Consagración Total a Jesús a través del Inmaculado Corazón de María

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¿Cuántas veces en tu vida te has propuesto “firmemente” realizar un cambio de rumbo radical y definitivo? ¿Cuántas Navidades y Años Nuevos, cuántas Cuaresmas y fiestas de Pentecostés han pasado sin que de verdad consigas hacerlo?
 
¡Ánimo! Nos ha sucedido a todos… Y aunque dicen que “mal de muchos es consuelo de tontos”, vaya que de alguna manera nos tranquiliza saber que lo que nos pasa es bastante “normal” y frecuente.
 
¡Cuántas veces no hacemos el bien que queremos, sino el mal que detestamos!, como decía el mismo San Pablo… (Cfr. Rom 7, 14 y ss.). Y es que eso nos ocurre a todos (o a casi todos), por nuestra naturaleza caída; porque, como dice Pablo, al ser hombres de carne, estamos “vendidos al pecado”…
 
Pero cuando prevalece en nosotros la pureza de intención, y fundamos nuestra esperanza en el Señor, Él mismo va poniéndonos al alcance valiosos instrumentos para obtener Su Gracia; en primer término, por supuesto, a través de los Sacramentos.
 
Precisamente en esta oportunidad, queremos compartir contigo un valiosísimo escrito, al que habíamos aludido ya en el Nº 6 de Jesucristo Vivo; un documento reconocido por la Iglesia Católica y recomendado por el Santo Padre para el crecimiento espiritual de quienes ciertamente desean avanzar en el camino de la fe y la santidad.
 
Como te decíamos en aquella edición de nuestra revista, el “Tratado de la Verdadera Devoción a María” es un libro que supuso un viraje decisivo en la vida de Juan Pablo II, y de muchas almas a lo largo de la historia. Naturalmente, también puede servirte a ti…

En la misma introducción de la obra leemos lo siguiente: “Este libro ha sido escrito por un san y ya ha formado otros San. Ahora está en tus manos, porque también tú puedas convertirte en San...”
 
Este fundamental documento, de San Luis María Grignion de Montfort, te ayuda a renovar, a través de una intensa preparación, la entrega a Dios que debiera ser nuestro principal destino, a partir del bautismo.
 
En efecto, si al bautizarnos renunciamos al pecado, hacemos un compromiso con Cristo y entramos en Él y en Su Iglesia, por deseo amoroso de nuestros padres y padrinos; al hacer voluntaria y conscientemente esta consagración ahora, ya como adultos, renunciaremos consciente y definitivamente al pecado, renovando voluntariamente las promesas del bautismo, y así nos entregaremos plenamente a Dios en Jesucristo, por medio de María.
 
La consagración es una experiencia espiritual que tiene toda la fuerza para elevarte a una visión distinta de las cosas. Si te animas a hacerla, es posible que inicialmente no comprendas, o no aprecies en toda su magnitud a lo que te conducirá esta práctica, pero estamos seguros de que el Señor, con el transcurso del tiempo, irá haciendo lo Suyo, y tu corazón se unirá de un modo definitivo a Su Sacratísimo Corazón, a través del Inmaculado Corazón de María.
 
Tan cierto es esto, que el mismo San Luis María Grignion de Montfort escribe en este tratado al que nos referimos: “Infinitamente más de lo que aquí te digo, te enseñará la experiencia; y tantas riquezas y gracias hallarás en la práctica, si eres fiel en lo poco que aquí te digo, que te quedarás sorprendida y con el alma llena de júbilo” (SM 52 “Preparación para la Consagración Total”)
 
Nos consagramos a través de María porque nadie, ningún alma de hombre mortal, sometió su corazón a la Voluntad de Dios de una manera más pura y completa que la Santísima Virgen… Por eso es la Madre de la Iglesia, y por eso fue que Jesús, a la hora de su muerte, la entregó a Juan, y a todos nosotros a través de él, como la más sublime guía para llegar al Cielo.

Indudablemente, la consagración no es una “receta mágica” para obtener la salvación, pues tal receta no existe, y te mentiríamos si así te la presentáramos ahora, pero de algo sí puedes estar seguro: Si te consagras y eres fiel a tus promesas, con la gracia de Dios profundizarás tu conversión hacia cristo, para poder llegar un día al Cielo.

Esperamos en Dios que así sea, y te ayudaremos con nuestras oraciones para lograrlo.

