PADRE PÍO DE PIETRELCINA: Un santo de nuestro tiempo

Por: Andrea Cordero

El siglo XX, lleno de cambios políticos, movimientos sociales, levantamientos armados y dos guerras mundiales, vio crecer a un prodigioso ser humano, el Padre Pío.

Su más fecunda labor como confesor y convertidor de almas empieza a desarrollarse casi a la par de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) precisamente cuando era más ne- cesaria la piedad, el amor y la fe, en medio de un mundo en conflicto.

El Padre Pío aportó a los años que le tocaron vivir la esperanza y el consuelo de saber que, a pesar de tanta irracionalidad y violencia, existían hombres como él, dispuestos a entregar todo, incluso a soportar grandes sufrimientos con humildad y, sobre todo, con la firme convicción de hacerlo por el bien del prójimo, inspirado en la Misericordia de Dios.
La vida de este sacerdote es tan rica en experiencias de amor, que se puede abordar desde diferentes puntos de vista. Sin embargo, aquí planteamos sólo dos aspectos, que para noso-tros marcaron su existencia y la del mundo que lo conoció: Su sufrimiento y su legado espiritual. Lo veremos más adelante.

1. El sufrimiento del padre Pío

Una de las constantes en la vida del Padre Pío fue, sin duda, el dolor físico y espiritual. Al parecer, desde temprana edad padeció enfermedades pulmonares que varias veces pusieron en riesgo su vida. Incluso, durante su juventud se le llegó a pronosticar que moriría en menos de un mes.

Sin embargo, gracias a Dios, el mundo pudo contar con el Padre Pío hasta sus 81 años de edad.

Francesco Forgione, que es el nombre con el cual fue bautizado, nace en Pietrelcina, Benevento, al sur de Italia, el 25 de mayo de 1887. A los 16 años ingresa al Noviciado de la Orden Franciscana, con los Capuchinos de Morcone, y a los 20 años hace la Profesión de votos solemnes, para continuar con sus estudios eclesiásticos hasta 1909. Ese mismo año fue ordenado diácono en la iglesia del convento de Morcone.

Inmediatamente después de su ordenación como sacerdote, en el momento de su primera misa cantada, uno de sus maestros, que lo acompañaría por varios años como asesor espiritual, el padre Agostino de San Marco, le predijo acertadamente: “No tienes mucha salud, no puedes ser un predicador. Te deseo, pues, que seas un gran confesor”.

Efectivamente, la complexión y las malas condiciones de salud del Padre Pío, lo mantuvieron gran parte de su vida sacerdotal encerrado en el convento de Santa María delle Grazie; sin embargo, esto no fue un impedimento para que el franciscano realizara la labor que Nuestro Señor le había encomendado: ser cura de almas.

Los sucesos místicos del Padre Pío también fueron determinantes a lo largo de su vida. En abril de 1913 se da lo que parece ser el primero de estos fenómenos, que él mismo relata al padre Agostino, de la siguiente manera:

“El Viernes Santo estaba aún en la cama cuando Jesús se me apareció, en un estado lastimoso y desfigurado. Me mostró un gran número de sacerdotes infieles, algunos celebrando, otros preparándose. Le pregunté por qué sufría tanto. Apartándose de aquella multitud de sacerdotes con una expresión de disgusto en su rostro, exclamó: ‘¡Carniceros!’ y mirándome, dijo: ‘Hijo mío, no creas que mi agonía duró solamente tres horas, no; estaré en agonía hasta el fin del mundo. Durante el tiempo de mi agonía, hijo mío, no hay que dormirse. Mi alma está buscando unas gotas de piedad humana’...”

Tiempo después, el 20 de septiembre de 1918, a sus treinta y un años, estando ante un gran crucifijo dentro de su convento en San Giovanni Rotondo, el Padre Pío recibió los estigmas, visibles y sangrantes, que hasta su muerte lo identificaron con Cristo crucificado.

