El Sacramento del Orden y el Diaconado
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1. Un breve testimonio al iniciar la nota
Como muchos latinoamericanos, recibí educación católica en un colegio de religiosos. Sin embargo, poco o nada conocía acerca de la jerarquía del clero ni de los diferentes estratos que contempla el sacramento del orden; de hecho, no sabía que hacerse sacerdote era un sacramento.
Cierto día, durante un certamen de “Ciencia y Tecnología” en el colegio, varios religiosos vinieron de visita y nos fueron presentados por el director. Era un grupo reducido de monjas, dos o tres sacerdotes y “¡un diácono!”.
No pude ocultar la sorpresa cuando, durante los arreglos del lugar para presentar mi exposición, una señora que me ayudaba muy amablemente se presentó como la esposa del diácono que estaba de visita.
Después de varios años de estar convencido de que la consagración religiosa estaba reñida con el matrimonio, me resultó francamente desconcertante conocer a un miembro del clero (para mi mente estrecha de aquel entonces, un “cura” más) que estuviera casado con una mujer.
La historia terminó sin mayores tropiezos. No recuerdo si fue mi padre o mi madre quien trató luego de explicarme algo al respecto, pero nadie me sacó de la cabeza que aquel era un “cura raro”, que tal vez estaría en falta, y punto.
Es probable que, al igual que yo, mucha gente que no conoce detalles sobre la jerarquía eclesiástica (tal vez católicos no muy informados –de los que abundan-, o quienes practican otras religiones), pudiesen sorprenderse de la misma manera al encontrar que un hombre casado puede formar parte del clero.
Ese es el motivo personal por el cual encaro la redacción de este artículo, motivación que se suma ahora al deseo del Apostolado de la Nueva Evangelización, que edita esta revista, de dar a conocer el Diaconado como una opción para los hombres que sientan una vocación “tardía” para entregarse sin reservas a las cosas de Dios... De hecho, mientras escribo esta nota hay cuatro varones del ANE que se preparan para recibir el Sacramento del Orden en carácter de diáconos.
¡Qué gratificante sería saber, algún día, que esta nota invitó a reflexionar sobre esa opción a alguno de nuestros lectores! ¡Y cuánto más si tal impulso culminase satisfactoriamente en su ordenación diaconal! En manos de Dios lo dejamos...
2. El Sacramento del Orden
Desde tiempos de Abraham, Dios eligió a su pueblo y lo constituyó como “un reino de sacerdotes y una nación consagrada” (Cfr. Ex 19,6; Is 61,6). Eligió a las doce tribus de Israel y escogió a la de Leví para el servicio litúrgico.
Con un rito propio, se consagraba el ministerio, desde la Antigua Alianza, prefigurando el verdadero sacerdocio de Cristo, que siglos más tarde se cocretaría.
Entre el pueblo Hebreo, los sacerdotes tenían la misión de “anunciar la palabra de Dios y restablecer la comunión con Él”, mediante holocaustos y oración. Fueron instituidos para intervenir ante Dios en favor de los hombres y para ofrecer dones y sacrificios por sus pecados.
Sin embargo, el sacerdocio de la Antigua Alianza no alcanzaba la salvación ni la santificación, que proviene únicamente de la inmolación de Cristo, y que Él mandó conmemorar a los apóstoles y sus sucesores, hasta nuestros días, por medio de la Eucaristía.
En efecto, cuando Jesucristo murió en la Cruz, se heredó a sí mismo a su Iglesia, al constituirse como intercesor ante el Padre. Sin embargo, dio el soplo de su hálito a sus elegidos, los hizo participar en la primera Celebración Eucarística de la historia, y les mandó el Espíritu Santo el día de Pentecostés, cumpliendo con su promesa de enviarles ayuda en la misión que les había encargado: difundir su Iglesia y la salvación por todo el mundo.
Desde entonces, los Apóstoles han pasado el don del Espíritu Santo a sus sucesores mediante la imposición de las manos, tradición que ha continuado, de generación en generación, hasta nuestros días.
Los sumos sacerdotes hebreos, que antiguamente regían aquella nación junto a los reyes, eran secundados por compañeros de menor orden y dignidad, para ayudarles a dar mayor alcance geográfico y pastoral a su trabajo.
De igual modo, el pueblo de Dios (Cristiano), orientado al sacerdocio permanente, estableció sus jerarquías con el correr de los años, basándose en la herencia hebraica. Los cristianos establecieron tres grados en el sacramento del ministerio apostólico, determinándose desde antiguo la denominación de obispos, presbíteros y diáconos.
