La Fiesta del Corpus Christi: Una Nueva Alianza en el Cuerpo y Sangre del Cordero
Por: Alejandra Galván
Hace algunos días, trataba de hacer entender a un amigo la importancia de la Eucaristía. Con un tono algo irónico, me comenzó a describir lo que él veía en el momento de la Comunión:
“Todos se enfilan, uno tras de otro, caminando hacia donde se encuentra el cura, quien extiende la mano y dice ‘el Cuerpo de Cristo...’ Si es que lo dice... porque me ha tocado ver a muchos que ni lo hacen. Al tiempo, la persona dice Amén, se come la hostia y enseguida, como por un reflejo condicionado, se pone de rodillas y quién sabe si esté orando o pensando en lo que hará al salir de la misa...” Al finalizar la charla mi amigo me preguntaba: “¿Entiendes lo poco que eso puede significar para mí? ¡Lo he vivido y lo he hecho personalmente durante años!”
¡Por supuesto que lo entendía! Es claro que son muchos los que van los domingos a la iglesia sin comprender que la asistencia a la Santa Misa es todo un evento espiritual y de renovación cristiana.
Seguir la Liturgia, escuchar la Palabra,
orar en comunidad y compartir el Cuerpo de Cristo, todo ello implica tener
un encuentro personal con Dios.
Muchos de estos rituales tienen un significado más profundo de lo
que nuestros cinco sentidos pueden percibir, y que sólo puede verse
con los ojos de la Fe. Entre todos estos eventos hay uno primordial: la
recepción de la Santa Eucaristía, que fuera instituida por
Jesús durante la última cena, la noche del “Jueves Santo”,
pero cuya fiesta se celebra especialmente otro día, conocido con
el nombre de “Corpus Christi” (Cuerpo de Cristo).
A esta festividad tendríamos que darle nosotros un sentido especial, debido a su trascendencia para nuestra permanente renovación, con Cristo y en Cristo.
Muchos se preguntarán por qué si la Santa Eucaristía fue instituida en un día se celebra en otro; y es que durante la Semana Santa, la Iglesia conmemora diversos sucesos relacionados con La Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo.
Todos ellos tienen enorme importancia, de manera que, en cierto modo, vendrían a restar la trascendental relevancia que tiene el sólo hecho de que Jesús se hiciera Pan de Vida, para quedarse con nosotros hasta el final de los tiempos.
Es por ello que la fiesta de “Corpus Christi” no se celebra el mismo Jueves Santo, sino recién el jueves inmediato posterior al domingo de la Santísima Trinidad, ya finalizado el tiempo de Pascua; aunque no siempre fuera así...
1. Orígenes históricos del Corpus Christi
Santa Juliana, nacida en Bélgica hacia el año 1193, fue uno de los instrumentos de los cuales Dios se sirvió para establecer esta festividad. Educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon, y siendo muy joven todavía, tuvo una visión inspirada en el fervor que sentía por el Santísimo Sacramento: había visto una Iglesia con apariencia de luna llena, mostrando sobre ella una mancha negra. Esta mancha, según le fuera revelado, significaba la falta de una solemnidad especialmente dedicada al Cuerpo y la Sangre de Cristo.
El Señor puso en el corazón de Santa Juliana el fervoroso deseo de que existiera una fecha especial en honor del Cuerpo de Cristo. La santa compartió esta inquietud con el entonces obispo de Liège, Roberto de Thorete.
Un tiempo después, en el año de 1247, el obispo de Thorete ordenó que la celebración del “Corpus Christi” se iniciara en el ámbito de su diócesis. Pero fue el Papa Urbano IV, quien después de publicar el documento pontificio “Transiturus” en 1264, en el cual resalta el amor de Cristo reflejado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo en toda la Iglesia; precisamente el jueves posterior a la festividad de la Santísima Trinidad, día que hasta hoy se conmemora la Fiesta del “Corpus Christi”.
Además dictaminó que los
fieles que asistieran a la Santa Misa y al Oficio Litúrgico en ese
día, obtendrían indulgencias especiales.
Al morir el Papa Urbano IV, se obstaculizó la difusión de
esta fiesta. Sin embargo, el Papa Clemente V, decretó una vez más
la adopción de esta solemnidad, que perdura hasta nuestros días.
2. El sentido mas profundo de la Fiesta...
En muchos sitios del mundo se llevan a cabo celebraciones en honor a la Sagrada Eucaristía: oraciones ante el Sagrario, exposiciones de la Custodia, Horas Santas, procesiones, visitas al Santísimo Sacramento, además del establecimiento de asociaciones que realizan una adoración nocturna o perpetua a Jesús Sacramentado.
Sin embargo, lo importante de esta cele-bración es comprender el significado tan profundo que tienen la fe y el amor al Cuerpo de Cristo. Participar en el sacrificio de Cristo, con los signos sacramentales del pan y el vino, es entrar en comunión con Jesús, con la Santísima Virgen, con todos los santos y con cuantos participan en ese momento del “banquete celestial”, reviviendo aquel instante de la Cena cuando el Señor nos dejó el más trascendental de sus legados: “El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: ‘Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía’. De igual manera, tomando la copa, después de haber cenado, dijo: ‘Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Todas las veces que la beban, háganlo en memoria mía’.” (I Cor 11, 23-25).
