La humildad y la caridad nos traen bendiciones

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La verdadera sabiduría comienza en la humildad, en el reconocimiento de las propias debilidades e incapacidades. “Mientras más grande seas, tanto más debes humillarte –nos dice el libro de Sirácides—, pues así encontrarás el favor del Señor.” (Sir 3,18).

La humildad es una de las virtudes esenciales de la vida cristiana. El humilde pone su existencia en las manos de Dios, pues reconoce ante Él sus limitaciones, y sabe que todo bien y todo don le vienen de las manos del Altísimo.

Muy bien nos lo enseñó Jesús, al decirnos: “El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. (Mt 23,12 y Lc 14,11).

Así pues, al igual que la caridad, la humildad es una virtud que atrae la bendición de Dios. Las bienaventuranzas están destinadas a los humildes, nos dice el Evangelio. (Mt 5, 3-12 y Lc 6, 20-22).

El que aprenda a vivir en la humildad y en la modestia no sólo llegará a ser sabio, sino que además obtendrá todo el favor de Dios, mientras que el que vive en la soberbia y en la ambición se convierte en cínico y le cierra las puertas a la infinita misericordia del Señor.

“Humíllense pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que los exalte en el tiempo oportuno. Pongan toda preocupación en Él porque Él cuida de ustedes.” (1Pe 5,6-7).

Jesús fue el humilde por excelencia: a pesar de su dignidad divina, se rebajó a la condición humana, y haciéndose hermano nuestro, se sometió a las humillaciones más terribles, aceptando incluso la más humillante de las muertes.

El verdadero sabio es humilde, modesto; se interesa por los más necesitados y procura de verdad ayudarlos.

En el capítulo 12 de la carta a los Hebreos; el autor nos recomienda que tengamos la vista puesta en Jesús, que “escogió la cruz en vez de la felicidad que se le ofrecía; no tuvo miedo a la humillación, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios”. (He 12,2-3)

Más adelante se nos habla de la Jerusalén celestial, que es la nueva tierra prometida donde se celebrará la reunión de todos los cristianos con Cristo, el Justo Juez. Todos debemos pues mirar con esperanza ese gran momento en el cual, con la bendición de Dios, nos uniremos definitivamente a la multitud de los creyentes.

En el Evangelio de San Lucas, que nos guiará hasta el final de este tiempo litúrgico, se relata una escena que transcurre en un banquete, realizado en la casa de uno de los líderes de los fariseos. (Lc 14,1-14).

Entre los convidados a la fiesta está también Jesús, quien durante la comida observa las actitudes y comportamientos de los invitados. Mira que los fariseos, los juristas, y algunos otros personajes procuran ubicarse en los primeros puestos.

A todos les propone un comportamiento nuevo, les habla de virtudes desconocidas; no da simplemente una serie de consejos sobre la buena educación sino que les invita a tener una conducta propia de los hijos de Dios.

La humildad no puede obedecer a un cálculo diplomático, sino que debe estar auténticamente inspirada al ideal noble de la fraternidad, de la paz, de la fe, del servicio.

Jesús denuncia a los que ambicionan los primeros puestos en la vida social y religiosa, a los que se afanan por lograr privilegios. Condena severamente el arribismo ambicioso, el deseo de triunfar, el apetito desequilibrado de sobresalir y dominar, de ser el centro de la atención y el interés de la gente y de buscar la admiración de los demás.

Recordando el principio de la generosidad, nos recomienda que siempre tengamos en consideración a los más desfavorecidos: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos...”

De este modo, Jesús nos señala el bien debe hacerse desinteresadamente, sin esperar nada a cambio. El atender al necesitado es una necesidad moral dictada por la fe. Si actuamos de esta manera, el amor de Dios podrá esparcirse y hacerse visible entre los hermanos a través de nosotros.

El verdadero honor del hombre, no está en aquello que él se atribuye con arrogancia o vanidad, sino en todo aquello que recibe de Dios humildemente.

Pidamos al Señor que a todos nos bendiga con los dones de la humildad y la caridad.

Por: Pbro. Lic. Renzo Séssolo Chies SBD.

 

 

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