni los dolores físicos, ni los más fuertes del corazón le llevaron a la amargura, ni a la desesperación o a la sed de venganza. Nuestro hermano vivió predicando la esperanza y también lo hizo a través del ejemplo cuando murió. Sus últimas siete palabras en la cruz, fueron SIETE PALABRAS DE ESPERANZA.

Allí murió nuestro hermano, este profeta soñador, pero lo hizo en paz porque un tiempo atrás había dicho: “En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24)

Claves para entender el rechazó de Jesús

El Evangelio nos narra cuatro hechos en los cuales podemos encontrar la clave para comprender la Pasión y Muerte de Jesús: la multiplicación de los panes, las curaciones hechas en sábado, la limpieza del templo y la resurrección de Lázaro. Veámoslo:

La multiplicación de los panes
En los cuatro evangelios se nos cuenta este hecho, que parece tener una gran importancia, y donde se manifiesta el tremendo contraste entre el proyecto de Jesús y las aspiraciones de la gente.

“Al bajar Jesús de la barca, vio a todo ese pueblo y sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles largamente” (Mc 6, 34).

“El día comenzaba a declinar. Los Doce se acercaron para decirle: Despide a la gente. Que vayan a las aldeas y pueblecitos de los alrededores a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar solitario. Jesús les contestó: Denles ustedes de comer. Ellos dijeron: No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a menos que fuéramos nosotros mismos a comprar alimentos para todo ese gentío. Porque había unos cinco mil hombres. Pero Jesús dijo a sus discípulos: Háganlos sentar en grupos de cincuenta” (Lc 9,12-14).

Hasta aquí tenemos nada más que el prólogo: una multitud hambrienta de pan, pero más hambrienta todavía de encontrar en Jesús el Mesías esperado. Unos no saben lo que está pasando, otros, los más cercanos a Jesús, están desconcertados, no saben qué va a hacer el Maestro con cinco panes para toda esa muchedumbre.

“Jesús entonces tomó los cinco panes y los dos pescados. Levantó los ojos al cielo. Dijo la bendición, los partió y se los entregó a sus discípulos para que los distribuyeran a la gente. Y todos comieron cuanto quisieron y se recogieron doce canastos de sobras” (Mc 6, 41s).

Sin duda que este milagro creó una tremenda admiración en todos y no sólo eso, creyeron que había llegado el momento de que Jesús se manifestara como Mesías y Rey. Un Rey que hiciera justicia, calmara el hambre del pueblo y los librara del poder opresor de los romanos.

Por eso Juan nos cuenta así la reacción del pueblo y también la de Jesús, después del milagro: “Al ver esta señal que hizo Jesús, los hombres decían: Este es ciertamente el Profeta que ha de venir al mundo. Pero Jesús se dio cuenta de que iban a tomarlo por la fuerza para proclamarlo rey, y, nuevamente, huyó solo a la montaña” (Jn 6, 14s).

Después de ese entusiasmo que los llevó incluso a pensar en obligarlo a ser rey, tuvo que ser tremendamente decepcionante para ellos darse cuenta que Jesús huyó. ¿Qué pasaba? ¿Es que no les quería lo suficiente, tenía miedo, era egoísta?

Más tarde, estando en Cafarnaum Jesús les habló del pan de vida, de la Eucaristía, pero muchos decepcionados, simplemente se marcharon y le abandonaron. “Cuando oyeron todo esto, muchos de los que habían seguido a Jesús dijeron: ¡Este lenguaje es muy duro! ¿Quien podrá sufrirlo?” (Jn 6, 60).

“A partir de este momento muchos de sus discípulos dieron un paso atrás y dejaron De seguirlo." (Jn 6, 66)

Debió ser algo realmente muy duro para nuestro hermano. Los Doce, también estaban decepcionados, preocupados y desconcertados ante la conducta del Maestro y él los desafía: “¿También ustedes quieren dejarme?” (Jn 6, 67).

