Santos y Difuntos
¿Adónde van los que se mueren?
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Por desgracia, desde niños creemos, o más bien nos hacen creer, quizás para evitarnos traumas en relación con la muerte, que morir es prácticamente lo mismo que irse al cielo, cuando en verdad este lugar está reservado, por su propia naturaleza, sólo para los santos; es decir, para las almas que ya no arrastran las secuelas que inevitablemente deja el pecado.
Por ese motivo, y tal cual decíamos en el Artículo sobre La Salvación, nota central del primer número de Jesucristo Vivo, lo más probable es que es que todos vayamos, aunque sea por un tiempo, al Purgatorio, y esto, si tratamos de esforzarnos por no pecar a lo largo de esta vida, y además Dios nos concede el favor de morir en estado de Gracia, lo cual implica tratar de vivir siempre en ese estado, porque uno no sabe el momento en que le llegará la hora.
1. Las celebraciones católicas del 1º y el 2 de noviembre
El primero de noviembre es la celebración de Todos los Santos, es decir, de todos aquellos que, suponemos, ya están en el cielo, gozando de Dios junto a los ángeles, la Virgen María, los Apóstoles y todos los santos que conocemos.
En esa situación consideramos a los niños bautizados y a todos los hombres y mujeres que vivieron una vida ejemplar y que no están identificados, que no fueron canonizados ni tienen un día específico para conmemorarlos dentro del santoral, pero que no por esta razón dejan de ser santos.
El 1º de noviembre, al tiempo de rendir un homenaje a sus virtudes, pedimos su mediación, para que, estando cerca de Dios, nos ayuden a vivir rectamente y alcanzar un día, junto a ellos, la Gloria Eterna del Reino.
“Definimos con autoridad apostólica: que, según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos que salieron de este mundo [...], en las que no había nada que purgar [...] o en las que hubo o habrá algo purgable, cuando después de su muerte se hubieren purgado [...] están o estarán en el cielo” (BENEDICTO XII, Constitución Dogmática Benedictus Deus)
Pero... ¿Quiénes, entre los difuntos, están ya en el cielo? Eso no lo podemos saber con certeza, por eso al día siguiente de la Fiesta de Todos los Santos, el 2 de noviembre, La Iglesia Católica celebra la Fiesta de los Fieles Difuntos. Rezamos en este día especial por todos ellos.
Esta oración beneficia a las almas
que están en el purgatorio, ya que con la oración intercedemos
por ellas ante Dios, para que pronto se encuentren contemplando el divino
rostro de Nuestro Señor en el Cielo.
El dos de noviembre es el día señalado por la Iglesia Católica
para pedir de una manera especial por nuestros difuntos que murieron perdonados
en cuanto a la culpa, pero no en cuanto a la pena, con la cual Dios permite
que las almas se purifiquen completamente en el estado llamado Purgatorio,
de manera que puedan luego entrar en el cielo, donde, sabemos, sólo
tienen ingreso los santos.
Como decíamos en la tercera edición de Jesucristo Vivo, la Iglesia Católica, en tanto administradora de los méritos infinitos de la pascua de Cristo y de los méritos de todos los santos, nos permite conmutar (o, si se quiere “pagar en vida” esas penas) ganando indulgencias parciales y plenarias, según se cumpla con los actos piadosos, como requisitos que establece la Iglesia para obtenerlas. (Para ilustrarse al respecto, recomendamos la lectura del artículo de las indulgencias publicado en el tercer número de Jesucristo Vivo)
Nosotros podemos ayudar a las almas de los fieles difuntos que se encuentran en el Purgatorio, ganando indulgencias para ellas a través de la oración o de una Santa Misa celebrada especialmente por ellas, ya que éstas siempre llevan consigo una indulgencia.
Lo cierto es que en estos días, además de las celebraciones particulares de cada región del mundo, los católicos acostumbran visitar los cementerios para arreglar las tumbas, colocarles flores y rezar “in situ” por las almas de los difuntos.
Paradójicamente, en estos días de muertos podemos ver los panteones “llenos de vida”, con mucha gente limpiando y colocando vistosas flores sobre las tumbas; acciones ciertamente loables, por cuanto reflejan el cariño por los seres queridos que ya partieron, pero que bien podrían realizarse también a lo largo de todo el año, y que sin duda no pasan de ser una mera curiosidad antropológica cuando les falta lo esencial; es decir, cuando no van acompañadas de la oración, que es lo que realmente esas almas necesitan ahora.
2. El origen de las fiestas litúrgicas
Las dos fiestas, la de Todos los Santos y la de los Fieles Difuntos, han estado unidas desde sus orígenes.
En relación con la celebración de Todos los Santos, la historia nos cuenta que durante la persecución de Diocleciano a los cristianos de Roma, entre los años 284 y 305, hubo tantos mártires que no se podían conmemorar. Así surgió la necesidad de una fiesta en común para todos ellos, la cual se comenzó a celebrar, aunque en diferentes fechas, a partir del siglo IV.
Note el lector cómo la santidad, requisito para ingresar al cielo, está de alguna manera siempre vinculada con el martirio.
Ya Jesús lo había adelantado al decir que el discípulo no es más que el maestro. Si a Él lo crucificaron, no podemos nosotros pretender un camino de rosas para llegar al cielo. No en vano hay un dicho que metafóricamente reza: “No hay Tabor sin Calvario” es decir, que no se puede llegar a la exaltación sin pasar por el sufrimiento.
De allí esa aparentemente excesiva “apreciación del dolor”, que muchas veces se critica al catolicismo, especialmente en este tiempo en que el hedonismo y la búsqueda desenfrenada del placer y las satisfacciones han invadido la cultura.
