Juan Diego ingresó para toda la eternidadal Libro de los Santos
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Era el ocaso de un día, pero el amanecer de una nueva esperanza: el pueblo mexicano volvería a encontrarse con su pastor, Juan Pablo II, quien traía como regalo para sus “siempre fieles”, la canonización del primer indígena mexicano y americano: Juan Diego.
A las 19:30 horas, tiempo del centro de México, el Vicario de Cristo pisaba por quinta vez suelo mexicano. Venía de Guatemala, donde horas antes había elevado a los altares universales al Hermano Pedro de San José de Betancur, fundador de la orden Bethlemita.
El presidente de la República, Vicente Fox, autoridades civiles y religiosas, el cuerpo diplomático y los jerarcas del clero mexicano, junto a unas tres mil personas le dieron una cálida bienvenida en el hangar presidencial del aeropuerto de la ciudad de México.
Durante la ceremonia de recepción, Su Santidad, Juan Pablo II, pudo expresar su alegría por estar nuevamente cerca de la Virgen del Tepeyac y de los fieles mexicanos:
“Queridos mexicanos: Gracias por vuestra hospitalidad, por vuestro afecto constante, por vuestra fidelidad a la Iglesia. En ese camino, continuad siendo fieles, alentados por los maravillosos ejemplos de santidad surgidos en esta noble Nación. ¡Sed santos! Recordando cuanto ya dije en la Basílica de Guadalupe en 1990, [cuando beatificó a Juan Diego] servid a Dios, a la Iglesia y a la Nación, asumiendo cada cual la responsabilidad de trasmitir el mensaje evangélico y de dar testimonio de una fe viva y operante en la sociedad.
A cada uno os bendigo de corazón,
utilizando para ello la fórmula con la que vuestros antepasados se
dirigían a sus seres más queridos: ‘Que Dios os haga
como Juan Diego’”... “¡México, siempre fiel!”
Esa última frase arrancó los aplausos de una muchedumbre visiblemente
emocionada.
Durante su recorrido hacia la Nunciatura Apostólica, donde se hospedó, el Papa pudo sentir una vez más el cálido abrazo de bienvenida que los mexicanos le brindaron en conjunto a lo largo de las calles de la Capital Mexicana. Fuentes oficiales revelaron que sobre las vías recorridas por el Sumo Pontífice y los lugares donde hubo celebraciones, se dieron cita más de 10 millones de personas, entre mexicanos y peregrinos de los países vecinos.
1. La Canonización
A las 8:45 de la mañana, del martes 31 de julio, las puertas de la Nunciatura Apostólica se abrieron para alegría de los miles de católicos, que pernoctaron a las afueras del edificio para conservar un lugar lo suficientemente cercano que les permitiera ver al Santo Padre.
El “papamóvil” se detuvo unos minutos a la entrada de la Nunciatura, para que Su Santidad pudiera dar la bendición a los presentes, en especial a los ancianos y enfermos que allí se encontraban. Después, se dirigió al evento más importante de su quinta visita a México: la ceremonia de canonización de Juan Diego.
Un río de almas fervorosas se desbordó a lo largo del recorrido del Santo Padre hacia la Villa de Guadalupe. Durante aproximadamente una hora, el Papa pudo otorgar su bendición a todos los asistentes, quienes después de verlo pasar se dirigieron a presenciar la ceremonia de canonización a través de las pantallas gigantes que las autoridades habían colocado en lugares estratégicos de la ciudad, a fin de descongestionar la afluencia de peregrinos a la Basílica de Guadalupe.
Antes de llegar al Tepeyac, Juan Pablo II se detuvo frente a la Catedral Metropolitana de la ciudad de México, donde bendijo una de las campanas dedicada a Juan Diego. Asimismo, luego hizo una escala breve en la Plaza de la Constitución, para dar su bendición y saludar desde el “papamóvil” a los miles de jóvenes católicos que se habían dado cita en el lugar, en una vigilia de oración desde la noche anterior.
Una ovación prolongada recibió al Sumo Pontífice al llegar a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. El vehículo del Papa hizo un recorrido por todo el atrio del templo, para que los miles de fieles allí reunidos pudieran recibir la bendición de Su Santidad y gozar, aunque fuera por unos instantes, de la presencia cercana del sucesor de San Pedro.