Médicos expertos se presentaron en el convento para examinarlo y dar su opinión. Algunos de ellos buscaron razones de toda clase para desacreditar esos fenómenos místicos, mientras que otros, después de estudiar profunda y minuciosamente el caso, sólo encontraron una explicación sobrenatural, tal fue el caso del doctor Giorgio Festa quien en su informe médico había concluido:

“Después de varios exámenes y de ver la evolución con el tiempo de las heridas del Padre Pío, no hay otra explicación que la de que nos encontramos ante un caso sobrenatural”.

Lo cierto es que esas heridas sangraron diariamente durante más de cincuenta años.

Pero no fue su cuerpo lo único que sufría en el Padre Pío, su alma también tuvo que soportar fuertes dolores, provocados por las injurias, envidias y especialmente la falta de fe de algunos de sus hermanos, superiores, y aun jerarcas de nuestra Iglesia, que parecían empeñados en obstaculizar la labor apostólica del monje capuchino.

2. La cautela de la Iglesia

El 10 de mayo de 1922, siendo Papa Su Santidad Pío XI, el Santo Oficio, toma una serie de medidas internas con respecto a la Orden Capuchina, con la intención de mantener una mayor prudencia acerca de los fenómenos sobrenaturales y de frenar el fervor religioso de la gente, que parecía desbordarse ante la figura del Padre Pío.

Las instrucciones dadas al general de la Orden capuchina fueron tajantes:

“Que la misa que celebra el Padre Pío sea a horas indeterminadas, con preferencia de madrugada y en privado, que no dé la bendición en público, que no muestre, hable o deje que besen los supuestos estigmas. Que cambie de director espiritual, que no tenga ningún tipo de contacto con el padre Benedetto, ni por carta ni por cualquier otro medio, pues su dirección deja mucho que desear. Que el Padre Pío sea alejado de San Giovanni Rotondo; mejor mandarlo al Norte de Italia”.

Esta sería, tal vez, la primera de tantas ocasiones en las que se le prohibió el contacto con los fieles que tanto lo amaban y admiraban. Como si se tratase de un enfermo o un delincuente, fue recluido en su convento por diez años, de 1923 a 1933, para ser mantenido en “observación”, ya que no faltó quien -según narra uno de sus biógrafos, Enrique Calicó- afirmara que los estigmas del Padre Pío eran autoprovocados.

Tal fue el caso -nos cuenta el autor- de Monseñor Pasquale Gagliardi, obispo ordinario de la diócesis a la que pertenecía el convento del Padre Pío, quien viajó hasta Roma para injuriarlo frente a obispos y cardenales, diciendo:

“Yo mismo lo he visto, lo juro, descubrí un frasco de ácido con el que se provoca las heridas y colonia para perfumárselas. El Padre Pío es un poseso del demonio y los monjes de su convento unos estafadores...”

Como consecuencia de dichas declaraciones, el 16 de mayo de 1923 el Santo Oficio, pronunció de manera oficial un decreto público que negaba de plano, supuestamente “después de una investigación”, el carácter sobrenatural de las gracias y los carismas del Padre Pío.

Algunos de sus amigos y seguidores le preguntaban por qué no se defendía de semejantes injusticias y calumnias, a lo que el humilde sacerdote siempre contestaba:

“La obediencia, hijos míos, es una muralla que el diablo nunca puede escalar”

En 1933 se levanta el encierro contra el padre, sin embargo, años después, se volvería a actuar en su contra. El padre Pío, como siempre, obediente ante la voluntad de Dios, cumplía y acataba como clérigo todas las disposiciones de sus superiores, aunque fuesen desfavorables.

Otra actitud admirable de este monje fue que, a pesar de los obstáculos que tuvo que enfrentar durante su vida, no permaneció inactivo ni se sintió derrotado; por el contrario, dentro de su convento se mantuvo en constante oración y también realizó obras de misericordia con el prójimo hasta el 23 de septiembre de 1968, cuando entregó su alma a Quien ya se la había ofrecido junto con su vida entera. Ese día terminaron los sufrimientos terrenales para el humilde franciscano.”

Su legado material y espíritual

Las enseñanzas que el Padre Pío dejó con sus obras son innumerables. Conversiones, auxilio espiritual, consuelo del alma, curaciones, así como la fundación de la clínica “Sollievo della Sofferenza” (Alivio del Sufrimiento) son sólo algunas de ellas.

