El paso del huracán Isidoro: Reflexiones acerca de la naturaleza... externa e interna
Por: Francisco Rico Toro
Afuera todo es un caos: agua a raudales, fuertes ráfagas de viento y una pavorosa oscuridad. Se oye el chasquido permanente de cables azotando los árboles, cristales, paredes y techos, y el estampido periódico de distintos objetos que volando por los aires, arremeten contra muros y ventanas, o se desploman directamente sobre aquello que tengan debajo: tejados, bardas, autos o el suelo.
Todo se estremece ante el paso del huracán Isidoro y pareciera que nada va a quedar en su lugar: Caen chapas de zinc y de cartón, ramas de árboles, pero también árboles enteros, murallas, postes de luz, letreros... y daría la impresión de que esto no fuera a terminar.
Él está aquí
ahora. No me lo han contado. Lo estoy viviendo en este instante, y si por
algún motivo no quiero que pase este momento es sólo para
podértelo contar tal cual lo estoy viviendo, bajo la luz de tres
velas.
No exagero si te digo que más de una vez me ha asaltado la tonta
pregunta de quién será el que recoja este testimonio para
difundirlo luego, si en un momento determinado la tecnología y la
sapiencia de quienes construyeron esta casa cede ante las fuerzas de la
naturaleza. Pero no quiero ser fatalista.
Afortunadamente estamos “preparados”.
Compramos las velas, almacenamos agua, comida enlatada, linternas, baterías
y desempolvamos la vieja radio a transistores de nuestra hija, aparato al
que, personalmente, jamás le había dado la mínima importancia.
Cubrimos las ventanas con frazadas, que cosimos por fuera a las rejas de
protección. Reforzamos los vidrios por dentro con una gruesa cinta
engomada de celofán y suponemos que hemos hecho cuanto se podía.
De todos modos, siempre queda la duda, la idea de que hubo algo que se podía
hacer y no se hizo. Y entonces vienen las inquietudes espirituales. Piensas
si te quedó algún pecado sin confesar, si dijiste a todos
cuánto los quieres. Si estarías listo para encontrarte cara
a cara con Dios...
Y luego pueden volver las inquietudes materiales: ¿Qué llevarías contigo si de pronto llegase el ejército o la policía, o quién sabe qué fuerza especial para decirte que tienes cinco minutos para abandonar la casa y asilarte en un albergue, como seguramente habrá sucedido y estará sucediendo ahorita en varios lugares del Estado?
Quedará claro al lector que éste es nuestro primer huracán, y que cuando pase tendremos algo más que contar. Pero no es eso lo que interesa ahora. Aun quienes vivieron los estragos de “Gilberto”, catorce años atrás, están asustados, y quizás más ellos que nosotros, porque de algún modo saben a lo que se enfrentan, o lo que pueden esperar. A nosotros nos anima la pequeña dosis de esperanza que siempre trae lo desconocido: quizás el mismo placer de conocer.
Por momentos debo dejar la pluma para ayudar a mi esposa a escurrir el agua que se filtra en la casa, a través de rendijas invisibles y hasta ahora insospechadas. Pero gracias a Dios la estructura y los cristales se mantienen intactos.
Probablemente esta nota vaya escrita en tres o cuatro tiempos, qué más da. Ya veremos lo que este fenómeno nos deja, o más bien cómo nos deja.
A ratos siento que más valdría la pena parar de escribir y seguir rezando, abrazar a los seres queridos que tengo cerca y que aún no se pueden dormir, a pesar de que ya son las doce y media de la noche y esto va contra sus hábitos.
Es que de verdad el ruido de afuera asusta, y más cuando se escurre para adentro. Nuestra bebé de ocho meses se ha despertado ya un par de veces llorando. Ahí fuimos prontos a calmarla, contra toda costumbre los dos, tal vez para no separarnos.
Dejaré de escribir. Volveré mañana, o pasado... Volveré a escribir cuando haya solucionado mis urgencias, que seguramente serán muchas menos que las de muchos otros. Volveré en fin, Dios mediante, cuando pueda...
1. Después de la “tormenta”
...Han pasado nueve días con esta nota inconclusa. La leo para transcribirla y me parece cursi, pero sé que debo publicar la primera parte tal cual fue escrita, sin las decenas de correcciones que suelen hacerme narrar tres o más veces lo mismo, pero con distintas palabras o giros.