Con algunas dificultades físicas, pero con un ánimo inquebrantable, Juan Pablo II llega a los pies de la Dulce Señora del Tepeyac para dar inicio a tan esperada celebración.
Después de dirigir un cordial saludo y unas emotivas palabras de bienvenida al Santo Padre, el Cardenal Norberto Rivera, Arzobispo Primado de México, como lo marcan los cánones religiosos, pidió a Su Santidad que inscriba al beato Juan Diego en el Catálogo de los Santos.
Fue entonces cuando el momento más anhelado de la visita pastoral llegó a su punto máximo. El Papa Juan Pablo II pronunció la fórmula de canonización:
“En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y la nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el episcopado, declaramos y definimos Santo al beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin, lo inscribimos en el Catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado”.
Al concluir estas palabras, el Cardenal Rivera y el Postulador para la causa del Santo dieron las gracias al Santo Padre, mientras que la imagen de Juan Diego fue colocada en el lugar donde fue venerada y donde lo será de ahora en adelante. Se le colocaron flores y se le honró con incienso dentro de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.
El Evangelio fue proclamado en castellano y en Náhuatl, la lengua madre de Juan Diego Cuauhtlatoatzin (que en ese idioma significa “águila que habla”). Después, el Papa pronunció su homilía.
Momentos antes de la bendición final, el Santo Padre y los concelebrantes, se dirigieron a la Santísima Virgen de Guadalupe con estas devotas palabras:
“Virgen María de Guadalupe, dulce Señora y Madre nuestra, nos volvemos a ti para agradecerte de todo corazón que hayas querido que la canonización de tu fiel servidor, Juan Diego, ‘el más pequeño de tus hijos’, haya sido aquí, en tu ‘casita sagrada’ del Tepeyac.
Madre, te pedimos fervientemente que esta canonización sirva para impulsar la Nueva Evangelización en toda América y en el mundo entero. Que Juan Diego, a quien podemos ya venerar como santo, sea un verdadero modelo de vida cristiana para todos los moradores de estas tierras y demás amadores tuyos que invocan tu nombre”.
Una vez dada la bendición final, se dio por concluida la Santa Misa y ceremonia de canonización de Juan Diego. A partir de entonces y para siempre, el nombre de Juan Diego Cuauhtlatoatzin quedó escrito en el libro donde se guarda celosamente el nombre de todos los santos reconocidos por la Iglesia Católica Universal.
2. Homilía de Juan Pablo II
Reproducimos textualmente la reflexión del Santo Padre, como el texto sin duda más importante de esta edición de Jesucristo Vivo. Probablemente ya la hayas escuchado o leído antes, pero queremos que la tengas siempre a mano. Te invitamos, querido lector, querida lectora, a que la medites profundamente antecedida por una oración, para que el Señor te hable a través de ella.
“¡Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!” (Mateo 11, 25).
Queridos hermanos y hermanas: Estas palabras de Jesús en el evangelio
de hoy son para nosotros una invitación especial a alabar y dar gracias
a Dios por el don del primer santo indígena del Continente americano.
Con gran gozo he peregrinado hasta esta Basílica de Guadalupe, corazón
mariano de México y de América, para proclamar la santidad
de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el indio sencillo y humilde que contempló
el rostro dulce y sereno de la Virgen del Tepeyac, tan querido por los pueblos
de México.
Agradezco las amables palabras que me ha dirigido el Señor Cardenal
Norberto Rivera Carrera, Arzobispo de México, así como la
calurosa hospitalidad de los hombres y mujeres de esta Arquidiócesis
Primada: para todos mi saludo cordial. Saludo también con afecto
al Cardenal Ernesto Corripio Ahumada, Arzobispo emérito de México
y a los demás Cardenales, a los Obispos mexicanos, de América,
de Filipinas y de otros lugares del mundo. Asimismo, agradezco particularmente
al Señor Presidente y a las Autoridades civiles su presencia en esta
celebración.
Dirijo hoy un saludo muy entrañable a los numerosos indígenas
venidos de las diferentes regiones del País, representantes de las
diversas etnias y culturas que integran la rica y pluriforme realidad mexicana.
El Papa les expresa su cercanía, su profundo respeto y admiración,
y los recibe fraternalmente en el nombre del Señor.
