San Pedro y San Pablo, apóstoles del Señor
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A pesar de que son innumerables los pasajes del Nuevo Testamento que nos relatan sobre los hechos de estos dos seguidores de Jesús, es en verdad poco lo que en general se conoce de sus vidas.
San Pedro, el Príncipe de los Apóstoles, y San Pablo, el Doctor de la gente, pusieron los primeros cimientos de la Iglesia Católica.
Ambos fueron asesinados por seguir a Cristo: San Pedro fue crucificado y San Pablo decapitado, entre el año 67 y 69. Sin embargo, los dos recibieron la bendición de poder ver los primeros frutos de sus predicaciones sobre la doctrina cristiana, que llevaron a todos los lugares por los que habían transitado, cumpliéndose así la promesa que Jesús mismo había hecho a sus discípulos: “…algunos de los que están aquí presentes no conocerán la muerte sin que ya hayan visto el Reino de Dios viniendo con poder.” (Mc 9,1)
Sin lugar a dudas, la huella que dejaron estos dos santos constituye la base fundamental de la Iglesia, de la que hoy formamos parte todos nosotros. Tal vez esa sea la mayor trascendencia de estos grandes hombres, sobre los cuales hablaremos a continuación.
San Pedro: Príncipe de los ApóstolesEs muy poco lo que se sabe de este apóstol antes de su conversión. Se dice que era un pescador Galileo del pueblo de Betsaida o Capernaum (Cafarnaúm).
Algunos escritos nos hacen suponer que Pedro y Andrés (su hermano), eran seguidores de Juan el Bautista, y que posiblemente de esta manera fueron preparándose para recibir al Mesías en sus corazones.
Se nos hace un tanto difícil imaginar a Pedro basándonos en lo que leemos sobre él en las Sagradas Escrituras, pues allí se aprecian actitudes que a simple vista nos parecen muy contradictorias.
Recordemos, por ejemplo, el pasaje narrado en el Evangelio de San Marcos, en el cual Pedro reconoce a Jesús como el Mesías. Inmediatamente después de ello, trata de disuadirlo de su misión redentora, y Jesús le reprende, diciéndole “¡apártate de mí, Satanás!”. (Mc 8,27 – 33).
Ésta, y otras de sus contradicciones, nos resultarán más claras de entender si consideramos que Pedro era profundamente humano, con errores y virtudes, aciertos y desaciertos, fortalezas y debilidades, como todos nosotros…
Se puede pensar que fue un hombre astuto y sencillo, a veces colérico, profundamente inspirado por Dios, muy valiente en ciertas situaciones y en otras tantas muy inseguro.
Tal vez esta última fue alguna de las características de su personalidad que comenzarían a ser transformadas por Cristo, cuando el apóstol decidió iniciar su camino de conversión, pero mucho más aún cuando recibió la fuerza del Espíritu Santo, en Pentecostés.
Pedro es el primer Papa de nuestra Iglesia, porque recibió la suprema potestad pontificia de labios del mismo Jesús, precisamente luego de proclamar su fe en Él como el Mesías (Mt 16,17–19). En esa ocasión, Jesús le dijo que sería la piedra sobre la cual construiría su Iglesia, a tiempo de prometernos que las fuerzas del mal no prevalecerán sobre ella.
Vamos a tratar de ubicar mejor a este discípulo del Señor recordando algunos pasajes más del Nuevo Testamento. Mientras leemos, procuremos extraer el mensaje profundo que cada vivencia de Pedro puede transmitirnos:
El primer encuentro de Pedro con Jesús: Cuando Jesús comenzaba su ministerio, mientras caminaba por la orilla del lago de Galilea, vio a dos hermanos, Simón (Pedro) y Andrés, que echaban la red al agua. Él los llamó diciendo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres” (Mateo 4,19).
Inmediatamente, ambos abandonaron sus redes, sus barcas… todo lo que poseían, todo lo que hasta ese momento había sido su vida, y lo siguieron. Abandonaron su vida por Cristo, probablemente sin conocerlo…
Un poco después, Simón Pedro atestiguaría la primera curación de Jesús, justamente a su suegra, quien sufría de una fiebre muy fuerte. De esta manera, el apóstol comenzaba a presenciar muchos milagros que vería durante los tres años del ministerio de Jesús; siempre escuchando, observando, preguntando, aprendiendo...
Otro gran suceso se dio después del milagro de la multiplicación de los panes: Jesús se había retirado a orar en silencio en un cerro, mientras sus discípulos cruzaban en una barca el lago de Galilea. De pronto vieron a su Maestro caminando sobre el agua para darles alcance y, según nos narra San Mateo, se atemorizaron al extremo de gritar, creyendo que se trataba de un fantasma.
