Descansa en Dios el “peregrino agotado”
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“Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor" (Cfr. Mateo 24, 42). Estas palabras me recuerdan la última llamada que llegará en el momento en el que quiera el Señor.Deseo seguirle y deseo que todo lo que forma parte de mi vida terrena me prepare para este momento. No sé cuándo llegará, pero al igual que todo, pongo también este momento en las manos de la Madre de mi Maestro: Totus Tuus.
En estas mismas manos maternales dejo todo y a todos aquellos con los que me ha unido mi vida y mi vocación. En estas manos dejo sobre todo a la Iglesia, así como a mi nación y a toda la humanidad.
Doy las gracias a todos. A todos les pido perdón.
Pido también oraciones para que la Misericordia de Dios se muestre más grande que mi debilidad e indignidad."
En esos términos expresaba Juan Pablo II su testamento, una muestra más de la enorme humildad que le caracterizaba, y con la que, sin embargo, nunca pudo ocultar el gigantesco halo de santidad que lo cubría.
Es algo muy propio de los santos el dudar de los méritos obtenidos a lo largo de sus días al servicio del Señor, como una característica más del alma superior y superada a la sombra de la Cruz.
Es el testamento de quien vivió como los verdaderos pobres de espíritu, sintiendo que sólo la vida sujeta en la Cruz de Cristo, sólo encarnando el Evangelio día tras día en cada uno de sus actos, contaría siempre a su lado con la presencia protectora de María, nuestra Madre, para llegar a la Gloria prometida hacia la cual caminó incansablemente a lo largo de 82 años.
Bernard-Henri Lévi, el filósofo judío, escribía de él: “Lo que primero llama la atención es su fuerza, su poder. Con sus grandes manos, su tez sonrosada y su cuerpo vigoroso y fuerte, este Papa tiene todo el aspecto de un viejo campesino polaco. Pero unos segundos después, unas palabras más tarde se impone en mi espíritu el sentimiento contrario y entonces compruebo toda su fragilidad, su profundo desfallecimiento y un cansancio en su mirada y en su tono de voz que juraría que no es sólo el de un hombre santo curado de la tentación de las vanidades y seducciones terrenales.
¿Está realmente cansado o enfermo? ¿O es que está viviendo ya, en secreto, en otro mundo? Si tuviera que hacer una apuesta, apostaría por lo siguiente: este hombre ha creído, como ningún otro, en el poder temporal de la Iglesia; pensó y predicó una y otra vez que ella era la juventud del mundo; la lanzó a la conquista del siglo, es decir, a luchar contra el comunismo; y consiguió la victoria, una victoria total e inesperada; pero en lugar de la apoteosis, se encontró con la vuelta de las tribus y de las naciones, de las etnias y de las barbaridades más atroces del pasado; se encontró con la resurrección de las herejías y de los eternos enemigos.
Incluso la Ortodoxia a la que liberó del yugo comunista, ahora, desde Atenas hasta Sofía y desde Belgrado hasta Moscú, declara la guerra a Roma.
Amarga victoria. Dolorosa broma de la Historia. ¡Qué bonita era la Iglesia en los viejos tiempos del comunismo! El enterrador del comunismo se encuentra con un musulmán que llama a su puerta pidiéndole ayuda contra Bizancio.
Por muy impenetrables que sean los designios de Dios ¿no tiene motivos sobrados para estar atormentado por esta extraña y desconcertante ironía de la Providencia?”.
Claro que no tenía motivos, porque su fe era grande y poderosa. Su fe le hacía recordar, quizás cada día, las palabras de Jesús a Pedro: “...sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” (Mt 16,18).
Sabía que a pesar de los hombres, de sus más detestables errores y deplorables horrores, a pesar de la cizaña que Dios permite crecer junto al trigo, el Bien triunfará, y la Iglesia de Cristo saldrá victoriosa a la espera de su Novio el día en que Él llegue para celebrar el Banquete del Reino.
Juan Pablo Magno
Karol Wojtyla, Juan Pablo II desde que fuera elegido Papa, el 16 de octubre de 1978, recibió durante su excepcional pontificado muchos “nombres" -además de los títulos oficiales que le correspondían por su investidura- nombres que trataban, de alguna manera, de describir el impacto de su infatigable labor sobre la Iglesia y el mundo:
“El atleta de Dios”, “Luchador del Derecho”, “Peregrino Agotado”, “Gladiador del Mundo”, “Papa Mártir”, “Papa de los records” y una larga lista de etcéteras. Y es que todo esto, y mucho más, fue “Lulek”, como cariñosamente llamaban sus más íntimos amigos al niño, al soldado, al sacerdote y luego Papa polaco, aquél a quien, se decía, “nadie conocía” el día de su elección, pero también a quien nadie pudo ignorar, a escala mundial, el día de su partida.
