Universalis Presbyterorum Conventus
Sacerdotes, forjadores de Santos para el nuevo milenio

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Retomamos la serie de artículos que habíamos iniciado en el número anterior de Jesucristo Vivo, con el propósito de ofrecer al lector una síntesis del histórico Congreso Internacional para Sacerdotes, que tuvo lugar en la Isla de Malta en octubre de 2004.

En esta edición te presentamos los resúmenes de la segunda y la tercera conferencia del Congreso, esperando en Dios que te sean de provecho.

1. Conferencia II: Santidad trinitaria del sacerdote
Por: Mons. Bruno Forte, Arzobispo Metropolita de Chieti – Vasto

La santidad como belleza: entre utopía y desencanto

Monseñor Forte inició la segunda conferencia del Congreso con una interrogante: ¿Cómo presentar a los jóvenes del tercer milenio la santidad de manera atractiva, capaz de poder invitarlos a jugarse la propia vida por ella?

El itinerario profundamente filosófico, teológico y poético que sigue el conferencista para adentrarnos en la dimensión trinitaria de la santidad, parte, con clave “agustino-tomisa”, de la belleza plena que significa la entrega total a Dios.

El sentido y el encanto de la santidad radican en esa unión con el Creador, unión que al mismo tiempo obliga a vivir “separados” del mundo material. Separación de lo efímero pero que nos une a lo Eterno.

A partir de este enfoque, se vislumbra una verdad: la santidad es la belleza. La santidad separa para unir, es desprendimiento que enciende y purifica el deseo de lo eterno y del Eterno, es sed del Cielo, que abre al don de la belleza escondida...

Pero evidentemente no vivimos en un mundo santo ni perfecto. El hombre del tercer milenio, tiempo de la razón fuerte y emancipada, como la define Forte, perdió su sentido y horizonte. La consecuencia dramática de haber exiliado la belleza de la vida humana reside en la inevitable pérdida del sentido de lo verdadero y del bien: “En un mundo sin belleza... También el bien ha perdido su fuerza de atracción… En un mundo que no se cree más capaz de afirmar lo bello, los argumentos a favor de la verdad han agotado su fuerza de conclusión lógica” (Gloria. 1. La percezione della forma, Jaca Book, Milán 1975, 11 – Cita de Mons. Forte).

He aquí que surge una necesidad urgente de atención para el sacerdote actual: la recuperación de la belleza de la verdad y del bien, que nos enseñe a volver a amar, ya que “no se puede amar sino lo bello” (“Non possumus amare nisi pulchra”: Agustín, De musica, VI, 13, 38).

Redescubrir la belleza de la santidad, y especialmente la belleza trinitaria de la santidad sacerdotal, será un camino precioso para responder a la pregunta decisiva sobre dónde y cómo podrá ser posible para lo náufragos del mundo moderno el reencontrar el sendero saludable, el puerto que salva, revelado y ofrecido en el Evangelio de Jesús.

La belleza del Dios tres veces Santo

“He aquí, Tú estabas dentro de mí, yo estaba fuera: aquí Te buscaba y, deforme como era, me arrojaba sobre las cosas bellas que Tú has creado. Tú estabas conmigo, yo no estaba contigo” (San Agustín. Confesiones, X, 27, 38) “Entonces... amaba las bellezas inferiores, corría hacia el abismo y decía a mis amigos: ¿No es quizás cierto que nosotros no amamos otra cosa que al Bello?”(IV, 13, 20).

La belleza de la creación, entendida como aquello que adquiere santidad, por la condición de haber sido creado por el verdadero Santo, tiene en sí una relación de rapto y correspondencia: el mundo nos distrae de la contemplación de Dios, pero amar la creación, sin perder de vista a Quien la ha creado, ni la finalidad de tal creación, nos acerca a la santidad.

“El movimiento de la belleza no es otra cosa que el movimiento del amor, el camino de la santidad: ‘ordo amoris’ es el mundo de la belleza, como ‘ordo amoris’ es el mundo de la santidad...” nos dice Monseñor Forte.

La belleza de aquello que es bello no depende del gusto del sujeto, sino que está escrita en las cosas, posee una fuerza objetiva, reflejando en la “forma” finita la armonía infinita.

En este “orden del amor”, la belleza es una sola cosa con el amor, entendido como orden y correspondencia de quienes aman: es por esto que la Belleza más alta es el amor más alto, la Trinidad divina, el “ordo amoris” en su forma suprema: “En verdad ves la Trinidad, si ves el amor”,decía San Agustín. (Cfr. De Trinitate VIII, 8, 12). “He aquí, son tres: el Amante (Dios Padre), el Amado (Dios Hijo) y el Amor (Dios Espíritu Santo)” (Cfr. VIII, 10, 14).