Motivos para consagrarse

Si nos tomamos en serio la religión, estaremos de acuerdo en que necesitamos andar por el camino de la santidad, y mejorar día a día nuestra manera de obrar, de hablar y de pensar.
 
Pero sucede que muchas veces no encontramos la manera de cambiar todo aquello que nos hace daño ante los ojos de Dios, de nuestros semejantes, y ante nosotros mismos. Más aún, la mayoría de las veces ni siquiera somos conscientes de qué es lo que está mal; pero de vez en cuando nos sentimos indignos de recibir tanta bondad, tanta gracia y bendición de parte de Dios.
 
Es que verdaderamente tenemos tanto para agradecer al Señor… ¡tanta maravilla...! El amor del esposo o la esposa, de los hijos, de los padres, de tu novio o novia, de tus hermanos, de algún otro ser querido… De verdad es el Señor quien te ama a través de esas personas, es Él quien quiere estar en todo lugar abrazándote. Siente a Jesús así, como el Ser más tierno que te protege y que quiere ser tu amigo siempre.
 
¿Y cómo responder a esta dicha infinita? ¡Correspondiendo al amor con amor!
 
A pesar de las apariencias, no pretendemos venderte un producto, amigo lector, queremos que te enamores de Jesús, sencillamente porque Él está enamorado de ti, aunque tal vez en un arranque de acertada y sana humildad creas que no lo mereces…
 
Por eso te proponemos que te consagres a su amor misericordioso. Y te ofrecemos la herramienta que necesitas para hacerlo: Conságrate totalmente a Jesús a través del inmaculado Corazón de su amadísima Madre, ya que, por medio de esta práctica humana y divina, darás toda la gloria al Señor.
 
Eso sí, hay un requisito esencial: Debes poner todo de tu parte, y estar realmente dispuesto a luchar contra el pecado; introducirte y mantenerte en un estilo de vida que te permita caminar de acuerdo con los designios y la voluntad del Corazón de Jesús.
 
Él así lo desea, quiere que perfeccionemos nuestra vida cristiana cada día: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.” (Jn 14,14) “Sed perfectos como vuestro Padre que está en el Cielo es perfecto” (Mt 5,48). “Quien dice que permanece en Él, debe vivir como vivió Él.” (1 Jn 2,6)
 
Si te traemos estas citas bíblicas ahora es para recordarte el deber que como bautizados tenemos de buscar la santidad, y para que tomes conciencia del valor y la inmensa ayuda que puede brindarte la consagración en la consecución de esta meta, que debiera ser el propósito de todo bautizado.
 
Sin embargo, es importante que sepas también el enorme compromiso que una consagración conlleva, ya que luego debes imitar la vida que tuvo Jesús y la vida que vivió María. La luz que brilló en los corazones de Jesús y de María fue el deseo, absoluto y permanente, de hacer en todo la voluntad del Padre. Esa deberá ser tu meta también una vez que te hayas consagrado.
 
Si de verdad tienes este propósito, debes saber que la disponibilidad de tu alma permitirá a nuestra Madre hacer de ti una prolongación de Sí misma, para presentarte después ante el Señor, pues Ella será la intercesora en tu conversión voluntaria.
 
Como dice San Luis María, “Este compromiso de vida, estimulado constantemente por un conocimiento vital de la madre de Dios, se traduce a su vez en una verdadera y permanente relación íntima con el corazón inmaculado de María”. (“Preparación para la Consagración Total”)

¿Qué es una Consagración y a qué nos conduce?

La consagración es una promesa de amor que se hace a Jesús, a través de la cual se le ofrece todo lo que uno es, lo que uno tiene y hace; todo a través del Corazón Inmaculado de la Virgen María, para que por gracia de estos dos Corazones, cada uno de nosotros viva plenamente entregado a la voluntad del Padre.
 
La meta de toda consagración es Jesús; en este caso, la Virgen María es el medio eficaz para alcanzar mayor unión con Cristo y es una fuente de protección maternal contra Satanás.
 
Está claro que no podemos separar a Jesús de María, así lo enfatiza nuestro querido Papa: “Nuestra relación interior con la Madre de Dios dimana orgánicamente de nuestra vinculación al misterio de Cristo…” (Cfr. Testimonio de Juan Pablo II, en relación con la Preparación para la Consagración Total, según San Luis María Grignion de Montfort)
 
Este es el camino que buscamos quienes hacemos la consagración que aquí te proponemos: Acercarnos a Jesucristo a través del amor de la Santísima Madre y consagrarnos enteramente a Él.
 
