El Escandalo conmociona a toda nuestra Iglesia

Por: Francisco Rico Toro

En el mes de marzo se hicieron públicas varias denuncias de abusos a menores, presuntamente cometidos por sacerdotes hace algún tiempo. Nuestra Iglesia se vio fuertemente sacudida por estos enredos.

Por eso Jesucristo Vivo decidió dedicar su primer editorial de este segundo número a ese asunto, tratando de echar luz sobre un aspecto que por su importancia nos afecta a todos quienes profesamos la Fe Católica.

Ya sobre el cierre de esta edición, la Santa Sede se manifestó públicamente en relación con el tema, y ciertamente no podíamos dejar de tratarlo con la extensión y la profundidad que merece, aunque ello nos condujera a “parar la rotativa”, rediseñar la revista e imaginarle un espacio a esta nota.

El Papa confesó su íntima conmoción en relación con estos escándalos. Aseguró justicia y verdad, y pidió a todos los sacerdotes responder a este descrédito, que de algún modo se cierne sobre ellos, buscando con mayor ahínco la santidad.

Por su parte, el Prefecto de la Congregación para el Clero, cardenal Darío Castrillón Hoyos, esclarece la posición de la Iglesia sobre el tema y da a conocer la normativa vigente para el tratamiento de estos casos. El libertinaje sexual que invade progresivamente al mundo, sería en su opinión una de las causas básicas de tan lamentables sucesos.

La gravedad de las denuncias, sin embargo, radica en el mal testimonio que dan con sus actos quienes por su misma condición clerical estarían obligados a constituirse en ejemplos para una sociedad que pareciera flotar a la deriva.

Te invitamos a leer con atención especial las páginas que siguen, para que puedas informarte sobre el modo en que se va desenvolviendo esta madeja; para que conozcas las disposiciones legales que tiene la Iglesia acerca de este tema tan delicado, y para que estés al tanto sobre lo que se podría esperar hacia el futuro en relación con este asunto.

Juan Pablo II invita a los sacerdotes a abrazar con amor el misterio de la Cruz

Aprovechando la tradicional carta a los sacerdotes, que con motivo del Jueves Santo emite cada año el Papa, Juan Pablo II confesó su conmoción por los escándalos que en las últimas semanas han ocupado amplio espacio en los medios de comunicación, especialmente de los Estados Unidos.

“En cuanto sacerdotes -sostiene en su misiva el obispo de Roma-, nos sentimos en estos momentos personalmente conmovidos en lo más íntimo, por los pecados de algunos hermanos nuestros que han traicionado la gracia recibida con la Ordenación [sacerdotal], cediendo incluso a las peores manifestaciones del misterio de iniquidad que actúa en el mundo”.

El Santo Padre calificó estos hechos como “escándalos graves, que llegan a crear un clima denso de sospechas sobre todos los demás sacerdotes beneméritos, que ejercen su ministerio con honestidad y coherencia, y a veces incluso con caridad heroica”.

Manifestó que “la Iglesia expresa su propia solicitud por las víctimas y se esfuerza por responder con justicia y verdad a cada situación penosa”.

Asimismo, exhortó a todos los sacerdotes, convocándolos a “abrazar el misterio de la Cruz y a comprometerse aún más en la búsqueda de la santidad, conscientes de la debilidad humana, pero confiando en el poder salvador de la gracia divina”.

Entre líneas, el Sumo Pontífice expresó que sólo se puede enfrentar el misterio de iniquidad (“mysterium iniquitatis”) que actúa en el mundo, con el misterio de la Cruz (“mysterium Crucis”), que encierra el poder salvífico de Jesucristo. “Hemos de orar para que Dios, en su providencia, suscite en los corazones un generoso y renovado impulso de ese ideal de total entrega a Cristo que está en la base del ministerio sacerdotal”, dice el sucesor del apóstol Pedro en su carta. Finalmente, Su Santidad reconoció que “el mal está siempre en el corazón del hombre y sólo cuando el hombre se acerca a Cristo y se deja ‘conquistar' por Él, es capaz de irradiar paz y amor en torno a sí”.

El Cardenal Darío castrillón explica la posición de la Iglesia

En un intento de explicación sobre el proceder de los sacerdotes pederastas, Castrillón Hoyos se refirió a la cultura mundial, cada vez más invadida por ésta y otras prácticas sexuales desviadas.

Sin dejar pensar que su explicación estaría destinada a justificar los tristes sucesos o a quienes los cometieron, habló del “delito gravísimo” que éstos encierran, y de la necesidad de aplicar sanciones rigurosas a los religiosos que los cometan.

