La Eucaristía: una anticipación de la Gloria Celestial

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En el primer número de la revista Jesucristo Vivo, hablamos de la reconciliación, como uno de los caminos esenciales para la salvación del alma. En esta oportunidad queremos hablarte de otro Sacramento, “el Sacramento por excelencia” de nuestra Fe, el que te da la posibilidad de gozar de la compañía del Señor en esta tierra, constituyéndose en “el mejor lugar y el mejor momento” de contacto íntimo con Él.

En efecto, la Eucaristía es el sacramento en el cual, bajo las especies del pan y el vino, Jesucristo se halla verdadera, real y sustancialmente presente, con su cuerpo y su sangre, con su alma y su divinidad.

La palabra Eucaristía proviene del vocablo griego “eucharistian”, que significa: “Acción de Gracias” ¡Y vaya si hay motivo para darlas!
Considerado como el más sublime de los sacramentos, de donde emanan y hacia el cual convergen todos los demás, la Eucaristía es el centro de la vida litúrgica cristiana, expresión y alimento de la común unión de los hombres con Dios. Es precisamente por ello que con frecuencia nos referimos a este sacramento llamándole “Comunión”. También por ser “el Sacramento de los Sacramentos”, y por ser cada uno de ellos un camino hacia la santificación, se le confiere el nombre de “Santísimo Sacramento”, con el cual habitualmente se designan las especies eucarísticas guardadas en el sagrario. (Cfr. CIC Nº 1169)

Como el Concilio Vaticano II nos enseña, basándose en las palabras de Santo Tomás de Aquino, la Eucaristía “es el centro y tesoro de la Iglesia”.
Este concepto de “tesoro” de la Iglesia, nos permite ver a la Eucaristía en su verdadero sentido y magnificencia, como un todo espiritual conformado por Jesucristo Vivo, alimento que da vida a los hombres y que les invita a participar de su Palabra cada día. Por ello decimos que la Eucaristía es el origen, el camino y la culminación de toda evangelización (Presbyterorum ordinis, n. 5. Ver también Documento de Puebla, n. 923).
Por eso también el Papa, nuestro querido Juan Pablo II, nos insta a todos los católicos (aunque de un modo especial a los Obispos y sacerdotes) a mantenernos vigilantes para que este sacramento de amor sea el centro de la vida del Pueblo de Dios (Cfr. Carta Encíclica Redemptor Hominis, N° 20)

1. El Misterio de la Fe:

“Recuerden estas palabras de Nuestro Predecesor San Pío X: ‘El deseo de Jesús y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen diariamente al sagrado banquete, consiste sobre todo en esto: que los fieles, unidos a Dios por virtud del sacramento, saquen de él fuerza para dominar la sensualidad, para purificar de las leves culpas cotidianas y para evitar los pecados graves a los que está sujeta la humana fragilidad’ [67].

Además, durante el día, que los fieles no omitan el hacer la visita al Santísimo Sacramento, que ha de estar reservado con el máximo honor en el sitio más noble de las iglesias, conforme a las leyes litúrgicas, pues la visita es señal de gratitud, signo de amor y deber de adoración a Cristo Nuestro Señor, allí presente.

Todos saben que la divina Eucaristía confiere al pueblo cristiano una dignidad incomparable. Ya que no sólo mientras se ofrece el Sacrificio y se realiza el Sacramento, sino también después, mientras la Eucaristía es conservada en las iglesias y oratorios, Cristo es verdaderamente el Emmanuel, es decir, Dios con nosotros. Porque día y noche está en medio de nosotros, habita con nosotros lleno de gracia y de verdad[68]; ordena las costumbres, alimenta las virtudes, consuela a los afligidos, fortalece a los débiles, incita a su imitación a todos que a Él se acercan, de modo que con su ejemplo aprendan a ser mansos y humildes de corazón, y a buscar no ya las cosas propias, sino las de Dios. Y así todo el que se vuelve hacia el augusto Sacramento Eucarístico con particular devoción y se esfuerza en amar a su vez con prontitud y generosidad a Cristo que nos ama infinitamente, experimenta y comprende a fondo, no sin gran gozo y aprovechamiento del espíritu, cuán preciosa es la vida escondida con Cristo en Dios[69] y cuánto sirve estar en coloquio con Cristo: nada más dulce, nada más eficaz para recorrer el camino de la santidad.” (Carta Encíclica Mysterium Fidei, del Papa Pablo VI, Nº 8, del 3 de septiembre de 1965)

 

2. La presencia de Jesucristo Vivo en la Eucaristía

Quizás para algunos de nuestros lectores la convicción sobre la presencia real de Jesús en la Eucaristía, la transformación efectiva del pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre sea una cuestión no del todo asimilada, o psicoemocionalmente “resuelta”.