Jesús les dijo: “¡Ánimo, no teman, que soy yo!”. Pedro contestó: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti caminando sobre el agua”. Jesús le ordenó: “Ven”, y Pedro empezó a caminar confiadamente, pero al notar la fuerza del viento titubeó y comenzó a hundirse, mientras gritaba: “¡Señor sálvame!”. Al momento, Jesús lo tomó de la mano y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Cfr. Mateo 14, 22-31)
Este pasaje sería muy rico para extraer algunos rasgos que nos ayuden a tener un perfil de la personalidad de Pedro, a partir de sus actitudes. Como vemos, primero se asusta, después duda, luego se hace el vocero de todos los apóstoles y pide una prueba; de inmediato se ofrece valientemente para ser, él mismo, “objeto” de esa prueba; luego confía en el Señor y vive un hecho prodigioso; en seguida teme, pierde la confianza y comienza a hundirse, pero finalmente recupera la fe en Jesús, que todo lo puede, y le pide que lo rescate, obteniendo así su ayuda…
Complejo, ¿verdad?: En primer lugar vemos cierta superstición, que podría reflejar poca cultura –pues creyó que se trataba de un fantasma-; tendencia al pánico, que le llevó a gritar; condiciones de liderazgo, que le mueven a hablar a nombre del grupo; desconfianza, pues no se conforma con la repuesta de Jesús sino que le pide una prueba; curiosidad, valentía y espíritu de sacrificio, al animarse a ser él mismo quien ponga en riesgo su seguridad e integridad para tranquilidad del grupo; enorme confianza en el Señor, para aceptar el reto y comenzar a andar sobre las aguas; flaqueza en la fe, unida a cierta racionalidad, pues cuando cae en cuenta de que lo que está haciendo desafía a las leyes de la naturaleza, se hunde…
Bueno, pero dejemos a los psicólogos que buceen más, si quieren, en la personalidad del apóstol… Nosotros quedémonos con esto: Pedro era un hombre muy especial para Jesús y siempre figura entre los tres discípulos más allegados a Él, al igual que Juan y Santiago. Juntos los vemos, por ejemplo, en un momento tan trascendente como la Transfiguración de Jesús, que habría ocurrido en el monte Tabor:
Según nos narra el Evangelio, fue precisamente Pedro quien, nuevamente a nombre propio y de los otros, comenta a Jesús lo bien que se sentían, y le propone levantar tres chozas, una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías (Mc 9, 5 - 6). Nuevamente el Evangelio nos dice que habría sido una inspiración del Espíritu, pues los tres estaban atónitos de miedo.
La Última Cena es otro gran momento, cuando Pedro declara su lealtad y devoción a Jesús y Él, con inmensa tristeza, le responde que esa misma noche, antes del segundo canto del gallo, lo negaría tres veces, según relatan las Sagradas Escrituras. (Mc 14, 30). Así sucedió, tal cual Jesús lo había adelantado, y los hechos se dieron, pues antes de que el gallo cantara por segunda vez, Pedro negaba tres veces conocer a su Señor.
Sabemos, por el Evangelio de Juan, que Pedro recibió el perdón del Señor: Cuando Jesús se manifestó a sus discípulos, llamó a Pedro, quién afirmó tres veces su amor por Jesucristo, después de haber sido interrogado con insistencia.
Tres veces respondió que sí lo amaba, con lo cual “enmendó” sus tres negaciones la noche del Jueves Santo. Luego de proclamar tres veces su amor por Jesús, el Señor, le pidió: “Apacienta mis ovejas” (Juan 21,15-18). Y este es otro claro signo de la misión de Pedro, designado por Cristo como pastor universal de la Iglesia. (Ver también Lc 22,31-32).
Y fue así como, después de la muerte de Jesús, Pedro ejerció su primacía entre los Apóstoles, con entrega y valor. El fue “La Piedra” en la que la Iglesia fue fundada.
Quizás su conversión sea lo que hace que su historia sea un ejemplo para todos nosotros, que tan a menudo caemos en las tentaciones. Pedro cayó muy bajo la noche que negó al Señor, pero al arrepentirse profundamente y tener fe en su perdón, logró reconciliarse con Él y ser digno de toda su confianza.
Al inicio del cristianismo muchos convertidos fueron perseguidos para ser martirizados, como San Esteban; pero Pedro, con la fortaleza que lo caracterizaba, permaneció junto a los apóstoles firme en Jerusalén, donde los líderes judíos eran sus peores perseguidores. Poco a poco, Pedro decidió predicar en las aldeas circundantes y entrar en lugares cada vez más alejados.
