Concurriendo a la Santa Misa III

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Continuamos, querido lector, con la serie de artículos sobre la Celebración Eucarística, que iniciamos en el sexto número de Jesucristo Vivo (JCV).

Como te habíamos manifestado antes, estas notas tienen la intención de ayudarte a vivir más plenamente la celebración de la Santa Misa, y responden a un pedido especial de la Dirección General del Apostolado de la Nueva Evangelización, que edita esta tu revista.

Si no tienes los números anteriores de JCV, y te interesa ver este tema desde el principio, contáctate con nosotros, para que veamos la forma de hacértelos llegar.

Yendo al tema... Pareciera estar “de más” que te recordemos, que todo el que asiste a Misa debe prestar absoluta atención a cada uno de los momentos que conforman la Liturgia, pero no escapa a nuestras vistas (y lamentablemente tampoco a nuestra experiencia personal), la facilidad con la que muchas veces nos distraemos, en diversos momentos de la Liturgia de la Sagrada Eucaristía.

Por ello queremos insistir en el esfuerzo, consciente y voluntario, que debemos poner en asimilar cada palabra que escuchamos, cada acto que se realiza durante la ceremonia de la Misa, pues todo tiene un sentido trascendente, y todo constituye para nosotros un instrumento de salvación o de condena... aunque suene demasiado drástico.

De hecho, el Señor siempre ve los corazones y lee cada uno de nuestros pensamientos, de tal suerte que si uno concurre a una Misa “sólo por cumplir con un compromiso”, ya sea éste social o familiar, o simplemente por costumbre, en poco estará “cumpliendo”, en verdad, con lo que debiera ser el verdadero propósito de su asistencia al Santo Sacrificio: el tener un encuentro personal con Dios en Su propia casa.

Te sintetizaremos muy brevemente lo escrito en ya siete páginas sobre este tema: En el Nº 6 de nuestra revista, cuyo asunto central era precisamente el de la Eucaristía, hablábamos del profundo significado de la Misa, y de por qué y para qué conviene concurrir a ella cuantas veces a la semana sea posible.

En la edición anterior a ésta (JCV – N º7), te habíamos presentado los “Ritos Iniciales” de la Misa, y veíamos que por medio de ellos, la persona que asiste a la Sagrada Eucaristía atraviesa primero por un proceso de análisis de conciencia, y de reconocimiento de su condición pecadora, a partir del cual, le pide perdón a Dios, para “ponerse en su presencia” y vivir adecuadamente la conmemoración del Misterio Pascual.

Veíamos que con el canto de entrada, la veneración al altar y la señal de la Santa Cruz, se daba inicio a la celebración eucarística, creando un ambiente de solemnidad y santidad apropiado para el encuentro con el Señor. Posteriormente, el sacerdote invitaba al acto penitencial y la invocación de la Misericordia de Dios, para luego cantar el Gloria (los domingos y días de Fiesta), que es un himno de gozo y alabanza al Todopoderoso.

Decíamos también que los Ritos Iniciales concluyen con la Oración Colecta, con la cual el sacerdote pone en manos de Dios todas las intenciones de la Iglesia y de la asamblea de creyentes reunidos en esa Misa, para pedir su gracia, y recibir sus favores.

Hasta ese momento, el sacerdote intercede por los fieles, para que puedan participar dignamente de la Eucaristía y sacar el mayor provecho de la celebración.

Vayamos pues ahora al centro de este artículo: En la presente edición, nos introduciremos en la “primera parte” de la Santa Misa, que es “la Liturgia de la Palabra”, por medio de la cual Dios llega a su pueblo a través de las Sagradas Escrituras.

I. La Liturgia de la Palabra comprende tres sub-partes:

a. El Leccionario
1.- Primera Lectura
2.- Rezo de los Salmos
3.- Segunda Lectura (en domingos, fiestas y solemnidades)
4.- Proclamación del Santo Evangelio
5.- Homilía

b. Rezo del Credo

c. Rezo de la Oración Universal u Oración de los Fieles (peticiones).

 

1. La Liturgia de la Palabra: Inicio de la comunión

“La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el Pan de Vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Liturgia.
Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles.”

Al introducirnos en el análisis de la Santa Misa, en el número anterior decíamos que la celebración de la Eucaristía se compone, principalmente, de “dos grandes momentos”, que en sí conforman una unidad inseparable: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística o del Sacrificio.