¡No! Esta vez, esa parte,
no la tocaré a pesar del maníaco espíritu de autocrítica
y esa casi obsesiva creencia de que todo puede ser mejor.
Vuelvo al tema de este huracán y es para contarte lo que ya habrás
escuchado, quizás hasta el hartazgo: que duró cerca de diez
horas en Mérida y que por ello causó más daños
que el Gilberto, a pesar de que aquél había tenido mucha mayor
intensidad. Vuelvo al huracán, más bien, para decirte que
hubo un sinnúmero de personajes ignotos, “don Carlos y doña
Rosa” que se quedaron sin casa, pero además él perdió
el empleo, porque el viento y el agua destruyeron el taller, y el patrón
no tiene dinero para volverlo a montar.
Vuelvo a Isidoro para decirte que hay brotes de cólera, de dengue y de tifoidea, y vaya uno a saber qué secuelas más, que traerán nuevas muertes.
Vuelvo a hablarte de esto para decirte que, aunque ya no sean noticia, hay miles de almas y cuerpos que necesitan de tu oración.
Te cuento que, a pesar de estar en una situación bastante “cómoda”, desde el punto de vista económico, y de vivir en una colonia “bien ubicada”, pasé con mi familia nueve días sin agua potable y sin luz, bañándonos con agua de lluvia, en turnos y por partes, y reutilizándola luego para la limpieza de los baños.
Y podría entrar en decenas de detalles que te pinten más vívidamente el panorama, pero no sé si tenga sentido. Todos hemos sufrido, pero como siempre fuimos menos los que menos padecimos.
2. Qué rescatar, además de la experiencia
Más allá de lo anecdótico, que como te decía podría ayudarme a llenar varias páginas si ese fuera el propósito, quiero compartir contigo un par de reflexiones que me dejó el Isidoro:
Lo primero, es que realmente somos nada. Que las fuerzas
aún desconocidas de la naturaleza, ya sea en forma de huracanes,
ciclones, tornados, terremotos... pueden “jugar” con nosotros
como si de marionetas se tratara, por más cómodos y poderosos
que podamos sentirnos: No hay fortalezas lo suficientemente sólidas
como para resultar invencibles ante su potencia. Ante ellas somos todos
indefensos.
Lo siguiente es que todo ese andamiaje de comodidades que caracterizan nuestro
tránsito por la vida, ya en el tercer milenio, son igualmente pasajeras
y endebles. Que la energía eléctrica, las redes de agua potable
y otros varios servicios, a los que la mayoría no valoramos porque
son como una parte de nosotros mismos, en realidad son ajenos. Que la tecnología
que nos rodea y a la vez nos diferencia, mañana mismo puede desaparecer
y hacernos a todos más iguales.
Luego me puse a pensar que “el fin del mundo” puede estar mucho más cerca de lo que antes creía... al menos para mí, y para muchos de mis hermanos del tercer mundo.
Finalmente, Isidoro me invitó a pensar en la importante urgencia de dar el verdadero valor a cada cosa; lo que necesariamente implica restarle valor a tantas estupideces que con frecuencia se llevan buena parte de nuestras energías y nuestros días.
Y quizás allí esté el principal obstáculo para revalorizar lo bueno: En nuestro enfermizo e inconsciente apego a las cosas materiales con las que vamos construyendo “nuestro mundo” (desde una miserable computadora, que pareciera exigirnos su actualización casi permanente, pasando por el querido auto, que con frecuencia nos demanda gastos o nos recuerda que está envejeciendo y pronto habrá que cambiarlo), nos olvidamos de disfrutar de aquellas pequeñas cosas que de verdad pueden alegrarnos la vida, como la sonrisa o las ocurrencias de nuestros hijos, el compartir un atardecer en familia... El dar gracias a Dios por todo aquello que gratuitamente nos regala y que por lo general no alcanzamos a valorar lo suficiente.
Ésta ha sido una brillante oportunidad que nos dio la vida para reencontrarnos con los seres que nos rodean, para conversar con cada uno de ellos, al principio tímidos, probablemente sólo tratando de llenar el enorme vacío que había sabido ocupar la boba tele... para volver a conocernos, para redescubrirnos.