La Cuaresma:
Una oportunidad para el crecimiento espiritual

Por: Ricardo Rivas

La Cuaresma es un tiempo litúrgico que abarca los cuarenta días que van desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo. Son seis semanas de preparación que tenemos los católicos para “ponernos en forma” espiritualmente, y recibir la Pascua de la Resurrección de Jesucristo como deberíamos hacerlo.

En tal sentido, la Cuaresma es fundamentalmente una oportunidad que tenemos todos para reconsiderar nuestra vida, a la luz de la conciencia. Nuestras promesas bautismales deben ser revisadas y comparadas con nuestras conductas, para evaluar el grado en que las cumplimos y la seriedad de nuestro compromiso cristiano; para buscar, en fin, la forma de encaminarnos mejor, corrigiendo cualquier desviación que de algún modo pueda estar alejándonos de vivir en la gracia divina.

1. Referencia histórica

La primera referencia que se tiene sobre la cuaresma se remonta al año 332, aproximadamente, en uno de los escritos de Eusebio de Cesárea, donde es mencionada como una práctica cristiana. Un contemporáneo suyo, Atanasio de Alejandría, también se refiere a la cuaresma, en otro escrito del año 334.

Ambos documentos expresan coincidentemente la conmemoración de la peregrinación del pueblo de Israel por el desierto durante cuarenta años (Dt 8, 2-4; 29, 4-5), los cuarenta días y noches de Moisés en el Monte Sinaí, cuando recibiría las Tablas de la Ley (Ex 34, 27-28; 24, 18), y también el paso de Elías por el desierto, antes de llegar al Monte Horeb (1 Re 19,8).

Como vemos, no es casual el número de días establecido para esta experiencia. En efecto, desde el Antiguo Testamento, el número cuatro, algunas veces seguido de ceros, ha sido siempre relacionado con la idea del universo material de nuestra vida en la tierra, cargada de esfuerzos y mortificación para purificar el alma.

Junto a los ejemplos referidos de Moisés, el Éxodo de los judíos por el desierto y Elías, están los 400 años de esclavitud que pasó el pueblo hebreo en Egipto, los 40 días que duró el diluvio, y por supuesto, en la vida de Jesús vemos que también pasó por cuarenta días y cuarenta noches de ayuno en el desierto, preparándose para iniciar su vida pública. (Mt 4, 1-11; Lc 4, 1-13)

De hecho, este es el punto referencial básico de la Cuaresma cristiana...
Existe también una relación numérica entre las seis semanas que dura la cuaresma y los seis días de la Creación, período en el cual, el Señor completa su obra.

2. Algunas variaciones en Roma

En tiempos de Hipólito, aproximadamente el año 230, se estableció en Roma una variación algo fortuita y poco coherente sobre el período de duración de la “cuaresma”. Inicialmente, las modificaciones determinaron la preparación para la Pascua en sólo 2 días: viernes y sábado, que incluyendo al Domingo de Resurrección conformaban el llamado “triduum sacrum” de pascua. Posteriormente se amplió este período a 6 días, para incluir el Domingo de Ramos.

En el año 439, se modificó nuevamente a 3 semanas, sin que se conozca una explicación satisfactoria. Es muy probable que, respetando la tradición de que la Pascua debía celebrarse después del 22 de marzo, quisieran hacer coincidir el inicio del año romano (1° de marzo) con el de la Cuaresma. Lo cierto es que, afortunadamente, estas modificaciones nunca salieron de Roma, ya que en todas las comunidades cristianas se mantuvo como originalmente había sido establecida.

Finalmente, el Concilio Vaticano II devuelve la sencillez original a la Cuaresma, con una estructura clara, simple y homogénea: cuarenta días desde el Miércoles de Ceniza hasta la celebración vespertina del Jueves Santo. Recupera, de este modo, la simbología del número cuarenta en la configuración espiritual de este tiempo.

En todo caso, vemos que ya desde principios del siglo IV, se tenía bien clara la concepción de la cuaresma como un período de purificación y preparación. Durante este tiempo, los cristianos se entregaban de lleno a la Lectura sagrada, a la oración y al ayuno corporal, como un requisito fundamental para el encuentro con Dios en la celebración de la Pascua.

Lo importante, a pesar de todos aquellos cambios, fue siempre mantener la dimensión penitencial de este período; un tiempo especial de conversión, como preparación para la Pascua, con miras a reforzar en ella la vida “cristiana” predicada por Jesús, viviendo un perfeccionamiento del espíritu laico en lo que se constituye en la fiesta litúrgica central para la Iglesia.

