San Luis María Grignion de Montfort
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Este santo francés ha difundido una espiritualidad grandiosa para la Iglesia a partir de una sola idea: Dios lo es todo. Basado en este concepto, redescubre la relación del hombre con su Creador y destaca un pensamiento ya difundido desde antiguo en la tradición de nuestra Iglesia: que la presencia de María es fundamental para la verdadera devoción a Jesús.
Nuestro querido Papa, Juan Pablo II, ha manifestado en reiteradas ocasiones la trascendental influencia que tuvieron en su formación los escritos de este gran Santo, por lo que bien vale la pena buscarlos y extraer de ellos el inapreciable tesoro espiritual que encierran; en especial su “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen” y “El Secreto de María”.
San Luis nació el 31 de enero de 1673, en Montfort, Francia, al oeste de Rennes (Bretaña francesa). Era el segundo hermano de una numerosa familia que encabezaban sus padres, Juan Bautista Grignion y Juana Robert. Se sobrepone al difícil temperamento de su padre gracias a sus oraciones y entrega absoluta a la Reina del Cielo, entrega que mantendrá y renovará periódicamente hasta su muerte.
A los 12 años ingresa al colegio
jesuita de Santo Tomás Becket, en Rennes, donde destaca como estudiante
en humanidades. Poco a poco, con la guía de los sacerdotes, va delineando
su vida y su devoción a la Santísima Virgen. Gracias a los
relatos de la vida del Padre itinerante Julián Bellier, adquiere
un particular ardor por la predicación en las misiones y un gran
apego por los pobres y marginados.
Siempre en el mismo colegio jesuita, siente el llamado al sacerdocio, y
al terminar la enseñanza media, incursiona en el estudio de la Filosofía
y la Teología.
Al partir de Rennes rumbo a París,
a fines de 1693, su preferencia por los pobres lo lleva a regalar todos
sus bienes e intercambiar sus ropas con un mendigo, optando por la vida
providencial.
Sus años de estudio fueron cargados de muchos sacrificios. Dada su
pobreza extrema, no pudo ingresar al seminario del Pequeño San Sulpicio
y se aferró a los cursos de teología de la Sorbona. Vivía
en pensiones para gente pobre y con frecuencia estaba mal alimentado.
Tenía especial inclinación a los sacrificios personales y las mortificaciones, por lo que no tardó ni dos años en ser hospitalizado. A duras penas se recuperó, pero con la feliz noticia de haber sido aceptado en el seminario, al que ingresó en 1695, a los veintidós años.
Bajo la influencia de Jean-Jaques Olier,
fundador de San Sulpicio y maestro de la espiritualidad francesa, creció
con la tendencia sulpiciana hacia el misterio de la Encarnación y
el lugar de María en el designio divino de la salvación. Aprovechó
su puesto de bibliotecario para estudiar las obras de espiritualidad disponibles,
especialmente las dedicadas al análisis del papel que desempeña
la Virgen María en la vida cristiana.
Fue ordenado sacerdote en junio de 1700 y celebró su primera misa
en el Altar de la Santísima Virgen, en la capilla del seminario.
1. Comienza una larga lista de incomprensiones
Su primera misión presbiteral fue ejercida en Nantes, en la comunidad de San Clemente. No se sentía totalmente a gusto, ya que no encontró allí la prédica que su especial vocación necesitaba. Por amistades de París, se traslada al Hospital General de Poitiers, donde se desempeñaría como capellán. En ese hospital ejerció una fuerte labor predicadora con los indigentes que eran aislados para ser sustraídos de la vida pública, a fin de que no contagiaran sus enfermedades.
Sus intentos de reformar las normas establecidas del lugar hicieron que las autoridades lo expulsaran a París, en la Pascua de 1703. Tuvo una fugaz unión con los capellanes de la Salpétrière, el primer “Hospital General” fundado por San Vicente de Paúl, misión que terminó a las pocas semanas por motivos desconocidos.
Comenzó entonces un período de soledad y abandono para Luis María, ya que no contaba con aliados ni amigos donde refugiarse. Se le acusaba de orgullo y ceguera al demostrar su apego literal al Santo Evangelio. Durante casi un año vivió en un alojamiento muy pobre de la Rue du Pot de Fer, sin amigos y sin ministerio preciso. Esta permanencia le brindó, sin embargo, la ocasión de meditar más profundamente sobre la vida de Jesucristo.
Regresa luego a Poitiers, a pedido de los indigentes del capellanato del Hospital General, donde asume el cargo de Director. Con la ayuda de dos jóvenes mujeres llamadas a la vida santa, María Luisa Trichet y Catherine Brunet, emprende las reformas del hospital y dedica su vida a la ayuda de los pobres.
Sin embargo, sus reformas continúan suscitando incomodidad en las autoridades. Luego de unos meses, el obispo y María Luisa lo persuaden de abandonar el hospital. Se dedica a predicar misiones en los arrabales de Poitiers. Su primera misión la realizó en los suburbios de Montbernage. En estas misiones establece su procedimiento que lo caracterizará en el futuro: la invitación a renovar las promesas del bautismo, las procesiones y liturgias animadas, que atraían a los cristianos de los cuales nadie se había ocupado en el pasado con tanto esmero. Nuevamente, la envidia a sus éxitos hace que vuelva a ser expulsado de Poitiers, en la cuaresma de 1706.