Sabemos conscientemente entonces, que esto significa vivir fuera del pecado, obedeciendo a los mandamientos que Jesucristo nos dejó, ratificando nuestra fe y “construyendo Iglesia” al tratar de ser cada día más santos.
 

¿Qué hacer para consagrarse?

Es importante ante todo considerar que la “Consagración Total a Jesús por María”, de San Luis María Grignion de Montfort, no se debe tomar a la ligera, como no se puede tomar a la ligera cualquier otra consagración; pero si hacemos énfasis en ello es porque esta práctica, en especial, requiere de una preparación profunda, de mucha seriedad y responsabilidad. En síntesis: Hay que estar bien convencido para hacerla.
 
La etapa preliminar en la preparación, necesita 12 días completos, para que el alma pueda desligarse de “lo mundano”, que es todo lo opuesto al espíritu de Jesucristo.
 
Este período es de suma importancia; sin embargo puede variar, en cuanto al tiempo se refiere, de acuerdo con las necesidades de cada persona que se quiera consagrar, así como de las circunstancias espirituales en las que se encuentre. (Por allí habrá quienes consideren que necesitan más o menos tiempo para “vaciarse”, reconocer lo que se debe cambiar y romper las ataduras).
 
Después vienen 3 semanas de oración profunda y meditación: En la primera semana, el alma tratará de conocerse verdaderamente a sí misma, en la segunda semana, se buscará un mayor conocimiento de María, y en la tercera, conoceremos a Jesucristo.
 
Son 33 días durante los cuales el alma se prepara intensamente para dar un vuelco decisivo en su vida. El día trigésimo tercero, que debe coincidir con una de las principales fiestas Marianas o con la festividad de San Luis María, se hará finalmente la consagración.
 
Puedes consagrarte en 6 distintas fechas a través del año: el 2 de febrero, fiesta de la Virgen de la Candelaria y de la Presentación de Jesús en el Templo; el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de la Virgen; el 28 de abril, fiesta de San Luis María Grignion de Montfort; el 31 de mayo, fiesta de la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel; el 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen María a los Cielos; o el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción de María.

Primera parte
Los doce días preliminares:
Descubriendo el espíritu del mundo

“El espíritu del mundo, consiste, en esencia, en la negación del dominio supremo de Dios, negación que se manifiesta en la práctica del pecado y la desobediencia; por tanto, es totalmente opuesto al espíritu de Jesucristo, que es también el de María” (“Preparación para la Consagración Total “según San Luis María Grignion de Montfort Pág.8).
 
En esta etapa, trataremos de hacer un profundo examen de conciencia. Evaluaremos cómo anda nuestra alma y de cuántas cosas del “mundo” debemos liberarnos o desapegarnos.
 
Para ello, será muy provechoso que nos acerquemos frecuentemente en estos días al Santísimo Sacramento, pidiéndole al Señor, presente en el Sagrario, que nos infunda mucha luz en el discernimiento de lo bueno y de lo malo. A través de la oración permanente, podremos poner en blanco nuestra mente e ir abriendo la puerta de nuestro corazón al Rey de reyes.
 
Limpiaremos aquel lugar en el que queremos que Jesús sea acogido. “Esta pureza es la condición indispensable para contemplar a Dios en el cielo, verle en la tierra y conocerle a la luz de la fe” (“Preparación para la Consagración Total” según San Luis María Grignion de Montfort Pág. 8)
 
Se recomienda leer meditando en estos días el Capítulo 5 del Evangelio según San Mateo, muy especialmente los versículos 1al 19 y el 48; así como Mt 6,1-15 y 7 1-14.

Segunda parte
Primera Semana:
El Conocimiento de sí mismo

Al entrar en esta primera semana, ya sabemos el tamaño de “cola” que arrastramos, cuánto llevamos sobre nuestras espaldas, cuánto de lo mundano nos tiene atrapados. Entonces deberemos arrepentirnos de todos nuestros pecados, pues es de suponer que ya habremos tomado plena conciencia de nuestra condición pecadora y mezquina.
 
Lo importante, en todo caso, es recordar que no estamos solos en esta difícil prueba, pues ahí nos espera nuestra amadísima madre que quiere consolarnos. ¿Qué madre no escucha con amor a su hijo? Pues mucho más lo hará una madre ejemplar como María, la bienaventurada “Madre de las madres”.
 
