El verdadero amor está en dar
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Tres números atrás, Jesucristo Vivo inauguró una sección destinada a compartir con nuestros lectores los testimonios de algunas personas que trabajan por el Reino de Dios en esta tierra.
Para esta edición, hemos realizado una entrevista a una monja de Nuevo León, México, cuya labor nos parece muy digna de dar a conocer, no sólo por los frutos que está produciendo, sino también por la profunda enseñanza de vida que puede transmitir a quienes la lean.
Esperamos en Dios que esta nota sea de tu agrado, y esperamos también el haber podido hacer un buen extracto de los casi setenta minutos de conversación que tuvimos con ella, cuya transcripción original tenía cerca de veinticinco páginas.
Eran las once y media de la mañana, pocos minutos más o menos, cuando llegamos a la Casa Simón de Betania, ubicada a más de una hora del centro de Monterrey, en una colonia a la que podríamos calificar de pobre.
La Casa Simón de Betania es un hogar que alberga a enfermos desahuciados de SIDA, cáncer y tuberculosis, entre otros males. Es atendida por las monjas de una congregación denominada “Siervas del Señor de la Misericordia”, que ha sido fundada por la madre Ana Jaramillo, a quien hicimos la entrevista que publicamos a continuación.
Nos abrió la puerta una madrecita joven y delgada, que vestía un hábito blanco con velo rojo, quien nos invitó cordialmente a pasar a un recinto más bien modesto, donde nos esperaba ya la madre Ana Jaramillo, igualmente menuda, morena y de rostro amable.
Luego de los saludos cordiales, la solicitud aceptada de grabar para luego
reproducir la conversación, y la ubicación de la cámara
filmadora en el centro de la mesa, disparamos a quemarropa la primera pregunta...
Jesucristo Vivo (JC.V.): ¿Cómo siente el llamado del Señor? ¿A qué se dedicaba antes?
Sor Ana Jaramillo (S.A.J.): Yo creo en lo personal que Dios anda muy escaso de gente... ¡Para que me haya llamado a mí! Yo me siento muy asemejada a San Agustín, en el sentido de haber vivido ajena a las cosas de Dios, no a Dios, pues yo siempre he creído en Él, siempre he amado a Dios, y siempre yo buscaba la forma de ayudar al prójimo, pero yo pensaba que era por mi buena intención, no sabía de vocaciones y esas cosas...
A los treinta y tantos años, yo tuve una especie de depresión. Yo viví un momento muy difícil, en el cual reclamaba a Dios por no tener un hogar, por no tener una familia...
Yo era muy noviera, era muy “inquieta” (sonríe). Trabajaba como diseñadora de modas, y yo pensaba que el mundo empezaba y acababa en la moda. Vivía para la moda y para mi cuerpo, “para lucir los trapos”. Llevaba una vida absolutamente frívola, todo en mí conllevaba a eso: a la moda.
Y... pues llegó un momento en que yo me cuestiono, yo me pregunto: ¿para qué vivo? ¡Vivo para trabajar! Vivo para trabajar y trabajo para vivir, ¿y luego qué? Yo viví doce años en Estados Unidos, donde ejercía mi profesión de diseñadora. Yo de alguna manera vivía para mi familia, para mis hermanas, para mis papás, para ayudarlos en cuanto podía...
Bueno, ¿y luego yo qué? estoy sola, con los brazos vacíos,
sin un matrimonio. No tenía un proyecto de vida, ahora me doy cuenta...
Total que me vengo yo a Monterrey, con la firme intención de poner
una boutique de ropa exclusiva y cara. ¡Ese era mi proyecto de vida!
Yo soy nacida en San Luis Potosí, pero tengo más de cincuenta
años de vivir aquí en Monterrey...
Yo soñé: yo me soñaba en iglesias, pero en lugares muy raros. Una noche sueño que voy a una iglesia, y que el sacerdote me impone un escapulario de Nuestra Señora del Carmen.
JC.V.: Madre, ¿usted iba alguna vez a Misa?
(S.A.J.): Sí, yo iba a Misa los domingos, pero más por costumbre que por convicción.
Entonces yo voy a Misa, y toca que justo el día que yo voy, el sacerdote dice: “¡Las personas que quieran que se les imponga el escapulario del Carmen, que pasen adelante!” No cualquier sacerdote lo puede imponer. Y pues... paso yo. Me acuerdo del sueño que tuve, paso y me lo imponen. Digamos que esa fue mi primera emoción con todo esto, pero pasó...