2. Testimonio de Juan Pablo II
Con su ya muy difundido lema “Totus tus” (“todo tuyo”, dirigido a María), el Santo Padre expresa la Consagración (montfortiana) a la Santísima Virgen; consagración que ha hecho no sólo de su persona, sino también de su ministerio pastoral y de su pontificado.
Juan Pablo II
reconoce que la devoción a María, profundizada y madurada
por la lectura de San Luis María Grignion de Montfort, ha marcado
profundamente su vida religiosa. Veamos con sus propias palabras el origen
de este lema y su significado auténtico:
“La lectura de este libro (“Tratado de la Verdadera Devoción
a la Santísima Virgen” ) produjo un viraje decisivo en mi vida.
Digo viraje, aunque en realidad se trata de un largo camino interior, que
coincidió con mi preparación clandestina para el sacerdocio.
Fue entonces
cuando cayó en mis manos este libro, tratado singular, uno de estos
libros que no basta con “haberlo leído”. Pronto advertí...
se trataba de algo fundamental. Entonces ocurrió que la devoción
de mi niñez e incluso de mi adolescencia hacia la Madre de Cristo,
cedió paso hacia una actitud nueva, una devoción que procedía
de lo más profundo de mi fe, como del mismo corazón de la
realidad trinitaria y cristológica.
Si antes me contenía por temor a que la devoción Mariana tomara
la delantera a la de Cristo, en lugar de cederle el paso, al leer el tratado
de Grignion de Montfort, comprendí que en realidad ocurría
algo muy distinto: Nuestra relación interior con la Madre de Dios
proviene orgánicamente de nuestra vinculación al misterio
de Cristo...”
3. El Papa “le echa una manita”
A los treinta y tres años, desolado por tanta incomprensión, San Luis se dirige en peregrinación a Roma para pedir una audiencia con el Papa Clemente XI y solicitar su consejo.
Por su devoción auténtica, que no tarda en ser reconocida, logra ser nombrado Misionero Apostólico y es enviado de vuelta a su país. Pasa un tiempo de retiro personal en el Monte San Miguel, para luego dirigirse a la Bretaña francesa y desplegar su labor misionera.
Se unió a un equipo de misioneros encabezado por el Padre Leuduger, en Dinán, desde donde desplegaron sus misiones por varias ciudades de la Diócesis de Saint-Malo y Saint-Brieuc. Una de ellas fue precisamente en Montfort, su pueblo natal; otras en Plumieux y en la Chèze. Esta labor fue caracterizada por la fuerte inclinación hacia el trabajo en los barrios pobres y por la propuesta de múltiples iniciativas para su asistencia. Tal fue el caso de la “sopa popular”, establecida en Dinán.
A los pocos meses abandona el equipo y sigue
su propio rumbo, ahora más a la medida de su propio espíritu
misionero. Se dedica a enseñar el catecismo en las afueras de Montfort
y en la diócesis de Nantes, donde gana renombre y es conocido como
“el buen Padre de Montfort”.
Sus obras resaltan por los frutos obtenidos. Inicia cofradías y
asociaciones para los fieles renovados en su bautismo y construye calvarios
recordatorios del inmenso amor de Dios, obras por las que nuevamente se
gana antipatías en la diócesis.
Prudentemente se retira de Nantes, en 1711, para continuar su obra a través de toda la diócesis de la Rochelle y Luçon, en la región llamada “Vendée Militaire”. Serían los obispos de esta región (Jean-Frangois Valderie de Fescure y Etienne de Champflour) quienes le apoyarían en adelante.
Son los últimos cinco años de su vida y, sin embargo, los más intensos. A la vez de recorrer a pie sus misiones, se daba tiempo para profundas meditaciones, de las que nacen sus obras más destacadas, que constituyen hoy verdaderos tesoros de la literatura religiosa. Tal es el caso del “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen” y “El Secreto de María”, entre otros.
Por donde pasaba, buscaba misioneros para unirse a su sueño de formar la Compañía de María. Con María Luisa Trichet y Catherine Brunet, forma la congregación de las Hijas de la Sabiduría, a la que posteriormente se unieron más jóvenes.
El 28 de abril de 1716, a la edad de cuarenta y tres años, San Luis María Grignion de Montfort fallece, completamente agotado por su trabajo y las innumerables incomprensiones y persecuciones de que fue objeto, en su mayoría por parte de sus hermanos en el sacerdocio y no pocas autoridades de la Iglesia. A su entierro asisten miles de personas que después serán testigos de los milagros suscitados en su tumba.
San Luis María fue beatificado en 1888, y canonizado en 1947, por el Papa Pío XII. Las congregaciones religiosas que fundó, la Compañía de María, las Hijas de la Sabiduría y los Hermanos de San Gabriel, continúan testimoniando el carisma de San Luis María y prolongan, para mayor gloria de Dios, su misión: establecer el Reinado de Jesús a través de María.
Te recomendamos muy especialmente, apreciado
lector, que leas el “Tratado de la Verdadera Devoción a la
Santísima Virgen”, si no lo encuentras, al menos busca una
parte de esta obra, que se publica bajo el título de “Preparación
para la Consagración total”.
Estamos seguros de que su sola lectura ayudará de un modo notable
al crecimiento de tu espíritu, y si decidieras luego consagrarte
al Inmaculado Corazón de María, te garantizamos que habrás
dado un paso trascendente en la búsqueda de la santidad.
Que el Señor te bendiga y nuestra amada Madre, la Virgen, interceda por ti en todo momento.