Liturgia Eucarística o del Sacrificio (1ª Parte)

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La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20) (Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia N 1).

Después de mucho tiempo, querido lector, retomamos el camino en nuestro análisis sobre el rito de la Santa Misa.

Desde el comienzo de este estudio por capítulos, que se había iniciado en el número 6 de Jesucristo Vivo, hemos seguido paso a paso cada uno de los momentos del rito que define a nuestra fe por excelencia: la celebración del Eterno Sacrificio de Jesucristo, nuestro Dios y Señor.

En las dos últimas entregas (los números 7 y 8 de esta revista), habíamos visto consecutivamente los Ritos Iniciales y la Liturgia de la Palabra, que conforman la primera parte de la Santa Misa. A partir de este número, analizaremos la segunda gran parte, que es el centro mismo de la Celebración Eucarística, en la que se realiza el sacrificio de Jesucristo, como ofrenda consagrada al Padre, y la comunión de su Iglesia, a través del Sacramento por Él mismo instaurado y encomendado.

Así pues, en los Ritos Iniciales, la asamblea de fieles, junto al sacerdote, se ha preparado para la celebración de la Santa Misa con la debida apertura de corazón y espíritu, poniéndose en la presencia trinitaria de Dios, pidiendo perdón por sus pecados e invocando su gracia y misericordia para asistir dignamente a la Mesa del Señor.

Durante la Liturgia de la Palabra, el Espíritu Santo hace que, a través de las Sagradas Escrituras, el pueblo se una a Cristo-Palabra y reviva un fragmento de la historia de nuestra Salvación, contenida en las dos o tres lecturas que, junto a los Salmos y a la reflexión realizada por el celebrante en la Homilía, brindan a los fieles una importante dirección espiritual y práctica para su vida diaria.

Luego de la profesión de nuestra fe, realizada a través de la oración del Credo, toda la Iglesia pide a Dios por sus necesidades universales, por las del Santo Padre y sus Obispos, por los gobernantes, por los pobres y necesitados, y por las intenciones particulares de la Iglesia local y de los presentes. De esa manera concluye la primera parte del rito.

En la presente edición veremos la primera fase de la “segunda parte de la Misa” o “Liturgia Eucarística”, también llamada “Liturgia del Sacrificio”; es decir, analizaremos la “Preparación de los Dones” u “Ofertorio”, dejando para la próxima edición el análisis de la segunda fase de la Liturgia Eucarística, que es la Plegaria Eucarística.

En el número 11 de JCV, con la bendición de Dios, analizaríamos la tercera fase de la Liturgia Eucarística, que es el Rito de Comunión. Por último, dejaríamos para el número 12 de esta tu revista, el análisis sobre el Rito de Conclusión de la Santa Misa y algún comentario final.

Primera Parte:
I) Ritos Iniciales

II) Liturgia de la Palabra

Segunda Parte:

III) Liturgia Eucarística o del Sacrificio
a. Preparación de los dones u Ofertorio
i. Presentación del pan y del vino
ii. Oraciones de presentación
iii. Lavado de manos del sacerdote
iv. Oración sobre las ofrendas

b. Plegaria Eucarística o Anáfora
i. Prefacio
1. Acción de Gracias
2. Sagrado Trisagio (Tres veces Santo)
ii. Primera Invocación al Espíritu Santo (Epíclesis)
iii. Relato y Consagración
1. Elevación
2. Proclamación de fe
iv. Memorial (anamnesia)
v. Ofrenda
vi. Segunda Invocación al Espíritu Santo
vii. Intercesiones
viii. Doxología final Trinitaria solemne

c. Rito de la Comunión
i. Padre Nuestro
ii. Rito de la paz
1. Saludo del sacerdote
2. Intercambio del saludo de la paz
3. Fracción del pan
4. Invocación al Cordero de Dios
iii. Presentación de la Hostia Consagrada
iv. Comunión
v. Oración después de la Comunión

IV) Rito de conclusión
d. Saludo y Bendición
e. Despedida y misión

La Preparación de los dones: El Ofertorio

La Presentación del pan y del vino

Con la preparación de los dones se da inicio a la Liturgia Eucarística. El rito se concentra ahora en el Altar, donde el sacerdote celebrante recibe los dones del pan y del vino, que se han de convertir en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

De acuerdo con las circunstancias de la celebración, la entrega de las ofrendas puede hacerse en forma simple o en procesión, junto a otras donaciones que ofrece la comunidad al Altar, como símbolo de entrega y dedicación al Altísimo.