De hecho, con frecuencia nos encontramos, aún en el mero seno de nuestra Iglesia, con una marcada tendencia a dársele a este Sacramento una connotación puramente simbólica. Es decir, se tiende a considerar los actos de la Consagración y la posterior Comunión como una simple “representación” de algo que sucedió en el pasado.

Esta forma de pensar se expresa habitualmente en frases más o menos aproximadas a éstas: “Bueno, es una forma de ‘conmemorar’, el sacrificio de Jesús”; “es un modo de ‘recordar’ su entrega voluntaria a la pasión y muerte”; “es una manera de ‘unirse espiritualmente’ a Él”; “la Eucaristía ‘representa’ a Cristo...” etcétera; frases que a veces nacen de los propios sacerdotes, y que naturalmente se extienden, rápidamente como todo error, a través de la feligresía.

No de otro modo podría entenderse la poca solemnidad, el tono rutinario, e incluso a veces el desenfado con el que algunos sacerdotes ofician sus misas, las purificaciones apuradas que hacen del Cáliz y la Patena, esparciendo partículas de la Sagrada Eucaristía a diestra y siniestra, o el nauseabundo olor a nicotina que salta de sus manos en el momento en que nos acercamos a recibir al Señor, o la insistencia de algunos de ellos en dar la comunión en la mano (dizqué porque resulta “antihigiénico dársela a todos en la boca”)... O la invitación a que “concurran todos” a comulgar, en vez de -por el contrario- recomendar especialmente que mejor se abstengan de hacerlo quienes se encuentren en pecado.

Sin duda que muchos de estos errores y horrores se deben a la pérdida de la fe, que en la mayoría de los casos está ligada a la falta de oración y la secularización excesiva de algunos de nuestros consagrados...

Mucha filosofía, mucha historia, mucha antropología, mucha sociología, pero poca oración diaria, poca meditación y poca o nula adoración eucarística, y así marchamos, y así nos llevan, y de ello tendrán que rendir cuentas mañana, ellos mismos y quienes los formaron...

En todas las Misas celebramos el momento especial en el que Jesús instituyó la Eucaristía, y quizás la repetición de la frase con que culmina la Consagración (“haced esto en memoria mía”) refuerce la idea de la Eucaristía como una representación simbólica; es decir, como un modo de “hacer presente a Quien –lamentablemente- se supone en verdad ausente”.

Sin embargo, es oportuno recordar que la presencia real, corporal y sustancial de Jesús en la Eucaristía, fue profetizada por el mismo Señor antes de instituirla, durante el discurso que pronunció en la Sinagoga de Cafarnaúm, al día siguiente de haber hecho el milagro de la multiplicación de los panes y peces. Veamos el texto:

“Jesús contestó: ‘En verdad les digo, no fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da es Aquel que baja del cielo y que da vida al mundo.’ Ellos le dijeron: ‘Señor, danos siempre de ese pan.’ Jesús les dijo: ‘Yo soy el pan de vida, el que viene a mí nunca tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed’ “ (Jn 6, 32-34)

Más aún, esta idea se refuerza un poco más adelante, en el mismo Evangelio, cuando Jesús insiste: “Yo soy el pan de vida. Sus antepasados comieron el maná en el desierto, pero murieron: aquí tienen el pan que baja del cielo, para que lo coman y ya no mueran. (Jn 6, 48-50).

Como vemos, aquí el Señor no habla de representaciones o conmemoraciones. Sus palabras son claras y contundentes: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo” (Jn 6, 51).


Por ello, no debemos dudar de que Cristo se hace presente, tal cual existe en la realidad, como Hijo del Dios Verdadero, a través de las palabras de la consagración, en la Santa Misa, bajo las especies del pan y el vino.

Él está presente en la Eucaristía todo e íntegro, aunque de modo sacramental, ya que de manera “natural” está vivo y glorioso en el cielo. Y nos adelantamos a la duda que por allí pueda surgir, que de hecho ha sido planteada como interrogante en más de una ocasión al tratar este asunto: No importa si el propio sacerdote que está consagrando duda o francamente descree de lo que hace, el Señor se hace presente de todas maneras en cada una de las Hostias que están consagrándose y en cada molécula de ellas; en el vino que está consagrándose y en cada minúscula gota de él.

