“No nos dejes caer en la tentación”
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. ¿Qué es una tentación?
· Las tentaciones actúan en el hombre de tres maneras:
· Reconocer las tentaciones a tiempo y ponerles freno
· Qué hacer frente a las tentaciones para no caer en pecado
·Tentación y Pecado
Decía San Pío de Pietrelcina (1887-1968) que “El ser tentado es un signo de que el alma es muy grata a Dios”
Para quien no tiene mucho conocimiento de la “batalla espiritual”, resultará muy difícil, quizás, tratar de entender esta sentencia del santo capuchino. De hecho, el tema de la tentación y el pecado es uno de los más complejos de tratar, aún para los filósofos y teólogos.
Procuraremos abordar el asunto con la mayor sencillez, brevedad y claridad posible, intentando analizar, contigo y para ti, cuál es la naturaleza de estas dos pesadas cargas, que como seres humanos estamos destinados a soportar…
Nuestro propósito, al escribir sobre esto, es el de ayudarte a entender qué son, cómo son, y de qué manera operan las tentaciones, y en qué momento se convierten en pecados, alejándonos de Dios.
Las tentaciones que conducen a pecado provienen del mal, y sólo sabiendo reconocer las armas del enemigo podremos hacerle un digno frente, y con la gracia de Dios vencer.
Es claro que sólo reconociendo una tentación como tal se le puede poner un alto a tiempo, y evitar que se convierta en un acto o pensamiento que produzca una grave ofensa a Dios y un daño a nuestras almas.
Al comenzar a tratar el asunto, es necesario partir de una verdad innegable: Que Dios nos ama y quiere todo lo mejor para nosotros. Así pues, si “permite” que se nos presenten pruebas (o tentaciones) es sólo para que podamos conseguir, a través de ellas, nuestra propia santificación.
De otro modo, todo sería sumamente sencillo, y por lo tanto no habría mérito alguno en la santidad, y bien decía San Agustín que Dios no le otorga el paraíso gratuitamente a cualquiera, aunque sí nos da muy gratuitamente las gracias a través de las cuales Él sabe que nos salvaremos. (Cfr. “Sobre el espíritu y la letra”, XXXIV, N. 60, año 412).
En la economía de la Salvación, hay pues cuatro elementos que interactúan: La Sabiduría, la Bondad, la Justicia de Dios, y la libertad del ser humano. Junto con la libertad, Dios da a cada hombre el poder de salvarse o de condenarse, poder que está mediado por su gracia.
Ya veíamos a San Pablo, nada menos que uno de los grandes pilares del Cristianismo, pidiéndole a Dios tres veces que le quitara “el aguijón de la carne” –es decir, las tentaciones-, para no ofenderle más. Y el Señor le contestó “Te basta con mi gracia, pues mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad” (Cfr. 2Cor 12, 7-9)
Para la lógica humana, sin duda imperfecta y limitada en extremo, puede resultar incomprensible este “modo de actuar” de Dios, y por razones de espacio no entraremos de lleno ahora en el debate sobre el “libre albedrío”, pero es allí donde está la clave de este dilema.
Sintetizando, diremos que el preciado don de nuestra libertad, un regalo de Dios, vino acompañado del don de raciocinio, que nos permite discernir qué es bueno y qué es malo, qué nos conviene y qué no, y nos conduce a obrar en consecuencia.
Con frecuencia decimos, al hablar de las cosas del mundo, que “todo derecho trae consigo un deber o una responsabilidad”. Si juzgamos a la libertad como un derecho irrenunciable del hombre, deberemos entender que la responsabilidad de hacer buen uso de esa libertad es el deber que dicho derecho trae aparejado.
Tentaciones, permanentes tentaciones… ¡Sí que las hay! Y están regadas por donde vayamos. Sin duda habrá sido esta la razón que llevó a Jesús a enseñarnos la fascinante oración del Padrenuestro, en cuya sexta petición le solicitamos al Padre: “No nos dejes caer en la tentación”.
