El primer misterio gozoso del Santo Rosario:
La anunciación del ángel y la Encarnación de Jesús
.
1. El saludo de Gabriel
Todo el contexto que rodea al misterio de la anunciación manifiesta la infinita Sabiduría de Dios y la grandeza de su Misericordia para con nosotros. Pero también realza la figura de la Santísima Virgen.
Nuestro Señor envía un ángel a anunciar a María que su promesa de salvación para la humanidad se cumpliría a través de ella, mediante la concepción del Hijo de Dios, a pesar de su condición virginal.
El arcángel San Gabriel comienza el diálogo con un saludo muy particular: “Alégrate, llena de gracia.” (Lc 1, 28). Con estas palabras expone la importancia de su visita, pero sobre todo, la grandeza de la persona a la cual va dirigido su mensaje.
Al iniciar la Salvación prometida al mundo, el mensajero de Dios expresa el inmenso gozo de tal acontecimiento por medio del Chaire (“alégrate” en griego) dirigido a María. En las diferentes traducciones, también encontramos la frase “Dios te salve” (El Todopoderoso te saluda), que anticipa las siguientes palabras de Gabriel al dirigirse a la futura Madre del Redentor.
La virgen de Nazaret, la “hija
de Sión” (Cfr. So 3, 14; Is 54, 1), había sido elegida
desde el principio de la creación para tan excepcional designio:
Dios tenía señalada a la que sería concebida libre
de todo pecado para ser digna de dar a luz a su Hijo, hecho hombre. Al llamarla
“llena de gracia” refleja esta condición propia del “ser”
escogido para recibir la gracia más grande de todas: la maternidad
de Dios encarnado.
El enviado concluye su salutación con las palabras que, por un lado,
ya adelantan la Voluntad Divina sobre lo que acontecerá y, por otro,
la situación especialísima de la que goza María: “El
Señor está contigo”.
Nótese que el ángel no lo dice en forma de “deseo”, como en un saludo normal (El Señor “esté” o “sea” contigo) sino que afirma una verdad ya concreta. Es muy probable que el arcángel, como embajador del cielo, haya expresado de manera adelantada que en ella habitaría la humanidad del Dios encarnado.
El Señor “está” con María a partir del momento en que será ella quien preste su seno, su aliento y vida para engendrar a Jesús. La unión de sus Corazones será desde entonces total y para siempre.
Dios la tiene por amada desde su elección,
pero ese amor crecerá a través de su Amado Hijo, ya que ahora
será también el hijo de María. En ella se realiza la
unión hipostática de la Segunda Persona de la Trinidad, el
Hijo, como ser divino, con la naturaleza humana que está a punto
de adoptar.
San Agustín lo escribió filosófica y poéticamente
con palabras precisas: “Él eligió a la madre que había
creado; creó a la madre que había elegido.” (Sermo 69,
3, 4).
2. El “FIAT” Redentor
El género femenino ha tenido, a lo largo de la historia, un lugar específico en el cumplimiento de los designios de Dios; ya sea por el enfrentamiento a situaciones sociales muy rígidas, tradiciones y leyes propias de su condición, o bien por concepciones milagrosas que han sido marcadas en los libros del Antiguo y el Nuevo Testamento.
La compañera de Adán, la primera mujer, orquesta el distanciamiento de la humanidad con la vida plena en el paraíso. Eva cede a la tentación e inaugura el pecado en el espíritu humano por su incredulidad, por su soberbia y desobediencia.
María es considerada la nueva Eva, ya que con el misterio de la Encarnación de nuestro Señor en su seno virginal, es instrumento de redención, contraponiéndose a la primera, que nos instituye el pecado original. La “segunda Eva” será así la mujer encargada de devolver la dignidad al género humano, por la entrañable Misericordia de Dios; permitiendo al hombre borrar el sello del pecado a través de la fe en Jesucristo, el hijo que ella concebirá, sometiéndose por completo a la Voluntad del Padre a pesar de todas las adversidades que ello habrá de traerle.
De ese modo, a través de su obediencia y humildad, permitirá que se borren los efectos que fueron causados por la desobediencia y la soberbia de la primera Eva.
Dios tenía ya establecido en sus designios el lugar para María
desde el principio de los tiempos, y lo revela al echar su maldición
sobre la serpiente. “Pondré enemistad entre ti y la mujer,
entre tu descendencia y la suya. Ella te pisará la cabeza mientras
tú herirás su talón.” (Gen 3,15)
Sin embargo, Él es un Dios Misericordioso y justo, y conforme a su
Plan original respeta la libertad de todo ser humano. En efecto, a pesar
de haber hecho nacer inmaculada y libre de pecado a María (como lo
había hecho con Eva), porque tenía planes especiales para
ella, le dio la posibilidad de elección.
“He aquí la esclava del
Señor; hágase en mí según tu palabra”
contestó María (Lc 1, 38). Este es el Fiat (vocablo latino
que significa “hágase”); esa es la entrega total en la
fe, el sometimiento absoluto a la voluntad Divina, con el cual la Santísima
Virgen da su “sí”, pese a todo el misterio que envolvía
a una verdad que jamás le había sido anunciada; pese a que
era muy fácil prever que esto le ocasionaría serios problemas.
María acepta este llamado ya como representante de toda la humanidad.
Recibe la dignidad de Madre de los hijos adoptivos (los hombres) que Dios
ponía bajo su tutela, y que Cristo confirmaría desde la Cruz.
Ella conocía las profecías sobre este acontecimiento y se
cree que de algún modo entendía ya su predestinación,
puesto que se había entregado totalmente al Señor desde niña.
Así como Abraham fue anunciado sobre la concepción de su esposa Sara (que era estéril), y así como Zacarías, padre de Juan el Bautista (cuya mujer era ya bastante mayor), recibió la noticia de la concepción de Isabel, María, que era virgen, debe caminar en la oscuridad, confiando plenamente en Aquel que la ha llamado.
Mayor virtud muestra la Madre del Verbo
cuando no expresa duda sobre la veracidad de tal anuncio. Zacarías
expresa su incredulidad cuando responde al Ángel: “¿Quién
me lo puede asegurar? Yo ya soy viejo y mi esposa también”
(Lc 1,18). La respuesta de María apenas demuestra una curiosidad
bastante lógica: “¿Cómo será eso? Si yo
soy virgen” (Lc 1,34).
La fe de María en las palabras del arcángel fue absoluta,
simplemente le preocupa la forma en que se realizará. “Buscó
el modo, no dudó de la omnipotencia de Dios” (San Agustín,
Sermo 291).
“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14a). Éste representa el “punto cero” de la historia nueva, el vértice y fin del Antiguo Testamento. Por el “sí” de María se ha realizado el mayor prodigio de todos los tiempos, el inicio y síntesis de la misión redentora de Jesús.
En toda la historia, podemos encontrar
cuatro grandes momentos en los cuales se revela el Fiat o Hágase
fundamentales para nuestra fe: La Santísima Trinidad pronuncia el
primero, se hizo la Creación. El segundo viene de labios de María,
la Encarnación. Cristo lo dice por tercera vez en el Getsemaní,
la Redención. Y nosotros cumplimos el cuarto, todos los días
en el Hágase del Padrenuestro, continuando la Salvación a
través de la santificación a la que nos “obliga”
el rezo de esa oración.
¡Bendito sea Dios por habernos permitido gozar de su Fiat eterno!
¡Gracias, Virgen Santísima, por haber dicho que sí al
Plan Redentor de Dios!