San Mateo:
Un ejemplo de conversión
.
“Jesús, al irse de allí, vio a un hombre llamado Mateo en su puesto de cobrador de impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Mateo se levantó y lo siguió…” (Mt. 9, 9)
Quizá en este simple pero a la vez complejo suceso, encontremos una de las mejores enseñanzas de la vida de este Apóstol, quien al ser llamado por el Maestro, dejó todo lo que era y hacía, para seguirlo.
Analicemos bien el hecho: Mateo, hijo de Alfeo, era publicano. Pertenecía quizás al gremio más rechazado de su tiempo: cobrador de impuestos en favor de los romanos.
Es de suponer que dada su actividad era un hombre de buena situación económica, por eso en la cultura popular se lo representa con tres pequeñas bolsas de dinero.
La primera idea que se nos viene a la mente, al conocer su oficio, es que se trataba de una persona bastante ambiciosa, sin escrúpulos, que buscaba ante todo la estabilidad económica si es que no el enriquecimiento, sin reparar en los medios para conseguirlo.
De hecho, se sabe que los ingresos de los cobradores de impuestos consistían en una comisión por el dinero obtenido de los “contribuyentes”; de modo que no escatimaban en recurrir a la extorsión, las amenazas e incluso la violencia física para obtener lo que buscaban.
Consideremos que Leví –que era el nombre original de Mateo- era un judío, nativo de Cafarnaún, perteneciente al pueblo que estaba siendo oprimido por el régimen romano, y aún así asume el cargo de cobrador de impuestos en favor de los enemigos de su nación.
Dicho más gráficamente, Mateo se dedicaba a obligar a sus conciudadanos a pagar un tributo, nada menos que a quienes los estaban sometiendo; aunque para ello debiese apelar a la fuerza.
Sin embargo, aún habiendo conseguido la posibilidad de enriquecerse, que, se supone, era lo que más le interesaba en la vida, al recibir el llamado del Señor lo deja todo instantáneamente.
¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de hacer esto? Su respuesta fue directa, incondicional y definitiva. Dejaba una vida de riquezas y comodidades, pero conseguía otra mejor: la amistad con Jesús.
Quizás esta actitud de Mateo nos demuestre que en el interior de cada persona siempre existe la necesidad de encontrar a Dios y seguirlo sin miramientos.
Este es el ejemplo que la Liturgia Católica desea difundir, mostrando
la posibilidad que tiene todo pecador, sin importar la vida que haya llevado,
de poder cambiar de actitud y dedicarse a Jesucristo en cualquier momento,
y de ser aceptado por Él con amor.
Tal fue la alegría del nuevo apóstol, que ofreció un
“gran banquete” a Jesús en su casa, de acuerdo con su
situación económica; banquete al que invitó a todos
los que conocía, entre ellos a la gente de su gremio y a muchos que
eran considerados pecadores e igualmente rechazados por todo el pueblo.
Seguramente su intención era la de dar a conocer al resto el gozo de haber sido salvado; la alegría de tener al Salvador en su casa, y así lograr atraer a otros al mismo camino de conversión.
A partir de ese momento, Leví es conocido como Mateo, que significa “Don de Dios”, y dedicó su vida a seguir a Cristo y proclamar su Buena Nueva a donde fuese. Lo acompañó en sus prédicas, fue elegido uno de los doce preferidos (llamados apóstoles o embajadores), y en Pentecostés recibió la llama del Espíritu Santo, junto con María.
No se conocen mayores datos de su vida a través del Evangelio. Él mismo quiso mantenerse prácticamente en el anonimato; apenas dando testimonio de su conversión, y quedando luego como un simple testigo de los acontecimientos, para plasmarlos en uno de los libros más leídos en la historia de la humanidad (el primero de los cuatro libros que inician el Nuevo Testamento). Tal vez fuese aquel el propósito del Señor al elegirlo como uno de los doce.
Sabemos que Mateo fue el quinto discípulo en ser llamado por Jesús para formar el grupo de los que posteriormente serían los doce apóstoles. Le precedieron los pescadores Simón (Pedro) y su hermano Andrés, Santiago y su hermano Juan; los cuatro apóstoles más cercanos a Jesús.
Quizá por la relevancia de su actuación en los relatos de la vida de Jesús, o tal vez por un simple orden cronológico de su llamado, Mateo es el octavo en ser nombrado tanto en los Hechos de los Apóstoles (Hech 1,13) como en su propio Evangelio (Mt 10,3). Sin embargo, Marcos (Mc 3,13) y Lucas (Lc 6,12), lo mencionan en séptimo lugar.