“Es uno de esos hombres extraordinarios que Dios envía a la tierra de vez en cuando para la conversión de los hombres”, dijera Monseñor Damiani, obispo de la diócesis de Salto, Uruguay, después de conocerlo personalmente.

Todos los días acudían a su convento centenares de visitantes que querían ver al “santo”, besar sus estigmas, asistir a su misa y confesarse con él. Por falta de hoteles y albergues, esos peregrinos tenían que dormir a la intemperie, en espera de tener contacto directo con el admirable sacerdote.

Pero su trabajo no sólo se limitó al confesionario y a la liturgia, el Padre Pío tuvo la brillante idea de edificar una clínica para el Pueblo de San Giovanni Rotondo, ya que el hospital más cercano estaba a 40 kilómetros y les era im- prescindible para atender a enfermos de viruela, tuberculosis, y otras enfermedades, así como heridos de la 2ª Guerra.

El primer intento por construir este hospital fue en 1922, cuando se habilitó un antiguo convento de las Clarisas, al que se puso por nombre “Hospital de San Francisco”. Fueron centenares las personas atendidas en este pequeño hospital gracias al trabajo, oraciones y donaciones de muchos voluntarios.

En 1938, un fuerte terremoto destruyó parte del edificio, que en ese momento se encontraba clausurado debido a las dificultades económicas imperantes en Europa. Se planteaba, entonces, la posibilidad de empezar de nuevo.

Dos años después de destruido el primer hospital, surge la inquietud en gente como Mario Sanvico, veterinario e industrial; Guglielmo Sanguinetti, médico y masón convertido por el Padre Pío; Carlo Kisvarday, farmacéutico; entre otros, de formar un comité para la construcción de uno nuevo que, una vez inaugurado el 5 de mayo de 1956, bautizara el Padre Pío como la clínica “Sollievo della Sofferenza”,
Una de las premisas que el Padre Pío tenía con respecto al alivio de las enfermedades era la necesidad de sanar no sólo el cuerpo, sino reconfortar también el alma. Asimismo, cuando se le preguntaba con respecto a la oración, la meditación y la confesión, el padre respondía:
“La oración es el gran negocio de la salvación humana... la meditación es la clave del progreso en el conocimiento de uno mismo y en el de Dios, y permite alcanzar la finalidad de la vida espiritual, que es la transformación del alma en Dios... la confesión es el baño del alma, hijos míos. Hay que lavarla al menos cada ocho días”.

Entre las realizaciones más importantes del Padre Pío se encuentran precisamente los Grupos de Oración, que se extenderán por todas partes del mundo a partir de 1945, ayudados también por la exhortación del Papa Pío XII.

Su humildad, obediencia, pero sobre todo su amor a Dios y al pecador, le valieron para que Su Santidad, Pablo VI, lo pusiera como ejemplo para los franciscanos capuchinos:

“Seguid el ejemplo de vuestro santo hermano fallecido hace poco, el Padre Pío. ¡Mirad qué fama ha tenido! ¡Qué multitud de todo el mundo ha reunido a su alrededor! ¿Y por qué? ¿Era filósofo, sabio? ¿Disponía de medios enormes? No. Decía misa humildemente, confesaba desde la mañana a la noche y era -es difícil decirlo- el representante de Nuestro Señor, marcado por las llagas de nuestra Redención. Un hombre de oración y sufrimiento. Esa es la razón por la que sentimos hacia él un agradecido afecto”

Pasaron 32 años después de su muerte y el Padre Pío fue proclamado beato por el Papa Juan Pablo II, en vísperas del gran jubileo del año 2000, ante una multitudinaria con-currencia.

Seguramente para cuando leas este artículo, el Padre Pío habrá sido proclamado Santo. Es claro que el testimonio de vida que él nos deja, es el ofrecimiento diario de las penas y angustias, a cambio de las cuales debemos realizar obras de misericordia a semejanza de Cristo, Quien redimió al mundo precisamente por medio de su crucifixión.

 

 

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