Un canto a Dios: la vida de Santa Cecilia

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Santa Cecilia, virgen y mártir, ha sido una de las santas más veneradas desde los albores de nuestra Iglesia. Si bien no se sabe a ciencia cierta entre qué años vivió ella, los entendidos coinciden en decir que, por los sucesos que relatan su martirio, deberíamos situarnos en el siglo IV.

Perteneciente a una notable familia de Roma, Cecilia fue educada en la fe cristiana. Desde muy joven quiso agradar al Señor, por lo que vivía sometiéndose a fuertes ayunos y a mucha oración. Incluso, entrada ya en la adolescencia, decidió consagrarse por completo a Dios, lo que para ella naturalmente implicaba también ofrecerle su virginidad.

Sin embargo, la forma de pensar de su padre, muy distinta a la de ella, impuso a Cecilia el deber de contraer matrimonio con un joven muy próspero, de nombre Valeriano.

Se cuenta que el día de la boda, mientras los invitados se divertían y los músicos tocaban, la santa se sentó en un rincón y empezó a alabar al Señor con melodiosos cantos, a través de los cuales le clamaba que la ayudase a enfrentar la difícil situación.

Se cuenta que, una vez concluida la fiesta, Cecilia se armó de valor para pedir a su esposo firmemente que no la tocara, y hablándole con dulzura, y tratando de hacerle comprender el porqué de su solicitud le dijo: “Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor vela por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa el ángel se enfurecerá y tu sufrirás las consecuencias; en cambio si me respetas, el ángel te amará como me ama a mí”.

Cuenta la Tradición que Valeriano pidió una prueba fehaciente de lo que su amada le decía: “Muéstramelo. Si es realmente un Santa Cecilia, virgen y mártir, ha sido una de las santas más veneradas desde los albores de nuestra Iglesia. Si bien no se sabe a ciencia cierta entre qué años vivió ella, los entendidos coinciden en decir que, por los sucesos que relatan su martirio, deberíamos situarnos en el siglo IV.

Perteneciente a una notable familia de Roma, Cecilia fue educada en la fe cristiana. Desde muy joven quiso agradar al Señor, por lo que vivía sometiéndose a fuertes ayunos y a mucha oración. Incluso, entrada ya en la adolescencia, decidió consagrarse por completo a Dios, lo que para ella naturalmente implicaba también ofrecerle su virginidad.

Sin embargo, la forma de pensar de su padre, muy distinta a la de ella, impuso a Cecilia el deber de contraer matrimonio con un joven muy próspero, de nombre Valeriano.
Se cuenta que el día de la boda, mientras los invitados se divertían y los músicos tocaban, la santa se sentó en un rincón y empezó a alabar al Señor con melodiosos cantos, a través de los cuales le clamaba que la ayudase a enfrentar la difícil situación.

Se cuenta que, una vez concluida la fiesta, Cecilia se armó de valor para pedir a su esposo firmemente que no la tocara, y hablándole con dulzura, y tratando de hacerle comprender el porqué de su solicitud le dijo: “Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor vela por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa el ángel se enfurecerá y tu sufrirás las consecuencias; en cambio si me respetas, el ángel te amará como me ama a mí”.

Cuenta la Tradición que Valeriano pidió una prueba fehaciente de lo que su amada le decía: “Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me pides”, y Cecilia lo envió donde el obispo Urbano, para que le bautizase en nuestra fe antes de que el Señor se dignase mostrarle a Su mensajero, dado que él no era cristiano.

Se dice que después de su bautizo, al volver al lado de Cecilia, Valeriano vio al ángel de pie junto a ella; y que éste se acercó y colocó una guirnalda de rosas y lirios sobre la cabeza de ambos.
Ambos hechos (bautismo y revelación del ángel) fueron realmente un gran suceso no sólo para ellos, sino para la Iglesia en su conjunto, pues de esta manera los esposos, viviendo en castidad y moviéndose bajo el influjo del Espíritu, pusieron a andar a mucha gente por el camino del Señor.

La historia nos narra que Tiburcio, el hermano de Valeriano, fue uno de los primeros en recibir el bautismo, y que sintió, también de inmediato, la necesidad de compartir con los demás el amor a Dios, poniéndose al servicio del Evangelio.
Valeriano y Tiburcio llegaron a ser mártires por su fidelidad al Señor, honrosa muerte que se constituye en un de los primeros y abundantes frutos que dio la obra de Santa Cecilia, movida por ese deseo ferviente de acercar, a cuantas almas pudiera, al Reino de Dios.
Los hermanos tuvieron serios enfrentamientos con el prefecto del lugar, Almaquio, quien después de debatir insistentemente con ellos sobre la existencia de otros dioses, sin poder convencerlos, decidió condenarlos a muerte.