¿Cómo era Juan Diego? ¿Por qué Dios se fijó en él? El libro del Eclesiástico, como hemos escuchado, nos enseña que sólo Dios “es poderoso y sólo los humildes le dan gloria” (3, 20). También las palabras de San Pablo, proclamadas en esta celebración, iluminan este modo divino de actuar la salvación: “Dios ha elegido a los insignificantes y despreciados del mundo; de manera que nadie pueda presumir delante de Dios” (1 Co 1, 28.29).
Es conmovedor leer los relatos guadalupanos, escritos con delicadeza y empapados de ternura. En ellos la Virgen María, la esclava “que glorifica al Señor” (Lucas 1, 46), se manifiesta a Juan Diego como la Madre del verdadero Dios. Ella le regala, como señal, unas rosas preciosas y él, al mostrarlas al Obispo, descubre grabada en su tilma la bendita imagen de Nuestra Señora.
“El Acontecimiento Guadalupano -como ha señalado el Episcopado Mexicano- significó el comienzo de la evangelización con una vitalidad que rebasó toda expectativa. El mensaje de Cristo a través de su Madre tomó los elementos centrales de la cultura indígena, los purificó y les dio el definitivo sentido de salvación” (14.05.2002, n. 8). Así pues, Guadalupe y Juan Diego tienen un hondo sentido eclesial y misionero y son un modelo de evangelización perfectamente inculturada. “Desde el cielo el Señor, atentamente, mira a todos los hombres” (Sal 32, 13), hemos recitado con el salmista, confesando una vez más nuestra fe en Dios, que no repara en distinciones de raza o de cultura. Juan Diego, al acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad indígena, descubrió la profunda verdad de la nueva humanidad, en la que todos están llamados a ser hijos de Dios en Cristo.
Así facilitó el encuentro fecundo de dos mundos y se convirtió
en protagonista de la nueva identidad mexicana, íntimamente unida
a la Virgen de Guadalupe, cuyo rostro mestizo expresa su maternidad espiritual,
que abraza a todos los mexicanos. Por ello, el testimonio de su vida debe
seguir impulsando la construcción de la nación mexicana, promover
la fraternidad entre todos sus hijos y favorecer cada vez más la
reconciliación de México con sus orígenes, sus valores
y tradiciones.
Esta noble tarea de edificar un México mejor, más justo y
solidario, requiere la colaboración de todos. En particular es necesario
apoyar hoy a los indígenas en sus legítimas aspiraciones,
respetando y defendiendo los auténticos valores de cada grupo étnico.
¡México necesita a sus indígenas y los indígenas
necesitan a México! Amados hermanos y hermanas de todas las etnias
de México y América, al ensalzar hoy la figura del indio Juan
Diego, deseo expresarles la cercanía de la Iglesia y del Papa hacia
todos ustedes, abrazándolos con amor y animándolos a superar
con esperanza las difíciles situaciones que atraviesan.
En este momento decisivo de la historia de México, cruzado ya el umbral del nuevo milenio, encomiendo a la valiosa intercesión de San Juan Diego los gozos y esperanzas, los temores y angustias del querido pueblo mexicano, que llevo tan adentro de mi corazón.
¡Bendito Juan Diego, indio bueno y cristiano, a quien el pueblo sencillo ha tenido siempre por varón santo! Te pedimos que acompañes a la Iglesia que peregrina en México, para que cada día sea más evangelizadora y misionera. Alienta a los Obispos, sostén a los sacerdotes, suscita nuevas y santas vocaciones, ayuda a todos los que entregan su vida a la causa de Cristo y a la extensión de su Reino.
¡Dichoso Juan Diego, hombre fiel y verdadero! Te encomendamos a nuestros hermanos y hermanas laicos, para que, sintiéndose llamados a la santidad, impregnen todos los ámbitos de la vida social con el espíritu evangélico. Bendice a las familias, fortalece a los esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los padres por educar cristianamente a sus hijos. Mira propicio el dolor de los que sufren en su cuerpo o en su espíritu, de cuantos padecen pobreza, soledad, marginación o ignorancia. Que todos, gobernantes y súbditos, actúen siempre según las exigencias de la justicia y el respeto de la dignidad de cada hombre, para que así se consolide la paz.
¡Amado Juan Diego, “el águila que habla”! Enséñanos el camino que lleva a la Virgen Morena del Tepeyac, para que Ella nos reciba en lo íntimo de su corazón, pues Ella es la Madre amorosa y compasiva que nos guía hasta el verdadero Dios. Amén.