Santa Clara de Asís: Una vida de Esperanza en Dios
Por: Alehandra Galván
“El amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre”-
Santa Clara Clara, dejó atrás una vida colmada de riquezas y comodidades, se arrodilló ante San Francisco e hizo la promesa de renunciar a todo lo mundano y llevar una vida dedicada a la oración y la pobreza.
En el seno de una familia acaudalada, en Asís, Italia, nació Clara el 16 de julio de 1194. Era la hija mayor del conde Favarone Offeduccio y de Ortolana, quien pertenecía a la noble familia de los Fiumi. Desde niña gustaba de la oración y sentía una enorme necesidad de revivir en ella la Pasión de Cristo.
Entrada su adolescencia, Clara fue sintiendo cada vez más un profundo rechazo por las cosas del mundo y el creciente deseo de llevar una vida de absoluta espiritualidad. A sus 18 años ella escuchó por primera vez al joven Francisco de Asís, cuando predicaba los sermones de la cuaresma en la iglesia de San Giorgio, y exhortaba a los presentes para que buscaran la verdadera libertad de sus corazones, siguiendo a Jesucristo y olvidándose de los bienes materiales.
Estas palabras avivaron en Clara el deseo de seguir a Cristo, por lo que después del sermón acudió a buscar, en secreto, a quien después sería el célebre San Francisco. Intuía que él podría ayudarla a vivir “según el modo del Santo Evangelio”, como siempre quiso. Desde ese momento Francisco vio en Clara a una hija escogida especialmente por Dios.
1. El llamado
Clara sabía que tomar la determinación de seguir a Cristo, y sobre todo de consagrar su vida al Señor a través del servicio a los más necesitados, iba a ser causa de gran oposición familiar, dado que su padre y hermanos ya habían acordado en parte su futuro que, como es de suponer, se apegaba a las reglas sociales de la época.
Pese a todos los obstáculos, la noche del 18 de
Marzo de 1212, después de la celebración del Domingo de Ramos,
con el deseo ya meditado de hacerse religiosa, Clara salió discretamente
de la casa de sus padres, acompañada de su tía Bianca, para
encontrarse en la capilla de la Porciúncula con San Francisco. Lo
primero que hizo Francisco fue cortarle su larga cabellera, como señal
de despojo de toda vanidad, le cubrió la cabeza con un manto y la
envió con las monjas benedictinas de San Paolo, a fin de que la prepararan
para convertirse en una santa monja.
A pesar de la inmadurez de sus escasos 18 años, Clara estaba firme
en su decisión y siempre estuvo iluminada por Dios en tan acertada
Providencia. Incluso se negó a obedecer a su padre y sus hermanos,
quienes pretendían desposarla con algún millonario hacendado,
pero al ver la firmeza en el propósito de Clara, toda su familia
desistió de regresarla por la fuerza a su hogar.
Más aún, poco tiempo después, su hermana Inés y hasta su madre, decidieron seguirla, haciéndose monjas también.
Santa Clara, junto con su hermana Inés, fueron enviadas por San Francisco a Sant´ Angelo, un monasterio benedictino. Y después las transfirió a un recinto adyacente a la capilla de San Damián, en lo que entonces era una casita muy humilde y penosa, pero Santa Clara y otras muchachas más, que la seguían atraídas por esa vida de oración, construyeron con sus propias manos lo que después sería un gran convento.
Así surgió el primer convento de la “Orden de las Damas Pobres”, alojando a las mujeres que buscaban un recogimiento para vivir en santidad. San Francisco nombró a Santa Clara madre superiora del convento, aunque ella siempre pretendió ser una monjita de segundo orden, pero sus seguidoras gustaban de su autoridad, de su caridad y sencillez para con todas.
2. Testimonio de humildad y servicio
Muchas de las acciones cotidianas de Santa Clara estuvieron basadas en la humildad y el ánimo de servir al prójimo. Por el testimonio de las mismas hermanas que convivieron con ella, y que generación tras generación las monjas de su Orden han transmitido hasta nuestros días, se sabe de muchas actitudes bondadosas de esta santa mujer.
Se cuenta que en las noches muy frías se levantaba a abrigar a sus hermanas, e incluso les cedía su cobija. Cuando hacía falta pan para comer dentro del convento, ayunaba con gozo para ceder su ración y así procurar el alimento de la congregación. Su vida entera fue un auténtico desbordamiento de amor y un ejemplo que debe calar nuestros corazones.
Santa Clara entendía que la pobreza era el camino ideal para alcanzar la unión con Cristo, ya que ese fue uno de los más grandes legados que Jesús dio a la humanidad: “el Cristo Redentor y Rey del mundo quiso nacer en un humilde pesebre; Aquel que es el Rey, no tuvo nada ni exigió nada terrenal para sí, puesto que su única posesión era vivir la voluntad del Padre...”
Santa Clara vivió con frecuencia momentos difíciles, y a la par tuvo grandes logros civiles y religiosos. El Cardenal Ugolino (quien posteriormente llegó al trono pontificio con el nombre de Gregorio IX) insistía en cambiar las reglas de la orden de las “Clarisas”, como en su honor se llamó a la congregación fundada por Clara y sus seguidoras, bajo los auspicios de San Francisco.
El Cardenal pretendía eliminar o al menos aligerar el voto de absoluta pobreza en la cual la orden se fundamentaba, a lo que Santa Clara se opuso con tenacidad, por convicción propia y por fidelidad a las recomendaciones hechas por Francisco.