Las curaciones en sabado
En muchas ocasiones Jesús curó en sábado. Este hecho enfurecía a fariseos y sacerdotes y les hacía dudar de Su autenticidad. ¿Cómo puede un hombre de Dios -pensaban ellos- ir contra los mandatos de Dios, como el de guardar el sábado? Jesús les respondía afirmando que él tenía autoridad sobre el sábado: “Además, el Hijo del Hombre tiene autoridad sobre el sábado” (Mt 12, 8).

Hay una curación muy destacada en el evangelio de S. Juan. Se trata de un ciego de nacimiento: “Al pasar, Jesús se encontró con un ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: Maestro, ¿quién tiene la culpa de este ciego: él o sus padres? Jesús les respondió: Esta cosa no es por haber pecado él o sus padres, sino para que Dios obre en él un milagro” (Jn 9, 1-3).Jesús sanó a este hombre y era sábado. Los fariseos y sacerdotes no podían comprender que un hombre de Dios fuera contra su ley. Por eso llamaron al ciego. Dudaban de que hubiese sido ciego, pero todos los testimonios demostraban que así era. “Le preguntaron al ciego: Y tú ¿qué piensas de él, puesto que te ha abierto los ojos? El contestó: Que es un profeta” (Jn 9, 17).

No quedaron satisfechos y siguieron investigando, interrogaron a sus padres y éstos evadieron la respuesta: “Los padres respondieron: Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo ve ahora, o quién le abrió los ojos, eso no lo sabemos. Pregúntenle a él, que es mayor de edad y puede responder por su cuenta. Los padres respondieron esto por miedo a los judíos, pues éstos habían decidido expulsar de sus comunidades a los que reconocieran que Jesús era el Cristo” (Jn 9, 20-22).

Volvieron de nuevo a interrogar al hombre: “Confiesa la verdad. Nosotros sabemos que ese que te sanó es un pecador” (Jn 9, 24).

Pero el hombre en medio del diálogo les dijo así: “Todo el mundo sabe que Dios no escucha a los pecadores, sino a los hombres buenos, que lo respetan y hacen su voluntad. Nunca se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada de eso” (Jn 9, 31s).

Por fin, enfadados y nerviosos, lo expulsaron de la Sinagoga con estas palabras: “Desde tu nacimiento estás en pecado, ¿y vienes tú a darnos lecciones? Y lo expulsaron” (Jn 9, 34).

En este texto vemos con claridad varias cosas, entre las cuales conviene resaltar tres: El desconcierto de los judíos ante los milagros de Jesús; la persuasión de que Jesús no venía de Dios y, finalmente, que resultaba muy peligroso ser seguidor de Jesús.

La limpieza del templo
Los cuatro evangelistas destacan este hecho que tiene, además, dimensiones proféticas. Podemos encontrar esta narración en Mt 21, 12; Mc 11, 11; Lc 19, 45 y Jn, 2, 14.

“Llegaron a Jerusalén, y Jesús fue al Templo. Ahí comenzó a echar fuera a los que se dedicaban a vender y a comprar en el Templo. Tiró al suelo las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los vendedores de palomas, y no dejó que transportaran cosas por el Templo” (Mc 11, 14-16).

“Hizo un látigo con cuerda y los echó a todos fuera del Templo con ovejas y bueyes, y derribó las mesas desparramando el dinero por el suelo. A los que vendían palomas les dijo: Saquen eso de aquí y no hagan de la Casa de mi Padre un lugar de negocios” (Jn 2, 16).

Este hecho, narrado con un cierto matiz de violencia, como señala S. Juan, es también la clara expresión de un cambio y un contraste muy llamativo. Recordemos la ilusión con que nuestro hermano acudió al Templo a los doce años. Entonces, iba hambriento de escuchar y aprender, ahora vino a denunciar. Ciertamente ha habido un profundo cambio en su modo de pensar. Ahora, su profunda decepción de los hombres del Templo le lleva a una fuerte protesta.