La ejecución se llevó a cabo en un sitio llamado “Pagus Triopus”, situado a 6 kilómetros de Roma.

Cuenta la Tradición que Cecilia los sepultó después junto a un cortesano de nombre Máximo, que al ver la fortaleza de los mártires, se declaró también cristiano.

Al poco tiempo fue llamada ella por el prefecto, quien procuraría hacerla abjurar de su fe. Sin embargo, se dice que en vez de abjurar, la santa convirtió a los que la pretendían inducirla a retractarse por medio de torturas y sacrificios.

De esta forma, y con más empeño aún por los resultados que el Señor le mostraba, Cecilia fue recolectando almas para el Reino de Dios, y se dice que con la ayuda del Papa Urbano, hizo bautizar en su propia casa a más de 400 personas.

 

1. Su trágica muerte

Sus obras y sus permanentes manifestaciones de amor y de entrega a Dios incomodaban demasiado al prefecto romano Almaquio, quien finalmente condenó a Cecilia también a correr la misma suerte de su esposo y su cuñado.

Como quiera que resultaba difícil condenarla en un juicio, por las influencias familiares y por la estima con que cada vez más contaba la santa entre la gente del pueblo, sus verdugos la encerraron en el baño de su casa, con el fin de asfixiarla y que asemeje un accidente.

Se cuenta que las personas que estaban a cargo de la ejecución pusieron enormes cantidades de leña en el horno, para que el humo y la falta de oxígeno terminasen pronto con su vida. Sin embargo, la protección Divina era tan grande que llegó a sobrevivir, sin daño alguno, después de haber estado dos días seguidos sufriendo la tortura.
Desconcertado por lo ocurrido, y sin poder conformarse con el resultado, Almaquio decidió asumir cualquier problema o disturbio posterior, y ordenó decapitar a Cecilia.

Así se hizo, pero el Señor quiso también manifestar su Gloria en esa ocasión, haciendo fracasar dos intentos, y después de que el verdugo intentase por tercera vez pasar la espada sobre su cuello, finalmente la santa cayó herida, pero no muerta.

Cuenta la Tradición que fueron 3 días de agonía los de Cecilia, que montones de cristianos la visitaron y decidieron entregarse más a Dios al ver su sufrimiento; que otros tantos paganos o ateos se convirtieron, y muchos recibieron por su intercesión innumerables gracias y beneficios.
Más tarde fue construida una iglesia en lo que había sido su casa, quedando a cargo de ella el Papa Urbano.

El Papa San Pascual (817-824) trasladó las presuntas reliquias de Santa Cecilia, junto con las de los mártires Tiburcio, Valeriano y Máximo, a la iglesia de Santa Cecilia, en Trastévere.

En 1599, el cardenal Sfondrati restauró la iglesia en honor a la santa en Trastévere y volvió a enterrar las reliquias de los cuatro mártires.
Según se dice, el cuerpo de Santa Cecilia estaba incorrupto y entero, por más que el Papa Pascual había separado la cabeza del cuerpo, ya que, entre los años 847 y 855, la cabeza de Santa Cecilia era expuesta, formando parte de las reliquias de los Cuatro Santos Coronados.

En 1599, se permitió ver el cuerpo de Santa Cecilia al escultor Madena, quien esculpió una estatua de tamaño natural, muy real y conmovedora, de la Santa.

Luego de trabajar, el escultor comentaba sorprendido a quien quisiese oírle: “No estaba de espaldas, como un cadáver en la tumba, sino recostada del lado derecho, como si estuviese en la cama, con las piernas un poco encogidas, en la actitud de una persona que duerme.”
La estatua esculpida por Madena se halla actualmente en la iglesia de Santa Cecilia, bajo el altar, muy cerca al sitio en el que se había sido sepultado nuevamente el cuerpo, en un féretro de plata.

Santa Cecilia es conocida en la actualidad como patrona de los músicos. A fin de la Edad Media, empezó a representarse a la santa tocando el órgano y cantando, como una evocación de lo que habría sido su boda en matrimonio ejemplar, pero jamás consumado.

 

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