San Pedro Julián Eymard: Apóstol de la Eucaristía

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"Sólo en la vuelta a Cristo Sacramentado está la salvación”

Pedro Julián Eymard nació en La Mure d’lsere, Francia, el 4 de Febrero de 1811, y lo bautizaron al día siguiente.

Fue hijo de un labrador arruinado, buen cristiano y muy trabajador, que cambió los oficios del campo por el de afilador ambulante, y de una sencilla mujer de pueblo.

Sus biógrafos cuentan que su madre lo llevaba todos los días a la iglesia para recibir la bendición del Santísimo Sacramento. Gracias a ello, la presencia de Cristo en el sagrario le fue familiar desde muy pequeño.

Era inteligente y de carácter resuelto. Trabajó desde niño con su padre, ayudándole en el negocio que, en poco tiempo, se convirtió en una pequeña fábrica de cuchillos, y luego en una prensa de aceite.

En sus horas libres estudiaba clandestinamente latín y recibía clases sobre diversas disciplinas de un sacerdote de Grénoble, con quien también trabajó por un tiempo. Sus padres consideraban que él debía continuar con el negocio, que poco a poco prosperaba.

Al llegar a los dieciséis años, decidió afrontar el problema y revelar a su familia el llamado que sentía para la vida religiosa, confesándoles también los estudios que venía realizando. Pidió autorización a sus padres para asistir al colegio, pero se la negaron diciéndole que la economía familiar no daba para tanto, y que él debía seguir ayudando en el trabajo.

El muchacho no se dio por vencido, y consiguió una beca, a cambio de la cual debió soportar todo tipo de humillaciones, que de buen agrado aceptaba en vistas a poder ser algún día sacerdote. Sin embargo, al poco tiempo su padre le obligó a dejar la escuela.

Así estaban las cosas cuando llegó al pueblo el padre Guibert, Oblato de María Inmaculada, joven sacerdote de veintiséis años que años más tarde sería cardenal y arzobispo de París.

Constatando la verdadera vocación de Pedro Julián, con mucha inteligencia y perseverancia, el padre Guibert rompió la dura resistencia del señor Eymard, y de ese modo el 7 de marzo de 1829, a la edad de 18 años, el muchacho pudo ingresar en el noviciado de los Oblatos en Marsella.

Allí se esforzó Pedro más allá de los límites recomendables para su salud, tratando de alcanzar a los demás jóvenes. Estudió y trabajó demasiado y cayó enfermo, y tuvo que retornar a La Mure muy deteriorado, casi al borde de la muerte. Pero él quería ser sacerdote, celebrar siquiera una misa...

Una tarde la campana de la iglesia sonó a rebato anunciando la agonía de Pedro Julián. De inmediato la gente del pueblo se reunió allí para interceder en oración por el agonizante, y Dios escuchó las súplicas: El muchacho sanó.

De acuerdo con sus estrictas reglas, los Oblatos no le readmitieron entre ellos, pero el propio fundador de la Congregación, Monseñor Mazenod, lo presentó e intercedió por él ante el rector del seminario de Grenoble.

Fue así como, una vez restablecida su salud, entró en el Seminario Mayor de Grenoble, donde recibió la ordenación sacerdotal tres años más tarde, el 20 de Julio de 1834.

Durante cinco años trabajó como cura de pueblo. Estuvo en la parroquia de Chatte, como coadjutor y luego como párroco rural en Montereynard. Conoció a Juan María Vianney, el Cura de Ars, y cultivó con él una fuerte amistad. Pero seguía inquieto y no encontraba la forma de ver realizada en plenitud su vocación sacerdotal.

En ese momento creyó ver el mejor camino, y le pidió permiso a su obispo para ingresar en la joven Congregación de los Maristas, con la esperanza de llegar a ser misionero en tierras lejanas. Sin embargo, el Señor tenía otros planes para él, por lo que nunca llegó a salir de Francia.

El obispo le concedió su autorización diciéndole: “La mejor prueba de estima que puedo dar a esa congregación es permitir a un sacerdote como tú ingresar en ella”.