Esta dimensión contempla el recogimiento de la persona, para asumir las actitudes de fondo que caracterizan al hombre pecador, consciente de su pecado, arrepentido y confiado en la ilimitada Misericordia de Dios.

3. El “desierto” de las prácticas cuaresmales

El uso de la figura del desierto, en las enseñanzas de la Sagrada Biblia, está orientado a exponer de forma gráfica la experiencia espiritual de la persona que lo atraviesa.

El desierto es un lugar solitario, austero y dificultoso, lleno de obstáculos en el camino. Atravesar la aridez es el símbolo de la lucha espiritual del individuo enfrentado con su propia realidad: el pecado. El hombre se da cuenta de la miseria en la que se ha convertido a causa de la infidelidad y desobediencia a las leyes divinas, por lo que necesita vivir esta experiencia, que le ayudará a purificarse para retornar a la casa del Padre.

La imposición de las cenizas, en el primer día de la Cuaresma, es precisamente un recordatorio de la condición efímera de nuestra existencia: Somos polvo y al polvo volveremos. Y allí radica la importancia de la conversión. De nada le sirve al hombre afanarse por esta vida terrena y pasajera, si pierde de vista la eternidad que le espera más allá.

Con el Sacramento del Bautismo, iniciamos nuestra vida en la misma forma que los primeros hombres: libres de pecado. Sin embargo, nuestro apego al mundo hace que volvamos a dar la espalda al estado de gracia y caigamos en el infame trueque de la vida eterna a cambio del bienestar temporal.

La cuaresma supone una revisión de nuestras prioridades, que nos permitirá justamente darnos cuenta de los errores cometidos al haber hecho malas elecciones, siempre que optamos por caminos alejados del Señor. Sólo arrepentidos de corazón podremos gozar de la Reconciliación establecida en la Pascua, con la Resurrección de Jesucristo.

Es por eso que este período tiene un carácter bautismal, ya que nos invita a reasumir nuestra condición de hijos de Dios y renovar nuestras promesas de vida. Es el momento más propicio del año para realizar al menos una confesión sincera, que conlleve un arrepentimiento profundo y verdadero y el serio propósito de enmendar nuestras culpas.

Vivir la cuaresma concientemente implica analizar TODO aquello en lo que la persona DEBE cambiar. En general, somos seres cargados de pasiones y apetencias terrenales.

La sociedad de hoy (sobre todo la occidental) es notablemente consumista, autocomplaciente con “gustos” que se convierten fácilmente en “necesidades”. Esto explica la incomodidad que siente la gente frente a la sola idea de hacer penitencia: Es que la penitencia implica el dominio del cristiano sobre si mismo y sobre sus hábitos más “placenteros”.

4. El ayuno y la abstinencia

El ayuno, obligatorio el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, y la abstinencia durante los seis viernes de la cuaresma, nos ayudan a que todo nuestro ser, el cuerpo, la mente y el alma, participe en la reparación de nuestros pecados, para lograr un cambio que obre en nuestro propio bien, y en bien de toda la Iglesia.

El Concilio Vaticano II esclarece que no es tanto la penitencia corporal del individuo la que importa, sino la verdadera conversión del corazón. No vale tanto “sufrir” por unos días si el resto del año mantendremos el egoísmo, la ambición, la ausencia total de fraternidad que habitualmente alberga nuestro corazón.

Si hubiésemos sido creados como los ángeles, directamente para vivir en el cielo sin tener que pasar por las amarguras de la tierra, sin vivir las tentaciones por las cuales el ser humano atraviesa, estaríamos siempre en el mismo lugar en donde fuimos “colocados”. Ni más ni menos. Para siempre...

Sin embargo, pensemos en la increíble oportunidad de la cual todos nosotros gozamos: la posibilidad de, viviendo una vida pura y santificada, acercarnos más a Dios, si al morir somos llamados a su presencia, para vivir junto a Él por toda la eternidad.

¡Bendito Dios! que nos puso aquí, así como somos, con las mismas penas que tenemos en la “cuaresma” que es esta vida, para poder ganarnos un lugar más cercano a Él en la vida eterna.

Si tan solo supiéramos aprovechar este desierto y tuviéramos siempre presente que no somos más que cenizas… Si todos pudiéramos tomar conciencia de eso, probablemente el mundo cambiaría radicalmente en favor de los desfavorecidos de siempre...

¿Cómo expresarlo de forma que no suene a enseñanza monótona y abstracta? ¿Cómo hacer, en la visión plana de vida-sufrimiento, para descubrir la tercera dimensión que es la salvación del hombre a través del Evangelio? ¡Si hasta parecemos miopes por decisión propia, irrevocable e inrrevisable!

 

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