SANTA TERESA DE JESÚS
Por: Andrea Cordero
“Nada
te turbe, nada te espante. Todo se pasa.
Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene, nada le falta.
Sólo Dios basta” (Santa Teresa)
La extraordinaria vida de esta Santa y Doctora
de la Iglesia comienza un 28 de marzo de 1515 en Ávila, España.
Su nombre era Teresa Sánchez Dávila, nacida del matrimonio
entre Alonso Sánchez y Beatriz Dávila. En su casa vivía
con 11 hermanos. Tres del primer matrimonio de Don Alonso y ocho del segundo,
dentro del cual nació Teresa.
En el seno de esta familia tan numerosa, Teresa gozaba siempre de la compañía
de su hermano menor, Rodrigo, con quien acostumbraba leer historias de Santos.
Ambos niños eran muy inquietos, inteligentes y con un inocente amor
a Dios. Se cuenta que un día decidieron marcharse a territorios mahometanos,
con la ilusión de ofrecerse en martirio por amor a Dios. En esos
tiempos, las personas que se declaraban cristianas en los dominios Moros,
eran directamente asesinadas.
Esta aspiración no llegó a realizarse de la manera en que
ellos hubieran querido, ya que un familiar suyo los encontró en el
camino y los llevó de regreso a su casa, de modo que quedó
como una simple pero significativa anécdota de familia.
A la tierna edad de 14 años, un gran dolor inunda su corazón,
su madre muere y Teresa le pide fervorosamente a la Virgen María
que la acepte como hija suya. Desde entonces nada la apartó del regazo
materno de la Virgen María.
Una vez que se consagró por completo al Señor e ingresó
al convento de las hermanas Carmelitas, comenzó a vivir una serie
de experiencias místicas; sin embargo, quizás más que
por ello, se le recuerda por su inmensa humildad, su auténtica entrega
al Señor, su amor e inteligencia, atributos que la llevaron a ser
declarada Doctora de la Iglesia.
1. El ingreso al Convento
Cuando apenas tenía 15 años, y como medida de disciplina ante ciertas ideas vanas, propias de la edad y de la época, que comenzaban a rondar la cabeza de Teresa, su padre la envía a estudiar al convento de las Agustinas de Ávila. Parece ser que la reciente muerte de su madre y el aislamiento propio de los internados no le favorecieron, ya que al cabo de un año y medio tuvo que regresar a su casa por encontrarse gravemente enferma.
A esa edad Teresa todavía no consideraba convertirse en monja, sin embargo, al poco tiempo llegó a sus manos el compendio de “Las Cartas de San Jerónimo”. Después de leerlas, supo cuán peligrosa es la vida del mundo y cuán provechoso para la santidad era el retirarse a la vida religiosa en un convento. Desde entonces se propuso que un día sería monja.
Al comunicarle esta inquietud a su padre, éste le respondió
que podría ser monja pero después de que él muriera.
La joven sabía que el paso del tiempo podría disminuir sus
deseos de convertirse en religiosa, por lo que decidió fugarse de
la casa paterna. Esta decisión no fue nada fácil para la santa;
ella misma comenta este hecho de la siguiente manera:
“Aquel día, al abandonar mi hogar sentía tan terrible
angustia, que llegué a pensar que la agonía y la muerte no
podían ser peores de lo que experimentaba yo en aquel momento. El
amor de Dios no era suficientemente grande en mí para ahogar el amor
que profesaba a mi padre y a mis amigos”.
Finalmente, cumple con su propósito y a la edad de 20 años hace sus votos de castidad, pobreza y obediencia, en la Comunidad de Hermanas Carmelitas.
2. Su crecimiento espiritual
Apenas había empezado a desarrollarse como una ejemplar hermana carmelita cuando la enfermedad la atacó de nuevo, parece que se trataba de una fiebre palúdica que los médicos no lograban curar. Debido a esto, el padre de Teresa la llevó de nuevo a su casa, donde poco a poco fue quedando casi paralizada.