Nuestra naturaleza encierra una tendencia a caer en las tentaciones. Somos todos pecadores voluntaria e involuntariamente; sin embargo, el reconocer que esta característica es parte de cada uno de nosotros, no nos debe llevar a pensar que, por estar “dentro de lo normal”, debemos dejarnos arrastrar hacia el pecado.
Por el contrario, debemos luchar porque nuestra breve estancia en esta tierra deje una huella positiva en todos sus aspectos.
Todos tendríamos que ocuparnos de salvar nuestras almas, de luchar un buen combate y salir victoriosos de este “ensayo” que es la vida terrena, que nos regaló Dios Padre, para hacernos dignos de la verdadera Vida que está allá, junto a Él, y que ha sido conquistada para nosotros con la preciosa Sangre de Cristo.
Tentación: batalla, lucha, prueba, esa es la vida del hombre sobre la tierra, lo dicen los libros sapienciales (o de la Sabiduría) y otros textos de las Sagradas Escrituras. Y es allí mismo donde encontraremos las pautas para vencer las tentaciones, aborrecer el pecado y lograr la vida eterna.
Por tentación se entiende toda aquella sugestión interior que, procediendo de causas tanto internas como externas, incita al hombre a pecar. Es la atracción que la persona siente para cometer un acto imprudente o inmoral, especialmente con vistas a obtener alguna recompensa o satisfacción personal.
Este complejo tema puede ser enfocado desde varias ópticas y en todas vamos a converger diciendo que la tentación es una “prueba de riesgos” previa al pecado.
Así pues, entre la tentación y el pecado, media una decisión del hombre; es decir, un acto más o menos libre, según sea el caso, pero siempre voluntario, que implica elegir una opción: En definitiva, se peca cuando se opta por hacer el mal, o por evitar el bien que podría y debería de haberse hecho.
Las tentaciones se convierten en pecado no cuando las sentimos, sino sólo cuando voluntariamente las consentimos (CIC, cánones 1264, 1426, 2515).
Las tentaciones actúan en el hombre de tres maneras:
1) Engañando al entendimiento con falsas ilusiones, haciéndole ver, por ejemplo, la muerte propia como un suceso muy lejano, la salvación como una tarea muy fácil, a Dios como un ser más compasivo que justo, etcétera...
Al respecto, es necesario recordar que, si sabemos que Dios es perfecto, no tenemos por qué pensar que esa perfección significa solamente bondad. Ser perfecto es también ser justo...
Por lo tanto, siendo Dios perfecto y justo, no será “injusto” el tratamiento que dará a los hombres a la hora de juzgarlos. Es decir, no dará a todos los seres humanos el mismo destino ni emitirá una sentencia o veredicto idéntico para la vida eterna de todos los hombres, cuando de hecho vemos que hay algunos muy virtuosos y muchos otros sin escrúpulos.
2) Debilitando a la voluntad, haciéndola floja a base de caer en la comodidad, en la negligencia o en la pereza.
Es decir, restándonos la fuerza y el impulso para luchar contra las malas tendencias, deseos y apetitos. 3) Instigando a los sentidos internos, principalmente a la imaginación, con pensamientos de sensualidad, de soberbia, de odio, de venganza, de avaricia, etcétera.
Reconocer las tentaciones a tiempo y ponerles freno
Si no tomamos conciencia de que las tentaciones provienen del enemigo, difícilmente pondremos empeño en luchar contra ellas, y no repararemos en lo más mínimo a la hora de obrar mal, en la medida en que el hacerlo nos produzca algún tipo de placer o satisfacción personal.
Hemos dicho que entre la tentación y el pecado media una decisión del hombre. Si tenemos la formación espiritual y moral suficiente, cuando nos encontremos frente a una tentación, la decisión que habremos de tomar nos generará cierta tensión, pues la buena opción puede parecernos poco interesante, en tanto que la oferta negativa tendrá un atractivo especial; de hecho, el espíritu de este mundo nos lleva con frecuencia a sobrevalorar el placer inmediato sin medir sus consecuencias.