Por su sinceridad, Pedro inevitablemente tuvo muchos conflictos con las autoridades judías. Incluso los jefes de los sacerdotes lo mandaron arrestar dos veces. Nos dice la Escritura que fue milagrosamente desencadenado y librado de la prisión por un ángel del Señor, e impresionó a los demás Apóstoles al llegar repentinamente donde ellos moraban (Hech 12,6-18).
Fue martirizado en Roma durante el reinado de Nerón, el mismo año que San Pablo. Así lo estiman tres Padres de la Iglesia: San Ireneo, San Clemente de Alejandría y Tertuliano (Cfr. www.corazones.org)
San Pedro murió crucificado, y puesto que él no se consideraba digno de morir en la misma forma que su Señor lo había hecho, lo crucificaron con la cabeza hacia abajo. Según se dice, la crucifixión fue realizada muy cerca del circo de Nerón.
Fue sepultado en lo que hoy es el Vaticano, donde todavía se encuentran sus restos, bajo el altar mayor de la Basílica de San Pedro. Esto ha sido comprobado a través de estudios arqueológicos y anunciado por Pío XII al concluir el año santo de 1950.
San Pablo: Apóstol de los Gentiles
Son 13 las cartas que escribió San Pablo, que forman parte del Nuevo Testamento, y que están dirigidas a las comunidades de gentiles, paganos convertidos a través de su predicación. En ellas les exhorta y les guía en la fe, además de enseñarles sobre doctrina y moral cristiana.
Estas cartas son inspiradas por el Espíritu Santo, y forman parte de la revelación divina. Pablo es el instrumento en esta comunicación divina, y a través de él podemos sentir al mismo Señor hablándonos hoy.
Al mismo tiempo, las cartas nos ayudan a conocer el lado humano del autor. Reflejan su personalidad, sus dones y sus luchas intensas. Otras fuentes que nos dan a conocer a este gran apóstol del Señor, son los Hechos de los Apóstoles, escritos por San Lucas, además de ciertos libros apócrifos.
A Pablo se le bautizó con el nombre judío de Saúl, el cual mantuvo hasta su conversión. Proviniendo de una familia acomodada de Tarso, y siendo hijo de un ciudadano romano, él también tenía la ciudadanía romana, y era conocido como “Saulo de Tarso”.
Con base en estudios y cálculos históricos, se estima que sería sólo unos 10 años menor que Jesús.
A la edad de 15 años, Saúl fue a estudiar en Jerusalén, en una famosa escuela rabínica. De allí el profundo conocimiento que tenía de la Ley Judía y las Sagradas Escrituras. Se dice que, mientras estudiaba, aprendió el oficio de la construcción de tiendas.
Pese a haber sido criado en una ortodoxia rigurosa, vivió bajo la influencia liberal de los helenistas, es decir de la cultura griega, que en ese tiempo había penetrado todos los niveles de la sociedad en el Asia Menor. Por lo tanto, era un hombre de amplia cultura, formado en las tradiciones y culturas judaicas, romanas y griegas.
En el año 35, Saúl se muestra como un joven fariseo, contrario a los cristianos. Los creía una verdadera amenaza para el judaísmo y el orden constituido.
Inició su conversión camino a Damasco, en circunstancias en que el Señor intervino directamente en él, lo llamó por su nombre, increpándole por perseguir a sus discípulos, y lo exhortó con autoridad a que se pusiera a su servicio (Hech 9,1-30).
Después de un giro radical, aceptó la misión de predicar el Evangelio de Cristo, pero al igual que otros santos, se sentía indigno de cumplir tan importante tarea y decidió primero apartarse del mundo. Se trasladó a Arabia, para meditar y purificarse por medio de la oración antes de iniciar su apostolado.
Saúl, obtendrá desde entonces un nuevo nombre romano: Pablo, un hombre verdaderamente nuevo y movido por el Espíritu Santo para anunciar la Buena Nueva del Evangelio. Así comenzará su predicación, fundando comunidades eclesiales. Seguirá con sus largos y múltiples viajes por tierra y mar (al menos cuatro viajes apostólicos), con muchas aventuras, tal como nos relatan los Hechos de los Apóstoles y sus propias cartas, en el Nuevo Testamento.
Él mismo nos dice que fue apedreado, azotado, que naufragó tres veces, aguantó hambre y sed, noches sin descanso, peligros y dificultades. “Fue preso y, además de estas pruebas físicas, sufrió muchos desacuerdos y casi constantes conflictos, los cuales soportó con gran entusiasmo por Cristo, por las muchas y dispersas comunidades cristianas” (corazones.org)
Tuvo una educación “natural” mucho mayor que la de los humildes pescadores que fueron los primeros apóstoles de Cristo. Sin embargo, los otros apóstoles tuvieron al mismo Jesús de maestro, recibiendo así una educación divina. También San Pablo la recibió, por gracia de la revelación.
