El misterio de la Santísima Trinidad
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1. La reflexión originada en una experiencia
Hace algún tiempo tuve la experiencia de recibir a un invitado en casa, que se hospedaría con mi familia por un período largo. No fue poca la sorpresa que me llevé al enterarme de que este familiar se había alejado bastante de la Iglesia, por diferentes “circunstancias familiares”.
Cuando abordé el tema religioso me comentó que incluso había vivido un tiempo cerca de algunas sectas cristianas, hacía ya varios años, lo que le había llevado a perder todo el respeto y la devoción por la Santísima Virgen y por los santos.
Debo agradecer a Dios que nos dio la gracia (a mi esposa y a mí) de poder acercar a esta persona nuevamente a nuestra fe, a la Iglesia Católica, a sus realidades, y a todo el amor de Jesucristo y la Virgen Santísima, que por tanto tiempo, se había estado perdiendo.
Sin embargo, la necesidad de evangelizar a una persona cercana, también me concedió la gracia y la oportunidad de profundizar mis propios conocimientos y darme cuenta de cuánto me falta por conocer del amor de Dios.
Una mañana, luego de leer un pasaje de la Biblia con esta persona, vino la pregunta que me hizo temblar: “¿Qué es la Santísima Trinidad?” No tuve más opción que reconocer mi ignorancia conceptual y recurrir a la investigación, para poder definir correctamente el verdadero concepto de Dios, Uno y Trino.
En este trajín conceptual y espiritual con una persona cercana a mi núcleo familiar, me di cuenta de lo que realmente pasa a muchas personas, especialmente a los jóvenes, cuando se trata de abrazar una creencia y sostenerla frente a tantos vaivenes que la vida actual presenta.
Lo primero que me llama la atención es la expresión de sorpresa que muchas personas demuestran, al ser evangelizadas, cuando expresan que todos estos conceptos “tan interesantes”, nunca nadie se los había explicado.
Es penoso encontrarse con casos de personas para las cuales la religión
es una experiencia “pesada” y “aburrida” porque,
cuando niños, se había tratado de imponerles la fe con métodos
castrenses, sin darles la posibilidad de cuestionamiento; pero sobre todo,
como una lista de “cosas” que se deben hacer y no hacer, “cuestiones”
en las que se “debe” creer, oraciones que se deben “repetir”,
sin que en la enseñanza asome un “por qué” lo
suficientemente motivador.
El análisis de los resultados de esta metodología de la catequesis
tradicional, impartida en muchos de los colegios religiosos, puede llegar
a ser alarmante, si uno mira simplemente que un concepto tan fundamental
e importante como es el conocimiento de la Santísima Trinidad, es
decir la existencia y esencia de Dios mismo, está entre lagunas y
dudas cargadas de misterio.
Seguramente será por ello que el Santo Padre insiste tanto en la necesidad de promover una Nueva Evangelización entre los bautizados, llevándolos a sostener un encuentro personal con Cristo, que haga nacer en cada uno, en particular, el deseo de conocer más y aprender a fondo todo lo relacionado con la fe.
Quizás la falta de ese encuentro, que propicie el deseo de conocimiento de las cosas de Dios, sea el “punto flaco” por donde las sectas, con “cultos” espectaculares y catárticos, con explicaciones simplificadas, logran infiltrarse en el corazón de los católicos, que se han convertido en tibios y han abandonado todo compromiso con el Señor, a causa de una mala o muy pobre orientación.
2. El “Misterio” de Dios
La existencia trinitaria de Dios es en sí un concepto que, por complejo y abstracto, resulta difícil para la comprensión humana. De hecho, la Trinidad es El Misterio de Dios, por excelencia.
El término Misterio proviene del griego “Misterium”, que significa Sagrado, y se presenta como contraposición a lo “profano” (lo que está fuera del lugar que ocupa lo sagrado).