A las cuantas semanas de llegar aquí a Monterrey, me encuentro a dos personas que me invitan a vivir un encuentro en Estados Unidos, en Laredo, Texas.
Y... pues yo pensé: ¡Qué padre! Porque aprovecho para irme a ver las tiendas de moda, ver qué viene para la temporada, y mis amigas que se vayan a su encuentro... Porque yo no entendía nada de su encuentro, y nada de Renovación... Renovación Católica ¿verdad?, ni de nada de eso.
Y cuando yo entro al Centro Cívico de Laredo, me encuentro con una predicación increíble, con un montón de cosas que yo desconocía. Y aparte de eso, como que todo lo que decían me lo estaban diciendo a mí, era como que algo me sabían muy en el fondo... (Sonríe).
Entonces nunca me acordé de las revistas de modas, nunca me acordé de ir a las tiendas a revisar lo que había para la temporada. Total que vengo yo eufórica, contenta, llego a promover un verdadero escándalo a mi casa.
Yo tenía 8 hermanas, horita tengo 7, falleció una, pero en ese tiempo eran 8 hermanas, y un hermano... Entonces llegué con mi escándalo de lo que yo vi, de lo que yo viví allá en Laredo, durante dos días, ¿verdad?
Era ya tiempo de Navidad. Fui a confesarme allá con un sacerdote
-porque algo que yo siempre me sentí era indigna de comulgar-. Y
voy yo con un sacerdote, me confieso, era un 24 de Diciembre, y le digo
lo que yo pensaba, lo que yo sentía, lo que yo traía, lo que
yo viví allá en Laredo... Y me dice el sacerdote: “Mira,
busca un grupo de oración. Nada más cerciórate de que
sea católico. ¡Esa va a ser tu penitencia!”
Y yo me quedé con un signo de interrogación, porque dije:
“Bueno, ¿y qué es un grupo de oración...?”
Entonces al salir al patio, terminando de confesarme, me encuentro con unos señores cantando canciones que yo había oído en Laredo, y les digo: ¿Ustedes son de algún grupo de oración? Y me dice el señor: Sí, ¿por qué? “No, es que el padre me puso de penitencia que buscara un grupo de oración, que nada más me cerciorara de que fuera católico” –le digo. Luego ese señor me dijo dónde se reunían y listo, voy yo con mis hermanas, y nos presentamos seis de mis hermanas y mi hermano a un grupo de oración, donde nadie nos conocía.
Nos decían el “clan Jaramillo”. Nos sentaron en medio, oraron por nosotros, nos evangelizan, nos catequizan por dos años, y empiezo yo a evangelizar...
Decidimos evangelizar por un área de “posesionarios” [Personas de muy escasos recursos, que “se posesionan” ilegalmente de pequeñas parcelas de terreno para vivir, hasta que las autoridades les otorguen el título de propiedad de ese lugar o, por el contrario, les echen definitivamente de allí...]. Y allá me encuentro con un niño de diez años todo llagado, desnudo, lleno de hormigas, en un piso de tierra y en un cuartito de tercería. Me dio mucho coraje ver a aquella criatura. Yo no sé, pero tuve mucho coraje, sentía mucha impotencia.
Empecé a indagar por la mamá, pues la mamá nunca estaba, el niño siempre estaba con una abuela senil y dos niñas más chiquitas que él. Entonces empecé a buscar apoyo, a buscar ayuda. Voy con el doctor Nery, que era entonces el director de la Cruz Verde, aquí en Monterrey, porque una enfermera a la que yo conocía, y que trabajaba allí con él me dijo:
“Ve con el doctor Nery, él es cristiano y estoy segura que él te va ayudar.” Y así hice.
Por lógica, el doctor Nery no era de los cristianos católicos, sino que es de los cristianos del “Castillo del Rey”, y lo primero que hizo fue invitarme a su culto. Yo me acuerdo, como ahorita, pues yo me encontraba gateando en la fe, y le digo: “Yo le agradezco mucho su invitación, doctor, pero si usted ha conocido una mala católica, esa soy yo. Yo soy la peor católica que usted ha conocido, pero Dios en su infinita misericordia me ha permitido conocerle dentro de mi Iglesia.”