Es en ese momento cuando debemos tomar conciencia de que Dios nos está dando una gran oportunidad para aumentar los méritos que vamos acumulando en vistas a nuestra salvación eterna.
Sin duda, es por ello que estamos permanentemente expuestos a las tentaciones y en consecuencia al pecado. ¡Pero cuidado! No vaya este pensamiento a conducirnos temerariamente a “buscar tentaciones con el fin de acumular méritos”; pues si así actuamos, correremos el serio riesgo de perder nuestras almas...
De hecho, estamos enfrentándonos con el mal, y con fuerzas que ordinariamente superarían las humanas... De allí que Jesús nos haya enseñado a orar con insistencia, pidiendo al Padre que nos libre de las tentaciones. De allí también que nos recalque, a través de Pablo, que necesitamos de su gracia para combatirlas efectivamente.
Recordemos que el último consejo de Jesús a sus apóstoles, antes de morir, encerraba una seria advertencia: “Estén despiertos y oren, para no caer en tentación; pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Cfr. Mc 14,38 y Mt, 26,41). Estar despiertos, velar, vigilar... significa precisamente alejarnos de las ocasiones peligrosas que, sabemos, pueden conducirnos al pecado.
No es casual que las tentaciones aparezcan antes del inicio de la vida pública de nuestro Señor. El propio Jesús fue tentado por el demonio, después de haber orado y ayunado por 40 días consecutivos.
Si así permitió el Señor que sucediera fue para dejarnos una lección: que Satanás está permanentemente al acecho de nuestras almas, procurando hacernos caer, especialmente cuando más débiles nos encuentra... Pero también quiso mostrarnos que podemos vencer las tentaciones, si nos apegamos a la Palabra de Dios. (Ref. Mt 4, 1-11)
Al respecto, leímos un comentario en un sitio católico de Internet ( www.catholic.net ) que nos parece muy oportuno compartir contigo ahora; lamentablemente, no tenemos mayores datos bibliográficos, sino que fue escrito por R. A. KNOX, y publicado en Sermones pastorales, P. 79 (¿?). El comentario dice así:
“Las tentaciones de Nuestro Señor son también las tentaciones de sus servidores de un modo individual. Pero su escala, naturalmente, es diferente: el demonio no va a ofreceros a vosotros ni a mí todos los reinos del mundo. Conoce el mercado y, como buen vendedor, ofrece exactamente lo que calcula que el comprador tomará.
Supongo que pensará, con bastante razón, que la mayor parte de nosotros podemos ser comprados por cinco mil libras al año, y una gran parte de nosotros por mucho menos. Tampoco nos ofrece sus condiciones de modo tan abierto, sino que sus ofertas vienen envueltas en toda especie de formas plausibles. Pero si ve la oportunidad, no tarda mucho en señalarnos a vosotros y a mí cómo podemos conseguir aquello que queremos, si aceptamos ser infieles a nosotros mismos y, en muchas ocasiones, si aceptamos ser infieles a nuestra lealtad católica.”
En reiteradas oportunidades, la Palabra de Dios se refiere al maligno como el tentador, el responsable de inducir a muchos a descarriarse (1 Tes.3, 5); evidentemente, ese es su trabajo.
Sin embargo, Santiago nos hace notar que las caídas en la tentación vienen por la codicia del hombre, que lo arrastra y lo seduce (Cfr. Stgo 1,13-14), es decir, por su deseo exacerbado de experimentar mayor placer o beneficio del que a su alma le conviene.
Lo que hace Satanás entonces es promover, estimular y exaltar tu soberbia, tu orgullo, tu ambición, tu deseo... Constantemente busca nuestros puntos más débiles, y los explota siempre que tiene oportunidad de hacerlo. No obstante, como nos aseguran las Escrituras, sus facultades están limitadas por Dios (Job 1,12), por lo que no debemos dudar que, siendo fieles, soportaremos las pruebas y así podremos recibir la corona de vida que el Señor prometió a los que lo aman (Cfr. Stgo. 1, 12).
