San Agustín: un intelectual al servicio del Señor

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San Agustín nació en la ciudad de Tagaste (hoy Suk’arras, Argelia), el 13 de noviembre del año 354.

En aquel tiempo (mediados del siglo IV), una buena parte de África estaba bajo el dominio del Imperio Romano.

Tagaste era una pequeña ciudad de la provincia de Numidia, al sur de Hipona, cercana a la ciudad de Túnez. Allí vivían sus padres, Patricio y Mónica (Santa Mónica), con Agustín y sus dos hermanos, Perpetua y Navigio.

Probablemente la lejanía de su padre, respecto de la religión, marcó en Agustín la tendencia a buscar las verdades de la vida por otros rumbos, distintos de los de Dios, aunque su madre, con lágrimas incansables, siempre lo empujaba hacia la conversión.

A los siete años de edad, sin haber recibido el bautismo, ingresó a la escuela primaria, donde aprendió las bases de lectura, cálculo y escritura. Posteriormente, su padre realizó un esfuerzo económico y lo envió a continuar sus estudios en Madura, donde profundizó sus conocimientos de gramática y retórica, para iniciar luego su formación superior. A la edad de 17 años, fue enviado a Cartago a completar sus estudios en retórica.

Esta época marcaría una fuerte huella en la vida de Agustín, dado que con el esplendor de la ciudad, se le había despertado el gusto por las cosas mundanas, particularmente alentado por el reconocimiento y la fama.

El joven estudiante se inclina por el teatro, los espectáculos, los baños termales y las mujeres. Se sabe que Agustín tenía una tendencia casi compulsiva al sexo, y le gustaba presumir de sus conquistas entre sus compañeros.

La luz que brillaba en su intelecto no tardó en darle un notable prestigio. La sed de conocimiento de Agustín comenzó a crecer incansablemente. Uno de los libros que más inspiró su ansiedad por la verdad era “Hortensio”, del escritor latino Cicerón, a partir del cual buscó sin descanso la verdadera sabiduría.

Intentó encontrar la verdad en la Santa Biblia, pero su orgullo intelectual le impidió en principio descubrir lo que buscaba.

Fácilmente encontró falsas vetas de sabiduría en filósofos y predicadores de su tiempo, pero ninguno lo satisfacía y en muchos casos llegó a sentir que insultaban su inteligencia con postulados absurdos o falaces.
Pretendió hallar la verdad en las sectas, que proliferaban en aquel entonces; de ese modo comenzó a profundizar en los estudios sobre el maniqueísmo y luego en el gnosticismo, encontrándose siempre con el vacío de respuestas y la desilusión.

Durante aquellos momentos desordenados de su vida, Agustín mantenía relaciones amorosas con una joven, con la que llegó a unirse en concubinato. Con ella tuvo el gozo de ver su descendencia en un hijo, Adeodato (que significa dado por Dios).

El mismo año en que nació su niño (371), moría su padre, lo que conduciría a Agustín a reacomodar sus prioridades, quedando al frente de toda una familia que, luego de haber puesto su mejor esfuerzo por procurarle un buen futuro, ahora dependería de él.

Retorna a Tagaste como profesor de gramática, a los 19 años. En el breve tiempo que permanece en su pueblo natal, profundiza su habilidad como maestro y se da a conocer como un ferviente maniqueísta. Luego de la muerte de un amigo cercano de su infancia, retorna a Cartago, donde inicia su cátedra en retórica.

Insatisfecho con el nivel intelectual de esta ciudad, Agustín encuentra mejores perspectivas en Roma, donde se traslada el año 383, dejando a su madre con engaños y sumida en un mar de lágrimas.

Sentía que en la capital del imperio hallaría alumnos más formales, así como mayor estabilidad económica. Logró allí abrir una escuela y ganar cierto reconocimiento. Pero la evidente falta de moral de los alumnos a los que enseñaba y el creciente vacío espiritual que le provocaba el maniqueísmo lo hicieron cambiar de idea.

Con ayuda de alguna gente influyente, se adjudica la vacante de una cátedra de retórica en Milán, donde se traslada al año siguiente, y se establece junto con su madre, su hijo, y algunos de sus amigos.

 

1. La Conversión del hombre

Agustín conoce a Ambrosio, Obispo de Milán, y descubre en él a una persona por demás interesante. Lo que más le atraía era que el hecho de que, en sus sermones, hablaba sobre los mismos temas que él conocía, que había leído en la Biblia y que había juzgado aburridos y sin sentido.

Y es que este Obispo, famoso por ser un gran orador, analizaba de una forma tan apasionante las narraciones bíblicas, que Agustín quedó cautivado. Aparentemente, al principio más le interesaba la personalidad del sacerdote que la doctrina que éste predicaba.

Poco a poco, su inquietud desesperada por la verdad fue encontrando orilla en las pláticas personales con San Ambrosio. Durante los dos años que visitaba con frecuencia al obispo, hicieron una relación de confianza, de charla sin prisa y lectura de las Sagradas Escrituras, en las que paulatinamente Agustín va encontrando a Dios.

El año 386, con su madre Mónica, su hijo Adeodato y un grupo de amigos, se retiran a una finca en los Alpes llamada Cacisiaco. Allí, la experiencia en la fe de su madre, la vida comunitaria en actividades diarias de la casa y el campo, así como la oración y la lectura, van derribando la muralla interior que tenía Agustín y lo van preparando en el camino hacia el bautismo.