Ahora bien, si en los Ritos Iniciales, nos hemos puesto en presencia de la Santísima Trinidad, y hemos reconocido nuestros pecados, con la Liturgia de la Palabra, estaremos en presencia del Verbo Divino, Jesús, el Cristo vivo, que es la Palabra de Dios y nos instruye.

La asamblea del pueblo de Dios se reúne frente el Altar para unirse a Cristo y recibir su Cuerpo y su Sangre, presentes en las especies del pan y el vino consagrados. Sin duda, este es el momento central de la Santa Misa, por lo cual se constituye en referencia obligatoria al hablar de ella.

Pero este encuentro, que produce la unión de los hombres con Dios, comienza en realidad con las lecturas sagradas, ya que por medio de ellas recibimos del Padre el pan de su Palabra encarnada.

Jesús es el Verbo Divino hecho hombre, y este “verbo” o “palabra” es pronunciada por Dios en la liturgia, a través del Evangelio, que nos comunica su Espíritu de Verdad.

En la Santa Misa, los fieles se disponen a comulgar con el Cuerpo de Cristo, presente en cada partícula de la Sagrada Hostia. Del mismo modo, debemos aprender a “comulgar” con Cristo-Palabra, presente en cada pasaje del Evangelio, ya que Jesús nos enseñó que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Cfr. Mt 4,4).

Es por esto que el Concilio Vaticano II nos recuerda que en la Eucaristía, asistimos a “la doble mesa del Señor”: El Pan de la Palabra, que precede y va unido al Pan del Sacrificio, porque lo prepara y a la vez lo fundamenta: “Entre todas las ayudas espirituales sobresalen los actos con que los cristianos se nutren de la Palabra de Dios en la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la Eucaristía” (Cfr. Decreto Presbyterorum Ordinis Nº 18)

Precisamente por ello, el ambón, donde se hacen las lecturas, tiene mucha importancia en la celebración, puesto que, así como en el Altar se realiza el Santo Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, en el ambón está presente el Señor a través de su Palabra.

Así también, al igual que Cristo está presente en el sacerdote durante la celebración en el Altar, es Él mismo quien se hace presente con su Palabra, a través del lector. De allí que el “Lectorado” sea un “ministerio”, y que, como tal, requiera la preparación especial y el compromiso espiritual de parte de quien lo ejerce. Es por esta misma razón también que el Evangelio no es leído por un laico, sino por el sacerdote o por un diácono como veremos más adelante.

 

2. El Leccionario, historia y razón de ser

La lectura de las Sagradas Escrituras en la primera parte de la celebración Eucarística es una tradición de la Iglesia que viene desde los primeros años del cristianismo.

Se instituye esta costumbre en la Iglesia siguiendo el ejemplo de Jesús, Quien con frecuencia citaba a los profetas para instruir al pueblo, y para mostrar a sus discípulos, a los sacerdotes y a los escribas, que todo lo que estaba sucediendo en aquel momento ya había sido anunciado antes por Dios a través de sus profetas.

De manera similar, en el momento trascendental en que Jesús se presentó a los discípulos en Emaús, el Cristo Resucitado les explicó las Escrituras mientras caminaban (Lc 24, 25-28).

La Liturgia de la Palabra tiene como objetivo recordar al pueblo de Dios la historia de la Salvación. Con las lecturas, se reviven las maravillas realizadas por el Señor desde la Creación, como expresión de su infinito amor y su misericordia hacia los hombres.

Con el paso de los siglos, la Iglesia ha ido conformando “leccionarios”, que son las guías de lectura, que especifican lo que se debe leer en cada fecha, para seguir una misma liturgia común, en todas las Eucaristías que se realizan diariamente en el mundo, precisamente en virtud de que los rasgos fundamentales del catolicismo son la unidad y la universalidad.

El leccionario actual, aprobado por las instrucciones del Concilio Vaticano II, es el más completo de la historia, ya que está dividido en tres ciclos de lecturas e incluye más del 90 por ciento de la Biblia.

El leccionario está ordenado de acuerdo con los diferentes tiempos del año litúrgico. Las lecturas del Antiguo Testamento están seleccionadas en perfecta congruencia con las del Nuevo Testamento (especialmente con el Evangelio), lo que permite a la Iglesia el poder iluminar más claramente con el mensaje del Señor a su pueblo. De este modo, todas las lecturas y los salmos están orientados al Tiempo Litúrgico y al día específico en que se celebra cada Santa Misa.

3. Profetas y Apóstoles

De acuerdo con el calendario litúrgico de la Iglesia Católica, en la Santa Misa se realizan dos o tres lecturas, dependiendo del día en que se celebre.