En rigor es Cristo, el Hijo de Dios, el único y eterno sacerdote. Es en virtud de Él y en su representación que los sacerdotes de hoy se constituyen en ministros apostólicos. Por la consagración sacerdotal se les confiere el poder y la gracia de Cristo para actuar en su nombre.
Cuando Jesús conformó su Iglesia, quería establecer “un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre” (Cfr. Ap 5,9-10), y es así que existen dos formas de asumir este compromiso: “el sacerdocio ministerial” y “el sacerdocio común de los fieles”. Este último, se refiere a todo el pueblo de Dios, congregado en la misma fe y con la misma consigna de salvar a las almas por la difusión de la Buena Nueva de Jesucristo, nuestro Salvador; tarea a la que estamos llamados todos.
El sacerdocio común se inicia desde la recepción de los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, por los que la persona está consagrada, cada uno según su propia vocación, a continuar la misión de Cristo, como Sacerdote, Profeta y Rey.
El sacerdocio ministerial, que comprende a la jerarquía de la Iglesia, se diferencia, claro está, por el grado, el orden y la vida consagrada, además de que está orientado al servicio pleno del sacerdocio común y al desarrollo de la gracia bautismal en todos los cristianos.
Dicho sacerdocio se constituye en uno de los medios por los cuales el Señor Jesucristo está presente y conduce a su Iglesia por el camino de la salvación. Es por eso que se establece y es transmitido hasta nuestros días con un sacramento propio: el Sacramento del Orden.
El sacerdote ordenado representa a Cristo ante la asamblea de los fieles, al mismo tiempo que actúa en nombre de toda la Iglesia, cuando presenta a Dios la oración de su pueblo, y de una manera especial cuando ofrece el sacrificio eucarístico.
Al tener a Jesucristo como única fuente de dependencia, ya que están “consagrados” como sus siervos, por su misma naturaleza sacramental, los sacerdotes del ministerio eclesiástico están intrínsecamente ligados al “servicio”.
Esta condición debe llevar a los sacerdotes a la imitación de la vida de Cristo, para convertirse en servidores de su pueblo y sostener, a pesar de la misma condición de pecadores que comparten con el resto de los fieles, la autoridad del poder sagrado de Jesucristo, recibido en su ordenación, por la gracia del Espíritu Santo.
3. El Orden del Diaconado
En la triple jerarquía que constituye el Sacramento del Orden, el diaconado ocupa el grado menor, y su oficio se remonta a los orígenes de la Iglesia. Se tienen las primeras referencias de su ejercicio en los libros de los Hechos de los Apóstoles, donde se relata la institución de “los siete primeros auxiliares helenistas”; es decir, quienes asistirían a los Apóstoles en el ministerio, entre los griegos.
La principal labor que se les confió era la de brindar asistencia caritativa a los pobres, para alivianar la función primordial de los Apóstoles, dedicados a transmitir la Palabra de Dios y a la oración.
Los primeros diáconos de la Iglesia apostólica, guardaban un estricto carácter de responsabilidad y orientación a las comunidades cristianas. Se esperaba de ellos un espíritu orientado a mantener la vitalidad del culto, la proclamación de la palabra de Dios, la administración de los bienes eclesiásticos y la atención material de los necesitados.
El diácono (palabra derivada del griego “diakoma” –que significa “servicio”) representa la manifestación viva de la caridad que debe distinguir a la Jerarquía eclesiástica. Sus funciones eran las de asistir de forma directa al obispo y al presbiterio, principalmente en obras de caridad y asistencia a los más necesitados.
Su condición de servicio, no los convertía en simples distribuidores de alimentos y bebida, sino más bien los impulsaba a orientar las plegarias del pueblo, a ver por el buen desarrollo de la comunidad eclesiástica y estar en actitud de vigilancia, para tomar las iniciativas necesarias que lleven a los cristianos a comprender las enseñanzas y a participar de los misterios litúrgicos.
El diácono ocupa un lugar intermedio entre el presbítero u obispo que celebra la Santa Misa y los fieles que asisten. Su lugar estará junto al altar, para asistir donde sea requerido en la proclamación del Evangelio, el ofrecimiento del Sacrificio, al lado del obispo o sacerdote, y la distribución del pan y el vino eucarísticos.
El diácono, si bien es un ministro de la Iglesia bajo el sacramento del orden, no puede celebrar la Misa, en tanto no sea ordenado presbítero.