“Siendo docto tanto en la sabiduría humana como en la divina, Pablo estaba en posición de enseñar que la sabiduría humana es nada en comparación con la divina: ‘Tened un mismo sentir los unos para con los otros; sin complaceros en la altivez; atraídos más bien por lo humilde; no os complazcáis en vuestra propia sabiduría.’ (Ro 12,16)”. (www.corazones.org)
La Primera jornada misionera
Pablo se mostró en contra de la circuncisión, no porque quisiera hacer “un cristianismo fácil”, sino porque comprendía que el Espíritu ahora requería ahora una circuncisión del corazón, una transformación interior, más que exterior:
“La ley no puede justificar al hombre sino sólo la gracia recibida por medio de Jesucristo. Vivir esta gracia es sin embargo un reto aun más radical que el que presenta la ley y exige entrega total. Esta llamada a la gracia y a la respuesta total hasta la muerte forma parte esencial de su enseñanza y de su vida” (www.corazones.org)
La segunda jornada misionera
En Atenas, Pablo predicó en el Areópago y se sabe que algunos de los estoicos y epicúreos lo escucharon y discutieron con él informalmente, atraídos por su intelecto, su personalidad, y su enseñanza ética. Pero más importante aún: el Espíritu Santo iba tocando las almas de aquellos que le abrían su corazón; podían comprender que Pablo tenía una sabiduría nunca antes enseñada.
En su paso por Corinto, tuvo un éxito considerable. Se cuenta que un matrimonio, Aquila y Priscila, se convirtieron y llegaron a ser muy valiosos servidores de Cristo. Volvieron con él al Asia.
Fue durante el primer invierno en Corinto que Pablo escribió las primeras cartas misioneras. Estas muestran su suprema preocupación por la conducta humana y revelan la importancia de que el hombre reciba al Espíritu Santo ya que solo así, según él lo predica, hay salvación y poder para hacer el bien.
La tercera jornada misionera
Cubrió el periodo que va del año 52 al 56 en Éfeso, ciudad importante de Lidia, donde el culto a la diosa griega Artemisa era muy popular.
En Jerusalén, Pablo causó una conmoción al visitar el templo; fue arrestado, tratado brutalmente y encadenado. Pero cuando fue ante el tribunal, se defendió de tal forma, con el auxilio del Espíritu Santo, que sorprendió a sus opresores.
Algunos datos describen que, por el rumor de ciertos judíos en Jerusalén, Pablo había sido acusado falsamente de haber dejado entrar a gentiles en el templo. Así planeaban matarlo, y fue puesto en prisión.
Puesto que los gobernadores romanos no querían estar envueltos en problemas entre judíos y cristianos, postergaron su juicio de mes en mes. Pablo al final apeló al Emperador, demandando el derecho legal de un ciudadano romano de tener un juicio justo, y que el mismo Nerón fuese quien lo escuche...
Los Hechos de los Apóstoles, en su relato, lo dejan en la ciudad imperial esperando su tribunal. Aparentemente la apelación de Pablo fue todo un éxito, porque hay evidencia de una cuarta jornada misionera, probablemente a Macedonia.
Después de dos años entre cadenas (en la cárcel Mamertina, que puede ser aun visitada en Roma) sufrió el martirio en Roma, casi al mismo tiempo que el Apóstol Pedro, Obispo de la Iglesia de Roma.
San Pablo, por ser romano, no fue crucificado sino degollado. Según una antigua tradición su martirio fue cerca de la Via Hostia, donde hoy está la Abadía de Tre Fontana (llamada así por las tres fuentes que hay, y que, según dice la tradición, surgieron cuando su cabeza, separada ya del cuerpo, rebotó tres veces en el suelo).
Cerca del lugar de su martirio se levantó la preciosa Basílica Mayor de San Pablo Extramuros. Sus restos, junto con los de San Pedro, están bajo el altar mayor de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, sede de la Iglesia Católica.
Las cartas de Pablo nos invitan a conocer sus vivencias y a través de ellas, meditar la Palabra de Dios. Sin lugar a dudas, allí podremos encontrar una riqueza invalorable para nuestro espíritu y el bien de nuestra alma.
Las inscripciones del segundo y tercer siglo en las catacumbas nos dan evidencia de un culto a los Santos Pedro y Pablo. Esta devoción nunca ha disminuido en popularidad.
(Fiesta: 29 de Junio, junto con San Pedro. 5 de Enero, memoria de su conversión)