1. El hombre alado
A partir de la gloriosa Ascensión del Señor a los cielos, San Mateo predicó varios años en Judea y alrededores. Poco antes de la dispersión de los apóstoles, escribe su Evangelio, que habría sido el primero de los cuatro, según al testimonio de Papías, obispo de Hierápolis, citado en la Historia Eclesiástica de Eusebio; aunque algunos estudios históricos recientes refieren que el primero en ser escrito habría sido el Evangelio de San Marcos.
Como quiera que fuere, el Evangelio según San Mateo se escribió originalmente en arameo, ya que estaba dirigido principalmente a los judíos de su tiempo. Una copia del original fue llevada por el Apóstol San Bartolomé a la India.
Actualmente sólo se cuenta con la versión traducida al griego, y no quedan rastros del original manuscrito de San Mateo. Sin embargo, resalta en muchos detalles su origen semita, como cuando habla de las tradiciones mosaicas y de muchas costumbres de tributo en el templo, del gusto de los escribas por llamarse Rabbí, y por algunas palabras y expresiones arameas, como “atar y desatar”, que han permanecido en tales documentos.
La redacción original en arameo, se supone que fue escrita alrededor del año 50, y la traducción griega entre los años 70 y 85, versión que se usa como canónica. Al igual que Marcos y Lucas, reproduce en su Evangelio la enseñanza apostólica que han predicado los apóstoles acerca de Jesús. Mateo evoca de la mejor manera el medio en que vivió Jesús y, en consecuencia, el medio donde fue escrito.
Mateo dirige su Evangelio a los israelitas convertidos. Por eso presenta a Jesús como el Mesías anunciando en el Antiguo Testamento, en el que se cumplen las profecías. Y es que el fin de su Evangelio es justificar ante los judíos conversos la condición mesiánica de Jesús.
De hecho, es el único libro que comienza con el relato exacto del árbol genealógico de Cristo desde Abraham, y lo llama “Hijo de David, hijo de Abraham”. Del mismo modo, constantemente durante el relato de los milagros y vida de Jesús, hace bastante hincapié en el cumplimiento de las promesas hechas por Dios a los profetas.
Según algunos escritos apócrifos (particularmente de los Bolandistas), luego de predicar en Judea, fue a predicar entre los partos y los persas, pero sobre todo en Etiopía. Se cuenta que en ese lugar venció a dos magos que se hacían adorar como a dioses, y a los dragones que supuestamente los acompañaban. Realizó muchos milagros, entre los que destaca el haber resucitado a la hija del rey Egipo (o Hegesipo), y promovió infinidad de conversiones.
Según una tradición muy antigua, Mateo fue martirizado por oponerse al matrimonio del rey Hirciaco con su sobrina Ifigenia, la cual se había convertido al cristianismo, gracias a la prédica del mismo Mateo.
Habría muerto como mártir un 21 de septiembre en Nudubaz. Luego fue enterrado en Hierapolis, Porthia. Se sabe que sus reliquias fueron traídas al Occidente, ya que el Papa Gregorio VII, en una carta al Obispo de Salerno fechada en 1080, testifica que fueron guardadas en una iglesia que tenía el nombre de la ciudad. Todavía están en este lugar.
Fue muerto a filo de espada mientras estaba orando, al pie del altar, después de misa, lo que dio motivo a otro de los atributos de su iconografía: la espada (que a veces es reemplazada por una lanza o un hacha).
2. Iconografía y simbología
Como uno de los evangelistas, San Mateo es representado de manera genérica con túnica y portando un libro o un rollo escrito.
San Jerónimo fija un simbolismo particular a cada evangelista, inspirado por la imagen de los “Cuatro Vivientes” de la visión de Ezequiel (Ez 1,5). San Mateo es representado así con el Ángel que tenía el rostro de hombre, es decir un hombre alado (símbolo de la inteligencia), en virtud de que el evangelista rescata con base en la investigación la genealogía humana de Cristo al inicio de su Evangelio.
En esta misma simbología, el Evangelio de San Marcos es representado por el león (el valor), ya que inicia su relato con la misión de Juan Bautista; el Evangelio del Apóstol San Lucas con un toro (la fuerza), porque empieza su evangelio narrando el sacrifico de una res que estaba ofreciendo Zacarías en el templo; el Evangelio según San Juan, representado por medio del águila (los altos vuelos), porque este evangelio es el que más alto se ha elevado en la espiritualidad de sus pensamientos y escritos.
San Mateo, del griego, mathhaios; del arameo, mattai, forma corta del hebreo mattanyah, que significa “regalo de Yahvé”, es patrón de los banqueros, de los contadores y de las fuerzas de seguridad.
“Oh Mateo, ¡qué riquezas tan grandes te prepara el Señor
que te llamó cuando estabas (...) apegado a las monedas! A impulsos
de tu amor ardiente te apresuras a recibir al Maestro (...)”.
Himno de Laúdes, “Præclara Qua”