El Santo “Custodio del Redentor”

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Las vidas de todos los santos son dignas de admiración. Todas ellas tienen algo que enseñarnos. Es por ello que la Iglesia recomienda, que además de la lectura de la Santa Biblia y del Catecismo, tratemos de mirar cómo vivieron aquellas personas que luego fueron elevadas a los altares.

Lamentablemente, a veces encontramos pocas referencias históricas y biográficas de muchos de ellos; en particular de los que vivieron en los albores del Cristianismo.
Pero más allá de las fuentes a las que pueda tenerse acceso, siempre es difícil tratar de resumir en un par de páginas todo lo que hay para decir de cada una de las personas acerca de las cuales nuestra Iglesia ASEGURA que están junto a Dios.

Si esto es cierto para todos y cada uno de los santos, ¡cuánto más lo será para el Santo Patrono de la Iglesia Católica! No podemos sino encomendarnos a su intercesión, junto con la de María, para poder decir de él todo cuanto debemos.
La referencia más importante y a la vez confiable que tenemos sobre su vida nos llega a través de los Evangelios, y resalta tres virtudes muy significativas para el cristianismo: fe, obediencia, entrega.

Por lo general, la grey católica, (a diferencia de lo que sucede con el pueblo cristiano no católico) resalta el “sí” de María, pero a veces repara poco en la aceptación de José a la difícil misión que le encomendó el Creador. Fueron precisamente esas virtudes las que permitieron a José ser el instrumento de Dios para llevar adelante su Plan Salvador.

Normalmente, toda persona que ha sido bautizada y educada en la fe católica mantiene en su memoria las enseñanzas primeras sobre “el deber de” ser un buen hijo de Dios, y cumplir con los mandamientos, y rezar frecuentemente, y concurrir a misa todos los domingos. Sin embargo, cuando uno analiza más de cerca la unión de José con Jesús y María para formar el núcleo de la perfecta unión familiar de Dios hecho hombre, nos damos cuenta de que existe mucho más por conocer y pensar sobre la forma en que “debemos” y podemos unirnos a Jesús a través de María como Madre nuestra.

Esta idea de “deber” unirse a Jesús y María ya nos pone en evidencia una de las primeras faltas en el entendimiento de nuestra fe: Normalmente concebimos con cierto sentido de obligatoriedad y rutina lo que “tenemos que” sentir, pensar y creer, y tratamos de entablar nuestra relación con Dios a través de algunas acciones y “compromisos”, que procuramos acomodar en nuestro verdadero desorden de prioridades, como quien ajusta una cita en su agenda.

Somos seres humanos, personas de carne y hueso inmersas en una sociedad, en un quehacer diario que nos plantea necesidades concretas, por lo que establecemos prioridades generalmente materiales para poder subsistir: tenemos hijos que mantener, compromisos que cumplir, un cierto nivel socioeconómico que adquirir o mejorar...

Pero es bueno recordar que la cuestión no fue muy distinta para José y María: Ellos también tenían que enfrentar al mundo de cada día y trabajar para poder mantenerse, tenían un hijo del cual hacerse cargo, y también pertenecían a una sociedad a la que podían creer que “debían seguir”, aunque claro, era una sociedad menos consumista que la nuestra.

Sin embargo se entregaron a la Voluntad de Dios e hicieron lo que por medio del ángel les pidió. Vivieron su fe y también “vivieron su vida” material… con una pequeña diferencia: ellos aceptaron de corazón, y hasta las últimas consecuencias, la voluntad de Dios. Dejaron actuar al Señor en sus vidas y gozaron plenamente de su entrega.

 

1. José, hombre “justo” ante los ojos de Dios

El término “justo”, en el lenguaje bíblico, tiene una amplia connotación. Nos remite a una persona que vive su vida en torno a Dios, confiando en Él. Un varón justo es pues aquel que cumple los preceptos de Dios y de “la Ley”, pero entendida no como un simple cuerpo de legislación civil, sino como el conjunto de los preceptos religiosos que permiten adherirse a Dios y ser fieles a Él.

Para comprender mejor este significado, podríamos asemejar la palabra “justo” con el concepto que hoy tenemos de “santo”: justicia es, en definitiva, santidad.
Esto nos permite desentrañar el polémico hecho de la inicial intención de José de separarse en secreto de María. Veamos:
Si es cierto lo que la Santa Biblia nos dice –y en caso de dudarlo lo más apropiado es hacerse taoista, sintoísta o buscarse cualquier otra creencia- acerca de la “justicia” de José, debemos pensar que él no dudó de la Virgen, como mujer, pues si lo hubiera hecho habría tenido que denunciarla, como fiel cumplidor de la ley que era, precisamente por ser “justo”; aunque ello implicara la condena social y hasta la misma muerte de su esposa.

Al estar María en cinta, y siendo el fruto de su vientre de origen divino, José considera separarse de ella para no intervenir en la acción de Dios. Ésa es la actitud que parece estar más de acuerdo con la fisonomía espiritual del justo varón, probablemente porque se sentía indigno de tal privilegio o por desconfiar de su propia capacidad para asumir tan importante papel.

Sin embargo, con la trascendental presencia de este “hombre justo” (Mt 1,18) en la historia de nuestra redención resalta el hecho de que para ser verdaderos seguidores de Cristo no son necesarias “grandes hazañas” sino virtudes humanas que agraden al Señor.
Los planes de Dios para la salvación de la humanidad fluyen y son realizados a través de José al haber demostrado ejemplarmente la absoluta obediencia hacia su Dios, la prudencia plena de no juzgar el porqué de sus designios.