Son realmente impresionantes las cifras que se publicaron los días siguientes a su fallecimiento.
Según fuentes vaticanas, Juan Pablo II realizó 102 viajes pastorales fuera de Italia, y 144 por el interior de ese país. Además, como Obispo de Roma, había visitado 301 de las 334 parroquias romanas, haciendo un total de 1,247,613 kilómetros, es decir 3 veces y un cuarto la distancia de la Tierra a la Luna; o dicho de otro modo, el equivalente a 31 vueltas alrededor de la Tierra.
Entre sus documentos principales se incluyen 14 Encíclicas, 15 Exhortaciones apostólicas, 11 Constituciones apostólicas y 43 Cartas apostólicas.
Siendo ya Papa, publicó cinco libros: "Cruzando el umbral de la esperanza" (octubre de 1994); "Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal" (noviembre de 1996), "Tríptico romano - Meditaciones", libro de poesías (marzo de 2003) "¡Levantaos, vamos!" (2004) y "Memoria e Identidad (2005).
Ningún otro Papa se encontró con tantas personas como Juan Pablo II: más de 17 millones de peregrinos han participado en las más de mil Audiencias generales que se celebraban los miércoles.
Ese numero no incluye las otras audiencias especiales y las ceremonias religiosas (Para tener una idea, más de 8 millones de peregrinos le visitaron sólo durante el Gran Jubileo del año 2000) ¡Y cómo contar los millones de fieles con quienes el Papa se encontró durante sus visitas pastorales efectuadas en Italia y en el resto del mundo!
Hay que recordar también las numerosas personalidades de gobierno con las que se entrevistó durante 38 visitas oficiales y las 709 audiencias o encuentros que tuvo con jefes de Estado y las 241 audiencias y encuentros con Primeros Ministros.
Pero estas cifras, y muchos otros “records” que batió ampliamente, se opacan ante la santidad, la claridad y la piedad que reflejaba su pensamiento. Éstas son algunas de las frases que nos permiten sondear un poco la profundidad de sus reflexiones:
Pensamientos con los que sin duda regó el jardín que le encomendó el Padre Eterno, y al que se dedicó a lo largo de casi 26 fructíferos años, durante los cuales trabajó sin descanso y sin concesiones.
Coronado en los altares
Su enorme magisterio, la sabiduría de su pensamiento, su increíble sufrimiento durante tantos años, y la paz inexplicable que dejaba su presencia majestuosa pero humilde y confiada, no nos dejan dudas de la gran santidad de Juan Pablo II, y afianzan en nosotros la certeza de que ya es, entre los grandes del cielo, un intercesor poderoso de la humanidad en estos difíciles tiempos que a él mismo le tocaron vivir.
El 28 de abril de 2005, a sólo 26 días de su partida, el nuevo Papa, Benedicto XVI, otorgó la dispensa especial que era necesaria para no tener que esperar los cinco años desde su fallecimiento -según establecen los cánones sobre la materia- para iniciar la causa de su beatificación.
Lo anunció oficialmente el 13 de mayo, en una reunión con el clero de Roma, y el 28 de junio se abrió oficialmente en la Basílica romana de San Juan de Letrán el proceso de beatificación del Papa Juan Pablo II, con una solemne ceremonia en la que se recordó la vida y el legado de “Juan Pablo El Grande”.
A tiempo de iniciarse el proceso de Beatificación, en su discurso, el Vicario de Roma, Cardenal Camillo Ruini, aseguró que es “unánime y universal el convencimiento de la santidad” del difunto Papa.
El Cardenal Ruini precisó en la ceremonia que, hasta el último momento de su vida, sus dolores fueron un testimonio para la humanidad sobre el significado cristiano del sufrimiento y de la muerte. “Por ello, los días de sus exequias fueron para Roma y el mundo días de extraordinaria unidad, de reconciliación, de apertura del alma a Dios”.
Difícilmente se podría encontrar un católico que no esté convencido de la santidad de Juan Pablo II. Sin duda fue, es y será para todos nosotros ejemplo, inspiración y guía para nuestras vidas en la búsqueda de la salvación.