“Yo nunca he sentido la necesidad de ir a otra iglesia, yo le agradezco mucho su invitación, pero yo a lo que vengo es que usted me ayude con este niño...” así, así, y así.
Y el doctor Nery me apoyó increíblemente para que este niño ingresara en el Hospital Universitario y no lo sacaran. Para que este niño ahí falleciera, porque luego me doy cuenta de que este niño tenía un cáncer de espina dorsal.
Enseguida me encuentro con otra mujer con cáncer de mama y con gusanos. Enseguida me encuentro con otra familia de muchachos abandonados por sus papás con tuberculosis. Y el Señor, yo creo, fue marcando así mi camino.
Y la boutique que yo planeaba se fue desbaratando, se fue convirtiendo en algo más hermoso. Yo hago muy mío ese tramo del salmo que dice: “Señor me has dado un lote hermoso, me encanta mi heredad”.
Yo sé que aquí no hago nada, simplemente estar. Que al darle
mi “sí” al Señor lo único que hice fue
decirle “Sí” a lo que venga. Todo lo de aquí,
estoy cien por ciento conciente, que lo hace el Señor. No tengo complejo
de santidad... (ríe).
Le pido a Dios sólo una cosa: que me de el don del amor. Pero del
amor, Amor, del que da todo a cambio de nada. Me dijo hace muchos años
un sacerdote: “No, pues, tú pides lo mero bueno”. Y sí,
yo digo, para qué pedir cositas así nomás. Para qué
las quiero, ¿verdad? Pues sí, que me enseñe a amar.
Ese es mi constante rezo.
JC.V.: ¿En qué momento piensa en fundar esta institución? ¿Cómo es que se decide a hacerlo? Se repite el caso de la gente enferma con la que usted se encuentra, pero ¿cómo fue ese gran paso, de encontrarse allá afuera como laica, y de pronto consagrarse al Señor en esta obra?
SAJ: Esto es en oración. Hay un momento en Cuaresma, que se nos invita a hacer Adoración al Santísimo Sacramento, y a recibir pláticas de cuaresma con el padre Juan José Hinojosa.
Voy a la iglesia del Carmen, yo trabajaba todavía. Voy antes de
que empezaran las pláticas, me pongo a hacer mi oración personal,
y empiezo a reflexionar: ¿Cómo vivo? ¿Cómo me
visto? ¿Para quién me visto? Y empiezo yo a sentir que quería
renunciar a muchas cosas, y cuando me doy cuenta estoy yo renunciando a
formar un hogar, ofreciéndole a Dios mi soltería. Yo traía
un novio, y traía otro como... (Ríe) Bueno.... Entonces le
dije “¡de qué se trata, Señor, si a mí
me encantan los muchachos!”. (Vuelve a reír).
JC.V.: ¿Qué edad tenía?
SAJ: 37 años, y a esa edad salgo yo de mi casa, maldecida y corrida por mi papá.
JC.V.: ¿No quería tener una hija consagrada?
SAJ:. No, porque mi papá no entendía... Bueno, ahora yo digo que sí entendía, pero no quería. Él no quería que yo saliera de la casa.
Total que le digo a mi papá que yo decido consagrarme a Dios, y él no acepta. Él me dice que se va a morir por mi culpa. Mi mamá me chantajea mucho también, y las únicas que me apoyaban eran mis hermanas.
Va el padre García Limón a pedirme dos veces. ¡A los 40 años! Al padre, mi papá le dice que sí, pero a mí me dice que no... Total que al final de cuentas, yo me voy de la casa. Huyo de la casa.
Ya consagrada, estoy dos años y vuelvo yo a insistir, y me dice mi papá que ni muerto quiere que yo vuelva a la casa. Pasa el tiempo, yo sé que hay mucha gente orando, y sucede que en una Navidad fue a confesarse mi papá, el padre le habla bien fuerte, y le dice que si yo soy feliz, pues que me deje ser feliz. Y no se qué más cosas le dice. ¡Pero se ve que le habló bien, porque va mi papá a buscarme para reconciliarse conmigo!
“Perdóname, hija, perdóname. Es que el Diablo me tenía cegado”- me dice y me abraza.