Postrémonos a los pies del Señor pidiéndole a María que le haga llegar todas nuestras oraciones, nuestro arrepentimiento. Supliquémosle a Dios, a través de María, el perdón por todos nuestros pecados, nuestras ofensas y nuestras culpas.
 
Pidámosle un profundo y sincero deseo de renunciar a nuestra propia voluntad y de cambiar, pues como dice Tomás Kempis, “necesario es que tengas verdadero desprecio de ti mismo, si quieres vencer la carne y la sangre…porque aún te amas muy desordenadamente, por eso temes sujetarte a la voluntad de otros” (Imitación de Cristo, libro III, Cap. 13)
 
La entrega y el sólo deseo de tener un firme arrepentimiento, te mostrarán el estado al que quedaste, reducido por tus pecados. Jesús y María te permitirán ver entonces que, aunque “no hayas matado a nadie”, en verdad eres menos bueno de lo que creías.
 
Tenemos que estar convencidos de nuestras miserias, pues ese será el verdadero conocimiento de nosotros mismos. Deberemos analizar esos pecados recurrentes: esas mentiras “inofensivas”, esos ojos que no se cansan de ver, esa lengua que no para de hablar mal, esos pensamientos que nos alejan del Bien… Ese egoísmo que tiene tantas maneras de aflorar e impedirnos ser más solidarios con los que nos necesitan…
 
Junto a la Virgen, querido amigo, encontrarás la esperanza necesaria para no desesperar al verte sin maquillajes. A través de su inmenso amor, Ella te irá dando la luz para que te conozcas a ti mismo, para aceptar tus errores con la verdadera intención de superarlos y para aceptar la voluntad del Padre sin objeciones.
 
Se recomienda en esta segunda etapa leer con frecuencia (mucho más de una vez) el Evangelio de San Lucas, Capítulos 11; 13; 16; 17 y 18. Muy especialmente, los siguientes pasajes 11,1-10; 13,1-15; 16,1-18; 17,1-10; 18,15-30.

Tercera parte
Segunda Semana:
El conocimiento de María

Hay tanto qué meditar y qué decir sobre María, que podríamos llenar muchas hojas; por eso se hace muy difícil resumir brevemente el significado y la importancia de su existencia en nuestras vidas.
 
En esta semana, acercándonos ya a la etapa final de nuestra preparación, nuestra amada Madre nos invita a despojarnos de todo aquello que nos impide hablarle con sinceridad y plena confianza para pedirle su intercesión.
 
María quiere, a través de su amor maternal, recostar en su regazo a cada uno de sus hijos confundidos.
Va a brindarte, en un angelical y tierno abrazo, toda la seguridad que necesitas para pedir el perdón y así reconciliarte con Dios Padre y con su amado Hijo Jesucristo.
 
“Tenemos que unirnos a Jesús por María, ésta es la característica de nuestra devoción…”, nos dice San Luis María Grignion en la Pág. 52 de la “Preparación para la Consagración Total”. De allí la necesidad de conocer a María verdaderamente: de apreciar a María la Virgen, la mujer, la madre, la amiga, la confidente; el eje de nuestra Fe; hermana, luz, misericordia, bondad, pureza, inocencia, lealtad… A esa María que encierra en sí el mejor ejemplo de vida al que todos deberíamos seguir.
 
Aunque muchos la veneramos o respetamos, no todos le damos la importancia que Ella tiene en el camino de nuestra santificación; no le permitimos actuar en nuestras vidas con el Poder que el Altísimo le ha conferido como mediadora, intercesora y protectora de la Iglesia.
 
En esta tercera etapa de nuestra preparación, deberemos esforzarnos por imitar la grandeza y humildad de la Reina del Cielo. Vamos a reconocer en ella el molde perfecto en el que podemos ser moldeados y de esta manera, hacer nuestras sus intenciones y disposiciones.
 
Pero como nos lo advierte el santo autor, “…no lo conseguiremos sin estudiar la vida interior de María, o sea sus virtudes, sus sentimientos, sus acciones, su participación en los misterios de Jesucristo y su unión con Él”. (Obra Citada Pág.53)
 
Si es posible durante toda tu preparación, pero de un modo especial en esta tercera parte, te recomendamos el rezo diario del Santo Rosario.
 