En los días ordinarios de semana hay una lectura y el rezo de los salmos, además del Evangelio. Los domingos, y los días de fiesta, se añade una lectura más, después de los salmos y antes del canto del Aleluya, a la que comúnmente se le llama “Segunda Lectura”.

Las tres lecturas tratan la historia de la Salvación. Cuando hay tres lecturas, la Primera Lectura está tomada del Antiguo Testamento, y corresponde generalmente al libro de uno de los profetas, aunque también se leen pasajes de otros libros, ya sean del Pentateuco, históricos, de sabiduría, etcétera.

En la mayoría de estos relatos del Antiguo Testamento, vemos cómo el Espíritu Divino llegaba a los hombres para preparar el camino de la salvación, que se concretaría definitivamente con la venida del Mesías. Dios estableció las leyes que regirían la vida de su pueblo y lo iluminó con la sabiduría necesaria para su salvación.

Habitualmente, entonces, la Primera Lectura desglosa las enseñanzas de los patriarcas y los profetas, heraldos del Todopoderoso, que dieron a conocer la Divina Voluntad y sus promesas al pueblo de Israel, así como las profecías sobre la venida del Cristo.

Los Salmos son una respuesta meditativa a la lectura. Con una clara orientación cristológica, el salmo responsorial continúa con la tradición de los primeros apóstoles, de predicar la Buena Nueva y de alabar a Dios a través del canto de los salmos. (Hch 1,20; 2,25-28; 34-35; 4,25-26)

La Segunda Lectura corresponde a un pasaje o a un mensaje ubicado históricamente en los inicios de la Iglesia. Son las enseñanzas que los discípulos de Jesús transmitieron a sus contemporáneos y que hoy se actualizan, en la asamblea reunida para celebrar la Eucaristía.

Estos sucesos o mensajes provienen de los libros que se encuentran después de los cuatro Evangelios; es decir, los Hechos de los Apóstoles, las cartas de San Pablo, Santiago, San Pedro, San Judas Tadeo y San Juan (que conforman la historia de la Iglesia inicial) y también el libro de las Revelaciones, o Apocalipsis.

Dada la profunda riqueza de contenido que estos sucesos o mensajes comunican, los días “ordinarios” de semana, cuando hay una sola lectura en la Liturgia de la Misa, además de los Salmos y la proclamación del Evangelio, habitualmente se lee un pasaje de estos libros, o bien alguno de los libros proféticos del Antiguo Testamento.

De esta manera se instruye al pueblo fiel, reunido en asamblea, sobre las verdades de Dios, a través de las vivencias y las enseñanzas de los Profetas y los Apóstoles.

 

4. La proclamación del Santo Evangelio

Terminada la Segunda Lectura o el Salmo (según se trate de un día festivo u ordinario, respectivamente), se anuncia la proclamación del Santo Evangelio: el pueblo reunido en la iglesia se pone de pie y canta el “Aleluya”, aclamando la grandeza de Dios y alabando su magnificencia. Éste es un canto de gozo, que expresa la admiración y el júbilo de los fieles ante la presencia de Dios, vivo en el Evangelio a ser proclamado.

Durante el canto, el sacerdote pronuncia en secreto una súplica, con la que se hace instrumento del Altísimo para transmitir su Palabra: “Purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderoso, para que anuncie dignamente tu evangelio”.

En ciertas ceremonias, el sacerdote y los acólitos bañarán con incienso el Altar y el ambón, como símbolo de la presencia de Cristo ante el pueblo orante.

El sacerdote hace la señal de la cruz sobre el Libro Sagrado y dice a la asamblea: “El Señor esté con ustedes…” (A lo que el pueblo le responde “y con tu espíritu”) “Lectura del Santo Evangelio según… (menciona el evangelista al que corresponde la lectura de ese día), y hace la señal de la cruz sobre su propia frente, boca y pecho, al igual que los fieles, que contestan: Gloria a Ti, Señor.

La Señal de la Cruz, con las tres cruces en la frente, la boca y el pecho, además de una invocación a la Santísima Trinidad, pidiéndole a Dios que nos libere de nuestros enemigos, representa el pedido al Señor de que nos ilumine, para poder comprender su Palabra (Cruz en la cabeza), nos dé la sabiduría y fortaleza para proclamarla (Cruz en los labios), y el amor para atesorarla en nuestro corazón (Cruz en el pecho).

El texto de la lectura del Evangelio corresponde, como su nombre lo indica, a algún pasaje de los libros de los cuatro evangelistas, que transmiten las enseñanzas de Jesucristo, durante su paso por la Tierra.