La cosa es que pasa el tiempo, a mi papá le dan cinco infartos. Yo ya era Ministro Extraordinario de la Eucaristía, papá era muy conservador y una vez me dijo: “¡cómo una mujer, con las manos sucias, va a agarrar el Santísimo!”, pero aún así yo decido llevarle la Comunión y al encontrarlo en la cama le digo:
- Oye papá, ¿tú te acuerdas cómo entró Jesús a Jerusalén?
- ¡Cómo no –me contesta él- arriba de un burro! ¿Verdad?
- Pues ahora viene arriba de una burra –le digo- Pero nada más no te quedes viendo a la burra que te trae al Señor, ve al Señor que te trae a la burra.
Y empieza a llorar mi papá y me dice: “¡Fíjate nada más! Yo pensé que ya habían venido todos a verme, y faltaba el principal.
- ¿Lo quieres recibir?- le pregunto.
- Sí, claro- me dice. Saco mi purificador, empezamos a orar y recibe la comunión, y por eso me quedó el título de “la burra del Señor”.
El seguir al Señor, yo creo que no es tan complicado, es simplemente amar y estar dispuestos a hacer lo que Él pida.
JC.V.: ¿Cómo se le ocurrió fundar esta congregación, Madre?
S.A.J.: No, pues no se me ocurrió. Yo pensaba, cuando me consagré a Dios, hacer una comunidad laica, y luego me empezaron a decir que era una comunidad religiosa... Yo empecé a indagar más sobre la vida religiosa, sobre lo que es, en qué consiste y demás.
Tengo 4 años que fui al seminario, a la pastoral, y me di cuenta que este dar al Señor, solamente es consagrar la vida a Dios a tiempo completo. Hay enfermos que nos han dicho alguna vez, al principio: “¿Qué tan grande es el Amor de Dios, que tú vienes y me ayudas pero después te vas, nada más...? ¿Así de grande es el Amor de Dios...? Pues tú vienes y me hablas del Amor de Dios...
Es muy importante para ellos ese momento espiritual. No tanto hablarles de Dios, sino hacerles presente a Dios en el día de hoy, contribuir a que ellos experimenten ese Amor de Dios, respetándoles su credo, respetándoles su no creer, respetándoles que ellos lleguen al fondo y que se den cuenta de que Dios existe.
JC.V.: ¿Y la Iglesia la apoyó en todo esto?
SAJ: A lo mejor sí. Pero yo no me he sentido tan apoyada. El padre García Limón nos exhortó, nos invitó a formar una comunidad a otras dos hermanas y a mí.
JC.V.: ¿Y cuántas hermanas son ahora?
SAJ: Somos cuatro locas: Una de veintitrés, otra de veintiocho, veinticuatro y cincuenta y nueve (dice señalándose ella misma). Me consuela mucho saber que hay una comunidad... creo... No recuerdo ahorita, pero hubo un fundador que muere, y recién después que muere, de ciertos años, empiezan a llegar las vocaciones.
Yo digo bueno, Dios ya me permitió ver tres vocaciones. Lo que pasa es que yo veo, desde mi perspectiva, que nos falta mucha información en cuanto al trato de pacientes, y nos falta mucha conciencia, sobre todo porque andamos buscando a Jesús en donde no está, y donde está no lo vemos. Ahí está el cantito ese que dice: “Con nosotros está y no lo conocemos...”
JC.V.: ¿Y cómo se suscitan esas vocaciones?
SAJ:. No tenemos tiempo de andar promoviendo vocaciones, la verdad. Las hermanas que están han llegado solas.
JC.V.: ¿Solas? ¿Hace cuánto llegó la última?
SAJ: Como tres años.
JC.V.: ¿Y cuántos pacientes tiene aquí?
SAJ: Ahorita, aproximadamente 30.
JC.V.: ¿Son todos enfermos terminales?
SAJ: No, no todos son terminales. Son desahuciados, eso sí, pero algunos, gracias a Dios, están relativamente bien. Aquí tenemos pacientes con SIDA, cáncer y tuberculosis.
No fueron recogidos propiamente de los hospitales, sino que otros dos señores, que son los que presiden la asociación civil, y yo, los veíamos en los lotes baldíos... Era un problema para llevarlos al hospital, y para cambiarles o ir a curarles a los lotes baldíos donde se encontraban, y hasta que morían. Y por eso nace esta casa. Esta casa nace entre la basura...
JC.V.: ¿Y los colores de su hábito, madre? ¿Dónde se inspiran?