Después de rezarlo, cuando puedas, lee los Capítulos 1 y 2 del Evangelio de San Lucas; poniendo especial atención a los siguientes versículos: Cap. 1,26 al 56 y Cap. 2,15 al 35 y 42 al 52. También se recomienda la lectura del Evangelio de San Juan, Capítulo 2, versículos 1 al 11 y Capítulo 19, 25 al 30.

Cuarta parte
Tercera Semana.
El conocimiento de Jesucristo

En este periodo conoceremos a Jesús, al Hombre-Dios, que habiendo vencido a Satanás y a sus tentaciones, al mundo y a la misma muerte, se convierte en nuestro Señor.
 
Reflexionaremos también sobre su vida interior, las virtudes y los actos de su Sagrado Corazón. Meditaremos especialmente en su infancia y en su vida pública: la relación que tenía con la gente que lo seguía, sus parábolas, milagros y sanaciones…
 
Este conocimiento, nos conducirá al fin último, que es su amor, es su presencia en nuestras vidas. Así lo sostiene Grignion de Montfort: “Jesucristo nuestro Señor, verdadero Dios y verdadero hombre, debe ser el fin último de nuestras devociones; a no ser así, serían falsas y engañosas. Jesucristo es el alfa y el omega, el comienzo y fin de todas las cosas” (Obra Citada, Pág.87)
 
Se recomienda leer meditando profundamente el Evangelio según San Juan, Capítulos 14, 15, 16 y 17, y el Evangelio según San Mateo, Capítulos. 26 y 27.

¿Tentaciones...?
¡¡¡Precauciones!!!

Sabemos conscientemente que nacimos con inclinación hacia el pecado, esa es nuestra naturaleza caída, tal cual lo relata el Génesis. También lo dice Job: “Tentación, es la vida del hombre sobre la tierra.” Y tantos otros pasajes bíblicos…
 
Muchos se preguntarán por qué hablamos de tentaciones en esta nota, si el que la lee es justamente quien quiere deshacerse de ellas. Pero, aunque no lo hayamos pensado, es de allí de donde no se puede salir tan fácilmente, porque hay pequeñas y grandes ataduras que nos van estirando y envolviendo. Muchas veces no las aceptamos, o tal vez ni las percibimos.
 
En aquella primera faceta de “vaciado del espíritu mundano” de los primeros doce días, al que se hace referencia, es donde podemos quedarnos estancados, por no poder o no querer renunciar a aquellas “tentaciones”, que con tanta facilidad pueden convertirse en pecados.
 
Sabemos que todo aquello que nos conduce al bien, en este caso, la Consagración, se constituye en motivo de molestia para el maligno, por ello seguramente no faltarán las piedras de tropiezo en este arduo camino. Y esos obstáculos se verán reflejados en tentaciones, leves o fuertes, que irán probando permanentemente la fe que tenemos en nuestro verdadero Dios.
San Luis María nos dice que: “El principio de toda tentación es la inconstancia del ánimo y la poca confianza en Dios” (“Preparación para la Consagración Total” según San Luis María Grignion de Montfort Pág.24)
 
Por tanto, cada uno debe tener cuidado y velar en oración. Debemos intensificar nuestra entrega a Dios para no dejar entrar al enemigo en nuestros planes de santificación; y esta práctica comprometedora no será la excepción.
 
En este número de Jesucristo Vivo encontrarás más información sobre la tentación y el pecado, (Págs. 28 a 32)

Cómo hacer la Consagración

Conviene que inicies esta preparación con una confesión, y que igualmente, una vez concluidos los treinta y dos días, te reconcilies nuevamente con Jesús a través del sacramento del Perdón.
 
Ya renovado y dispuesto a comenzar un camino limpio, vas a recibir la comunión con la intención de entregarte totalmente a Jesucristo, en calidad de “esclavo de amor”, por medio de María.
 
Es conveniente tener lista la consagración escrita o impresa en un papel, ya que después de recibir al Señor en la Eucaristía, tendrás que repetirla frente a Él.
 
En la práctica, es importante para cada uno de nosotros “pagar” a Jesús y a la Virgen algún tipo de tributo para resarcir las faltas que tuvimos a lo largo de nuestra vida: Todas las infidelidades vividas, el renegar de Dios, el no aceptar Su voluntad, etcétera. Estos errores tienen que ser remediados…
 
El tributo que mencionamos, dependerá de la devoción y capacidad de cada persona, y de cuánto quiera ofrecer a Dios por su perdón. Puede ser un ayuno, una mortificación, una limosna o lo que uno quiera. Lo importante de todo esto, es la entrega y el amor con que cada quien lo haga.
 
