La Santa Misa

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Como te habíamos adelantado, a partir de este número de Jesucristo Vivo desarrollaremos una sección fija, dedicada al análisis de la Santa Misa, vértice fundamental de nuestra Fe Católica, con el propósito de que nuestros lectores puedan vivir más plenamente este Sagrado Misterio.

En este número, te ofrecemos una visión esquemática de la estructura general del rito, para que, a modo de iniciarnos en el tema, recordemos juntos cada uno de los momentos que se viven durante la celebración de la Eucaristía.

Además de ello, en este artículo profundizaremos el análisis de la primera parte de la Santa Misa: los Ritos Iniciales, quedando las siguientes partes para su análisis detallado en los números posteriores, hasta completar esta serie.

Esperamos en Dios que este esfuerzo sirva para acercarte un poquito más, junto a tu familia y a las personas con las que desees compartir estas notas, al mayor milagro y manifestación de la Gloria de Dios, para que en adelante, los frutos obtenidos en gracia y santidad sean más abundantes, cada vez que asistas a “la Fracción del Pan” –que es otro de los modos en que se llama a la Santa Misa-.

 

1. Un poquito de historia al principio

La celebración Eucarística ha ido adoptando su forma actual casi desde los inicios de la vida cristiana. Efectivamente, Jesucristo, al instituir la Eucaristía en la Última Cena, mandó a sus discípulos a que realizaran la misma ceremonia “en memoria suya”.

Prácticamente desde aquella noche, la celebración litúrgica del misterio pascual, ha comprendido primero la lectura de las Sagradas Escrituras, seguida del sacrificio del cuerpo y la sangre del Señor, para concluir luego en el ágape fraterno de la comunión, en el cual se recibe sustancialmente a Dios.

Haciendo alusión al testimonio presentado por el mártir San Justino, que en el año 155 explicaba al emperador pagano Antonino Pío (138-161) lo que hacían los cristianos, el Catecismo de la Iglesia Católica nos muestra que desde el siglo II, se mantiene la misma estructura del rito de la Santa Misa. (Cfr, Catecismo de la Iglesia Católica, Canon 1345. –Su lectura es muy recomendable-).

En la descripción de San Justino reconocemos claramente la Liturgia de la Palabra, seguida por una predicación, la oración comunitaria (Preces), el “ósculo” –beso- de la paz entre los presentes, la Consagración de las Especies y la Santa Comunión.

Sin embargo, la celebración eucarística, en su forma actual, tiene antecedentes más directos en la segunda mitad del siglo IV, cuando la Iglesia, luego de la conversión del Emperador Constantino, obtuvo la libertad cívica (que era prácticamente el reconocimiento de su existencia y la autorización pública para la supervivencia de los cristianos). Entonces adoptó para su liturgia formas comunitarias más perfectas.

 

2. Estructura Fundamental de la Santa Misa

Algunos autores difieren, con pequeñas variaciones, en cuanto a la forma de esquematizar las distintas partes que componen el rito de la Santa Misa, aunque obviamente partiendo de la misma estructura fundamental. Se trata más bien de pequeñas diferencias de “clasificación”, al incluir o dejar de incluir algunas “sub-partes” dentro de cada parte...

Entre estas posturas, ninguna pretende constituirse en “la palabra definitiva”, y mucho menos contradecir con la estructura “oficial” señalada por el Institutio Generalis Missalis Romani (Instrucción General del Misal Romano)

La estructura que presentamos a continuación, y en la cual basaremos el desarrollo y la presentación de esta sección fija hasta su conclusión, contempla y trata de armonizar estas diferencias, con un carácter más bien ilustrativo acerca del significado de cada uno de los momentos que vivimos en la ceremonia de la Santa Misa.

 

3. Esquema de la Liturgia de la Eucaristía

1. Ritos Iniciales
a. Saludo
i.Canto de Entrada
ii.Veneración del Altar
iii.Señal de la Cruz

b. Acto Penitencial
i. Yo Confieso
ii. Súplica de Misericordia, absolución
iii. Señor, ten piedad

c. Gloria (Todos los domingos, fiestas y solemnidades, pero no durante los tiempos litúrgicos del Adviento y de la Cuaresma)

d. Oración Colecta

2. Liturgia de la Palabra
a. Leccionario
i. Primera Lectura
ii. Salmos
iii. Segunda Lectura (en domingos, fiestas y solemnidades)
iv. Evangelio
v. Homilía

b. Credo

c. Oración Universal y Oración de los Fieles

3. Liturgia Eucarística o del Sacrificio
a. Preparación de los dones u Ofertorio
i. Presentación del pan y del vino
ii. Oraciones de presentación
iii. Lavado de manos del sacerdote
iv. Oración sobre las ofrendas

b. Plegaria Eucarística o Anáfora
i. Prefacio
1. Acción de Gracias
2. Sagrado Trisagio (Tres veces Santo)
ii. Primera Invocación al Espíritu Santo (Epíclesis)
iii. Relato y Consagración
1. Elevación
2. Proclamación de fe
iv. Memorial (anamnesia)
v. Ofrenda
vi. Segunda Invocación al Espíritu Santo
vii. Intercesiones
viii. Doxología final Trinitaria solemne

c. Rito de la Comunión
i. Padre Nuestro
ii. Rito de la paz
1. Saludo del sacerdote
2. Intercambio del saludo de la paz
3. Fracción del pan
4. Invocación al Cordero de Dios
iii. Presentación de la Hostia Consagrada
iv. Comunión
v. Oración después de la Comunión