“En el ambiente de pansexualismo (todo sexualismo) y libertinaje sexual que se ha creado en el mundo, algunos sacerdotes, que también son hombres de esta cultura, han cometido el delito gravísimo del abuso sexual” dijo.

En este sentido, aclaró que “no se ha hecho todavía una estadística comparativa detallada sobre [la incidencia de estos casos en sujetos de] otras profesiones, médicos, psiquiatras, psicólogos, periodistas, políticos y otras categorías comunes, incluidos padres y familiares.

Sin embargo, agregó que “Podemos saber, por un estudio publicado en el libro del profesor Philip Jenkins, de la Pennsylvania State University, que resulta que alrededor del 3% del clero estadounidense tendría tendencia al abuso de menores y que el 0.3% del clero mismo sería pederasta”.

Más allá del grado de confiabilidad de esos datos, el cardenal recordó que la Iglesia ha defendido siempre la moral pública y el bien común, y que ha intervenido en innumerables ocasiones para defender la santidad de vida de los sacerdotes, estableciendo, con penas canónicas fuertes, sanciones graves para este tipo de delitos.

“La Iglesia nunca ha dejado de lado el problema de los abusos sexuales, sobre todo cuando son cometidos por los ministros sagrados, no sólo con fieles en general, sino especialmente con los menores”.

Normas para el tratamiento de abuso sexual en el seno de la Iglesia

En el Código de Derecho Canónico (CIC) de 1983 hay una referencia precisa ante este problema en el canon 1395, párrafo 2: “El clérigo que cometa de otro modo un delito contra el sexto mandamiento del Decálogo [no cometer actos impuros ni fornicar], cuando este delito haya sido cometido con violencia o amenazas, o públicamente o con un menor que no haya cumplido dieciséis años de edad, debe ser castigado con penas justas, sin excluir la expulsión del estado clerical, cuando el caso lo requiera”.

Más recientemente, Juan Pablo II, deploró la gravedad de estos comportamientos, lanzando un firme llamamiento a los obispos y a los sacerdotes a la vigilancia en el compromiso de ejemplaridad moral.

Sobre este tema escribió y habló específicamente a los obispos de Estados Unidos de América, y trató el asunto de modo especial en la Exhortación Apostólica “Iglesia en Oceanía”, documento en el cual declara lo siguiente:“En algunas partes de Oceanía, los abusos sexuales por parte de sacerdotes y religiosos han causado grandes sufrimientos y daño espiritual a las víctimas. Han causado también un grave daño a la vida de la Iglesia y se han convertido en un obstáculo para el anuncio del Evangelio. Los Padres del Sínodo han condenado cualquier género de abusos sexuales, como también cualquier forma de abuso de poder, tanto en el interior de la Iglesia como en la sociedad en general.

El abuso sexual dentro de la Iglesia representa una profunda contradicción con la enseñanza y el testimonio de Jesucristo. Los Padres sinodales han expresado sus excusas incondicionales a las víctimas por el dolor y la decepción provocados. La Iglesia en Oceanía está buscando los procedimientos adecuados para responder a las quejas en este ámbito y está firmemente comprometida en la atención compasiva y eficaz de las víctimas, sus familiares, la comunidad entera y los mismos culpables”.

Cambios Jurisdiccionales y procesales en la Norma

El Santo Padre publicó el 30 de abril del año pasado la carta apostólica “Sacramentorum sanctitatis tutela” con las “Normae de gravioribus delictis Congregationi pro Doctrina Fidei reservatis”, en la que se reserva a la Congregación para la Doctrina de la Fe la competencia sobre una serie de delitos graves contra la santidad de los sacramentos y contra la misión educativa propia de los ministros consagrados, en particular la pederastia (o abuso sexual a menores).

Según las antiguas normas, se podía hablar de pederastia cuando un clérigo tenía un comportamiento delictuoso de este tipo con un menor de menos de 16 años. Ahora, este límite de edad se ha elevado hasta alcanzar los 18 años, con lo que se pretende salvaguardar a un grupo mayor de jóvenes de cualquier forma de acoso sexual por parte de clérigos.