SAJ: Por el Señor de la Misericordia, poniéndonos en oración, nos quedamos como Siervas del Señor de la Misericordia. El velo rojo, por la Sangre de Nuestro Señor, y lo blanco por el agua que brotó de su costado. Nuestra cuerda y nuestros guaraches, es en honor a San Francisco...
Sabemos que la Madre Ana está atravesando un momento muy difícil emocionalmente... Alguien, mientras íbamos a entrevistarnos con ella, nos comentó que recientemente “había muerto su hijo”. No quisimos indagar nada de eso, por respeto a ella, a él, a la situación... Pero mientras ella platicaba con nosotros salió el tema solo:
SAJ: A veces es difícil hacer entender a las personas que quieren ayudar, que el enfermo no tiene que estar agradecido con ninguno de nosotros, ni tiene que pedir, ni humillarse... Lo que más necesitan ellos es amor y nosotros debemos dárselo, porque además ese amor tiene la gracia de multiplicarse y regresar...
Así me sucedió con mi hijo –los ojos se le llenan de lágrimas, no puede y quizás no quiere evitarlo- Siempre estuvo conmigo, siempre anduvo conmigo. Él murió creyendo que yo era su mamá. Bueno, creo, porque era un niño tan especial y a lo mejor la que me lo creí fui yo, y él no.
Sí, de veras, yo lo he pensado mucho, ¿qué tanto creía él que yo era su mamá? No, pero llevamos una relación así, de madre e hijo. Y una sobrina nieta mía, el día que muere mi niño, ella tiene 12 años, le pregunta a mi sobrina: “Oye, mami, ¿mi tía llora porque quería mucho a Luisito, o porque de verdad era su hijito? Ella andaba indagando (sonríe).
Pues yo creo que son experiencias y regalos que Dios me ha dado muy bonitos. Pues yo renuncié a tener un hogar, a tener un hijo y Dios me dio ese regalo maravilloso de sentirme amada por Dios a través de ese hijo, ¿verdad? Porque para mí sus besos, sus abrazos, sus caricias, yo lo sentía así, como un regalo de Dios para mí, y me duele mucho su partida. ¡Qué egoísta...!
Pues sí, Señor, ya no me apapachas, ya no me das mis besitos, ya no me abrazas, y algo que me mueve mucho es el Santo Niño de Praga. ¡Ay, Señor, si yo tenía aquí a mi niñito de Praga! De carne y hueso, ¿verdad?
Se produce un silencio, la madre Ana seca sus lágrimas. Recobra fuerzas. En este momento sí trata de disipar ese profundo dolor que lleva dentro, pero no por vergüenza o por pena, sino por Esperanza y Fe. Nos muestra su integridad diciendo: “Pues, bueno, todo lo que tiene principio tiene un fin...” Inspira una profunda bocanada de aire y nos mira esperando la siguiente pregunta. Es difícil seguir adelante, pero vemos que ella está dispuesta a hacerlo y vuelve a contagiarnos.
JC.V.: Díganos, hermana, ¿de qué viven aquí?
SAJ: De la Divina Providencia.
JC.V.: Hay una Asociación Civil, nos comentaba...
SAJ: Sí, por cuestiones legales.
JC.V.: Y esta Asociación... ¿Recibe donaciones? Si alguna persona estuviera interesada en colaborar con esta obra, ¿qué puede hacer?
SAJ: Todo lo que Dios le diga a su corazón. Nunca ha habido un día que no tengamos qué comer. Nunca ha habido un día que yo diga “No tenemos medicinas”.
No nos sobra el dinero, pero gracias a Dios, nunca nos ha faltado. No se cobra ni un solo centavo, no importa el credo o la religión que profesen los enfermos que lleguen. Yo les digo a los pacientes, que aquí hay cuatro cosas aquí que nos hermanan y nos ponen a un mismo nivel. La principal que es Cristo, la segunda que es la enfermedad, la tercera que es la soledad, y la cuarta, que es la muerte.
JC.V.: Madre, ¿hay alguna dirección o alguna cuenta que tengan ustedes en el banco o algo... para que la gente que quiera dar?
SAJ: Sí, hay una cuenta bancaria.
JC.V.: Y a quien su situación le dé para dar... ¿qué debe hacer?
SAJ: Pues, sí. Yo creo que a todos Dios nos da: Nos da tiempo, nos da palabras, manos para acariciar, pies para venir a visitar. Yo creo que Dios no nos ha creado espectadores. Y a veces creemos que venimos a este mundo para acaparar, cuando en verdad venimos para administrar... Aunque nos cueste...