4. Rito de conclusión
a. Saludo y Bendición
Despedida y misión

 

4. Los Ritos Iniciales

La celebración de la Misa consta de dos “grandes momentos”, que forman una unidad básica: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística. Ambas constituyen juntas un solo acto de culto: la mesa preparada para la Eucaristía es, a la vez, la Palabra y el Cuerpo del Señor.

Es la misma dinámica del banquete pascual que Jesús resucitado realizó con sus discípulos: en el camino les explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio” (Cfr, Catecismo de la Iglesia Católica, 1347).

Los Ritos Iniciales de la Misa, tienen la finalidad de recordar a los fieles el sentido mismo de la reunión que se está llevando a cabo, y por lo tanto, incitarlos a adoptar las debidas posturas conductuales, mentales y espirituales para tan magno evento.

Recordemos que la Santa Misa es una “reunión” de toda la Iglesia con Dios, con la Santísima Trinidad. Reunión que es posible gracias a los méritos de la pasión y muerte de Jesucristo, nuestro Señor, gracias a su sacrificio, a través del cual restauró la amistad de Dios con los hombres, y a su gloriosa resurrección, con la cual nos abrió las puertas del Reino para la vida eterna.

Canto de entrada
Desde el siglo V, en Roma, se celebraba la eucaristía con una procesión de entrada, acompañada por un canto. El fin de esta procesión, desde entonces, ha sido suscitar en los concurrentes un espíritu de contemplación del misterio litúrgico, fomentar la unión fraternal, y abrir la ceremonia de forma pertinente.

En celebraciones solemnes, pueden darse tres procesiones al altar: la primera en el canto de entrada, la segunda en la presentación del pan y del vino, juntamente con las ofrendas, y la tercera en la comunión.

Veneración del Altar
El Altar tiene especial importancia en la celebración, ya que es el lugar donde se realizará la ofrenda del Sacrificio Sagrado.

El Altar evoca la mesa pascual del Señor durante la Última Cena y a la vez representa el Calvario, donde Jesucristo se sacrificó por la salvación de la humanidad. “Y puesto que en este divino sacrificio que se realiza en la Misa, se contiene e inmola incruentamente el mismo Cristo que en el altar de la cruz se ofreció a sí mismo una vez de modo cruento, este sacrificio es verdaderamente propiciatorio” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1367).
Es por eso que el celebrante y los ministros que lo acompañen hacen una reverencia profunda frente al Altar, y luego el sacerdote, al subir a éste, lo venera más todavía, dándole un beso. En algunos casos, según la oportunidad y según el rito, se inciensa el Altar rodeándolo completamente.

En este gesto, y en todos los adoptados por el sacerdote durante la Misa, el pueblo acompaña al sacerdote y se une en la actitud solemne de adoración, ya que es Cristo el que preside la celebración en la persona del sacerdote (actuando “in persona Christi capitis”).

Señal de la Cruz
Con el ingreso del sacerdote y la veneración del altar, la celebración ha sido iniciada y comenzamos por invocar a la Santísima Trinidad, haciendo la señal de la Cruz, poniéndonos realmente en su presencia. Es por las tres Personas de la Santísima Trinidad, y con su presencia, que celebraremos la Misa.

El sacerdote hace la invocación, en nombre de todos, y el pueblo responde con la aclamación litúrgica “Amén”, que significa: “Así sea, ésa es la verdad”. Esta palabra contiene un antiquísimo valor y vigor expresivo, desde la Antigua Alianza, con la que el pueblo reafirma la verdad de fe que va a celebrar.

El sacerdote pide tres dones a cada una de las Personas de la Santísima Trinidad y los transmite a todo el pueblo en el saludo: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes”, a lo que el pueblo responde en actitud de caridad y unión fraternal: “Y con tu espíritu”.

Con esta invocación, se confirma la realidad de la presencia divina ante el pueblo. Es, por tanto una reunión de toda la Iglesia unificada, con Dios verdadero y eterno.

 

5. Acto Penitencial

En el acto penitencial, todos los que asisten a la Misa se reconocen como pecadores, condición natural del ser humano. La intención es que al reconocerlo públicamente en un acto de humildad, por la mediación suplicante de toda la Iglesia, y la asistencia a la eucaristía, los fieles sean limpiados de los pecados leves de cada día.

Cuando Moisés se acercó a la zarza ardiente, para estar en presencia divina, se tuvo que sacar los zapatos, puesto que no era digno de pisar suelo sagrado. Del mismo modo, los cristianos, para poder celebrar dignamente los misterios de la eucaristía, debemos estar limpios de corazón, para lo que pedimos perdón por nuestras culpas.