Sin embargo, esta enfermedad le trajo a Santa Teresa un gran regalo. Durante su convalecencia tuvo la oportunidad de leer un pequeño libro que cambiaría su vida por completo, se llamaba: “El alfabeto espiritual”, gracias a él empezó a practicar la oración mental y a meditar. Estas enseñanzas le serían de inmensa utilidad durante toda su vida.
Después de tres años de estar enferma le pidió en oración a San José que le consiguiera la gracia de la curación, y de la manera más inesperada recobró la salud. A partir de entonces, Santa Teresa se dedicó, entre otras cosas, a propagar la devoción a San José, al punto que todos los conventos que fundó después, en la orden de los “Carmelitas Descalzos”, fueron consagrados a este gran santo.
Su inclinación a escuchar sermones, aunque fueran largos, y su devoción por los grandes personajes celestiales, ayudaron en gran medida al crecimiento espiritual de esta Santa. Tenía una inmensa devoción por la Santísima Virgen y, por experiencia propia, una fe total en el poder de intercesión de San José. Además rezaba frecuentemente a dos grandes convertidos: San Agustín y María Magdalena.
La hermana Teresa era antes que nada un ser humano, y confesaba que, por ello, durante sus oraciones sentía la tentación de dejar de rezar y meditar, pues le causaba un franco aburrimiento. Así, acudió a su confesor para que le aconsejara y éste le dijo que dejar de rezar y de meditar sería entregarse incondicionalmente al poder de Satanás. También un padre jesuita le recomendó que para orar con más amor y fervor eligiera como “maestro de oración” al Espíritu Santo, y que rezara cada día el Himno “Ven Creador Espíritu”. Ella dirá después: “El Espíritu Santo como fuerte huracán hace adelantar más en una hora la navecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros habríamos conseguido en meses y años remando con nuestras solas fuerzas”.
3. Experiencias Místicas
Santa Teresa aprendió a orar y a meditar muy bien, al grado de llegar al éxtasis (estado de contemplación y meditación tan profundo, que se suspenden los sentidos y se tienen visiones sobrenaturales) Al principio tuvo miedo de estas visiones, ya que había escuchado que se dieron casos de mujeres que habían sido engañadas por el demonio con visiones sobrenaturales.
Sin embargo, después de confesarse con un sacerdote, éste le aseguró que tales experiencias eran en verdad gracias divinas. Un día, Nuestro Señor le aconsejó en una de sus manifestaciones: “No te dediques tanto a hablar con gente de este mundo. Dedícate más bien a comunicarte con el mundo sobrenatural”.
Cada visión le dejaba un intenso deseo de ir al cielo. “Desde entonces - decía - dejé de tener miedo a la muerte, cosa que antes me atormentaba mucho”. Después de una de aquellas visiones escribió la bella poesía que dice: “Tan alta vida espero que muero porque no muero”.
Una de las más hermosas experiencias de Santa Teresa con el Señor fue “La transverberación”, que quiere decir “atravesar a alguien provocándole una gran herida”. La hermana Teresa lo cuenta así:
“Vi a mi lado a un ángel que se hallaba a mi izquierda, en forma humana. Confieso que no estoy acostumbrada a ver tales cosas, excepto en muy raras ocasiones. Aunque con frecuencia me acontece ver a los ángeles, se trata de visiones intelectuales...
El ángel era de corta estatura y muy hermoso; su rostro estaba encendido como si fuese uno de los ángeles más altos que son todo fuego. Debía ser uno de los que llamamos querubines... Llevaba en la mano una larga espada de oro, cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos hundía la espada en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando sacaba la espada, me parecía que las entrañas se me escapaban con ella y me sentía arder en el más grande amor de Dios. El dolor era tan intenso, que me hacía gemir, pero al mismo tiempo, la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria, que no hubiese yo querido verme libre de ella”.
Cuando Santa Teresa murió, se le hizo la autopsia y se descubrió algo sorprendente: encontraron en su corazón una cicatriz larga y profunda, como producida por una espada, aunque ya cicatrizada, lo cual habría sido imposible que ocurriera incluso hoy, y mucho más en aquella época en que la medicina estaba tan poco desarrollada.