Con respecto a la fiesta de los difuntos, vemos que la Roma pagana celebraba el descanso de los muertos el 21 de febrero, con una fiesta llamada “Feralia”. Ese día se rezaba especialmente por ellos.
Con la cristianización del imperio, los Papas pudieron ir remplazando paulatinamente las prácticas paganas. El 13 de Mayo del 609 ó el 610 -no hay seguridad al respecto-, el Papa Bonifacio IV consagró el Panteón Romano (donde antes se honraba a dioses paganos) para ser templo de la Santísima Virgen y de todos los Mártires. Fue así como se comenzó de manera oficial la fiesta para todos los santos. Tiempo después, entre los años 731 a 741, el Papa Gregorio III transfirió la celebración al Primero de Noviembre, mientras que Su Santidad Gregorio IV (827-844) extendió esta fiesta a toda la Iglesia.
La celebración de la fiesta litúrgica
de los fieles difuntos el 2 de noviembre, se remonta al año 998,
cuando fue instituida por San Odilón, un monje benedictino que fuera
el quinto abad de Cluny, un célebre convento ubicado al sur de Francia.
A partir de la disposición del Abad de Cluny (como también
se conoce a este santo) comenzó a extenderse la costumbre de interceder
solemnemente ese día por los difuntos, práctica que luego
adoptó la Iglesia Católica Universal.
3. Oraciones por los difuntos
En el Concilio Vaticano II se reafirma la tradición de orar por los difuntos que la Iglesia siempre ha difundido entre sus fieles: “[...] La Iglesia de los peregrinos, desde los primeros tiempos del cristianismo, tuvo perfecto conocimiento de esta comunión de todo el cuerpo místico de Jesucristo y así conservó con gran piedad el recuerdo de los difuntos y ofreció sufragio por ellos, porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados” (2 Mc 12, 46). (CONC. VAT. II, Const. Lumen Gentium”
Es por ello que el día de los difuntos se recomienda orar por las almas que se encuentran en el purgatorio, para su pronta entrada al reino de los cielos, ya que el hombre está destinado a una vida sin límites, que encuentra su plenitud en Dios.
Por esto, el Concilio subraya que “la fe, apoyada en sólidos argumentos, ofrece a todo hombre que reflexiona una respuesta a su ansiedad sobre su destino futuro, y le da al mismo tiempo la posibilidad de una comunión en Cristo con los hermanos queridos, arrebatados ya por la muerte, confiriéndoles la esperanza de que ellos han alcanzado en Dios la vida verdadera” (Gaudium et Spes, 18)
En este día de Todos los santos y de los Fieles Difuntos, además de disfrutar de la comida que se ofrece en los tradicionales altares, y de recordar especialmente a nuestros seres queridos que ya partieron, oremos por las almas del Purgatorio.
Por diversas revelaciones de las mismas almas a ciertos místicos de la historia, e incluso a personas que poca vida espiritual han tenido, sabemos que estas pobres ánimas no pueden orar por su propia salvación, y en cambio, oran incansablemente por la salvación nuestra. Seamos pues solidarios al mismo tiempo que agradecidos y oremos por ellas.
Reza por lo menos, tres Padrenuestros
por las siguientes intenciones:
1. Por el alma más abandonada del Purgatorio.
2. Por el alma que más padece en el Purgatorio.
3. Por el alma que más tiempo ha de estar en el Purgatorio.
Independientemente de que puedas y quizás hasta debas elevar oraciones
personales y otros rezos por tus difuntos, te ofrecemos a continuación
algunas plegarias para que intercedas por tus seres queridos que ya partieron:
Por los padres:
Oh Dios, que nos mandaste honrar
a nuestro padre y a nuestra madre, sé clemente y misericordioso con
sus almas; perdónales sus pecados y haz que un día pueda verlos
en el gozo de la luz eterna. Amén.
Por los parientes y amigos:
Oh Dios, que concedes el perdón de los pecados y quieres la salvación de los hombres, imploramos tu clemencia en favor de todos nuestros hermanos, parientes y bienhechores que partieron de este mundo, para que, mediante la intercesión de la bienaventurada Virgen María y de todos los Santos, hagas que lleguen a participar de la bienaventuranza eterna; por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Por un difunto en especial:
Haz, oh Dios omnipotente, que el alma de tu siervo o sierva... (nombre)
que ha pasado de esta vida a la otra, purificada con estos sacrificios y
libre de pecados, consiga el perdón y el descanso eterno. Amén.
Por todos los difuntos
Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, concede a las almas de
tus siervos y siervas la remisión de todos sus pecados, para que
por las humildes súplicas de la Iglesia, alcancen el perdón
que siempre desearon; por nuestro Señor Jesucristo. Amén.
O también: Dales Señor el descanso eterno y brille para ellos
la luz perpetua, que descansen en paz. Así sea
Visitando el cementerio
Yo me postro sobre esta tierra, donde reposan los restos mortales de mis
queridos padres, parientes, amigos, y todos mis hermanos en la fe que me
han precedido en el camino de la eternidad.
Mas ¿qué puedo hacer yo por ellos? ¡Oh divino Jesús,
que padeciendo y muriendo por nuestro amor nos compraste con el precio de
tu sangre la eterna vida!; Yo sé que vives y escuchas mis plegarias,
y que es copiosísima la gracia de tu redención. Perdona, pues,
oh Dios misericordioso, a las almas de estos mis amados difuntos, líbralas
de todas las penas y de todas las tribulaciones, y acógelas en el
seno de tu bondad y en la alegre compañía de tus Ángeles
y Santos, para que, libres de todo dolor y de toda angustia, te alaben,
gocen y reinen contigo en el Paraíso de tu gloria por todos los siglos
de los siglos. Amén.