En este momento se realiza también la colecta de los donativos o limosnas de los fieles, que sirven de ayuda a las necesidades de la Iglesia, de la parroquia o de sus proyectos de asistencia a los más necesitados.

No es casual que este acto se haga simultáneamente con el inicio del Ofertorio, sino que tiene un profundo significado: al depositar la limosna en la cesta, estamos dando una parte de nosotros mismos en ofrenda al Señor, mientras el sacerdote le ofrece los dones que el propio Señor nos ha dado –a través del pan y del vino-.

Es interesante reflexionar, sobre este punto, acerca de lo poco que somos, al no tener nada que ofrecerle a Dios sino solo una parte –a veces demasiado exigua- de todo lo que Él mismo nos da.

El sacerdote prepara el Altar para recibir los dones del pan y del vino, extiende el corporal y destapa el copón. Recibe las ofrendas del pueblo, ya sea en persona, situándose delante del Altar, o bien a través de los acólitos, quienes luego de recibirlas se las acercan.

La Iglesia recomienda mucho que los fieles hagamos la entrega de las ofrendas, ya que así manifestamos un acto de fe y participamos más activamente en la celebración de la Eucaristía, como una acción de gracias al Señor por todo lo que recibimos de sus manos.

Los dones de las especies son trasladados al Altar, y las demás ofrendas de la asamblea, junto con las limosnas, son colocadas a los pies del mismo, mientras se continúa con la celebración.

Muchas veces los fieles “aprovechan” este momento en el que el sacerdote no está hablando a la asamblea para tomarse un “recreo”, desconcentrándose del rito, intercambiando comentarios, etcétera...

Natural y lamentablemente, eso sucede cuando los fieles no estamos conscientes de que este es un momento privilegiado para ofrecerle nuestras cosas a Dios... nuestros éxitos y nuestros fracasos, nuestras pequeñeces y nuestras miserias, nuestros deseos de renovación en Cristo Jesús, para profundizar la conversión de nuestra vida hacia el Señor.

Es junto a los dones del pan y del vino que nosotros debiéramos depositar, simbólicamente, nuestras flaquezas y nuestros anhelos, nuestras derrotas y nuestras aspiraciones, nuestros buenos actos y nuestros errores... todas nuestras acciones y aspiraciones, para acercarlas al Señor en ofrenda, así como momentos más tarde, Cristo mismo se ofrecerá al Padre, una vez más, por el perdón de nuestros pecados y la Redención de toda su Iglesia...

Por eso es importante que acompañemos esta presentación de las ofrendas sumidos en una profunda oración.

Oraciones de presentación

El sacerdote toma las hostias que habrá de consagrar, y con ambas manos las eleva sobre el altar repitiendo la fórmula correspondiente: “Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y que ahora te presentamos; él será para nosotros Pan de Vida”, a lo que el pueblo responde: “Bendito seas por siempre, Señor”.

Luego toma el Cáliz que contiene el vino, y elevándolo con ambas manos sobre el altar, dice: “Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y que ahora te presentamos; él será para nosotros Bebida de Salvación”. Nuevamente, los fieles respondemos: “Bendito seas por siempre, Señor” (Rom 9,5; 2Cor. 11,31).

El celebrante se inclina frente el altar, pronunciando en silencio una oración que expresa la humildad del sacrificio, y ruega al Señor para que éste sea de su agrado “Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro”. Es entonces que, si la ocasión lo amerita, se inciensan las ofrendas, el Altar, al celebrante y a toda la asamblea.