Junto al modelo ejemplar de San Esteban, el primer diácono de Jerusalén,
la tradición cristiana exalta las destacadas figuras de San Lorenzo,
diácono y mártir romano (ver artículo en este mismo
número, páginas XX a XX); de San Efrén, que ejerce
la misma función en Siria, y de San Vicente Mártir, de la
iglesia de Zaragoza.
De acuerdo con estos prototipos del diaconado, no sería muy difícil
precisar exactamente las funciones del diácono, a la hora de prestar
su servicio a la comunidad, al obispo y al presbítero. Abarcaría,
en efecto, funciones de evangelización, de catequesis, de organización
del culto; participación activa en la formación de los catecúmenos
y neófitos; etc. Se manifiesta igualmente una función caritativa,
haciendo de mediador entre los ricos y los pobres y administrando los bienes
de la Iglesia dedicados a la beneficencia.
4. Vaivenes en el diaconado permanente
Si bien la configuración del diaconado se acomodaba convenientemente en la comunidad eclesial apostólica, poco a poco el tiempo fue determinando el deterioro de la imagen de los diáconos y su rápida transformación en una escala transitoria para alcanzar el orden del presbiterio.
La imagen del diácono se mostraba como demasiado ambigua para el gusto de muchos sacerdotes, ya que era un ministro ordenado, pero no poseía las atribuciones propiamente sacerdotales. Esta visión se vio aumentada por la pretensión de muchos diáconos de ganar poder sobre las comunidades, en vez de prestarse al servicio humilde y evangélico de sus orígenes.
El diaconado, como una jerarquía permanente en la escala eclesiástica, fue por ese motivo desapareciendo, y en su lugar quedaba solamente la ordenación transitoria del diácono aspirante a las dignidades superiores del presbiterio.
De esta manera, se establecieron funciones específicas de servicio solemne en el altar, la administración del bautismo y la predicación de la palabra en ausencia del sacerdote. Se impuso el celibato para los jóvenes aspirantes al diaconado, incluyéndolos en la misma ley que regía para los sacerdotes...
Es recién en el siglo XX que se reconsidera nuevamente la institución del diaconado permanente, a partir de varias reflexiones suscitadas durante el pontificado de Pío XII, hasta que, en el seno del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI autoriza su restauración, a juicio de las Conferencias Episcopales.
El diaconado, como estado permanente de vida ministerial, es referido en tres documentos específicos del Concilio: en la Constitución Lumen Gentium, N° 29; en el Decreto Ad Gentes, N° 16; y en el Decreto Orientalium Ecclesiarum, N° 17.
La definición de sus características y el perfil del candidato están detalladas con mayor énfasis en “Lumen Gentium”, donde se define al diácono como quien “recibe la imposición de las manos no en orden al sacerdocio, sino al ministerio”, dejando claramente separadas las jerarquías y dignidades para los postulantes, así como el planteamiento de la orientación al servicio.
Del mismo modo, se pormenorizan sus funciones como las de “…administrar
solemnemente el Bautismo, conservar y distribuir la Eucaristía, asistir
al matrimonio en nombre de la Iglesia y bendecirlo, llevar el Viático
a los moribundos, leer a los fieles la Sagrada Escritura, instruir y exhortar
al pueblo, presidir el culto y las preces de los fieles, administrar los
sacramentales, presidir el rito de los funerales y sepultura...”
Más adelante dicho documento agrega: “Dedicados a los oficios
de caridad y de administración, recuerden los diáconos la
exhortación de San Policarpo: ‘misericordiosos, diligentes,
procediendo según la verdad del Señor, que se hizo servidor
de todos’” (Ad Philipenses, 5,2)” (Lum. Gent. Nº
29). De esta manera se reestablece el diaconado permanente como grado propio
y definitivo de la jerarquía eclesiástica.
Se destaca, adicionalmente, que el documento autoriza, con el consentimiento del Sumo Pontífice, conferir el diaconado a varones de edad madura, ya casados, o a solteros idóneos que estén comprendidos a partir de los 35 años de edad. Para los candidatos que no hubiesen contraído matrimonio se obliga al celibato, y los casados deberán demostrar el consentimiento de su esposa y muchos años de matrimonio estable tanto en el aspecto de pareja como de la educación de los hijos.
Cabe destacar que las personas que reciben la imposición de las manos del obispo y se les concede la gracia del don del Espíritu Santo en la oración consagratoria, ya dejan automáticamente de ser laicos y se constituyen en ministros de la Iglesia, al servicio de Dios y de su pueblo, condición indeleble, irrenunciable y permanente.