"Dejadme ir a la casa del Padre"

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2 de abril de 2005. La habitación se encontraba en penumbra, iluminada solamente por una pequeña vela, siguiendo una vieja tradición polaca.

Acostado en la cama, agonizaba Juan Pablo el Grande, el hombre que con la sencillez de su sonrisa, y la fuerza del Espíritu Santo, marcó en el mundo un antes y un después.

Como una contradicción, se lo veía pequeño. Él, que había recorrido el mundo como un huracán, miraba en silencio a sus cuatro colaboradores más íntimos, mientras sentía más fuerte que nunca el llamado de Jesús: “¡Sígueme!”.

Podía sentir la angustia y la tristeza en los corazones de cada uno. Sentía por ellos ese amor tan profundo que había derramado en todos los confines de la tierra, donde llevó el Evangelio de Cristo, acariciando rostros sufrientes, anunciando la Palabra y denunciando a los más poderosos, en defensa del Pueblo de Dios.

Eran las 15:30, cuando con voz muy débil formuló su último pedido: “Dejadme ir a la casa del Padre”, para luego sumirse en una tranquila agonía, esperando la hora precisa con la serenidad de los santos, y la paz de quien ha cumplido su deber.

Eran las 20:00, y a los pies de la cama del Papa moribundo, comenzaba la celebración de la Santa Misa de la fiesta de la Divina Misericordia, oficiada por Mons. Stanislaw Dziwisz, su secretario de toda una vida.

Con una lógica muy humana, fácilmente podemos imaginar que esas últimas horas le fueron concedidas para dar tiempo a que en el cielo se dispusiese todo, para la fiesta de recepción con que lo esperaría la Santísima Virgen María para conducirlo junto a su Hijo y al Padre Eterno, que esperaban su llegada en la Gloria.

¡Qué Misa tan extraordinaria aquella! Cuatro sacerdotes polacos, el Grande en agonía, mientras se escuchaban cantos religiosos que se fundían con los que, filtrándose a través de las ventanas, llegaban a la habitación, provenientes de los miles de fieles de todas las edades, recogidos en oración a pocos metros, cubriendo con sus rumores la Plaza de San Pedro.

La última edición de las «Acta Apostolicae Sedis» (Librería Editora Vaticana), boletín oficial del Vaticano, relata estos impactantes momentos, con las siguientes palabras:

“El Papa concelebraba con los ojos parcialmente cerrados, pero en el momento de la consagración, levantó débilmente el brazo derecho en dos ocasiones, es decir, sobre el pan y sobre el vino”

“Parecía hacer también el gesto de tocarse el pecho al recitar el Agnus Dei. El cardenal de Lviv de los Latinos (Marian Jaworski n.d.r.) le administraba la Unción de los enfermos. A las 19:17 el Papa comulgaba. Sucesivamente pedía que se celebrara la hora eucarística de meditación y oración”

Terminada la celebración, como un signo más de su enorme magisterio de amor y entrega a la Santa Eucaristía, y siendo las 21:37 Juan Pablo II, “El Grande”, se dormía en el Señor, litúrgicamente en la Fiesta del Señor de la Misericordia, que él mismo instauró.

Nunca se había visto que el mundo entero se mantuviera en suspenso esperando una noticia hasta ese extremo. Se mezclaron en todas partes los sentimientos encontrados: La pena por la pérdida de la luz que nos llevó a Cristo durante tanto tiempo, el alivio de ver terminado su prolongado martirio, la angustia de cada uno, de encontrarse “entre las aguas”, sabiendo que por un tiempo el trono de Pedro estaría vacío...

La pérdida del amigo, en fin, que aunque nunca hubiera entrado a nuestra casa, siempre estuvo presente con su sonrisa y sus bendiciones; la seguridad de que a partir de ese momento, su intercesión junto a Dios sería muy poderosa... De verdad resulta difícil describir el impacto que sacudió al mundo entero en ese momento: Juan Pablo II, El Grande, estaba muerto.