Además, se ha prolongado la prescripción para este tipo de delito a diez años (antes era de 5), y se ha establecido que esta prescripción entre en funcionamiento recién a partir del cumplimiento de los 18 años de la víctima, independientemente de la edad en que hubiese sufrido el abuso.
Todos estos cambios implican una rigorización de la norma, es decir, la hacen más rigurosa que antes, con el fin de, valga la figura, “castigar más ejemplarmente a los sacerdotes que cometan estos delitos”. En el fondo, y como sucede con todas las normas jurídicas, lo que se busca es “desalentar” las tentaciones de cometer delitos a través del temor al castigo que sobrevendría a los infractores en caso de ser descubiertos.
La normativa contempla también un elemento de “garantía”, con el objetivo de evitar el peligro de que se imponga una “cultura de la sospecha” y se perjudique a sacerdotes en realidad inocentes. Por ello, prevé un auténtico “proceso regular”, para evaluar los hechos y para confirmar las pruebas de la culpabilidad de los acusados ante un tribunal.
Ciertamente, se insiste en la rapidez del proceso. Pero se insiste también en las investigaciones previas que permitan tomar medidas cautelares, a fin de impedir que el individuo sospechoso pudiese producir daños posteriores a las denuncias que dieran origen al proceso.

Se establece que, en todo caso, las medidas y los procesos deben garantizar la preservación de la santidad de la Iglesia, el bien común, los derechos de las víctimas y también los de los acusados.

Las leyes de la Iglesia son serias y severas, y están concebidas en el marco de la tradición apostólica de tratar asuntos internos de manera interna, lo que de ningún modo significa substraerse a cualquier ordenamiento civil vigente en los diversos países

La Misericordia en María a través del misterio de la cruz

La encíclica “Dives in Misericordia”, (Dios Rico en Misericordia), publicada en noviembre de 1980, habla con abundancia sobre el amor misericordioso del Señor.

La lectura de ese texto, así como la de decenas de obras que la Iglesia ha producido durante el pontificado de Juan Pablo II, es una recomendación que no nos cansamos de hacer a todos los fieles cristianos que procuran crecer en el espíritu.

Aprovechamos este espacio, en esta edición especial de Jesucristo Vivo, dedicada a la Misericordia Divina y a la Santísima Virgen, para reflexionar junto al Santo Padre acerca de la forma en la que María es a la vez receptora y portadora especial de misericordia.Nos tomamos la libertad de obviar las citas, simplemente con el propósito de agilizar la lectura de esta nota, pero dejamos claramente expresado que ésta no es una producción nuestra, sino una simple edición de lo que aquella encíclica nos dice, matizada con sólo algunas breves María es la persona que de manera más singular y excepcional ha experimentado la misericordia de Dios. Y es que, también de manera excepcional y única, ella participó con el sacrificio de su corazón en la revelación de la misericordia divina a los hombres.

Tal sacrificio está estrechamente vinculado con la Cruz de su Hijo, a cuyos pies ella agonizó de dolor en el Calvario.

Este sacrificio implica una participación especial de María en la revelación de la misericordia divina a los hombres; es decir, en la muestra de la absoluta fidelidad de Dios a Su amor por nosotros, fidelidad a la alianza buscada por Él desde el principio de los tiempos, y fidelidad a sus promesas, cumplidas en la historia a través de la cruz de Cristo y su Resurrección.

Nadie experimentó jamás, como la Madre del Crucificado, el misterio de la cruz. Nadie como ella, ha acogido de corazón ese misterio: aquella dimensión de la redención, llevada a efecto en el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre; junto con su “fiat” definitivo, que fue sometimiento absoluto a la Voluntad de Dios.

De este modo, el sacrificio de María y la misericordia del Señor tienen un punto de encuentro en el misterio de la Cruz, que se perpetró y perpetuó aquella tarde de un viernes en el “monte de la Calavera”.Por lo tanto, María es quien conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Conoce su precio y lo ha pagado tan alto como era. Por eso la llamamos también “Madre de misericordia”, “Virgen de la misericordia” o “Madre de la divina misericordia”.

En ella y por ella, el amor misericordioso de Dios no cesa de revelarse a los hombres a través de la historia de la Iglesia y de la humanidad. De manera que, ya asunta a los cielos, no ha dejado la misión redentora en la que de hecho coparticipó con su Dios y con su Hijo, sino que por medio de su múltiple intercesión continúa obteniéndonos las gracias y dones que necesitamos para lograr la salvación eterna.

Con su amor materno cuida a los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se encuentran frente a peligros y ansiedades hasta ser finalmente conducidos a la “Patria bienaventurada”.

Como consecuencia de los escándalos que afectan en estos días a nuestra Iglesia, el Santo Padre nos ha pedido a los sacerdotes que abracemos especialmente el misterio de la Cruz. Todos nosotros vemos el modo en que él lo hace. Unámonos pues, religiosos y laicos, a nuestro Pastor, y junto a María imploremos al Señor de la Verdad su Misericordia para con la humanidad, a través de los méritos de la preciosa Sangre de Cristo derramada en el Gólgota.

 

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