Como es lógico, esto llenó de furor a los poderosos, no sólo por la intervención de alguien que para ellos no tenía autoridad, sino también porque era una denuncia y una amenaza para todo el aparato económico de negocio que estaba alrededor del Templo y del cual ellos eran beneficiarios. Por eso le retan: “Se le acercaron los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y las autoridades judías, y le dijeron: ¿Con qué derecho has actuado en esta forma?, ¿Quién te ha autorizado para hacerlo?” (Mc 11, 27s).

La resurrección de Lázaro
En el evangelio de S. Juan este hecho está directamente ligado a la sentencia de muerte de Jesús. Nos lo dice así: “Muchos judíos que habían ido a ver a María creyeron en Jesús cuando vieron lo que hizo. Pero otros fueron donde los fariseos a contarles lo que Jesús había hecho.

Entonces los jefes de los sacerdotes y los fariseos reunieron el Consejo Supremo. Decían: ¿Qué podemos hacer? Este hombre va multiplicando los milagros. Si lo dejamos que siga, todos se van a entusiasmar con él, y luego intervendrán los romanos, que terminarán con nuestro Lugar Santo y nuestras libertades.

Uno de ellos, llamado Caifas, que ese año era sumo sacerdote, tomó la palabra: Ustedes no entienden ni piensan; les conviene que muera un solo hombre por el pueblo y no que toda la nación perezca” (Jn 11, 45-50).

“Y ese mismo día decidieron matarlo. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos. Se fue a Efraín, lugar cercano al desierto, y permaneció allí con sus discípulos” (Jn 11, 53s).

¿Por qué matarón a Jesús?

La muerte de Jesús fue una consecuencia lógica de su vida y su predicación. Lo mataron porque molestó y defraudó. Molestó a los poderosos y defraudó al pueblo. Para los poderosos las actitudes de Jesús eran revolucionarias y peligrosas; nuestro hermano era verdaderamente una amenaza, pues de alguna manera “cuestionaba” los tres aspectos más importantes de la religión, según la entendían ellos: el sábado, la ley y el templo. En rigor no era que lo cuestionara, sino que recalcaba que por encima de todas las cosas, incluidas aquellas consideraciones, el hombre debía amar y servir.

Esto se hacía más dramático cuando en sus explicaciones comparaba a pobres y pecadores con los fariseos y religiosos. Defendía a los débiles y retaba a los poderosos que se creían santos simplemente por respetar las formas religiosas.

Como es lógico y habitual, los poderosos, a corto plazo, siempre pueden más que los débiles. En la historia es frecuente que se mate a aquellas personas cuyas voces se quiere callar porque resultan incómodas, porque revelan la carroña humana que muchas veces se esconde detrás de las jerarquías, de las ostentaciones, de la soberbia y el orgullo.

Este fue el caso de muchos profetas de ayer y de hoy, y fue también el caso de Jesús. Muchos de sus seguidores corrieron y correrán la misma suerte. Recordemos el asesinato de Monseñor Romero, los seis jesuitas de El Salvador y tantos otros, sacerdotes, religiosos y laicos que fueron y serán objeto de persecuciones e injusticias por causa de Dios.

“Les hablo de todo esto para que no se vayan a tambalear. Serán expulsados de las comunidades judías; más aún, se acerca el tiempo en que cualquiera que los mate pensará que está sirviendo a Dios. Y actuarán así porque en verdad no conocen ni al Padre ni a mí” (Jn 16, 1-3).

Jesús no fue diplomático, cuando no debió serlo. Sus denuncias y acusaciones fueron fuertes y públicas; cada día se hacía más peligroso convivir con Él. Por eso muchos de sus discípulos le abandonaron y los poderosos le odiaron hasta crucificarle.

¿Qué denunciaba Jesús? Podríamos destacar estas dos cosas: La opresión al pueblo y una religión cuyo Dios era la ley.

Jesús habló con mucha claridad sobre todo esto y se lo dijo de un modo muy fuerte a los fariseos. Recordemos sus palabras: “Por eso ¡ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos hipócritas! Ustedes cierran a los hombres el Reino de los Cielos. No entran ustedes ni dejan entrar a los que se presentan” (Mt 23, 13).