A veces creemos mucho en Dios, pero conforme a lo que tenemos guardado, a lo que tenemos asegurado. Pero qué difícil es creer en Dios cuando no hay nada.
Y les digo, en cuanto a la Divina Providencia, aquí suceden cosas increíbles, hermosas, ¡hermosas! Día con día vemos esas maravillas, que de no haber nada, nos llegan regalos inesperados... Yo estoy segura que estoy aquí para cuidar y administrar lo que Jesús nos da.
De que haya o no haya, es problema de Él, no es mío. Yo no puedo cambiar nada, yo no conozco a los que tienen, yo no conozco a los que pueden. Yo no puedo tocar el corazón de nadie, pero Dios sí. Él los conoce, Él sabe quién tiene, Él sí sabe quién puede, y Él sí sabe quién tiene un corazón generoso.
La madre vuelve restar importancia a la ayuda económica que se le pueda obtener, sencillamente por su confianza absoluta en la Providencia de Dios, como ella nos decía; entonces cambiamos de tema:
JC.V.: ¿Y visitan a los enfermos que están aquí sus familiares?
SAJ: A la mayoría no, y es triste... A veces porque no pueden y otras porque no quieren
Ahora, mi mamá, está invadida de cáncer. Aparte de eso, tiene Alshaimer, y 83 años. Ella está ajena a todo lo que sucede, porque hay un tumor muy grande que le está oprimiendo los intestinos. Yo pienso que si realmente creemos en una vida nueva y una resurrección, y en que al irnos de aquí nos vamos juntos, no hay pérdidas, hay ganancias.
Dice Santa Teresa: “Que nada te turbe, que nada te espante...” La muerte debería ser representada no como un esqueleto, sino como un ángel de oro, dorado, con una llave de oro en la mano, pues es la puerta que nos lleva a la vida eterna. Que duele, claro... Están los sentimientos, están las emociones tan humanas... Hay pacientes que tienen agonías muy prolongadas, pero me doy cuenta cómo Dios obra, a través de esas personas, con las personas que visitan a estos enfermos.
Había un muchacho que tenía meningitis tuberculosa. Él venía del penal. Estuvo aquí más de un año encamado, con pañal, todo llagado, sin poder hablar, sin poderse mover. Venían muchos jóvenes en ese tiempo, y la mayoría salían llorando. “Hermana, es que... es que esa mirada. ¡Esa mirada, hermana...!” me decían...
Yo no sé qué les diría a los muchachos su mirada... Él entendía todo, pero no podía hablar. Yo pienso en la cuestión de la eutanasia... Creo que Dios tiene el momento para cada uno, aún con todos los aparatos habidos y por haber. Llegado el momento, Dios dice: Hasta aquí terminó tu misión. Y hasta ahí es. ¡Cómo es posible que queramos nosotros decidir cuándo termina la misión de cada uno! Ya lo ve, ese muchacho no podía ni hablar, pero estaba evangelizando con su mirada, y así otros, que sin poder mirar siquiera pero con su convalecencia acercan a Dios a sus familiares o a otras personas, y por allí esa era su principal misión.
Había otro enfermo, un “N.N”, moreno, todo llagado él. En pañal, y en posición fetal. Y conozco yo una persona que me estaba poniendo un tocacintas en la camioneta, esa persona al entrar en mi oficina miró el crucifijo y me dijo: “Oiga, hermana, con todo respeto, ¿porqué no desclava al Señor de la Cruz?”
¡Ay, pues! Este hermano no es católico, pensé ¡qué va...!¿Pa’ qué desclavo a ese monito que está en esa Cruz?, le digo señalando el crucifijo. Ni se queja, ni le duele, ni le pasa nada. Pero si usted me quiere ayudar a desclavar al Señor de veras, pase, le dije, y lo llevé a ver a ese muchacho con la mirada tan penetrante, y al otro que estaba ahí encogido como un verdadero “anawin” en la cama.
Para mí aquí está el Señor en vivo, y a todo color-le dije. Yo lo invito a que me ayude a desclavarlo, a darle agua, a darle de comer, a cambiarle su pañal, a limpiarle el trasero... Creo que se fue al menos con un poco más de respeto... (sonríe)
JC.V.: ¿No se le han ido algunas hermanas?