4. No le creían
Una de las personas a las que consultó Teresa para comentarle sobre sus visiones fue el Padre Daza, quien dictaminó que Teresa era víctima de los engaños del demonio, ya que era imposible que Dios concediese favores tan extraordinarios a una religiosa tan imperfecta como ella. Teresa quedó alarmada e insatisfecha con las afirmaciones del sacerdote.
A partir de entonces sufrió graves persecuciones dentro de la propia Iglesia, las que duraron tres años. Por si ello fuera poco, durante dos años, atravesó por un período de intensa desolación espiritual, aunque aliviada por escasos pero trascendentales momentos de una luz y un consuelo extraordinarios.
La santa quería que los favores que Dios le concedía permanecieran en secreto, pero las personas que la rodeaban estaban perfectamente al tanto y, en más de una ocasión, la acusaron de soberbia e hipócrita, por creer o tratar de hacer creer que Dios le hablaba.
El Padre Álvarez era su director espiritual en ese entonces. Era un hombre bueno, aunque lamentablemente no tuvo el valor suficiente para salir en defensa de su dirigida ante las acusaciones de la gente; sin embargo, siguió confesándola.
Por esa razón, la hermana Teresa tuvo que arreglárselas sola en cuanto a la defensa de la veracidad de sus experiencias místicas.
Las pruebas que Dios le enviaba purificaron el alma de la santa, y los favores extraordinarios del Señor a través de sus experiencias le enseñaron a ser humilde y fuerte, la despegaron de las cosas del mundo y la encendieron en el deseo de albergar a Dios en su corazón y defender la veracidad de lo que vivía, contra viento y marea.
5. Su legado a la Iglesia
Santa Teresa no era una mujer instruida literariamente, incluso, no le agradaba mucho la idea de escribir, ya que esto le quitaba tiempo para hilar, cocinar y hacer las labores propias de una sencilla monja; sin embargo, sus obras no sólo la llevaron a los altares, sino que le valieron el título de Doctora de la Iglesia.
Por orden de sus superiores, Santa Teresa escribió su autobiografía titulada “El libro de la vida” donde habla sobre sus visiones y experiencias espirituales; también escribió “Castillo interior”, texto importantísimo para poder llegar a la vida mística; y “Las fundaciones”, donde cuenta la historia de cómo fue creciendo su comunidad.
A pesar de no haber hecho estudios especiales en Literatura o en Teología, la hermana Teresa va narrando con claridad y precisión impresionantes sus experiencias espirituales. Hoy sus escritos no solamente son considerados como textos clásicos en la literatura española, sino que la Iglesia los califica de “celestiales” o escritos por inspiración divina, ya que las obras de la mística Doctora ponen al descubierto los rincones más recónditos del alma humana.
En julio de 1582, a la edad de 67 años, y en el marco de un viaje hacia Ávila, Santa Teresa estaba tan débil que se desmayó en el camino. Al llegar a Alba de Tormes, la santa tuvo que acostarse inmediatamente. Tres días más tarde dijo a la Beata Ana, quien era su asistente: “Por fin, hija mía, ha llegado la hora de mi muerte”... y luego exclamó: “¡Oh, Señor, por fin ha llegado la hora de vernos cara a cara!” Santa Teresa de Jesús, visiblemente extasiada por lo que el Señor le mostraba, murió en brazos de la Beata Ana a las 9 de la noche del 4 de octubre de 1582.
Fue sepultada en Alba de Tormes, donde reposan todavía sus reliquias.
Su canonización tuvo lugar en 1622 y se fijó el día 15 de octubre para su celebración. El 27 de septiembre de 1970 Pablo VI le reconoció el título de Doctora de la Iglesia.
En la actualidad, las carmelitas descalzas son aproximadamente 14 mil, y están distribuidas en 835 conventos al rededor del mundo. Los carmelitas descalzos son tres mil 800, repartidos en 490 conventos.