El lavado de manos del sacerdote

Terminado el ofrecimiento del pan y del vino, el sacerdote se lava las manos a un costado del altar, pronunciando nuevamente una oración en silencio, procurando su purificación interior y pidiendo ser más digno para continuar la celebración: “Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado” (Sal 51).

Citamos en este momento a San Francisco, cuando dice: “Ruego también en el Señor a mis hermanos sacerdotes que son, y serán, y a los que desean ser sacerdotes del Altísimo, que siempre que quieran celebrar la misa, ofrezcan purificados, con pureza y reverencia, el verdadero sacrificio del Santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, con intención santa y limpia, y no por cosa alguna terrena ni por temor o amor de hombre alguno, como para agradar a los hombres; sino que toda voluntad, en cuanto puede con la ayuda de la gracia, se dirija a Dios, deseando con ello complacer al solo sumo Señor, porque sólo Él obra ahí como le place; pues -como Él mismo dice: Haced esto en conmemoración mía-, si alguno lo hace de otro modo, se convierte en el traidor Judas y se hace reo del Cuerpo y Sangre del Señor” (Cta. O 14-16).

En su comentario, Francisco resalta la importancia de excluir de la celebración del Santo Sacrificio toda “impureza”, afición a lo terreno y a lo netamente humano, y manifiesta que el sacerdote debe estar, bajo la acción de la gracia, en total apertura al acontecimiento santo que, por puro regalo de Dios, se realizará a través de sus manos.

Sugiere que el sacerdote debe tratar de ser cada vez más digno, y más dedicado exclusivamente a Dios, y no a sí mismo ni a las cosas de este mundo…

De igual modo aconsejamos nosotros a nuestros hermanos laicos, no sólo que traten de ser cada vez más para Dios, sino también que siempre procuren asistir al Sumo Sacrificio en estado de gracia y despojados de toda consideración o interés terreno.

Cristo: Ofrenda de amor

Cuando Jesús oraba en el Huerto de los Olivos, tuvo una visión clara del sufrimiento que habría de enfrentar por causa del pecado de la humanidad, pero se dice que no sólo vio el dolor físico de su pasión y muerte, sino también los pecados, los ultrajes e indiferencias que las personas de todos los tiempos cometerían contra Él mismo, y contra el acto de máxima entrega que estaba a punto de realizar.

Por eso al ver la inminente perdición de su propia creación, se ofreció decidido al Padre como sacrificio, único y eterno, para conseguir su misericordia y el perdón para los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Jesús hizo el acto de oblación más grande de toda la historia, y entregó su vida, junto a todas sus penas, dolores y sufrimientos al Padre, para que se realizara el plan de nuestra salvación.

Al igual que en aquel momento del Huerto, en el Ofertorio de la Santa Misa, estamos en el rito de “preparación del sacrificio”: Vemos de antemano, al igual que Jesucristo, que se ha de realizar el Sumo y Eterno Sacrificio, que transformará al pan y al vino en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Redentor.

Es por eso que en este momento debemos presentarnos a nosotros mismos, junto a Él, como ofrenda personal al Padre Altísimo.

Esta circunstancia de la Misa debe invitarnos a la reflexión profunda, para que pongamos en esa ofrenda todo nuestro día (o nuestra semana, si asistimos sólo los domingos a Misa): nuestras penas y alegrías; nuestros triunfos y derrotas; nuestras esperanzas… aquellas horas de trabajo y también las de descanso...

Ofreceremos a nuestros familiares y amigos, así como nuestro compromiso de esforzarnos por vivir en caridad, en humildad y verdadero amor al prójimo.

Debemos realizar esta ofrenda con amor para que, de algún modo, podamos entregar dignamente nuestros miserables dones procurando, en cuanto nos sea posible, ser un poco más dignos de participar de la gracia infinita de la cual Dios mismo nos hace partícipes, bajando del cielo al Altar para realizar, cada día renovadamente, su Eterno Sacrificio.