SAJ: Sí. ¡Claro! Al principio yo recibía a las hermanas que decían que querían ser, y al principio yo no entendía muchas cosas. Luego empecé, tomé un curso de desarrollo humano, y uno de espiritualidad, de acompañamiento espiritual con los Carmelitas Descalzos. Pues ya pude entender más en cuanto a las vocaciones. Ya ahorita puedo darme más o menos una idea de las personas que pueden ser candidatos, y de las personas que no pueden ser.
Hace muchos años me lo dijo un siquiatra: Pues que tú vas a recibir mucha gente que te van a querer ayudar, pero lo que van a buscar es que tú los ayudes. Y tú vas a necesitar que alguien te filtre. Pero nunca ha habido alguien que filtre, entonces...
JC.V.: Sigue ayudando...
SAJ: Sí, pero a veces ya no puedo. Le dije al Señor antes de ayer, ¡Ay Señor, luego hablamos!
Ando con la angustia de mi papá, todavía traigo lo de mi niño, y me dicen “habló una señora insistentemente, que quiere que hable con su hermana porque tiene un niño con leucemia. Le hablo,¡y cuando llego me encuentro un niño casi igualito a mi niño!
¡Ay, yo quería pegar de gritos! Se me movieron mil cosas por dentro, personas de mucha oración, de mucha fe, el niño era monaguillo, acaba de hacer su Primera Comunión, tiene nueve años, pelo reducido igual que mi niño, por las quimioterapias, calladito igual que mi hijo, muchas cosas bien semejantes, verdad … espiritual igual que mi hijo. ¿Señor a que me trajiste aquí? ¿Qué voy hacer aquí? ¿Qué? Chillar... pues no creo... Entonces se lo pregunté directamente al muchachito: “hijito, ¿y tú que crees que voy hacer aquí contigo?
Pues oración- me dice él. Pues sí, pienso yo
Empezamos a orar, empecé a cantar y se me atravesaba la lágrima. ¡Ay Señor si soy como una vasija seca! Eres Tú el único que le puedes dar, porque yo no entiendo qué estoy haciendo aquí ahorita, en este momento me siento más dura y más seca que una roca. ¿Qué estoy haciendo aquí? Ya no estoy haciendo nada...
Yo no sé qué hizo el Señor, todavía no he platicado con Él de ese caso (risas)… Tengo que hablarle, tengo que decirle, “¿Qué pasa Contigo? ¿Por qué me llevas a esos desiertos…?
Pero lo que he aprendido es que no hay otro caso igual, cada quien trae algo muy personal, cada quien es un misterio de Dios, lo somos, el uno para el otro... ¿Yo, compartirle mi dolor a una madre, que le está pidiendo a Dios que le dé la salud a su hijo? No creo que la ayude decirle que mi hijo se murió, decirle que yo traigo el corazón quebrado, no creo que la fortalezca a la otra.
JC.V.: A lo mejor…sabe que ese niño se va a morir...
SAJ: Ah… Yo pienso que sí, yo pienso que sí…
Ahorita con mi mamá, mis hermanas, algunas se enojan, otras repelen y otras le piden, ¡ayúdanos porque la barca esta zozobrando! Pero un día el Señor se la va a llevar, como a todos, ¿verdad? Y si es con Él pues... ¿Mejor que con Él con quien…? Bendito sea Dios.
¡Híjole! ya los entretuve mucho... Dice mi hermana que yo hace mucho recibí el don de lenguas, pero que no me había dado cuenta (ríe).
Yo leí en una Biblia pero no recuerdo en que versión es, habla de que Simón de Betania, era un leproso que Jesús sana y es en la casa de Simón que llega a Jesús la pecadora a lavarse los pies, y Simón conociendo a la pecadora, piensa que sí Jesús supiera quien lo estaba tocando, y Jesús conociendo el pensamiento de Simón le dice: “que aquel a quien más se le perdona es quien más ama”. Y yo creo que ahí esta le diferencia tan grande en esta respuesta que le damos a Dios, que a veces es la respuesta del fariseo y a veces es la del samaritano, que tanto me ha perdonado Dios y que tanto lo amo.
Por eso yo sigo insistiendo que Dios ha de andar muy escaso de gente, para que me haya reclutado a mí, de veras que debe de estar bien escasito de gente, ¿verdad?