La nueva y Divina Santidad
.
Cuando el Papa Juan Pablo II era cardenal de Cracovia, escribió lo siguiente: “La Segunda Venida de Jesús tiene que ser preparada por el Espíritu Santo, y esta vez no en el seno de María, sino en todo el Cuerpo Místico” que es la Iglesia. (Signo de Contradicción pág. 65)
Esta profética frase nos da la esperanza de poder ver al Espíritu Santo actuando con tal fuerza y poder en las almas que, como le dijo Jesús a la Venerable Concepción Cabrera, “Cristo sea encarnado de manera mística en cada creyente”.
El Espíritu Santo quiere formar “la humanidad y la divinidad” de Jesús en todos los feligreses (1), porque la Encarnación de Jesús en la Virgen fue en cuerpo, en alma y en divinidad; no fue solamente su alma la que se encarnó de María.
Varios santos y místicos, como San Luis María Grignion de Montfort, en el siglo XVII, dijeron que en el futuro Dios levantaría los más grandes santos de toda la historia.
Tal vez sea por eso que el Santo Padre, lector asiduo de aquel gran místico, como se confesó, se haya referido, en la beatificación de uno de estos grandes santos, Annibal de Francia, a una “nueva y divina santidad”, una santidad “prevista” por los grandes místicos, como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila. Esta santidad se representa como una “octava morada”, más allá todavía del matrimonio espiritual entre el alma fiel y Jesucristo, del que habló Sta. Teresa al referirse a “la séptima morada”.
De hecho, esta santidad sería el fruto de ese “matrimonio místico” entre Dios y el alma, produciendo una “santa fecundidad”, una verdadera “encarnación” de nuestro Señor Jesucristo en la persona que le da su “sí” definitivo, como lo hizo en María. (2)
San Pablo quiere decirnos precisamente esto, cuando proclama, “Ya no vivo yo, sino es Cristo que vive en mí” (Gal 2, 20). La Encarnación Mística consiste en eso: en ser otro retrato vivo de Cristo, reproducir, en el cuerpo y en el alma, en los sentimientos y en los pensamientos al Divino Maestro.
Puesto que la Voluntad del Padre reinó en la humanidad de Jesús por el poder del Espíritu, Jesús vivió una vida a la vez divina y humana, desde el momento de su Encarnación. En esta vida divina-humana, Nuestro Señor vivió en tiempo y espacio, es decir, fue un hombre como nosotros en todo menos el pecado. Pero también vivió en el seno del Padre (Jn 1,18) desde el principio de la eternidad.
Por eso Jesús podía decir
a Nicodemo: “Nadie ha subido al Cielo sino el que bajó
del Cielo, el Hijo del Hombre que está en el Cielo” (Jn 3,13).
En la eternidad, Jesús estaba igualmente presente para todas las
criaturas, en todo tiempo y lugar, y sufrió personalmente por cada
uno de nosotros. En la eternidad, Jesús cargó con nuestras
culpas, en nuestros pecados y en el castigo por cada uno de ellos. Esto
lo aguantó no solamente en la Cruz del Calvario, sino en cada momento
de su vida humana, por razón de su visión beatífica,
como explica el Papa Pío XII en Mystici Corporis.
Hoy, Jesús nos está invitando a entrar a la eternidad con Él, para participar en sus sufrimientos y a la vez experimentar su presencia sanadora en cada momento de nuestra vida.
La nueva y divina santidad, no es por tanto una santidad individual sino una identificación total con la vida divina-humana de Jesús, que por su naturaleza abraza, levanta, inspira y enriquece a toda la Iglesia.
El aumento de la santidad en cada creyente tiene un efecto positivo en toda la Iglesia. Por eso durante la Cuaresma, se nos invita a tener un acercamiento más estrecho a Jesús y María Santísima, para que el Espíritu Santo encarne a Jesús en nosotros, y seamos “hostias vivas” (ver Rom 12, 1 y ss. ) en todo su sentido, como dice Santa Faustina Kowalska.
En otro momento presentaremos algunas de las consecuencias concretas que tendrá en nuestra vida espiritual y diaria esta “encarnación”. Sin embargo, miremos ahora algo de una mujer que dejó que reinara totalmente en su alma al Espíritu Santo, hasta el punto de ser transformada en Jesús, aún en los sufrimientos físicos. Hablo del Diario de Santa Faustina -una de las santas ejemplares de esta nueva y divina santidad- (ver # 291).
Durante la Cuaresma, nos abrimos más a la obra del Santificador en nosotros por medio de la adoración y la contemplación silenciosa de Jesús Sacramentado. Dice el Divino Maestro: “Cuando contemplas en el fondo de tu corazón lo que te digo, sacas un provecho mucho mayor que si leyeras muchos libros. ¡Oh, Si las almas quisieran escuchar Mi voz cuando les hablo en el fondo de sus corazones, en poco tiempo llegarían a la cumbre de la santidad!” Eso es algo de la Encarnación Mística, la nueva y divina santidad que en su insondable Misericordia el Señor nos ofrece hoy.