Trataremos de poner todo nuestro día en la ofrenda, y hacer de todos nuestros días una permanente ofrenda al Señor.

La oración sobre las ofrendas

Nuevamente en el centro del Altar, el sacerdote abre los brazos y dice: “Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y vuestro, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso”, a lo que el pueblo responde: “El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su Nombre, para nuestro bien y el de toda su Santa Iglesia” (OGMR. 107).

Es la súplica que el celebrante solicita a los fieles para recordarnos que nos ofrecemos también nosotros como ofrenda al Padre, junto a su Hijo.

Es importante resaltar aquí que el pueblo de Dios no puede ni debe quedar al margen del Sacrificio de Jesucristo, ya que en eso radica todo el sentido del misterio pascual y de la Comunión –unión común de los fieles, a través de Jesucristo-.

Cristo se sacrificó por nosotros, y nos encomendó hacerlo también, en memoria suya. Él desea que acerquemos nuestras ofrendas para realizar el milagro Eucarístico. Con ellas consagrará su ofrenda al Altísimo.

Si el pan y el vino no estuvieran en el Altar, Dios no podría hacerse materia nuevamente, no podría volver a realizar su Muerte y su Pasión delante de nosotros. Del mismo modo, si no ponemos junto al pan y al vino nuestra entrega personal, Cristo no podrá encarnarse en nosotros y su Reino no vivirá en nosotros.

El Pan y el Vino en la Cena del Señor

La preparación del Santo Sacrificio, realizada durante el Ofertorio, y la posterior elevación y consagración de los dones, simbolizan el centro mismo de la celebración Eucarística, de la Liturgia de la Misa, de la razón de ser de nuestra Iglesia, y de nuestra fe cristiana.

Toda la historia de la Salvación, desde el inicio de los tiempos hasta nuestros días, e incluso hasta la segunda venida de Jesucristo para el Juicio Final, gira en torno a este misterio, creado, promulgado e instituido por Cristo en la Última Cena.

Las especies del pan y del vino tienen una carga significativa muy profunda, que podría conducirnos a extensos documentos y análisis, si quisiésemos explicar a fondo este asunto. Sin embargo, daremos una revisión escueta de su significado, con el riesgo de quedarnos extremadamente cortos en su descripción.

La hostia utilizada para representar el pan, está hecha de trigo y agua puros. La Iglesia indica específicamente esta composición, ya que no debe contener impurezas ni ingredientes adicionales que pudiesen fermentar y descomponer su estructura con mayor rapidez.

Se utiliza esta fórmula siguiendo la tradición judía de los panes ázimos que recuerdan el Maná del Éxodo, es decir, nos vuelven a presentar la huída del pueblo de Israel por el desierto después de que el Señor los liberó de la esclavitud... De este modo, el pan está asociado a la libertad, al favor de Dios, al cumplimiento de sus promesas, a su amoroso cuidado paternal, a su fidelidad, a pesar de nuestras infidelidades.

Por otro lado, simboliza la universalidad de la Iglesia en común unión (comunión), porque está hecho de una infinidad de granos de trigo, que triturándose se conforman en una sola sustancia, nueva y perfecta... Igualmente, cada uno de nosotros, muriendo al pecado –violentándonos en nuestra naturaleza caída- nos uniremos en comunión para conformar la Iglesia, el pueblo santo de Dios.

En las Sagradas Escrituras, el pan tiene una relación simbólica con el trabajo. “Con el sudor de tu frente comerás tu pan...” (Gen 3, 19). Por eso en el Ofertorio también debemos ofrecer nuestro esfuerzo diario, nuestra fatiga... junto con nuestras desilusiones y esperanzas.

El pan es alimento genérico y universal para todos los hombres, por eso Jesús utilizó esta simbología cuando dijo “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed” (Jn 6, 35).