En su calidad de Misterio Divino, el concepto de la Trinidad no puede ser conocido, si no es revelado desde lo alto; es decir, es necesario que Dios mismo lo dé a conocer.
A lo largo del Antiguo Testamento, Dios se mostró siempre como una sola persona. Es recién a partir del Nuevo Testamento, de labios de Jesús, que se revelan las tres personas que, a la vez, son el mismo Dios, Eterno, Creador, Redentor y Santificador.
Al decir esto, no negamos la presencia viva y permanente de la Santísima Trinidad desde el principio de los siglos y por toda la eternidad.
Probablemente sea que, dadas las condiciones de la época en las que vivía el pueblo de Hebreo, con una fuerte tendencia al politeísmo y la idolatría a varios dioses inventados, el concepto de tres Personas en un mismo Dios podría haber creado una confusión teológica y una división en la fe.
Con la presencia de la Segunda Persona encarnada en hombre, Jesucristo nacido de la Virgen María, se abre la noción (ya filosófica) de la presencia consubstancial e hipostática de Dios Padre, Dios Hijo, y Dios Espíritu Santo en quien se hace conocer como “Yo Soy el que Soy”, Yavé, el Dios Altísimo.
La teología dogmática de la Iglesia Católica nos explica este concepto de tal manera que, en nuestra limitada comprensión humana, podamos aproximarnos al entendimiento de la esencia divina.
La más profunda de las verdades de fe es ésta: habiendo un solo Dios, existen en Él tres Personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Hay una sola naturaleza divina, pero tres Personas divinas.
3. Una explicación filosófica
Dios Padre, en su infinita sabiduría, tiene conciencia (conocimiento)
de Sí mismo, es decir, formula un pensamiento de Sí mismo.
Ese pensamiento divino, por ser perfecto e infinito (dado que es el pensamiento
de un Ser perfecto e infinito), adquiere existencia propia dentro de su
misma naturaleza divina: es la palabra que se expresa a Sí mismo
y de Sí mismo eternamente; es la imagen que Dios tiene de su propia
existencia.
A este Pensamiento y/o Palabra que expresa Dios Padre, llamamos Dios Hijo,
es decir el Verbo Divino: la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Del mismo modo, Dios Padre (Dios conociéndose a Sí mismo) y Dios Hijo (el conocimiento de Dios sobre Sí mismo) contemplan la naturaleza que ambos poseen en común: lo bello, lo perfecto y lo bueno en grado infinito. De esa contemplación entre las Dos Personas dimana un Amor perfecto, movido por la Voluntad divina.
Este Amor infinito, al ser de la misma naturaleza divina e infinita, es un Amor Vivo, con existencia propia, y es al que llamamos Espíritu Santo: “que procede del Padre y del Hijo”, es el Amor hecho Persona.
No se debe caer en el error fundamental de conceptuar a las tres Personas de la Santísima Trinidad como identidades separadas, independientes y con atributos diferentes. Dios es uno solo y omnipotente. La trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: La Trinidad consubstancial (Concilio de Constantinopla, año 553: DS 421).
Tampoco pensemos en las tres Personas como creadas con el sentido temporalizado de que primero fue Dios Padre, luego el Hijo y después el Espíritu Santo. ¡Falso!
Dios Trino es igualmente eterno en sus tres Personas, ya que Padre, Hijo y Espíritu Santo poseen la misma y única naturaleza divina. El Verbo de Dios y el Amor de Dios son tan atemporales y eternos como el Padre; como toda la Naturaleza de Dios.
El Misterio de la Santísima Trinidad es el misterio de tres Personas co-iguales, co-eternas y co-substanciales, realmente distintas, pero que tienen la misma naturaleza divina y constituyen un solo y único Dios.
Adoremos pues a la Santísima Trinidad, junto a María, la creación perfecta, junto a los ángeles y los santos de Dios, que han sabido doblegar su propia voluntad a la voluntad divina... Ese será el camino a nuestra morada en el cielo, que es necesario iniciar hoy.