“La Eucaristía, Luz y Vida del Nuevo Milenio”
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Los preparativos están a punto. En el mes de octubre, la ciudad de Guadalajara, México será sede del cuadragésimo octavo Congreso Eucarístico Internacional. Si bien el Santo Padre, Juan Pablo II, no estará presente en persona, se hará una conexión satelital con Roma el día de la clausura del evento.Para saber más sobre los Congresos Eucarísticos
Los Congresos Eucarísticos tuvieron su origen en Francia, durante la segunda mitad del siglo XIX.
Fue la Señorita Emilia Tamisier (1834-1910), quien siguiendo la inspiración de San Pedro Julián Eymard (1811-1868), llamado “el Apóstol de la Eucaristía”, (Ver artículos de las páginas 33 a 38 de esta revista) tomó la iniciativa de organizar, con la ayuda de otros laicos, sacerdotes y obispos, y con la bendición del Papa León XIII, el primer Congreso Eucarístico Internacional en la ciudad de Lille (Lila), al norte de Francia. Su tema fue “La Eucaristía salva al mundo”.
Ya en aquel momento, se veía que sólo a través de la renovación de la fe en Cristo, presente en la Eucaristía, se encontraría el más eficaz remedio para la creciente indiferencia religiosa, que tiene origen en la ignorancia de los fieles sobre la trascendencia de este esencial misterio de nuestra fe.
Después del primer Congreso Eucarístico Internacional, realizado en Lila, Francia (1881), fueron celebrándose periódicamente otros. La obra fue consolidándose y cada Congreso suponía una superación respecto del anterior, al menos en solemnidad.
El objetivo de los Congresos Eucarísticos es el de manifestar, acrecentar y propagar la vida católica en todo el mundo, por medio del culto a la Eucaristía.
Estos congresos constituyen, en la vida de la Iglesia, una auténtica institución, desde el momento en que cuentan con un reglamento y son aceptados universalmente como uno de los testimonios de catolicidad más importantes.
El artículo 1º del primer Reglamento de Congresos Eucarísticos reza así: “La Obra de los Congresos Eucarísticos tiene como fin hacer conocer, amar y servir cada vez más a Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar, por medio de solemnes reuniones internacionales periódicas, y trabajar en esta línea para extender el reino social en el mundo.”
En cada Congreso se tiende a este fin de dos maneras:
1º) Con la oración, comuniones, adoraciones, homenajes solemnes al Rey de los reyes y, sobre todo, con la manifestación final de fe que es un espléndido acto público de reparación y de amor al Santísimo Sacramento.
2º) Con reuniones en las que se estudian los mejores medios para extender la devoción a la Eucaristía, bajo todas las formas aprobadas que puede tener esta devoción.
El Congreso Eucarístico, que en los tiempos modernos se ha introducido en la vida de la Iglesia como peculiar manifestación del culto a la Eucaristía, es una reunión del pueblo cristiano de toda raza, lengua y nación, alrededor de Cristo, en el sacramento de su Misterio Pascual, y en torno a un gran número de obispos y del representante del Papa, o del Papa en persona.
Es como una “estación del orbe” católico, en un lugar concreto, e invitado por una Iglesia particular concreta, para que todos juntos reconozcan más plenamente el misterio de la Eucaristía bajo un aspecto particular y lo veneren públicamente.
Los Congresos Eucarísticos constan de tres partes importantes:
1) Los actos religiosos y litúrgicos (misas, comuniones, adoraciones diurnas y nocturnas, solemnes funciones litúrgicas, procesiones públicas con la Eucaristía, etc.)
2) Los actos de estudio -o parte cultural de los congresos-, que comprenden las disertaciones dogmáticas, teológicas, estudios históricos, y demás sobre la Eucaristía.
3) Las asambleas, exposiciones y similares, destinadas a dar a conocer un poco más sobre la Iglesia Católica a los fieles participantes.