Cuando el Papa muere, cesan de sus cargos todos los jefes de los consejos pontificios e incluso el Secretario de Estado del Vaticano. Sólo permanecen el “Camarlengo”, el Penitenciario Mayor y el Vicario para Roma.
El Camarlengo, es el "primus interpares", es decir, el “primero entre los iguales”. Además de ser el encargado de comprobar y anunciar oficialmente la muerte del Papa, selló el estudio y la habitación del Pontífice, disponiendo que el personal que vive en el apartamento pueda seguir haciéndolo hasta la sepultura del Santo Padre, momento en el que todo el apartamento quedó vacío y sellado.
La dolorosa noticia de la destrucción del sello papal, terminó de marcar para el mundo la desaparición física y viva de uno de los hombres que mayor importancia tuvieron para la humanidad durante los últimos 20 siglos.

Ante el silencio del alma acongojada por semejante partida, terminamos esta nota permitiéndonos transcribir algunos párrafos del documento titulado “Las aventuras de la libertad”, del filósofo judío Bernard-Henri Lévi, que aunque no es éste el caso- quizás reflejen el pensamiento aún de los hombres más alejados de nuestra Fe:

“¿Cómo no sentirse en total acuerdo con quien, igual que encontró en Toronto palabras oportunas para poner en guardia a los jóvenes contra un mundo regido únicamente por las leyes del dinero, éxito y poder, se pone claramente del lado de los indios víctimas de una liquidación cultural, y a veces física, en México y Guatemala, así como en Jerusalén, hace pocos años, sorprendía a los bienpensantes de toda confesión al expresar la deuda de la Iglesia para con sus hermanos mayores, los judíos; de la misma manera que el año pasado, en el Kazakhstan musulmán, se situaba en el polo opuesto a las ideas de moda sobre la guerra de civilizaciones entre el mundo cristiano y el Islam?”

“¿Cómo no estar de acuerdo con este luchador del Derecho y del verdadero universalismo que, en Cracovia, ante un auditorio de "ex-apparatchiks" comunistas reciclados en el nacionalismo, vuelve a encontrar los acentos del pasado para poner en guardia a los europeos contra la tentación de un ensimismamiento patriotero? “

“Más conmovedor aún: cómo permanecer insensible ante el espectáculo de este peregrino agotado que, dejando de lado su propia debilidad, casi electrizado por el amor que le tienen y que su ser entero irradia, contesta a quienes, incluso en la Curia romana, murmuran que sufre demasiado, que debería pensar en retirarse: «¿Acaso bajó Cristo de la cruz?; y los apóstoles Pedro y Pablo, ¿no siguieron al Señor hasta el martirio? No me mantengo aquí sino por la gracia del Espíritu Santo, y cumpliré, pues, mi misión, por intolerables que sean las miserias del cuerpo, hasta mi último aliento»”.

“En estas escenas hay todo el dolor, pero también toda la nobleza del mundo. Hay en su presencia, en su forma de decir que sólo el descanso eterno puede silenciar una Palabra cuya autoridad no viene sino del Cielo, una fuerza interior, un ánimo del cual no veo, en el momento presente, ningún otro ejemplo en este mundo”.

“Que le sea permitido al escritor judío que soy, impregnado de cultura judía, pero que no tiene la menor duda acerca de lo que nuestra época debe, desde hace 20 años, al largo reinado del gladiador agonizante y de lo que le deberá aún, si Dios lo guarda; sí, que me sea permitido decir, como a los miles de fíeles que lloraban al despedirle en Varsovia, temiendo no volver a verle: ¡Quédate con nosotros, Wojtyla!”

Karol Wojtyla, Juan Pablo el Grande, está hoy en la Casa del Padre, pero se queda con nosotros a través de la prolífica obra y el amor que ha derramado a manos llenas a lo largo de sus días.

 

 

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