El capítulo y los versículos seleccionados concuerdan temáticamente con las anteriores lecturas y los salmos indicados para el día específico de la celebración.

Los pasajes leídos nos relatan escenas de la vida de Jesús, que dejan claras enseñanzas de fe y de vida para toda la Iglesia, y que constituyen el centro de toda la historia de nuestra salvación.

Es el momento más importante de la Liturgia de la Palabra, ya que es Cristo mismo Quien anuncia su Evangelio: “Aunque la sagrada Liturgia sea principalmente culto de la divina Majestad, contiene también una gran instrucción para el pueblo fiel. En efecto, en la liturgia, Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio. Y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración.” (Cfr. Constitución Sacrosanctum Concilium Nº 33). Mientras, nosotros, los fieles, escuchamos su Palabra con la misma inmediatez y fuerza con la que lo hicieron sus discípulos en Palestina, hace casi 20 siglos.

Luego de la proclamación del Santo Evangelio, el sacerdote manifiesta “Es Palabra de Dios”, a lo cual el pueblo responde “Gloria a Ti, Señor Jesús” (Cfr. OGMR 93-95), y el sacerdote besa el libro, mientras repite en silencio una súplica, a nombre de la comunidad reunida: “Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados”.

¡Que borre nuestros pecados! ¡Fíjate, hermano, el poder de la Palabra, que tenemos la posibilidad de escuchar cada día de nuestras vidas, y que “por costumbre”, sólo lo hacemos los domingos!

En algunas ceremonias solemnes, mientras el sacerdote besa la Biblia y ora, y el inciensario es retirado del Altar en procesión junto con el Libro, se entona nuevamente el canto del “Aleluya”, para dar paso luego a la Homilía que pronunciará el sacerdote.

El Aleluya previo a la lectura del Evangelio se canta en todas las celebraciones del año litúrgico, excepto en el tiempo de Cuaresma, y hasta el Sábado de Gloria, que antecede al primer Domingo de Pascua.

Se omite el cántico durante la Cuaresma porque el Aleluya es un canto de alegría y gozo, y no sería conveniente que se lo entonara en este tiempo penitencial, que es más bien un período de recogimiento y meditación. En este tiempo suele reemplazarse el canto del “Aleluya” por algún otro, que agradece al Señor el brindarnos sus Palabras de Vida, o bien directamente se suprime todo canto.

Al igual que la lectura del Evangelio, la Homilía está reservada al sacerdote o diácono (Cfr. OGMR 61; Código 767,1), y se practica desde la misma sede del ambón o desde el púlpito. Éste es el momento más alto del ministerio de la predicación apostólica, puesto que en él se cumple la promesa del Señor: “El que los oye, a mí me oye” (Cfr. Lc 10, 16).

La homilía -o sermón- está destinada a que se haga una reflexión o explicación acerca de las lecturas realizadas. Para esto, el ministro tendrá siempre presente el misterio que se celebra y las necesidades particulares de los oyentes (Cfr. OGMR 41). Los sacerdotes y diáconos deberán evitar hacer un mal uso de esa prerrogativa y ese don que a través de la Iglesia les da el Señor.

El mensaje de la Palabra de Dios se hace más cercano y se actualiza, a través de las palabras del predicador, quien exhorta al pueblo a acoger esta palabra en su verdadero sentido, (Cfr. 1 Ts 2,13), y a ponerla en práctica.

Este aspecto tiene una particular relevancia para nuestra fe, ya que a diferencia de lo que sucede entre los cristianos de diversas denominaciones, la interpretación católica de las Sagradas Escrituras debe estar basada en el Magisterio de la Iglesia, y no es aceptable que cada cual le dé a la Palabra de Dios su personal y particular sentido.

5. El Credo

En los Domingos y días de fiesta, se reza el Credo después de la Homilía. Esta oración es una declaración, muy antigua, que expresa el resumen del contenido de nuestra fe.

Es la mejor respuesta que puede dar el pueblo cristiano a la Palabra Divina recibida a través de las Lecturas. En esta oración, se confiesa al Dios único, Padre creador; a Jesucristo, su único Hijo y Salvador nuestro, nacido de la Virgen María, muerto y resucitado según las profecías; se declara la fe en el Espíritu Santo, Señor y vivificador; se reafirma la fe en la Iglesia Católica, única depositaria del tesoro de la herencia divina, que tiene la misión de conservarlo, vivirlo y transmitirlo íntegro hasta el fin de los tiempos, y se termina manifestando la esperanza de la resurrección al terminar nuestros días en esta tierra.