Allá está el mismo Jesús que nació de la Virgen María, el que enseñó con amor las verdades del Reino; el que predicó el arrepentimiento de los pecados y la conversión permanente; el que sanó enfermos y expulsó a los mercaderes del Templo; el que fustigó a los fariseos, a los maestros de la ley y a los sacerdotes por predicar sin dar un testimonio de vida coherente con lo que decían...

El que sufrió humillaciones, padeció injustamente y murió en la Cruz por nuestros pecados; el que después resucitó, ascendió a los cielos y ahora está sentado a la derecha de Dios Padre. El que vendrá para juzgarnos a todos según nuestros actos, y conforme a todos los dones y gracias que nos ha concedido.

Parece increíble tener al Señor allí en ese momento de unión común, pero por su absoluto poder y misericordia para con los hombres es cierto. Se manifiesta con todo el amor de un padre que escucha a su hijo, y nos invita a que aprendamos a conversar con Él, de un modo especial cuando lo recibimos, sin temores ni barreras, sin vergüenzas ni prejuicios...

Y también por su infinita misericordia, por su amor a nosotros, a pesar de nuestras miserias, este grato momento de su presencia no se rompe al concluir la Misa; sino que perdura siempre, ya que Él estará presente en todas las hostias consagradas que se reservan y se guardan en el Sagrario, donde habita, espera y “atiende” el Señor Sacramentado. Por eso al lado de cada Tabernáculo está encendida permanentemente una lucecita, que nos recuerda la presencia viva de Cristo en ese sagrado lugar.

La mayoría de los protestantes sostienen que es imposible repetir el sacrificio de Cristo en la Última Cena y niegan que la Iglesia Católica tenga autoridad para hacerlo; sin embargo es necesario recordar que la Eucaristía es el verdadero y propio Sacramento, que constituye una verdad de fe declarada por el Magisterio de la Iglesia (Concilio de Trento, Dz. 84) y que se remonta a los orígenes mismos del Cristianismo, según puede constatarse en el Nuevo Testamento, en los Hechos de los Apóstoles (Hech 2,42; 20,7; 27,35) y las Epístolas de San Pablo; (1Cor 10,16; 1Cor 11,26-28; Heb 9,2) etcétera.

La Iglesia nos permite gozar de la accesibilidad con que Cristo se hace presente en cada celebración de la Santa Misa. Evidentemente, gracias a su Divinidad, esta acción trasciende las limitaciones terrenas, de modo tal que al celebrar la Eucaristía, estamos traspasando los límites del espacio y el tiempo para ingresar en lo eterno: ese es el momento sublime de la Cena del Señor y de su posterior sacrificio en el Gólgota...

“Después tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía.” Y después de la cena, hizo lo mismo con el cáliz diciendo “Este es el cáliz de la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes...” (Lc.22,19-20).

Vemos de manera clara, a través de esta cita de la Sagrada Escritura, que el Señor, en la Última Cena, dio a sus apóstoles realmente su Cuerpo y Su Sangre, repartiéndolos, y no dijo: “Este es un símbolo de mi Cuerpo” o “una representación de mi sangre”. Al mismo tiempo, como un gran regalo, nos pide que vivamos siempre aquel trascendental momento: “Hagan esto en memoria mía”, y puesto que tampoco dijo “hagan algo parecido a esto”, la Iglesia recibe, en ese “luminoso” instante, la autorización para celebrar este Sacramento.

 

3. La Consagración de las especies

La mutación de las substancias del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su preciosa Sangre, nos muestra el significado verdadero de la presencia de Jesucristo Vivo en la Eucaristía. Este fenómeno es llamado también transubstanciación, según el Concilio de Trento, Dz. 884; Cfr. Catecismo, cánon 1376.

El término substancia proviene de dos vocablos griegos: “sub” y “stare” que unidos significan “estar debajo”; es decir, estar presente en esencia bajo una apariencia física. Cuando le agregamos el prefijo “trans” hablamos de cambio o mutación... Por eso, al hablar de este fenómeno, la Iglesia nos enseña el significado real del proceso de transformación que se da en el momento de la consagración de las especies.