Los Congresos Eucarísticos nacieron en el marco y bajo el impulso de una ferviente devoción Eucarística del siglo XIX, que quiso desafiar la ignorancia y la indiferencia religiosa relativa al misterio central de la iglesia: la verdadera presencia de Cristo en la Eucaristía.
Recordamos a la señorita Tamisier como la promotora de los Congresos Eucarísticos, quien decía: “que la vida de Jesús en la Hostia sea toda mi vida”.
Ella soñaba con cubrir el mundo de Hostias consagradas, llevar las ciudades y las naciones a la Eucaristía, trabajar en el estudio y difusión de las obras del Santísimo Sacramento y promover las peregrinaciones a los lugares donde el Señor se ha manifestado de algún modo extraordinario a través de la Eucaristía, como una actividad complementaria a los congresos.
Los primeros Congresos Eucarísticos fueron inspirados por la fe viva en la presencia real de la persona de Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía. Por consiguiente, el culto eucarístico se expresaba particularmente en la adoración solemne y en la realización de grandes procesiones, que manifestaban el triunfo de la Eucaristía, el triunfo de Cristo sobre la muerte, que en definitiva es el triunfo del Bien sobre el mal.
A la luz de los decretos de San Pío X sobre la comunión frecuente Sacra Tridentina Synodus (1905) y sobre la comunión de los niños Quam singularis (1910), en la preparación y celebración de los Congresos se promovía la comunión frecuente de los adultos y la Primera Comunión de los niños, lo que se ha constituido ya en una tradición para este tipo de eventos.
Con el Pontificado de Pío XI, los Congresos Eucarísticos adquirieron verdadera escala internacional, y comenzaron a celebrarse, por turno, en todos los continentes, adoptando de esa manera una dimensión misionera de “re-evangelización” (Esta fue, en efecto, la expresión empleada en la preparación del Congreso Eucarístico de Manila, realizado en 1937).
En el Congreso Eucarístico Internacional de Munich, se produjo un profundo cambio en lo que respecta a la concepción de la celebración de los Congresos Eucarísticos, modelándola según las antiguas estaciones cuaresmales de Roma, revividas por Juan XXIII en 1959.
Juan XXIII confirmó el nuevo modelo del Congreso como “una función para el mundo entero, en la que la multitud de fieles dirijan fervientes oraciones al cielo por la Iglesia militante y por las necesidades del mundo”.
A partir del 37° Congreso Eucarístico, celebrado en 1960, los Congresos Eucarísticos Internacionales adquirieron un verdadero estatus mundial (STATI ORBIS), y a propuesta del liturgista Josef Jungmann, SJ, se instituyó la celebración de la Eucaristía como centro y vértice culminante de todas las diversas manifestaciones y formas de devoción eucarística.
Luego del Vaticano II, algunos documentos conciliares y postconciliares, como la Constitución Sacrosanctum Concilium, dictada en 1963, la Instrucción Eucharisticum mysterium de 1967 (n.67) y de manera particular el Ritual Romano De sacra communione et de cultu mysterii eucaristici extra Missam, de 1973 (nn. 109-112), delinean la “nueva imagen” de los Congresos Eucarísticos e indican los criterios para su preparación y celebración, que desde aquel momento en adelante tratarían de estar más abiertos a los problemas del mundo contemporáneo, al ecumenismo y también al diálogo interreligioso.
Ya para la preparación del Primer Congreso Eucarístico Internacional, de 1881 se constituyó, con la aprobación del Papa León XIII, una estructura eclesial específicamente dedicada al estudio y la organización periódica de estos verdaderos acontecimientos de nuestra Iglesia. Se trata del “Comité Permanente para los Congresos Eucarísticos”.
Con la clara orientación Eucarística y Mariana que dio a su Pontificado, el Papa Juan Pablo II fue más lejos todavía: Promovió la renovación de los estatutos de este cuerpo y en 1986 le concedió el rango de “Consejo Pontificio”. Desde entonces, la Iglesia cuenta con el llamado “Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos Internacionales”.