Estar siempre disponible a realizar cuanto fuese necesario a fin de salvaguardar el gran tesoro puesto en sus manos, lo llevó incluso a dejar todo lo que tenía para realizar el viaje a Egipto, escapando de la amenaza que representaba para la vida del Niño la decisión de Herodes de eliminar a todo primogénito hasta los dos años.
Sin duda, este fue un acto digno de admiración, considerando que José respondía a una aparición “en sueños” del Ángel que le mandaba a hacer aquello, sin avisarle adónde exactamente iría ni por cuánto tiempo, sino hasta que se le instruyese su retorno. (Mateo 2,13-23).

Véase cómo toda actitud y toda acción asumida por San José representa una virtud. Precisamente por ello ha sido identificado como Patrono de la Iglesia, de la familia, de los carpinteros, de los obreros, de los ingenieros y del trabajo en general; en pocas palabras de toda la humanidad.

José es el padre y formador de Jesucristo, la cabeza misma de nuestra Iglesia, y por lo tanto de todos los que formamos este cuerpo espiritual o místico. Al mismo tiempo, es la figura paterna de la Sagrada Familia, modelo de vida para toda persona. José, el trabajador, el esposo, el padre, es quien puso todo esfuerzo sin descanso por mantener siempre en pie la salud y amparo de la Madre de Dios y del Verbo Encarnado.

 

2. José en las Escrituras

“Este fue el principio de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que vivieran juntos, quedó embarazada, por obra del Espíritu Santo.
Su esposo, José, pensó despedirla, pero como era un hombre bueno quiso actuar discretamente para no difamarla.

Mientras lo estaba pensando, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: ‘José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo, tú eres el que pondrá el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados...’

...Cuando José se despertó, hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado, y tomó consigo a su esposa. Y sin que hubieran tenido relaciones, dio a luz un hijo, al que puso por nombre Jesús” (Mt 1,18-25).
Existen pocas fuentes históricas reconocidas sobre la vida de San José. Principalmente, debemos remitirnos al Evangelio. En los primeros capítulos, Mateo y Lucas hacen referencia a la vida del padre adoptivo de Jesús en la tierra.

Desde que es mencionado en las Sagradas Escrituras, José, descendiente directo de David, demuestra sentir un profundo amor a Dios y a sus designios. De hecho, supera la incertidumbre sobre la concepción de su esposa con la visita del Ángel, y decide acatar la voluntad de Dios a pesar de las contradicciones que, suponemos, humanamente habrá sentido.

La doctrina de la Iglesia ha ido profundizando en la devoción a este gran santo que, después de María, es el más relevante en nuestra fe; precisamente por el papel que le cupo desempeñar en el Plan de Salvación que el Señor tenía para la humanidad desde la caída de Adán y Eva.

 

3. El primer amante de los Sagrados Corazones

En la Exhortación Apostólica Redemptoris Custos sobre la figura y la misión de San José en la vida de Cristo y de la Iglesia, del 15 de agosto de 1989, Juan Pablo II destaca su figura como Depositario del Misterio de Dios, ya que, al igual que María, el momento mismo de aceptar la misión encargada, comenzó a participar de lo que “dispuso Dios en su sabiduría (al) revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (Cfr. Ef 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (Cfr. Ef 2, 18; 2Pe 1, 4).” (Redemptoris Custos Nº 5).

Al mismo tiempo, nos da a conocer la forma inmediata en la que, al acompañar humildemente a María, José se convierte en el primero en participar de la fe de la Madre de Dios, como modelo ejemplar para toda la humanidad.
Esta sencillez, que como virtud suprema corona la más completa santidad observada en un ser humano, aparte de la que exhibió a lo largo de toda su vida la “Llena de Gracia”, nos muestra cómo desde el permanente silencio y real ocultamiento de sí mismo, José vive en una profunda contemplación de los Sagrados Corazones, poniendo su propio corazón como herramienta primordial para beneficio del plan salvífico de Cristo y manifestación del inmenso amor que sentía por su Creador.

Dios mismo muestra su complacencia en este su hijo devoto y respeta su decisión de anonimato a través de los siglos. Sin embargo, es clara su predilección por el Patriarca de la Iglesia cuando en Fátima, Portugal, en la última aparición de la Virgen, el 13 de octubre de 1917, San José aparece junto con el Niño Jesús y bendice al mundo: “Después que nuestra Señora había desaparecido en la inmensidad del firmamento, contemplamos a San José con el Niño Jesús y a nuestra Señora envuelta en un manto azul, al lado del sol. San José y el Niño Jesús aparecieron para bendecir al mundo, porque ellos trazaron la Señal de la Cruz con sus manos. Cuando un poco mas tarde, esta visión desapareció, vi a nuestro Señor y a la Virgen; me parecía que era Nuestra Señora de los Dolores. Nuestro Señor apareció para bendecir al mundo en la misma manera que lo hizo San José. Esta aparición también desapareció y vi a Nuestra Señora una vez mas, esta vez como Nuestra Señora del Carmen.” (relato de Sor Lucía, principal vidente de Fátima).

Ese día en Fátima se hicieron presentes los Dos Corazones y San José. Dios nos revela los Corazones de Jesús y María, pues ellos son la esperanza de la humanidad. Es el amor y la misericordia de estos Dos Corazones lo que salvará al mundo del pecado y de la muerte.

Pero el misterio de la presencia de San José revela que, unido al amor de los Sagrados Corazones, Dios espera y busca el amor y la respuesta del hombre para con su hermano. El hombre, con su amor, intercesión y reparación, sumergidos en el amor de Jesús y María, también debe alcanzar gracias de conversión para la humanidad. Dios salvará la humanidad por medio del amor: el amor de Jesús y María y de todos aquellos que, como San José, se unan y vivan dentro de este amor.

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