Al realizar el sacerdote este acto central de la ceremonia litúrgica, tanto la substancia del pan como la del vino, dejan de existir, tan sólo queda lo aparente pero en realidad lo que tenemos “debajo” de esa apariencia es la nueva substancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Es aquí donde se realiza el cambio substancial y no es que se trate de la “creación” del Cuerpo de Cristo, como alguna gente piensa, confundiendo el sentido correcto de las cosas. Tampoco entendamos este momento como el instante en el cual el Señor “se traslada” del cielo a la tierra, pues el Cuerpo que está en la Eucaristía es el Cuerpo Sacramentado de Jesús, mientras que en el cielo continúa el auténtico Cuerpo glorificado de Cristo.
Algunos “teólogos” de nuestra propia Iglesia han procurado utilizar una nueva denominación para referirse al proceso de transubstanciación que tiene lugar en el momento de la Consagración: Nos hablan de la “transignificación” o “transfinalización” de las especies. Estos nuevos términos, supuestamente desarrollados para explicar mejor la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, todavía hoy pretenden ganar espacio en la terminología eclesial, con el argumento de que “por las palabras de consagración, el pan y el vino consagrados toman una nueva significación y nos conducen a un nuevo fin, distinto del significado y el fin que tenían originalmente...”

Pensando positivamente, podríamos creer que tales intentos de innovación no tendrían el objeto de disminuir la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Sin embargo, para nosotros ninguno de estos términos es aceptable, pues vemos que de algún modo sí vendrían a reforzar el concepto de “representación simbólica” que algunos hombres faltos de fe difunden en relación con la Eucaristía.

Veamos: Al suplantar el término “transubstanciación” dejaríamos de hablar de un cambio real y objetivo de las substancias. En tal caso el pan y el vino seguirían siendo eso: pan y vino, aunque con otro significado (aspecto racional - emocional) y otra finalidad (aspecto volitivo); es decir, habría una simple diferencia subjetiva entre el pan y el vino consagrados o sin consagrar.

Afortunadamente, el Papa Pablo VI exige y advierte a mantener la forma de referirse a los sagrados misterios, en particular hablando de la Eucaristía: “aunque se salve la integridad de la fe, es también necesario atenerse a una manera apropiada de hablar no sea que, con el uso de palabras inexactas, demos origen a falsas opiniones -lo que Dios no quiera- acerca de la fe en los más altos misterios” (Encíclica Mysterium fidei, 3-IX-1965, Nº 3).

 

4. La institución de la Eucaristía

Aquel Jueves Santo, junto a sus amigos más íntimos, el Señor instituye este maravilloso misterio a través del cual podrá cumplir con su promesa de quedarse con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Cfr. Mt 28,20) bajo la forma del Pan Eucarístico; “Tomó pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: ‘Tomad y Comed, esto es mi Cuerpo...’ y tomando el cáliz: ‘Bebed todos de él pues esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por todos para el perdón de los pecados’ “ (Cfr. Mt 26, 26-28).

El Señor hace el más grande de los sacrificios que se puede hacer, el de entregar su cuerpo y su sangre por amor –“mi cuerpo que será entregado”, “mi sangre que será derramada”. Ya en este momento anticipa, en la forma litúrgica del pan y del vino, la entrega física de su cuerpo y de su sangre, que se cumplirá el viernes en la cruz.

A partir de este instante se establece, a través de Cristo, una Nueva Alianza entre Dios y los hombres y ésta es sellada por la propia sangre de Jesús, dando cumplimiento al rito hebreo de sellar con sangre todo pacto con Dios (Ex 24,1-8; Heb 9,1-10,18). Jesús nos dice “Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre”.

Como católicos que somos, y siguiendo la doctrina de la Iglesia, sabemos que a partir de aquel instante contamos con la gracia santificante para resarcir nuestros pecados, nuestras faltas y errores, en el preciso momento en que aceptamos a Cristo sacrificado como nuestro Salvador, y consecuentemente adherimos a la Nueva Alianza, comiendo el cuerpo y bebiendo la sangre del Cordero inmolado.

 

5. ¿En qué me beneficia personalmente la Eucaristía?

Los beneficios de recibir la Sagrada Eucaristía son varios:
Desde ya, el contacto íntimo que tenemos con el Señor, es una bendición, es algo gratificante. Para recibir la Sagrada Comunión, debemos estar en gracia, de otro modo no es posible hacerlo dignamente, y una vez que comulgamos esa gracia aumenta, se alimenta, se nutre, nos llena de gozo y nos acerca a la vida de santidad que todos los bautizados estamos llamados a vivir.