En 1839 ingresa a la Congregación de los Padres Maristas. Al terminar su noviciado, Pedro Julián fue nombrado maestro de novicios y director espiritual del Seminario Menor de Belley. Más tarde fue elegido Provincial de los Maristas en Lyon, en el año de 1845. Fue Director de la Tercera Orden de María, y ejerció una fuerte labor de apostolado en Marsella, trabajando mucho con enfermos, presos y obreros.

La Eucaristía y María le señalan el camino

El centro de su vida espiritual había sido siempre la devoción al Santísimo Sacramento. El santo decía: “Sin Él, perdería yo mi alma”.  Él mismo nos relata una experiencia extraordinaria que tuvo en una procesión de Corpus Christi, mientras llevaba a Jesús entre sus manos:

“Mi alma se inundó de fe y de amor por Jesús en el Santísimo Sacramento. Las dos horas pasaron como un instante. Puse a los pies del Señor a la Iglesia de Francia, al mundo entero, a mí mismo. Mis ojos estaban llenos de lágrimas, como si mi corazón fuese un lagar. Hubiese yo querido en ese momento que todos los corazones estuvieran con el mío y se incendiaran con un celo como el de San Pablo”.

En Febrero de 1851, durante una peregrinación realizada al santuario de Nuestra Señora de Fourviére, descubrió el camino perfecto para realizar su vocación.

Durante su oración, se sintió fuertemente impresionado, pensando en el estado de abandono espiritual en el cual se encontraban los sacerdotes seculares, la gran falta de formación de los laicos, el estado lamentable de la devoción al Santísimo y los sacrilegios cometidos contra la sagrada Eucaristía.

De ahí le vino, al comienzo, la idea de crear una Tercera Orden masculina dedicada a la adoración reparadora; proyecto que llegará a ser, en los años sucesivos, una congregación religiosa enteramente consagrada al culto y al apostolado de la Eucaristía.

Veamos el modo en que él nos lo confiesa: “Me obsesionaba la idea de que no hubiese ninguna congregación consagrada a glorificar al Santísimo Sacramento, con una dedicación total. Debía existir esa congregación… Entonces prometí a María trabajar para ese fin. Se trataba aún de un plan muy vago, y no me pasaba por la cabeza abandonar la Compañía de María… ¡Que horas tan maravillosas pasé ahí! “.

Las Fundaciones
Al regresar de su peregrinación comentó sus inspiraciones y fue aconsejado por sus superiores a no tomar ninguna decisión hasta que su proyecto estuviera más maduro.

Recién después de 4 años en la Seyne, en el año de 1856, alentado primero por uno de los fundadores de la Congregación de los Maristas, el venerable Juan Claudio Colin, y por el propio Papa Pío IX después, decide salir de la Compañía de María y dirigirse a la capital francesa para fundar una nueva congregación de sacerdotes, adoradores del Santísimo Sacramento.

Presenta su plan al Monseñor Sibour, Arzobispo de París, de quien recibió la aprobación para fundar el nuevo Instituto de Vida Consagrada en sólo 12 días.

De ese modo funda la Congregación de los Servidores del Santísimo Sacramento, que tiene como fin la adoración continua y permanente del Señor, presente en la Eucaristía; para eso hace falta contar con sacerdotes piadosos, llenos de fe y deseosos de adorar, con hambre de reparación. Y a tratar de formar esos sacerdotes se dedica con todos sus esfuerzos.

Pedro Julián, junto con un compañero, Raymond De Cuers, se instaló en una casa que el mismo Monseñor Sibour puso a su disposición. El 6 de enero de 1857, en la capilla de la casa, Julián expuso por primera vez el Santísimo Sacramento y predicó en la nueva congregación.

Los padres de Cuers y Champion fueron los primeros miembros de la Congregación. El progreso fue lento y con muchas dificultades. Tuvieron que cambiar de casa más de una vez.

En 1858 consiguieron una capillita en el suburbio de Saint-Jacques. El Padre Eymard llamó a ese lugar “la capilla de los milagros”, porque durante 9 años el Señor derramó allí abundancia de gracias y dones. El Santísimo Sacramento se exponía 3 veces por semana.

Un año más tarde, y con la ayuda de Marguerite Guillot, el Padre funda la rama femenina de la Congregación: las Siervas del Santísimo Sacramento, cuyas integrantes estaban también  dedicadas a la adoración eucarística perpetua y a propagar el amor a Jesús Sacramentado.