Las dos cosas, leyes y religión, al final eran una misma, ya que ambas se utilizaban para oprimir.

Hay en algunos la idea de que Jesús murió de esa forma para cumplir la voluntad del Padre, pero esto no es del todo correcto. El Padre no quería que Jesús muriera de ese modo, porque Dios no puede desear la injusticia. Lo quisieron los fariseos, los sacerdotes, Pilatos. El Padre no hizo el milagro de salvarlo de sus verdugos, dejó que fueran libres e hicieran la historia a su manera.

El Padre sí quiso que Jesús predicara la verdad y denunciara el pecado como lo hizo, aunque esto le fuera a costar la vida.

Cuando murió, sus asesinos creyeron que con Él morirían también sus ideas y sus proyectos, pero no fue así, porque la vida de Jesús no terminó con la cruz, sino que más bien se perpetuó a través de ella.

El señor ha resucitado

María estaba llorando afuera, cerca del sepulcro. Mientras lloraba, se agachó sobre el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados, uno a la cabecera y el otro a los pies, en donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les respondió: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto. Al decir esto, miró por atrás y vio a Jesús de pie, pero no lo reconoció. Le dijo Jesús: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? Ella, creyendo que sería el cuidador del huerto, le contestó: Señor, si tú lo has sacado, dime dónde lo pusiste y yo me lo llevaré.

Jesús le dijo: María. Entonces ella se dio vuelta y le dijo: Rabboní, que en hebreo significa “maestro mío” (Jn 20, 11-16).

En el evangelio de San Juan, ésta es la primera aparición del resucitado. Es el encuentro entre dos amigos. María amaba de verdad a Jesús, no esperaba que resucitara, pero quería darle la mejor sepultura. No tuvo miedo de acudir al sepulcro; era peligroso, pero el amor vence todos los obstáculos.

Cuando reconoce al resucitado, su primera expresión es llamarle “maestro mío”. En su vida había tenido muchos maestros, gente que le prometía enseñarle a ser feliz en el placer y en el pecado, pero cada día se sentía más sucia. Una tarde, en casa de Simón el fariseo, Jesús le enseñó que era posible cambiar, sentirse limpia y amar, por eso Él fue su verdadero Maestro.

María al verle, llena de alegría, le abraza: “Suéltame, le dijo Jesús pues aún no he vuelto donde mi Padre: anda a decirles a mis hermanos y hermanas que subo donde mi Padre, que es Padre de ustedes; donde mi Dios, que es Dios de ustedes” (Jn 20, 17).

El Señor encomienda a una antigua prostituta que sea la que lleve a su comunidad de hermanos y hermanas la noticia más importante. Una vez más, Jesús nos sorprende. A Él no le importa el pasado de María, le ella, su presente, su amor y fidelidad en seguirle, por eso sus labios son dignos de anunciar la Resurrección.

María fue y anunció. Esta noticia llenó de entusiasmo al grupo de seguidores y seguidoras. Pero el Resucitado era desconcertante, venía y se marchaba inesperadamente y no hablaba con claridad de su proyecto. Quizás pensaron que ya no lo tenía, o que ya no contaría con ellos por haberle abandonado en las horas de la cruz. Sin embargo, a la vez, el Maestro no parecía enojado con ellos, todo lo contrario. Su saludo era ¡Paz con ustedes!...

De todos modos, en el cenáculo se respiraba miedo y desconcierto. No sabían qué hacer, ni tampoco qué iba a pasar. La vida había cambiado, el Maestro era muy diferente.

Así estaba aquel grupo, ya que no eran todavía comunidad, entre ellos había recuerdos, experiencias pero no estaban unidos por un proyecto común, Jesucristo había resucitado, pero todavía no estaba “Vivo” dentro de ellos. Sería menester, pues, la llegada del Santo Espíritu para reavivar en ellos esa energía de amor que el Nazareno había sembrado en su corazón con la prédica y con el ejemplo.

 

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