Del mismo modo, encontramos una clara alusión al pan cuando nos enseña la oración del Padre Nuestro y nos exhorta a pedir “Danos cada día el pan que nos corresponde...” (Lc 11, 3), al igual que en el momento en que rechaza la tentación en el desierto y dice “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” (Mt 4, 4).

Jesús nos deja vislumbrar, a través de estos pasajes, que Él estaría presente, como el Pan nuestro de cada día, como la Palabra que sale de los labios del Altísimo... Nos adelanta que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos, que Él será nuestro alimento en “la doble mesa del Señor” que es la Santa Misa (Ver Jesucristo Vivo Nº 8), compartiéndonos el Pan de la Palabra y el Pan de Vida Eterna, que es Él mismo.

Pan y trabajo, es decir esfuerzo y sacrificio. La salvación del alma conlleva muchas renuncias a las fuertes tentaciones que nos presenta la comodidad del mundo, pero a cambio de éstas promete la libertad eterna concedida por Dios.

Por su parte, el vino es la bebida de la vida, realizada con el pisoteo de la uva (también símbolo del sufrimiento, de la transformación dolorosa), que representa el deseo de expiación por el pecado cometido... Una vez transformadas las uvas en vino, se convierten en el elixir de la alegría.

Jesús se presenta a sí mismo como el cumplimiento de las Escrituras, que lo proclaman “fuente de vida eterna”: “De él saldrán ríos de agua viva” (Jn 7, 38) “El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 54-56).

Así como el vino se obtiene de la transformación dolorosa de la uva, Jesús aceptó hacerse hombre, algo insignificantemente pequeño, frente a la grandeza de su Divinidad, y pasar por el tormento de su Pasión para alcanzar nuestra Redención.

Cristo nos ofrece permanecer en Él, y Él en nosotros, con su Cuerpo y su Sangre. Nos ofrece unirse Él, todo un Dios, a nosotros, simples hombres; darnos de su Espíritu para lavarnos y salvarnos.

El sacerdote mezcla unas gotas de agua en la copa de vino, diciendo en silencio “Que así como el agua se mezcla con el vino, participemos de la divinidad de Aquél que quiso compartir nuestra humanidad”.

Así como, nos narra San Juan, de su corazón atravesado emanaron sangre y agua en el Gólgota, asimismo en el Cáliz tendremos la Sangre y el Agua que nos salvan, por la infinita misericordia del Señor.

El misterio del Sacratísimo Corazón de Jesús está expuesto ante nuestros ojos cuando se hace la Consagración, ya que es su Cuerpo, ofrenda divina y eterna, y su Sangre, fuente de agua viva, misericordia y gracia divina, los que se ofrecen a Dios, en unión con nuestro deseo, con nuestra necesidad de que Dios acepte a cada quien con sus miserias, con sus pecados y pequeñeces, para que podamos ser transformados con su Gracia y alcanzar su Gloria en el día final.

La meditación sobre este misterio puede ser inagotable, ya que todo el Evangelio nos conduce a lo mismo, y cada actitud de Jesús nos revela esta verdad. Las Sagradas Escrituras, en su conjunto, nos conducen por completo a la Eucaristía... ¡Qué pena ver cuántos, que creen en aquellas, se pierden del fruto más preciado!

“¡Cuestión de fe!”, sentenciarán muchos... Sí, definitivamente es una cuestión de Fe. La misma fe que tuvieron los apóstoles al ver a Cristo en un cuerpo humano y creer que era Dios. Esa fe que a los católicos nos hace ver la Hostia y el Vino sobre el Altar y saber que es Cristo, presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en todas las misas celebradas en el mundo, en todos los sagrarios del mundo entero.

Pero además de ser “una cuestión de fe”, la Eucaristía es la propia razón de ser de nuestra Iglesia, piedra angular y vértice de la vida cristiana; certeza en el camino y esperanza en el mundo futuro, después de la resurrección... ¿Quiénes y cuántos, cómo y cuánto disfrutamos del Pan de Vida?

 

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