Era tal su amor a Cristo y tal su convicción hacia la pobreza que al Sumo Pontífice, que le ofrecía ayuda económica para la manutención de su convento, le escribió: “Santo padre: le suplico que me absuelva y me libere de todos mis pecados, pero no me absuelva ni me libre de la obligación que tengo de ser pobre como lo fue Jesucristo”.
A quienes le decían que había que pensar en el futuro, les respondía con aquellas palabras de Jesús: “Mi Padre celestial que alimenta a las aves del campo, nos sabrá alimentar también a nosotros”.
3. Una vida consagrada ejemplar
Además de su casi absoluta pobreza, Santa Clara siempre se preocupó por las mortificaciones del cuerpo, como un sacrificio agradable al Señor. Su lecho era una cama compuesta de arbustos y paja, la que se vio obligada a cambiar por obediencia a Francisco, quien se lo pidió atendiendo a su enfermedad.
Comía muy poco, lo que sorprendía hasta
a sus propias hermanas, ya que no se explicaban cómo podía
sostener su frágil cuerpo. Durante el tiempo de Cuaresma, pasaba
días sin probar bocado y los demás días los pasaba
a pan y agua. Sus hermanas, preocupadas por su salud, informaron de estos
ayunos a San Francisco, quien intervino con el Obispo ordenándole
comer, por lo menos un pedazo de pan diariamente.
Hizo fuertes sacrificios durante los cuarenta y dos años de su vida
consagrada. Cuando le preguntaban si no se excedía, ella contestaba:
“Estos excesos son necesarios para la Redención... Sin el derramamiento
de la Sangre de Jesús en la Cruz no habría Salvación”.
Y luego añadía: “Hay unos que no rezan ni se sacrifican;
hay muchos que sólo viven para la idolatría de los sentidos.
Ha de haber compensación. Alguien debe rezar y sacrificarse por los
que no lo hacen. Si no se estableciera ese equilibrio espiritual, la tierra
sería destrozada por el maligno”.
Gobernando como abadesa de San Damiano, Santa Clara se convirtió en una fuerte influencia para las mujeres de la época; rompió esquemas muy arraigados de conveniencia social, tradiciones familiares e incluso algunas prácticas religiosas poco razonables de ese tiempo medieval. No sólo fue testigo de las conversiones a Jesucristo de sus hermanas Inés y Beatriz, de su madre Ortalana, sino que también participó de la fundación de conventos de Clarisas en Italia, Francia, Alemania y Checoslovaquia.
4. Sucesos milagrosos
Se cuenta que en una ocasión, soldados anticatólicos asaltaron Asís e intentaron cruzar las tapias de San Damiano. Santa Clara, con su enfermedad a cuestas, se levantó de la cama, tomó el Santísimo Sacramento que estaba en la capilla y se enfrentó a los atacantes que escalaban los muros del convento, ella alzó el ciborio y los soldados cayeron de espaldas.
Tiempo después, otras fuerzas militares intentaron destrozar la ciudad de Asís, Santa Clara y sus hermanas iniciaron una oración ferviente para evitar la contienda. Al momento se desató una encrespada tormenta que destruyó las tiendas de los soldados enemigos, causando alarma entre ellos y provocando su inmediata huída del lugar.
Los habitantes de Asís siempre veneraron a Santa Clara, pero esta devoción se intensificó por los 27 años de enfermedad que ella padeció, y que a pesar de debilitarla físicamente, jamás le hicieron declinar en su entusiasmo por lograr lo que se proponía: sembrar en ella misma y derramar en los demás su esperanza sólo en Dios, con un corazón pobre y contrito.
5. El final
En su lecho de muerte, Santa Clara repetía: “Desde que me dediqué a pensar y meditar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, ya los dolores y sufrimientos no me desaniman, sino que me consuelan”.
Antes del amanecer del 11 de agosto de 1253, la santa fundadora de la orden de las Damas Pobres, más conocidas como Clarisas, fallece en paz, a los 60 años de edad y con 42 años de vida religiosa,Parece difícil pensar que Clara, en su adolescencia, hiciera votos tan firmes de servicio a Jesucristo, porque al igual que los jóvenes de su época y de este tiempo, vivía en una sociedad que satisface placeres temporales, con riqueza y poder, por encima de lo espiritual.
Para ella la pobreza material significaba no creer en nada visible, sino creer y esperarlo todo de Alguien a quien no se puede ver materialmente, pero que no deja de mostrarse al que le quiere ver.
Tener un corazón pobre es vivir aislado de las cosas del mundo, con disposición para las cosas de Dios y con Fe en Nuestro Señor Jesucristo, comiendo de Su mano.
Para algunos de nosotros sería casi imposible concebir la existencia sin preocuparse por los bienes materiales, pero el ejemplo de Santa Clara debe invitarnos a orar para conquistar un corazón que excluya lo superfluo y lo banal, y que en esa austeridad nos permita encontrar el rostro de Jesús, escuchar la voz viva de Nuestro Padre, que nos suministrará de todo “por añadidura”.
En la Basílica de Santa Clara encontramos hoy su cuerpo incorrupto y muchas de sus reliquias. En el convento de San Damiano, pueden recorrerse los pasillos que ella recorrió. Si se ingresa al cuarto donde ella pasó muchos años de su vida acostada, se puede observar la ventana por donde veía a sus hermanas. También se conservan el oratorio, la capilla, y la ventana por donde expulsó a los sarracenos con el poder de la Eucaristía.
Hoy las religiosas Clarisas son aproximadamente 18 mil y viven en mil 248 conventos, dispersos por todo el mundo