San Pascual Bailón: Patrono de los Congresos Eucarísticos

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En el seno de una familia campesina, tan pobre como feliz y generosa, Pascual nació el día de Pentecostés del año 1540 en Torre Hermosa, España, en la frontera entre Castilla y Aragón.

El Señor se lo llevaría cincuenta y dos años más tarde, también en el día de la fiesta de Pentecostés.

Según el Martirologio Romano, San Pascual Bailón llevó siempre una vida tranquila, y todo su actuar reflejaba la pureza e inocencia de un niño.
 
La Santa Sede lo proclamó Patrono de todos los Congresos Eucarísticos y de todas las Cofradías del Santísimo Sacramento, en reconocimiento a su profundo amor por la Eucaristía.
 
Este amor hacía que, desde muy pequeño, el mayor anhelo del pastorcito fuese el de poder asistir a la Santa Misa, al menos una vez durante la semana, además de los domingos, que para él eran verdaderamente sagrados.

Así lo relataba el dueño de la finca en la cual trabajó Pascual desde muy temprana edad, en el pueblo de Alconchel, muy cercano a su casa... Nos dice que cuando quería premiarlo por su buen desempeño en el trabajo, le daba permiso para ir a Misa un día entre semana.

Fue pastor de ovejas y cabras desde los 7 hasta los 24 años, edad a la que entregó por completo su vida al Señor, haciéndose hermano religioso franciscano.

La escasez de recursos económicos le impidió tener acceso a una escuela. La única que había relativamente cerca de su casa estaba en el monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, y el enviarlo allí habría sido un verdadero lujo que, por más voluntad que hubiese, su familia nunca se hubiera podido dar.

Sin embargo, dado que sus labores del campo le dejaban algunas horas libres, aprendió a leer en forma autodidáctica, haciéndose enseñar, con quien podía y en cuanto podía, los nombres de las letras, la forma de articularlas en palabras y algunas rudimentarias normas del lenguaje. Lo demás –que no fue mucho— se lo dio la práctica.

El único libro que leía y releía era un devocionario, que había heredado directamente de su abuela, puesto que su mamá nunca había aprendido a leer.

Aquel librito era su más fiel compañero, pues se entretenía con él mientras pastoreaba sus ovejas. Se dice que leía con una predilección especial las oraciones a Jesús Sacramentado y a la Santísima Virgen María.

Se cuenta que desde los lejanos campos donde cuidaba las ovejas de su amo, Pascual alcanzaba a ver la torre de la ermita de Nuestra Señora de la Sierra, que era la iglesia del pueblo, y que con frecuencia se arrodillaba a adorar, a la distancia, al Santísimo Sacramento.
 
En aquellos tiempos, se acostumbraba repicar las campanas de las iglesias en el momento de la Consagración, durante la Misa. Al escucharlas, el pastorcito sabía que había llegado el momento, y con mucha devoción, alababa a la distancia a Jesucristo, que estaba haciéndose presente en la Santa Hostia.
 
Se dice que ya desde muy pequeño hacía mortificaciones: andaba descalzo por caminos llenos de piedras y espinas, y cuando alguna vez, las ovejas y cabras que cuidaba se pasaban al potrero del vecino, Pascual le pagaba a éste, con su escaso sueldo, el pasto que los animales de su rebaño habían comido.
 
Siempre se llevó muy bien con sus patrones, pero hubo uno en particular, Don Martín García, que le tomó un especial cariño, al punto de ofrecerle la adopción y su herencia, para cuando él muriera; pero ya sintiendo la vocación para la vida consagrada, Pascual rechazó la oferta, con la misma cortesía y cariño con que se la habían brindado.

La vida religiosa

A los 18 años, en una de las acostumbradas migraciones de los rebaños hacia las tierras de Andalucía, para la trashumancia, Pascual aprovechó para emigrar en búsqueda de nuevos horizontes. Un tiempo atrás había fallecido su madre, y su hermana se había ido a vivir con una familia de Albacete, de manera que ya nada le ataba al terruño.

Después de trabajar para distintos patrones, siempre como pastor, cuando tenía 20 años, conoció a unos frailes Alcantarinos, de la Orden Franciscana, y les pidió ser admitido como religioso entre ellos.

Inicialmente no lo aceptaron, debido a su escasa instrucción, ya que apenas si sabía leer. Recién después de cuatro años, al ver su vocación e insistencia, los frailes lo aceptaron entre ellos. Tomó los hábitos el 2 de febrero de 1564, y un año después hizo su profesión de fe, en Orito.