Por otra parte, por medio de la Comunión nos son perdonados aquellos pecados veniales que tenemos, a causa de la debilidad en que se encuentra nuestra alma por nuestra naturaleza “caída”.

Otro regalo recibido con la Eucaristía es la promesa de vida eterna que nos hizo el Señor en Cafarnaúm: “En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre vive vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn.6,53,54).

Es importante recordar que el único sacramento que nos salva es el bautismo, en el caso de los niños que muriesen antes de hacer la Primera Comunión, pero para alguien que ya recibió este sacramento, la Eucaristía se hace requisito imprescindible, pues como el Señor dijo, “quien no come su cuerpo y bebe su sangre no tendrá vida eterna”.

¿Y nos preguntamos si es obligatorio recibir la Comunión?, pues el Señor así lo afirma, más no te obliga, sí te invita, y la Iglesia, con plena autoridad,... “ordena en su tercer mandamiento (cfr. Curso de Teología Moral, cap. 19), que al menos una vez al año, y por Pascua de Resurrección, todo cristiano con uso de razón debe recibir la Eucaristía. También hay obligación de comulgar cuando se está en peligro de muerte: en este caso la comunión se recibe a modo de Viático, que significa preparación para el viaje de la vida eterna” (Cfr. CIC. NN. 1517, 1524 y 1525).
La Eucaristía es un don que exige responsabilidad. Sin embargo, si llevas una buena vida cristiana, no necesitas presiones, lo tuyo nacerá del corazón y del amor creciente a Dios que, increíblemente, Él mismo se encarga de cultivar en tu corazón si te decides a ser un mejor hijo suyo.

 

6. Visitas y Adoración al Santísimo Sacramento

Un amigo, un cómplice

Un viejo proverbio dice que “una alegría compartida es doble alegría, mientras que una pena compartida es media pena...”

Es muy saludable, natural y hasta indispensable que podamos compartir todas nuestras cosas con los seres queridos que nos rodean... Pero ¡con cuánta frecuencia nos sucede que a veces no encontramos el momento, o la forma, o simplemente la predisposición de los otros a escucharnos como quisiéramos!

Y entonces, por allí alcanzamos a intuir que necesitamos de “alguien” a quien poder contarle nuestras cosas sin temor de ser desatendidos, mal interpretados, o directamente traicionados...

Cada día nuestra mente y nuestra alma suelen estar expuestas a un sinnúmero de vivencias, a una variedad de estímulos, de imágenes, de comentarios, de todo tipo de “información” que no tarda mucho tiempo en saturarnos, en producirnos ansiedad, en quitarnos la paz... Por ello necesitamos encontrar un medio eficaz para restablecer nuestra tranquilidad.

¿No te has puesto a pensar alguna vez que en tales circunstancias puedes muy bien acudir a Jesús, que te librará de las molestias, de las angustias, del cansancio, de las inseguridades y del hastío?

En tu recorrido diario, ¿pasas por alguna Iglesia? Siendo así, ¿te detienes alguna vez a saludar al buen amigo, Jesús, a contarle algunas de las cosas que más te inquietan, o de aquellas que te han producido mayor alegría?

A veces no es tan simple aceptar que el Señor nos espera en todo momento dispuesto a escucharnos y comprendernos, y que es sólo Él quien conduce nuestros pasos por senderos de felicidad, cuando le permitimos actuar libremente en nosotros...

Y para colmo, encima se suma a nuestra incredulidad el saber que la oración requiere de tiempo, del que muchas veces estamos seguros que no disponemos, por las múltiples obligaciones que debemos atender...
Resulta gracioso decirlo, pero hay una suerte de insensatez en este modo de ver las cosas... Si realmente creemos en Dios, seguramente lo consideraremos “Todopoderoso” (por una simple cuestión de definición)... Y de ser así, tendríamos que estar seguros de que, si fue por acercarnos a Él, Él mismo se encargará de devolvernos el tiempo invertido, o se hará cargo de solucionar nuestros problemas... o de atender aquello que desatendemos por atenderle a Él...
Es decir... si de verdad creemos en la presencia real de Jesús en la Eucaristía, resulta absolutamente ilógico que seamos incapaces de hacerle al menos una visita semanal para decirle que lo amamos, o aunque sólo sea que de vez en cuando nos acordamos de Él... tomándonos unos minutos cualquier día, además de “cumplir fielmente nuestra obligación de ir a Misa los domingos”, que sin la oración diaria, sin al menos una visita esporádica al Santísimo Sacramento, se asemeja más a un deber social – familiar que a una auténtica manifestación de fe...