Qué hacer frente a las tentaciones para no caer en pecado
Si damos rienda suelta a todo lo que nos “atrae”, sin pensar en las consecuencias, seremos siempre dóciles presas del maligno.
Dice el Señor: “No son las tentaciones las que los hacen pecadores, sino su libre consentimiento. Es su voluntad la que mata su alma…” (Manantiales de Misericordia Nº 77)
Debemos luchar tenazmente contra nuestras malas tendencias, y tener plena confianza en Dios, pidiéndole con insistencia que nos ayude a dominar nuestros propios deseos y a cumplir más bien los suyos.
San Pablo nos alienta recordándonos que Dios es fiel y no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Y que en el momento de la tentación nos dará los dones para superarla (1 Cor. 10, 13).
Esa confianza en Dios, el saber que está ahí para cuidarnos y librarnos de todo mal, hará que las pruebas sean más llevaderas. No importa cuán fuerte sea la tentación, ni la frecuencia, ni aún la “gravedad” del asunto... Si estamos en gracia y tenemos nuestra fe depositada en Él, podremos hacerle frente.
Una de las recomendaciones más útiles del Concilio Vaticano II, sobre la cual el Santo Padre insiste también con frecuencia, dado que puede ayudarnos mucho en la batalla espiritual, es que no solamente los sacerdotes y religiosos, sino también los fieles laicos, recemos la Liturgia de las Horas.
Esta forma de oración ha comprobado su eficacia en la lucha contra las tentaciones a través de los siglos, puesto que ayuda al cristiano a reconocer las seducciones del enemigo y evaluar la verdadera pérdida que significa el pecado.
Jesús lo dice claramente. “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su alma? (Mc 8, 36). Por eso, ante los ataques más fuertes, deberemos redoblar la oración y la vigilancia, evitando angustiarnos. Esta lucha, permitida por Dios, más bien fortalece al alma, siempre que nos mantengamos alertas contra la tentación.
Si rechazamos la tentación una y otra vez, el enemigo terminará por alejarse, aunque sabemos que no será para siempre, pues ya buscará otro motivo y otro momento para volver a intentarlo. Lo dicen las Escrituras: “Al ver el diablo que había agotado todas las formas de tentación, se alejó de Jesús a la espera de otra oportunidad” (Lc. 4, 13).
Para cuidarnos, nuestro buen Dios nos regala la armadura necesaria: las armas espirituales contra todo mal son los sacramentos, en particular la confesión y comunión frecuentes, que son los medios de gracia que nos brinda el Señor a través de su Iglesia, para resistir las maniobras del enemigo.
El problema está en que muchas veces caemos en la tentación, perdemos la gracia por el pecado, y en vez de recurrir prontamente al sacramento de la Reconciliación, seguimos “adelante” –en rigor vamos para atrás- pues continuamos cayendo una vez tras otra.
Debemos en todo momento recordar que la batalla no es contra fuerzas humanas, sino contra las fuerzas del mal, así lo manifiesta San Pablo, a tiempo de recomendarnos: “Vivan orando y suplicando. Oren en todo tiempo según les inspire el Espíritu. Velen en común y perseveren en sus oraciones sin desanimarse nunca, intercediendo en favor de todos sus hermanos, los santos” (Cfr. Ef. 6, 11-18).
Es importante dirigir nuestra oración pidiéndole a Dios que nos ayude a estar preparados para este combate espiritual, y que, por medio de Su poder infinito, nos otorgue la gracia para identificar las tentaciones antes de que nuestra alma dude y caiga en el pecado.
Debemos prepararnos, ya que el demonio espera para tentarnos sólo una ocasión favorable, mediada por el debilitamiento espiritual, que se traduce en la pereza de cumplir con los deberes religiosos, en una cierta aridez en la oración, o en el enfriamiento de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) por causa del mismo pecado.
