Concurriendo a la Santa Misa
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Por un pedido especial de la Dirección General del Apostolado de la Nueva Evangelización, a partir de este número, Jesucristo Vivo dedicará una sección fija y estable a la Santa Misa.
El objetivo es poder ayudar a nuestros lectores a que vivan cada vez más participativa y plenamente la Sagrada Eucaristía, por constituirse en el vértice fundamental de nuestra Fe Católica.
En efecto, sabemos pues que “Cuantas veces se renueva sobre el altar el sacrificio de la cruz, ‘en el cual nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolada’ (1 Cor., 5, 7), se efectúa la obra de nuestra redención” (Constitución Dogmática Lumen Gentium. Nº 3)
Hoy comenzamos con una ajustada síntesis sobre el sentido trascendente de la concurrencia a este Sacrificio. En futuras ediciones explicaremos, paso a paso, el significado de cada una de las partes de la celebración eucarística. Esperamos, en Dios, que sea de útil provecho para todos nuestros lectores.
1. El Eterno Sacrificio
Cada día, a toda hora, en algún lugar de la tierra, se está celebrando una Misa. Mientras se escribe este artículo, y a la vez, en el momento mismo en que tú lees estas líneas, Jesucristo se está haciendo presente, y renovando su Eterno Sacrificio ante Dios Padre, en el sacramento que Él mismo ha dejado a su Iglesia y a todos los cristianos.
Piensa que alguien, ahora mismo, está
comulgando...
Es precisamente esta realidad la que nos define como Iglesia. Cristo instituyó
la Eucaristía para la salvación del mundo, dejando su legado
a los apóstoles y la encomienda de darle perpetuidad en memoria suya.
Por ello, y haciendo honor y justicia a su Divina Voluntad, los fieles nos
reunimos en Asamblea (concepto que da origen al término “Iglesia”),
para rendir culto al Padre, a quien adoramos por medio del mismo Cristo,
Hijo de Dios, única ofrenda agradable a los ojos del Creador.
La celebración de la Santa Misa es el centro de nuestra vida espiritual,
además de constituirse, por el acto central de la celebración
que es la Eucaristía, en uno de los Sacramentos primordiales de la
iniciación cristiana, junto al Bautismo y la Confirmación.
Durante 20 siglos (y sólo Dios sabe por cuántos más), la presencia viva del Cordero en la Eucaristía, nos ha abierto las puertas a la vivencia real del amor y la Misericordia Divina, por la que Dios santifica al mundo en Cristo.
No existe mejor camino, para estar en
gracia de Dios, que la asistencia participativa y de corazón abierto
al Santo Sacrificio de la Misa.
Así como la Cruz es la “locura” del amor de Dios; la
Eucaristía es la debilidad de nuestro Señor (Cfr.1 Cor. 1,
18 - 25). Por su gracia estamos “…en Cristo Jesús; Quien
ha pasado a ser sabiduría nuestra, venida de Dios; nuestro mérito
y santidad, y el precio de nuestra libertad.” (1Cor. 1, 30)
2. ¿Para qué ir a Misa?
“El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. (Jn. 6, 54-56).
Desde la creación, Dios amó al hombre, y lo ama hasta el fin. Como prueba de ello, establece alianzas destinadas a mantener viva la conciencia de este amor por la humanidad, a fin de que los hombres logren mantenerse fieles a su Creador.
Al instituir la Eucaristía, Jesucristo no sólo procura la salvación del mundo, entregándose a Sí mismo como Cordero Pascual en la Cruz, sino que, como signo de la nueva alianza con su Padre, estampa su presencia física y espiritual permanente entre los hombres, en el misterio de la transformación del pan y el vino.
Prestemos atención a lo que realmente debemos entender: Como cristianos católicos reconocemos doctrinalmente que la Misa es presidida por Jesucristo, representado por el sacerdote que actúa “in persona Christi capitis” –en la persona de Cristo- (Catecismo N° 1348). Es decir, el Hijo de Dios “se hace presente” con nosotros, espiritualmente desde los ritos iniciales de la Santa Misa, y físicamente en la consagración del Cuerpo y la Sangre del Señor.
Son palabras sabias las de San Alfonso María Ligorio respecto del valor de la Santa Liturgia: “Con la Misa se tributa a Dios más honor, que el que pueden tributarle todos los Ángeles y Santos del cielo. Puesto que el de éstos, es un honor de criaturas, mas en la Misa se le ofrece Su mismo Hijo Jesucristo, que le tributa un Honor Infinito”.
Nada puede ser más precioso ante los ojos de Dios que la ofrenda del Santo Sacrificio. No existe oración, sufrimiento, devoción u obra en la tierra que nos acerquen más al cielo que la Celebración Eucarística. Es vivir por adelantado la promesa de la vida eterna, ya que compartimos durante esos breves minutos la compañía del mayor bien espiritual de la Iglesia, es decir, la Santísima Trinidad.
Si consideramos que toda la Pasión de Cristo ha sido realizada para presentar a Dios Padre una ofrenda y honor infinito con la muerte de su propio Hijo, nos daremos cuenta de que el Calvario sufrido por Jesús representa el verdadero altar.
La Santa Misa es la renovación y actualización del Sacrificio de la Cruz, a través del cual, presentamos en el altar la ofrenda eucarística. Por lo tanto, el altar se convierte en el Calvario. ¡Es exactamente como si uno estuviera en el Calvario aquel Viernes Santo, junto a Jesús! ¡Y el final de la misa será como estar entre los ángeles guardianes del sepulcro, el Domingo de Pascua en que resucitó Cristo!
Muchos católicos
cómodos y tibios de fe, justifican su inasistencia a la Eucaristía
argumentando que prefieren ayudar a un pobre o un desvalido en vez de “perder
su tiempo” escuchando a un “cura” que les resulta aburrido.
Pero una sola Santa Misa tiene más valor de adoración y gloria
a Dios, que la alabanza que pudiéramos dar todos los hombres y mujeres
juntos de la tierra por 100 años...
Esa misa, a la que a veces quizás concurrimos
de no muy buen agrado, puede perfectamente ser nuestro mayor consuelo a
la hora de la muerte, nuestro “pasaporte”, y consecuentemente
el mayor tesoro que se llevará al cielo nuestra alma...
La Santa misa, la Liturgia de la Sagrada Eucaristía, es el acto de
“acción de gracias” por excelencia. Como sostuvo más
de un místico, por revelación directa del Señor: con
una sola Santa Misa damos más gracias y gloria a Dios que todos los
ángeles juntos glorificando a Dios por toda la eternidad...
¡Con una sola Santa Misa!...