En 1859, abre una segunda comunidad masculina, en Marsella, y la confía al P. Raymond de Cuers, su primer compañero. Una tercera casa se abrirá en Angers, luego otras dos en Bruselas. Para entonces había ya los suficientes miembros como para establecer un noviciado regular, por lo que se abrió una casa de formación de la congregación en San Mauricio, diócesis de Versalles.

Más tarde fundaría para los fieles laicos una especie de “Tercera Orden” de su Congregación, a la que llamó “Agregación del Santísimo Sacramento”. Los socios de esta obra se comprometen a procurar al Señor un culto más decente, mediante la limosna y la prestación personal de la Adoración mensual, semanal o diaria.

En 1963, la Congregación recibiría la bendición y aprobación definitiva del Papa Pío IX.

El camino de la Cruz

El Padre Pedro Julián tuvo que enfrentar muchas críticas por haberse salido de la Compañía de María, y sufrió una dura oposición a su obra. A propósito de ello, el Santo comentaba: “No comprenden la obra y creen que hacen bien en oponerse a ella. Ya sabía yo que la obra iba a ser perseguida. ¿Acaso el Señor no fue perseguido durante su vida?”.

El trabajo le resultaba muy difícil, no sólo por la ideología laicista y anticlerical propiciada desde lo más alto del imperio francés, como una de las consecuencias de la Restauración, sino que también le llegaron, primero los cansancios y aburrimientos de los que pensaron que aquello era una cosa más, probablemente pasajera y sin mucha entidad. Luego vinieron las incomprensiones de los buenos; después la terrible y frecuente plaga de los celos entre los clérigos, que como sucede a menudo, terminaron en traiciones y calumnias.

En aquellos días, San Juan María Vianney decía del Padre Pedro: “Es un santo. El mundo se opone a su obra porque no la conoce, pero se trata de una empresa que logrará grandes cosas por la gloria de Dios. ¡Adoración Sacerdotal, que maravilla! (…) Decid al Padre Eymard que pediré diariamente por su obra”.

Una vez dejó ver el desaliento que sufría, según escribe el P. Mayet en 1868: “Nos abrió su corazón y nos dijo: ‘Estoy abrumado bajo el peso de la cruz, aniquilado, deshecho’. Necesitaba el consuelo de un amigo, ya que, según nos explicó: ‘Tengo que llevar la cruz totalmente solo para no asustar o desalentar a mis hermanos’ “.

Para ser mejor adorador, mejor servidor de Cristo Sacramentado, procuraba santificarse a través de las mortificaciones. Había dicho a su cuerpo: “Te domaré a fuerza de golpes”, y lo cumplía a rajatabla.

Al hacer sus exámenes de conciencia, las más insignificantes faltas tenían minuciosamente señalado el número de azotes. Se privó del tabaco, hacía ayunos frecuentes y hasta regulaba sus amistades, guardando celosamente para Cristo Sacramentado todo su corazón.

Pero más que el dolor físico de penitencias y enfermedades, purificó su alma el dolor moral. La intransigencia y los celos del Padre Raymond De Cuers (cofundador de la Congregación) le dieron más de una pesadilla: Dos veces fue ásperamente reprendido por dos cardenales de París, la calumnia mordió su fama y las deserciones de los cobardes amargaron su corazón.

Sin embargo, decía: “Tengo miedo que cesen las pruebas”, y su alma, como la de San Pablo, pasaba alegre por todo con tal de que Cristo Sacramentado fuera más conocido y mejor amado.

Pero como siempre sucede, sus dolores dieron cada vez más abundantes frutos, para Gloria de Dios: Fue diciendo su mensaje por todos los púlpitos de Francia: “Sólo en la vuelta a Cristo Sacramentado está la salvación”, cautivando con ello a centenares de almas para el Señor.

Pensaba que era preciso ocupar todos los púlpitos de las iglesias, sacar a Jesús Sacramentado del Sagrario, pero no como una reliquia, sino vivo, resucitado, real, presente en la Eucaristía. Peregrino de Ella, quemará sus energías por toda Francia, dejando tras de sí asociaciones de sacerdotes, religiosas, hombres y mujeres seglares que tenían –y tienen hoy todavía- como finalidad exclusiva, la adoración permanente, reparadora y agradecida al Señor Sacramentado.