No te canses, no te rindas, sé perseverante en la dura batalla por tu alma. Aunque debes saber que, al menos al principio, cuanta más oración hagas y más sacrificios le ofrezcas a Dios, ¡tendrás más tentaciones!
Decía San Francisco de Asís: “Cuanto más tentado te veas, sábete que eres más amado” (www.pensamientos.org). Jesús te escucha y te ayuda, no estás solo, pero tampoco lo dejes solo tú a Él.
Nuestro querido Papa, Juan Pablo II, nos exhorta ilustrándonos muy bien, como siempre, al decir: “Para quien pide al Padre no ser tentado por encima de sus propias fuerzas [149] y no sucumbir a la tentación, [150] para quien no se expone a las ocasiones, el ser sometido a tentación no significa haber pecado, sino que es más bien ocasión para crecer en la fidelidad y en la coherencia, mediante la humildad y la vigilancia”. (Exhortación Apostólica Postsinodal Reconciliatio et Paenitentia. Roma, 2 de diciembre de 1984)
Como dijimos, la tentación no es pecado, sino que es previa al pecado. El pecado es la aceptación de la tentación. Por tanto, no es lo mismo ser tentado que pecar. Todo pecado va antecedido de una tentación, pero no toda tentación termina en pecado.
Es por esto que insistimos en que la única manera de derrotar a estas “invitaciones”, antes de pecar, es orando profundamente y valiéndonos de la ayuda Divina a través de los sacramentos (confesión y comunión), de los sacramentales (estampitas, escapularios, novenas, agua bendita…), de la profunda y sincera oración, de las limosnas, de las mortificaciones y, por supuesto, de toda la voluntad que requiere esta difícil batalla contra el pecado.
Volvemos a recordar que nadie, en ningún momento de su vida, es tentado por encima de las fuerzas que Dios le da para resistir esa tentación. Así lo afirman las Sagradas Escrituras, y allí radica la gravedad del pecado: en que pecar significa ofender al Señor pudiendo haberlo evitado.
“El simple hecho de sufrir la tentación de pensamientos impuros, no es pecado. Rechazándolos se practica la virtud”. (San Pío de Pietrelcina, (www.pensamientos.org)
Ante las trampas que nos tiende Satanás, el Señor nos advirtió: “... él ha sido un asesino desde el principio, porque la verdad no está en él, y no se ha mantenido en la verdad. Lo que se le ocurre decir es mentira, porque es un mentiroso y padre de toda mentira” (Juan 8,44).
El enemigo no puede obligarnos a hacer nada. Su poder se limita a la manipulación, a la astucia y al engaño (2 Corintios 11,3) pero él de allá no pasa, todo lo que venga después dependerá de nosotros.
“Nos dice San Agustín, para consolarnos, que el demonio es un gran perro encadenado, que acosa, que mete mucho ruido, pero que solamente muerde a quienes se le acercan demasiado” (expresado por el SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre las tentaciones).
Sin embargo, la caída frecuente en el pecado, nos debilita terriblemente, y es por eso que a veces no tenemos la fuerza para resistir la más mínima tentación. Por eso, si estás en esa situación, y si tenemos que darte un consejo al respecto –que de verdad queremos hacerlo- nuestra primera recomendación será que huyas. Escapa de todo aquello a lo que simplemente le sientas “olor a tentación”, pues en este caso sí vale la máxima de que “soldado que huye, sirve para otra guerra”.
“Vemos al Señor, antes de su muerte, tentado por el demonio y ayunando rigurosamente durante cuarenta días. Le vemos otros cuarenta días, glorioso, comiendo y bebiendo con sus apóstoles. He aquí dos épocas que representan nuestra vida. Vida de tentación y de penitencia la primera, que si se parece a la de Cristo, nos llevará a la segunda vida, la vida gloriosa para comer con Él en su misma mesa del cielo...” (San Agustín: Sermón 263,4: BAC, Obras 7, p.452)