Se cuenta que una mañana, mientras se debatía en la indecisión entre enfrentar la conversión de una vez por todas o seguir postergando ese paso, escuchó a un niño que jugaba gritando “¡Toma y lee! ¡Toma y lee!”...

Inmediatamente, Agustín lo interpretó como una señal de Dios y corrió a leer la Biblia en la primera página que encontrase. La lectura que le tocó fue: “No andéis en comilonas ni borracheras, no en impurezas ni rivalidades ni envidias. Revestios de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 13,13-14). No necesitó leer más para darse cuenta de que todas sus dudas e incertidumbres habían desaparecido. En ese momento tenía 32 años de edad.

Al llegar la Pascua, el 25 de abril del 387, Agustín y su hijo, de 15 años, fueron bautizados por el Obispo de Milán, Ambrosio. Ese mismo año, Agustín junto a sus familiares y amigos retornan a Roma, para preparar la vuelta a su ciudad natal.

Sin embargo, la vida de Agustín todavía no había encontrado la paz que él tanto soñaba. Su madre, Mónica, falleció repentinamente.

“...A los cincuenta y seis años de edad y treinta y tres de la mía -cuenta Agustín- aquella alma fiel y piadosa quedó liberada de su cuerpo” (Cfr. confesiones 11,28). Murió su madre en Ostia, en el camino de retorno a Tagaste, el año 387.

2. La vida monástica y el sacerdocio

Al llegar a su pueblo natal, Agustín inicia una nueva forma de vida. Funda un monasterio donde convive con sus amigos y su hijo. Regala todas sus pertenencias para dedicarse de lleno a la oración, a la meditación y a la escritura incansable de los textos que, años más tarde, le procurarían el título de “Doctor de la Iglesia”.

En el año 388, muere su hijo Adeodato, dejando en él una huella profunda de dolor.

Tres años más tarde, Agustín es invitado por un funcionario público a la ciudad de Hipona (hoy Bona), invitación a la que accede con la intención de llevar posteriormente a ese funcionario a su monasterio.

Sin embargo, y para su propia sorpresa, su vida cambió nuevamente de rumbo, al recibir la invitación del Obispo Valerio, de Hipona, para quedarse y ser ordenado como sacerdote, sirviendo a esa ciudad.

Ante tal invitación, apoyada por la aclamación del pueblo, Agustín aceptó la nueva misión que el Señor le encomendaba. Se cuenta que lo hizo con lágrimas en los ojos, tanto por la emoción del honor recibido, cuanto por saber que abandonaría su proyecto de vida monástica, de estudio, contemplación y oración.

Muy pronto, el nuevo y maduro sacerdote agradó de sobremanera a su Obispo Valerio, quien lo hizo nombrar Obispo Auxiliar, en el año 396.

Un año después, a la edad de 42 años, San Agustín fue consagrado Obispo de Hipona, sucesor de Valerio, cuando éste falleció.

Durante los 35 años que duró su obispado, Agustín convierte la celebración Eucarística en un verdadero centro de atención de la gente del pueblo.

Aunque normalmente se lo representa con bellas vestiduras, se sabe que en realidad vestía una túnica blanca de lana y unas sandalias, en su corta estatura. Se caracterizaba pues por la humildad y una “excesiva” caridad, no siempre bien entendida por la Iglesia.

Sus celebraciones eran verdaderas asambleas del pueblo de Dios, donde la gente participaba y hasta aplaudía. Mientras el Obispo Agustín de Hipona celebraba la Misa, ningún comercio, teatro, circo u oficina pública funcionaba. Era una verdadera Eucaristía para el pueblo, una liturgia viva en la fe y la caridad.

Continúa fundando las comunidades monásticas que y sus monjes son llamados para obispos en otras ciudades. Viaja, lee y escribe. En el año 398 escribe “Las Confesiones” y un año después inicia el tratado “Sobre la Trinidad”, en el 413 inicia la “Ciudad de Dios”. Aún así, algo agobiado por la labor pastoral, San Agustín sentía cierta envidia por aquellos que tenían más tiempo para estudiar y dedicarse a los trabajos manuales.

Como Obispo, Agustín enfrenta acaloradas polémicas con diversas doctrinas y sectas contrarias a la fe Cristiana Católica: los donatistas, los mismos maniqueos a los que había adherido en su juventud, los arrianos, los pelagianos, e incluso contra algunos católicos que causaban controversia en la fe y que dividían a la Iglesia de África.

En sus últimos años, fue testigo de la caída del Imperio Romano. El 410, las tropas de Alarico entraron en Roma y destruyeron la ciudad. Sólo quedaron en pie las basílicas de San Pedro y San Pablo. Muy pronto los bárbaros entraron también en África sembrando la herejía, la crueldad y la miseria.

A los 76 años, justo cuando las tropas de Genserico tomaban la ciudad de Hipona, Agustín deja sus libros y sus discusiones en favor de la fe para retirarse a la Paz de Dios. Es el 28 de agosto del año 430 cuando Agustín, rodeado de amigos, entrega su vida al mejor de entre ellos, Dios.

 

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