Gracias a Dios pudo ingresar a la Orden y con mucha entrega, por amor al Señor, aceptaba los oficios que le daban. Éstos fueron siempre los más humildes: portero, cocinero, mandadero, barrendero, etcétera. Pero de entre todas las actividades que realizaba en el convento, su gran preferencia fue la adoración a Jesús en la Santa Eucaristía.
 
Durante el día, buscaba de robarle un tiempito a sus quehaceres para internarse en la capilla y hablar con su Señor. De rodillas y con los brazos en cruz, adoraba a Jesús Sacramentado. Por las noches pasaba horas y horas ante el Santísimo. Todos se iban a dormir y él se quedaba rezando ante el altar; y en la madrugada, horas antes de que los demás religiosos llegaran a la capilla a orar, ya estaba allí el hermano Pascual, adorando a Nuestro Señor.
 
El fraile compuso varias oraciones muy hermosas al Santísimo Sacramento y el entonces Arzobispo San Luis de Rivera al leerlas exclamó admirado: “Estas almas sencillas sí que se ganan los mejores puestos en el cielo. Nuestras sabidurías humanas valen poco si se comparan con la sabiduría divina que Dios concede a los humildes.”

En todos los conventos donde estuvo, siempre trató de ponerse a disposición de los demás. Le gustaba estar siempre ocupado en algo: o remendando hábitos y sandalias, o en la huerta, o en la portería, o en la cocina, o en la limosna, o ayudando en la misa, o leyendo libros piadosos...

Y no es que tuviera encomendados todos estos oficios, sino que cuando terminaba con el suyo solía ayudar con gusto a los demás, algunas veces aunque solo fuese cantándoles letrillas al Santísimo Sacramento.

Cuando le encargaban el comedor, se esforzaba de una manera notable por tenerlo perfectamente limpio, y siempre dejaba algo de comida, como si fuera un olvido, para que los frailes que lo necesitaran pudiesen comer fuera de hora sin ningún tipo de remordimiento.

El amor que le habían inculcado sus padres por la Eucaristía no se quedaba en algo abstracto y angelical, en una pura expresión de pietismo. Por el contrario, era el signo de una vida verdaderamente entregada a los demás; una entrega hasta la muerte. De ahí que comulgar y adorar este Misterio significara para él participar en el mismo destino de Cristo.

No fue mártir de la Eucaristía, pero...

Se cuenta que cierto día, sus superiores lo enviaron a Francia para llevar un importante mensaje de la Orden.

Los caminos que debía atravesar estaban llenos de protestantes y herejes, que no siempre eran amigables ¡y menos cuando se trataba de religiosos! En el trayecto se le cruzó uno en particular que le preguntó intimidatorio: “¿Dónde está Dios..?”, él le respondió: “Dios está en el cielo”, a lo que el otro se fue en paz, dejándolo seguir su camino.

Pero enseguida Pascual se puso a pensar: “¡Me perdí la ocasión de haber muerto mártir por Nuestro Señor! Si le hubiera dicho que Dios está en la Santa Hostia, en la Eucaristía, me habrían matado y sería mártir. Pero no fui digno de ese honor”.
 
Finalmente llegó a Francia, descalzo y andrajoso por el largo viaje realizado, y un grupo de protestantes lo rodeó desafiándolo a que les probara que Jesús está presente en la Eucaristía.

La manera en que el santo fraile habló sobre la presencia de Jesús en la Hostia dejó boquiabiertos a aquellos hombres, quienes no fueron capaces de contestarle. Lo único que hicieron fue apedrearlo –con lo que, aún sin morir por Cristo se estaba ganando una buena parcela en el Cielo-
 
Hablaba poco, pero cuando se trataba de la Sagrada Eucaristía, entonces sí lo inspiraba el Espíritu Santo y las palabras le fluían de un modo admirable.

Siempre estaba alegre, pero nunca se sentía tan dichoso como cuando podía escaparse un rato a orar ante el Sagrario.
 
San Pascual Bailón murió el 17 de mayo de 1592. Antes de morir, escuchó por última vez las campanas que le avisaban que estaba en elevación la sagrada Eucaristía. Ese gran momento, lo dejó perturbado y se le llenó de luz el rostro, expirando en paz y con mucha felicidad de sentir, una vez más, la presencia viva del Señor.
 
Se cuenta que durante su funeral, tenían el ataúd descubierto, y en el momento de la elevación de la Santa Hostia en la misa, los presentes vieron con admiración que abrió y cerró los ojos dos veces (probablemente en la elevación del Cuerpo primero y de la Sangre después). De allí trascendió la idea de que hasta su cadáver quería adorar a Cristo en la Eucaristía.
 
Su cuerpo estuvo expuesto por tres días seguidos, ya que la concurrencia de la gente era multitudinaria.
 
Fue declarado santo en 1690.

 

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