La profesión de fe del Credo, puede rezarse en sus dos formas aceptadas: La primera, la más breve, proviene del siglo III ó IV, como símbolo apostólico, y es conocida precisamente como el “Credo de los Apóstoles”. La segunda acepción, es una fórmula más desarrollada, como fruto de los Concilios de Nicea (año 325 D.C.) y de Constantinopla (año 381 D.C.). Habitualmente durante la Cuaresma se reza el Credo de los Apóstoles, que es el más breve.

Todos los fieles se ponen de pie para elevar esta oración trinitaria, expresando la solemnidad con la que se declara el resumen de la vida cristiana, recitándola en coro junto con el sacerdote, y meditando cada una de las frases que se pronuncia, puesto que se trata de una profesión de fe.

En algunas ocasiones, es el sacerdote quien resume el contenido del Credo de los Apóstoles, en pequeñas frases dichas a modo de pregunta, ante las cuales el pueblo congregado responde (siempre a título individual) “sí, creo”

 

6. Oración Universal u Oración de los fieles

La Liturgia de la Palabra concluye con la Oración Universal, en la que se pide al Altísimo por toda la Iglesia y por las necesidades del mundo entero.

En este momento, la Iglesia entera presenta a Dios todas sus súplicas por las necesidades generales y particulares, por los gobernantes y por la salvación de todo el mundo (Cfr. OGMR 45). En algunos casos, si el sacerdote lo ve conveniente, se da la oportunidad de que sean los fieles mismos quienes expresen públicamente sus intenciones comunitarias o particulares, por las que se pide en comunidad.

Es de muchísima utilidad el realizar en este momento peticiones por la salvación de los pecadores, ya que, al ser la Eucaristía el Sacramento Universal de Salvación, por el Sacrificio y Resurrección de Jesucristo, se procura con ella la Misericordia de Dios para evitar la ruina de tantas almas perdidas y alejadas de la fe.

Si bien es de enorme importancia la apertura que consigue la intercesión de la Iglesia ante el Todopoderoso, para que atienda nuestras súplicas, es trascendental hacer esas peticiones con la fe necesaria, creyendo que verdaderamente son escuchadas por Dios, y luego aceptar su Santa Voluntad.

 

7. Frutos de la Liturgia de la Palabra

Como en todo momento de la celebración del Santo Sacrificio, la participación de los fieles durante la Liturgia de la Palabra es vital para alcanzar los frutos de gracia provenientes de Dios.

Es una excelente oportunidad para actualizar nuestro celo cristiano y nuestro deseo de que ni una sola gota de la Sangre derramada por Cristo quede sin dar fruto.

No se trata simplemente de escuchar los relatos de historias y acontecimientos sucedidos hace mucho tiempo atrás, sino de oír las Palabras vivas de Dios, que nos las dice “aquí y ahora”, en el momento que estamos viviendo.

No nos debe importar si el sacerdote habló de forma amena o aburrida, o si supo captar el interés de los fieles por su forma de predicar... Lo relevante es entender que es Dios mismo Quien está hablando a través de él y de los lectores.

Nuestra actitud debe estar presta a encontrar el núcleo del mensaje que Dios quiere hacer llegar a nuestro corazón: a veces con todas las lecturas, otras con sólo una de ellas, con solo un párrafo o una sola palabra, y no en pocas circunstancias a través de la Homilía que ofrece el sacerdote, inspirado por el Espíritu Santo.

Más allá de todo estará la profundidad con la que tomemos ese mensaje. Que no solo llegue a nuestros oídos como un deleite propio y momentáneo, para luego perderse en algún rincón de la memoria con el quehacer cotidiano.

Es vital que los frutos de la Palabra se muestren en cambios concretos de actitud, en muestras auténticas de caridad al prójimo y en la búsqueda personal de la santidad; en una disposición activa, que nos impulse a transmitir lo aprendido a los demás, para ser siempre una herramienta útil en manos del Señor...

¡Qué importante y agradable para el Señor sería, por ejemplo, que la Liturgia de la Palabra sea motivo de reflexiones o comentarios en la mesa familiar del domingo!

¡Qué fructífero sería para nuestras almas, y cuánto ayudaríamos a la instauración del Reino de Dios aquí en la tierra -que le reclamamos cada vez que rezamos el Padrenuestro- si lleváramos con nosotros esta Palabra al salir de la Iglesia, si la viviéramos y tratáramos de compartirla en comunidad durante toda la semana!

 

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