Confesamos nuestra condición de pecadores y recurrimos a la intercesión de la Iglesia: de la Santísima Virgen, como Madre Intercesora, de los ángeles, de todos los santos, para que, por los méritos que alcanzaron, nos ayuden a ser escuchados y a obtener la Misericordia divina. Pedimos a todos a todos nuestros hermanos en la fe que con su oración también intercedan ante Dios para que cada uno pueda obtener de Él la gracia y el perdón. Decimos todos juntos: “Yo confieso, ante Dios todopoderoso…”

Acto seguido, el sacerdote nos absuelve de estas culpas menores, invocando la Misericordia del cielo: “Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados, y nos lleve a la vida eterna”. Es importante hacer notar que esta fórmula litúrgica, no tiene el valor de absolución de todos los pecados con la eficacia del Sacramento de la Reconciliación (confesión), por lo que, si se está en pecado grave o mortal, dicha oración no habilita a la persona para recibir la Santa Comunión.

Luego, el pueblo entero y unido invoca la misericordia de Jesucristo. Cuando repetimos “Señor, ten piedad”, nos referimos a Cristo resucitado, y al decir “Cristo, ten piedad”, nos dirigimos a Cristo crucificado. De esta manera, nuestra fe recurre a los méritos de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo para la salvación de las almas.

Gloria
El himno del Gloria, de origen griego, inspirado en el canto de los ángeles en Belén, es una de las más bellas y grandiosas doxologías (fórmula de alabanza a Dios), claramente trinitarias, de la liturgia cristiana.

Se canta o se recita los domingos, fiestas o solemnidades, fuera de los tiempos de Adviento y Cuaresma. Es un acto de adoración a Dios, Nuestro Señor, y una expresión de la alegría por la salvación que nos trae con su presencia.

Esta alabanza, cargada de entusiasmo, expresa la extrema reverencia y devoción a Dios Creador, la súplica reiterativa de piedad y misericordia al Cordero de Dios, Jesucristo, y la invocación al Espíritu Santo, que vive “en la gloria de Dios Padre”. Definitivamente, un himno grandioso que merece toda nuestra atención y concentración al momento de repetirlo, dada la profundidad de su alcance.

 

6. Oración Colecta

También conocida como “Oración sobre la Asamblea”, es el momento en cual el sacerdote, luego de invitarnos a la oración, invoca el favor de Dios sobre la asamblea reunida, para que pueda celebrar con dignidad y provecho los misterios sagrados.

El sacerdote la reza con las manos extendidas, en gesto orante tradicional, en virtud de la solemnidad de las palabras y la riqueza de su contenido.

La palabra colecta (del latín “collecta”, “colligere”) significa reunir, tiene su origen en el sentido de la reunión del pueblo para la Misa. Además, es el momento en el que el sacerdote resume (colecta) todas las intenciones de la Iglesia y las intenciones privadas de los fieles presentes. Es el momento ideal de presentar, mentalmente, ante el Señor, todas nuestras intenciones sobre las cuales queremos recibir gracia y fruto de la celebración.

Con la Oración Colecta, concluyen los Ritos Iniciales de la Misa y continúa la Liturgia de la Palabra, que analizaremos en el próximo número de Jesucristo Vivo.

Hasta este momento, los actos realizados y las oraciones recitadas o cantadas, nos han “puesto en situación”, espiritualmente hablando, para continuar con el desarrollo de la celebración en sí. Nos hemos puesto en presencia de Dios, frente a Él y a nuestros hermanos hemos reconocido nuestros pecados e implorado su misericordia, para ser dignos de recibir primero la Palabra y luego el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

Desde el inicio de la celebración, el pueblo entero participa del Sacrificio Eterno, repite las oraciones y concede su “Amén”, muchas veces sin tener una idea clara de lo que sucede o de lo que dice el sacerdote, a pesar de que se trata de momentos y eventos maravillosos para el alma.

Y es que, lamentablemente, en no pocos casos, el desconocimiento del profundo significado de lo que se está haciendo, nos lleva a distraer la atención, ya sea para fijarla en la actitud del sacerdote (porque éste celebra muy deprisa o demasiado lento, por si se le entiende o no lo que habla, por si es ameno o no lo es, etcétera), o sencillamente porque nos ponemos a pensar en nuestras cosas más que en la trascendencia de lo que estamos haciendo.

Lo más frecuente y doloroso es la poca conciencia que tenemos de que es Cristo, en persona, el que está delante de cada uno; es Cristo el que está obrando, es Cristo el que está invitando al perdón, es Cristo el que da su gracia y es Cristo el que preside la Santa Misa. Es Dios mismo Quien viene y se hace presente en la celebración eucarística, todos los días. Por eso nuestro interés, querido lector, de ofrecerte esta sección y de pedirte ahora que la compartas con quienes puedas. Será pues hasta la próxima entrega, y que Dios te bendiga.

 

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