Intuyó que lo más efectivo para esta restauración cristiana por la Eucaristía sería ganar a los sacerdotes. Él había sido siempre devotísimo del sacerdocio por su íntima conexión con la Eucaristía, y ahora se entregaba a ellos en cuerpo y alma. Más tarde sus trabajos se concretaron en una obra magnífica: los sacerdotes adoradores. La finalidad de esta obra, hoy extendida por todo el mundo, es promover el culto de la Eucaristía.

Así pues, además de las dos congregaciones, San Pedro Julián fundó la Liga Eucarística Sacerdotal, cuyos miembros –religiosos y diocesanos- se comprometen a una hora diaria de oración ante el Santísimo Sacramento.

Trabajar con los sacerdotes y religiosas no fue su único objetivo, por lo que fundó además la “Obra de Adultos”, una organización que se dedicaba a preparar a hombres y mujeres mayores para la Primera Comunión, cuando por razón de edad o trabajo no podían asistir a la catequesis parroquial.

Organizó la Archicofradía del Santísimo Sacramento, que luego el derecho canónico ordenaría establecer en todas las parroquias.

El pensar y el sentir de este gran santo

Escribió varias obras sobre la Eucaristía, que han sido traducidas a diversos idiomas. Muchos lo consideraban, ya en vida, un verdadero santo, se le notaba en todo: en su vida diaria llena de obras y de virtudes, en especial el amor, y en sus dones sobrenaturales. Se dice que tenía visiones proféticas, adivinaba los pensamientos y leía los corazones.

Su visión de la Eucaristía
“El Santísimo me dominó siempre”, escribe en sus notas del último retiro espiritual que dio, mostrando el ejemplar de vida cristiana que él propone: una vida que tenga como centro la presencia de Cristo en la Eucaristía.

Fiel a la teología de la época, Eymard subraya fuertemente el hecho de esta presencia y su carácter único: “La sagrada Eucaristía es Jesús pasado, presente y futuro... Es Jesús hecho sacramento. Bienaventurada el alma que sabe encontrar a Jesús en la Eucaristía, y en Jesús Hostia todo”.

El Alimento de la vida cotidiana
Eymard ha sido un incansable promotor de la comunión frecuente. En este texto del 1863, expresa claramente el papel central de la Eucaristía en la vida de todo cristiano: “Convencido de que el sacrificio de la santa Misa y la comunión al cuerpo del Señor son la fuente viva y la cumbre de toda la religión, cada uno tiene el deber de orientar su piedad, sus virtudes y su amor de tal modo que se vuelvan medios que le permitan alcanzar ese fin: la digna celebración y la recepción fructuosa de estos divinos misterios”.

En cierta forma, él marcha en contra de la práctica de su tiempo. Bajo el pretexto del gran respeto debido al Sacramento, muchos pastores impedían a los fieles acercarse a la Mesa Eucarística. El Padre Pedro escribe en una carta: “El que quiere perseverar que reciba a nuestro Señor. Es un pan que alimentará sus pobres fuerzas, que lo sostendrá. Y es la Iglesia que lo quiere así. Ella aprueba la comunión diaria, como lo atestigua el Concilio de Trento. Hay gente que dice que tenemos que ser muy prudentes... Yo les digo que este alimento tomado con intervalos tan prolongados no es más que ‘un alimento extraordinario’, pero ¿donde está entonces el alimento ordinario que debe sostenerme a diario?”

Sostenía que la comunión debe convertirse en el eje de la vida cristiana: “La santa comunión debe ser el fin de toda vida cristiana: todo ejercicio que no se relaciona con la comunión está fuera de su mejor finalidad”. Comulgar fructuosamente cambia la vida: “Nuestro Señor viene sacramentalmente a nosotros para vivir ahí espiritualmente”, escribe en sus notas durante el gran retiro de Roma (1865).

Algunos meses antes de morir, agregará: “El que no comulga no tiene más que una ciencia especulativa; no conoce nada sino palabras, teorías, de las cuales desconoce el sentido... El alma que comulga no tenía primeramente sino una idea de Dios, pero ahora, lo ve, lo reconoce en la sagrada mesa”.
 