Nuestro amado Dios conoce nuestro arrepentimiento y Su misericordia siempre será más grande que cualquiera de nuestros pecados.
 
Finalmente, recordamos que cada año deberá renovarse esta consagración en la misma fecha. No es necesario que se haga toda la preparación nuevamente, pues es de suponer que a partir de que nos Consagremos, nuestra vida habrá cambiado de rumbo, y tendrá como principio y fin el servicio a Jesucristo y a nuestros hermanos.
 
La “Preparación para la Consagración total”, según Luis María Grignion de Montfort, trae una meditación y una oración para cada uno de los 33 días que dura. Por motivos de espacio, no podemos ofrecértelas en esta revista, pero si no tienes la posibilidad de acceder a ese libro, te pedimos que visites cualquiera de nuestros sitios de Internet (www.jesucristovivo.org www.a-n-e.net) Allí encontrarás el material completo para poder hacer tu Consagración…
 
Si gustas, puedes suscribirte al boletín para la Consagración, y recibirás diariamente, por e-mail, los textos correspondientes a cada día. Solicítalo enviando un e-mail a la dirección electrónica consagracion@a-n-e.net
 
Que Dios te bendiga y nuestra amada Madre María interceda por ti acompañándote en el camino de tu salvación.

Acto de Consagración de sí mismo

1.- A Jesucristo, la Sabiduría encarnada por medio de MARÍA (TVD pág. 176)
 
Arrodillados ante Dios, en voz alta, y con todo el corazón:
“¡Oh Sabiduría eterna y encarnada! ¡Oh amable y adorable Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, Hijo único del Padre Eterno y de María, siempre Virgen! Os adoro profundamente en el seno y en los esplendores de vuestro Padre, durante la eternidad, y en el seno virginal de María, vuestra dignísima Madre, en el tiempo de vuestra Encarnación.
 
Os doy gracias porque os habéis anonadado tomando la forma de un esclavo para sacarme de la cruel esclavitud del demonio. Os alabo y glorifico porque os habéis sometido a María, vuestra Santa Madre, en todo, a fin de hacerme por Ella vuestro fiel esclavo. Pero ¡ay! Ingrato e infiel como soy, no he cumplido las promesas que tan solemnemente os hice en el bautismo; no he guardado mis deberes, no merezco ser llamado vuestro hijo ni vuestro esclavo, y como nada hay en mí que no merezca vuestra repulsa y vuestra cólera, no me atrevo a aproximarme por mí mismo a vuestra Santísima y Augusta Majestad. Por eso he recurrido a la intercesión de vuestra Santísima Madre, que Vos me habéis dado como medianera para con Vos, y por este medio espero obtener de Vos la contrición y el perdón de mis pecados, la adquisición y la conservación de la Sabiduría. Os saludo, pues, ¡oh María Inmaculada! Tabernáculo viviente de la Divinidad, en donde la Sabiduría eterna escondida quiere ser adorada por los Ángeles y los hombres.
Os saludo, ¡oh Reina del cielo y de la tierra!, a cuyo imperio está sometido, todo lo que está debajo de Dios.
 
Os saludo, ¡Oh, refugio seguro de los pecadores, cuya misericordia no falta a nadie! escuchad los deseos que tengo de la divina Sabiduría, y recibid para ello los votos y las ofertas que mi bajeza os presenta:

 2.- Al Inmaculado Corazón de María
Yo, (Nombre del consagrante), pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en vuestras manos los votos de mi bautismo; renuncio para siempre a Satanás, a sus presunciones y a sus obras, y me entrego enteramente a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, para llevar mi cruz tras Él todos los días de mi vida. Y a fin de que le sea más fiel de lo que he sido hasta ahora, os escojo hoy, ¡oh María!, en presencia de toda la corte celestial, por mi Madre y mi Señora. Os entrego y consagro en calidad de esclavo mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, y aun el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras, otorgándoos un entero y pleno derecho de disponer de mí y de todo lo que me pertenece, sin excepción, a vuestro agrado, a la mayor gloria de Dios, en el tiempo y en la eternidad.
(www.corazones.org)

 

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