En la última cena con sus apóstoles, Jesús les dijo con claridad que le había llegado el momento de volver a la Casa del Padre. Los Apóstoles se entristecieron, todo se convirtió en una gran disyuntiva: Cristo deseaba seguir entre los hombres, para seguir manifestándoles su amor, pero igual debía retornar al Padre, para después enviarnos el Espíritu Santo.
No obstante Él, siendo Dios, pudo
encontrar la forma de, partiendo al Cielo, quedarse al mismo tiempo en la
tierra, y lo hizo a través de la institución de la Sagrada
Eucaristía, que nos permite alimentarnos de su cuerpo; volvernos
una sola carne con Él y hacernos sangre de su sangre, bajo el signo
del pan y el vino, renovando así nuestra amistad con el Padre, reforzando
nuestra voluntad de alejarnos del pecado y haciéndonos dignos de
la vida eterna ¡Qué grande es su Amor!
De igual forma, todos aquellos que parti-cipamos frecuentemente en el memorial
de la Pascua y la Resurrección, al escuchar Su Palabra y comer el
Pan de Vida, revivimos la vocación, el llamado que como Iglesia sentimos
de vivir en la Nueva y Eterna Alianza con Dios.
El sentido supremo de esta celebración, ya sea vivida una vez por semana, los domingos, o mejor aún, con más frecuencia, se encuentra en la recepción del Cuerpo de Cristo, entregado a través de la Eucaristía, que contiene en forma verdadera y sustancial el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
Aunque alguna gente no lo crea, como
católicos que somos, nosotros debemos estar seguros de que Jesucristo
está personalmente en la hostia consagrada, y que al recibirlo en
la Eucaristía, participamos de uno de los siete Sacramentos instituidos
por Él, a Quien recibimos como un invitado muy especial en nuestro
cuerpo y en nuestro corazón.
No debemos dudar ni por un instante de que él está vivo allí,
en las tres circunstancias en que podemos compartir nuestro mundo interior
con Jesús, a través de este Divino Sacramento: al visitarlo
en el Sagrario, al descender Él y hacerse materia a través
de la Consagración del Pan y el Vino, y al recibirlo en la Santa
Comunión.
3. La historia del milagro de Lanciano
Jesús ha mostrado de manera incuestionable como es que Él ama y desea salvar a los hombres a través de su Presencia Eucarística. Son cerca de 400 los milagros relacionados con la Sagrada Eucaristía, en los que Jesucristo se ha manifestado a través de la historia para que los incrédulos crean en Él y los creyentes afiancen su fe.
El más antiguo Milagro Eucarístico reconocido es el de “Lanciano”, que incluso después de mil doscientos años de su primera manifestación, se mantiene como uno de los más sorprendentes. Veamos el hecho:
Una mañana en Lanciano, Italia, alrededor del año 750, en la iglesia de San Legorio, un monje (de nombre aún desconocido) de la orden de San Basilio, sabio en las cosas del mundo, pero no en la fe, atravesaba por una difícil cir-cunstancia: dudaba de la presencia real de Nuestro Señor Jesús en la Eucaristía.
Mientras oficiaba la misa de esa mañana, después de pronunciar la solemne fórmula de la consagración, presenció cómo la Santa Hostia se convertía en carne y el vino en sangre viva, que enseguida se secó formando cinco coágulos.
Esto hizo temblar al monje, quien de inmediato cayó en un éxtasis de llanto, donde se confundían el gozo, el arrepentimiento por la duda y el agradecimiento a Dios por tan especial manifestación.
La noticia del milagro sorprendió tanto a los monjes de San Basilio como a los habitantes de Lanciano, y en general a todo aquel que se anoticiaba de tan trascendente suceso. Fue basándose en este hecho, bque venía a apoyar irre-futablemente las inquietudes de Santa Juliana y el Obispo de Thorete, que la Iglesia terminó por instituir, en 1264, la solemnidad religiosa del “Corpus Domini” (Cuerpo de Dios).
En algunas investigaciones eclesiales realizadas desde 1574 hasta 1886, se descubrió que, inexplicablemente, los cinco coágulos de sangre, de diferentes tamaños y formas, tomados individualmente y cada uno por separado pesaban exactamente lo mismo que lo que pesan los cinco juntos.
En 1970 y 1981 se realizaron investigaciones científicas, cuyos resultados fueron documentados con una serie de fotografías microscópicas, de incuestionable precisión científica. Las conclusiones sostienen que:
“La carne es carne y la sangre es sangre, ambos de especie humana. La carne tiene la estructura esencial de tejidos del corazón (miocardio, endocardio, nervio vago y ventrículo izquierdo). La sangre misma y la contenida en la carne es de tipo AB (el mismo tipo de la sangre encontrada en la Sábana Santa de Turín)
La ciencia ha dado testimonio seguro y absoluto de la legi-timidad del inexplicable Milagro Eucarístico de Lanciano. Pero lo más relevante de todo esto es la nueva demostración de amor y compasión por los incrédulos que tuvo y tiene Nuestro Amado Jesucristo, quien hoy como ayer sigue entre-gando su corazón en cada Eucaristía.