La Fuente de un mundo nuevo
Sostenía que el primer objetivo de la devoción eucarística debía ser la renovación de la vida cristiana: “Una vida puramente contemplativa no puede ser plenamente eucarística: pues, el hogar tiene una llama”, escribía en 1861.

No se trataba solamente de luchar contra la ignorancia o la indiferencia, sino sobre todo, de renovar la vida cristiana que se está perdiendo en mil prácticas y devociones, olvidando lo esencial: “A fin de que el alma devota se fortalezca y crezca en la vida de Jesucristo, tiene necesidad de nutrirse en primer lugar de su Verdad divina y de la bondad de su amor, de tal modo que pueda pasar de la luz al amor, y del amor a las virtudes”.

Los institutos que él fundó son llamados a vivir de este espíritu de amor cuyo sacramento es la Sagrada Eucaristía: “Esta dilección eucarística de Jesús sea, pues, la ley suprema de la virtud, el tema del celo y como la nota característica de la santidad de los nuestros”, escribe en el número tres de las Constituciones.

De la misma manera, él concibe la Agregación como un grupo de seglares que unen la adoración al compromiso apostólico. Por ello establecerá centros de Agregados no solamente alrededor de sus comunidades sacramentinas, sino también en muchísimas parroquias.

Muy a menudo, san Pedro Julián sueña con encontrar algunos Agregados que, con el propósito de llevar una vida más eucarística, se reunirían en comunidades de familias y formarían en el mundo como un pequeño cenáculo religioso.

El ideal que confía a sus hijos es el de “prender el fuego del amor eucarístico a los cuatro fines del mundo”. Y, en las Constituciones, recomendaba a sus religiosos velar a fin de que “el Señor Jesús sea perpetuamente adorado en su Sacramento y socialmente glorificado en el mundo entero” (n° 2).

En un artículo titulado “Le siècle de l’Eucharistie”, escrito para la revista Le Très Saint Sacrement que había fundado, Pedro Julián escribe: “El gran mal de nuestra época es que no vamos a Jesucristo como a nuestro Salvador y a nuestro Dios. Se abandona el único fundamento, la única fe, la única gracia de la salvación... Entonces ¿qué hacer? Regresar a la fuente de la vida, pero no al Jesús histórico o al Jesús glorificado en el cielo, sino al Jesús que está en la Eucaristía. Tenemos que hacerlo salir de su escondite para que pueda de nuevo colocarse a la cabeza de la sociedad cristiana... Qué venga cada vez más el reino de la Eucaristía: ¡Adveniat regnum tuum!”

El final de su inagotable jornada

Cansado con las responsabilidades de fundador y primer superior general, marcado por las pruebas de toda clase, Pedro Julián Eymard muere en su tierra natal, a la edad de 57 años, el primero de Agosto de 1868.

Fue beatificado por Pío XI, en 1925, y canonizado por Juan XXIII, el 9 de Diciembre de 1962, al final de la primera sesión del Concilio Vaticano II, por lo que le llamaron “El santo del Concilio”. El 9 de Diciembre de 1995 fue inscrito en el Calendario Romano y presentado a la Iglesia universal como “el Apóstol de la Eucaristía”.

La vida y la actividad de San Pedro Julián Eymard estuvieron centradas en el misterio de la Sagrada Eucaristía. Si bien al principio su enfoque estaba marcado por la teología de su tiempo, que insistía sobre la presencia real de Cristo en la Hostia, poco a poco complementaría ese aspecto sólo devocional y reparador, que teñía de manera casi exclusiva la piedad eucarística de la época, y conseguiría promover a la Eucaristía como centro de la vida de la Iglesia y de la sociedad.

De su actividad y su espiritualidad, emanarán muchas iniciativas eucarísticas a lo largo del tiempo, una de las cuales son, precisamente, los Congresos Eucarísticos Internacionales; iniciativa que surgió a través de la señorita Emilia Tamisier, a quien cuidadosamente formó y dirigió este gran santo. (VER PÁGINA SIGUIENTE)

“¡Cuán feliz, mil veces feliz, el alma fiel que encontró este tesoro escondido, que va a beber a esta fuente de agua viva, que come con frecuencia este Pan de vida eterna!”
(Texto del P. Eymard que se lee en la Liturgia de las Horas)

 

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