¡Habla con Dios! ¡Que no te cueste hacerle una visita en el Sagrario! Piensa no sólo “en” Él, sino también “con” Él... Dirígele una mirada transparente a Quien jamás te negará nada de lo que te conviene; ¡absolutamente nada!. Muy por el contrario, sólo está pendiente de llenar tu vida con su indescriptible amor y su infinita misericordia: “Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe; el que busca encuentra, y al que llame a la puerta se le abrirá” (Lc 11,9 – 10).

Dos vías de encuentro con
“el mendigo del amor”

Además de la asistencia a misa, existen dos caminos privilegiados para ayudarte a lograr una comunicación más cercana con Dios: las Visitas al Santísimo Sacramento, que como enseña nuestro Catecismo constituyen “una prueba de gratitud, un signo de amor y un deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor” (CIC, n. 1418), y la directa Adoración a Jesús Sacramentado.

El Santo Padre nos habla sobre la importancia de este acercamiento al Señor: “La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración” (Juan Pablo II Dominicae Cenae 3 1380).

¡Cuántas personas encuentran llenos sus corazones después de visitar al Santísimo Sacramento! Es que ese es el alimento que necesitamos para vivir llenos de optimismo y esperanza. Es necesario acercarnos a Él, recordar cuánto padeció, y darnos cuenta de que todos nuestros sufrimientos son pocos frente a los que él soportó:

La traición de un gran amigo, que le entregó a la muerte por dinero; el abandono de prácticamente todos los seres a los que Él amó; la ingratitud de todos a los que Él curó; el abuso de varios soldados ignorantes, que se ensañaron hasta lo indecible con él, propinándole los más rudos golpes que seamos capaces de imaginar; el escuchar a todo su pueblo, que una semana antes le había recibido jubiloso, pidiendo a gritos que le crucificaran; la pesada cruz que llevó sobre sus espaldas por un camino empedrado en el cual cayó tres veces, recibiendo múltiples azotes como castigo a la fragilidad de su cuerpo humano; el encontrarse cara a cara con su madre y ver en sus ojos el sufrimiento que le causaba verle a Él, su adorado hijo, convertido en un despojo humano, ensangrentado y deforme de tantos golpes recibidos... Y después soportar las burlas de un mal ladrón, y recibir una sustancia más repugnante y amarga que el vinagre, cuando se quejaba de tener sed...

Él tiene sed de ti, y tu indiferencia debe saberle más amarga que aquella hiel. Sin embargo, allí permanece Él, tu Señor, siempre fiel, siempre dispuesto a escucharte, a ayudarte a resolver cualquier problema, a eliminar toda preocupación... siempre paciente, siempre esperándote con el corazón abierto ¡visítalo!
Es cierto que nos resulta más “lógico” recurrir a algún amigo para contarle nuestros problemas, pues ni pensamos que Jesús nos conoce mejor que nadie, o porque no creemos que será capaz de poner en nuestro corazón sus respuestas, o sencillamente porque olvidamos que está allí, aguardando nuestra visita suplicante (al punto que no le avergüenza llamarse a Sí mismo “el mendigo de nuestro amor”).

Ciertamente allá, en el sagrario, podrás encontrarlo siempre, adorando al Padre, obedeciendo eternamente en reparación de nuestras “eternas” desobediencias, intercediendo por nosotros y brindándole a “nuestro” Padre todo el amor que nosotros no le damos. Él llena ese vacío, supliendo nuestras ausencias. Pero aunque suene pretencioso decirlo, además de darnos todo y de cumplir con la promesa que nos hizo -de “permanecer con nosotros todos los días hasta el fin del mundo”-, Jesús necesita de nuestro consuelo.

Trata de darle una alegría en algún momento, regalándole tu presencia. Y desde que comiences la oración de Adoración, muéstrale que es a Él a quien tú también buscas, a quien adoras, alabas, bendices y das gracias. Verás que además de encontrar las respuestas que buscas, esta práctica elevará tu espíritu acercándolo sublimemente a Dios.

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