Esta atracción hacia el Bello supremo, generada a su vez por el impulso de vida que proviene de él, es este amor que inspira el movimiento de regreso del creado al Creador.

Pero quedan dos graves preguntas: Esta belleza, ¿justifica también el desorden y el mal que devastan la tierra? ¿Cómo decir, a quien sufre o vive miseria e injusticia, que la vida es bella, y su existir es abundancia de amor?

Cristo, el “Buen Pastor”, el Santo de Dios

En la comprensión de la relación entre la belleza, la santidad y Dios, es el genio de Tomás de Aquino el que aborda la dimensión cristológica de la santidad. Aquí la belleza habita en un fragmento del todo: en la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
 
Para que haya belleza son necesarias tres condiciones: la “integritas”, la “proportio” y la “claritas”, es decir: integridad o perfección, proporción o armonía, y luminosidad o esplendor.

Santo Tomás reconoce la presencia de estos tres aspectos precisamente en el Hijo enviado por el Padre, revelación de la Trinidad.

La Integridad, porque en Él está el Todo que se deja conocer. En el Verbo encarnado está la totalidad del misterio divino que se revela, es la naturaleza divina que se hace accesible al hombre a través de la persona del Hijo encarnado.

El esplendor de Jesucristo se reconoce realizado en la encarnación, donde la luz viene a brillar en las tinieblas para dar vida a la humanidad. El Todo se hace amor, presente en Él, Verbo encarnado, como irradiación de la gloria del Padre.

La belleza es el amor revelado y escondido, caridad crucificada, entrega del Todo en el fragmento, en el evento del Abandono del Hijo eterno. Esa es, al mismo tiempo, la proporción o armonía del amor total de Dios. Es justamente aquí que se abre el sentido más profundo de la meditación de Santo Tomás sobre la belleza: la verdadera belleza es el “crucifijo amor”, la caridad donada hasta el fin.

Si el camino del Evangelio es sobre todo aquel de la conversión del corazón a Cristo, entonces la secuela de Su amor crucificado es por excelencia el camino de la santidad, e inseparablemente el camino de la belleza.

La santidad del Presbítero:  Con Cristo, en la belleza de la Trinidad

“Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos” (Pavel Florenskj, ruso, genio de la ciencia y del pensamiento teológico y filosófico, sacerdote de Cristo - La cita es de Mons. Forte-).
El testimonio de Jesús se cumple, gracias al brillo de la belleza en los actos de amor del discípulo interiormente transfigurado por el Espíritu.” -nos dice. La caridad será el vivo reflejo de la belleza que salva, alabanza al Padre, y unión de los discípulos del Señor.

Es el mismo Florenskij quien indica que este camino de la belleza -“irrupción de la santidad trinitaria en la historia del mundo”- debe cumplirse en modo eminente en la vida y en la acción del sacerdote, que es, en persona, el lugar del misterioso encuentro del tiempo y de la Eternidad, y es gracias a él que se construye esta unidad deseada por el Señor.

“Por esto, si Cristo no es sólo la Verdad y el Bien, sino es en persona la Belleza que salva, el sacerdote, ‘alter Christus’, donador de Cristo y ministerio de la reconciliación con Él, está llamado a participar de la belleza de Él, de ser en Él y por Su gracia un “pastor bello” que atrae las criaturas hacia Dios con vínculos de amor: y por esto, ser curas, y serlo con fidelidad incondicional y humilde, no será sólo vivir una existencia útil, sino también y sobre todo, vivir una vida bella, rica de significados y de pasiones.

En la belleza de una vida presbiteral gastada sin reservas en la fe, con esperanza y amor, en la belleza singular del poder decir “Este es mi cuerpo - Esta es mi sangre”, o del perdonar los pecados, está el don de la verdadera belleza que pasa por las manos, los labios y el corazón de un cura.

 

2. Conferencia III: Santidad Cristocéntrica del Sacerdote
Por: Mons. Juan Esquerda Bifet

La dimensión cristocéntrica de la santidad del sacerdote radica, precisamente, en la realidad de Cristo, como centro y fundamento del sacerdocio sacramental (signo transparente y portador de gracia). El sacerdote actúa “In persona Christi”, que en realidad “quiere decir más que «en nombre de», o también, «en vez» de Cristo. In persona: es decir, en la identificación específica sacramental con el sumo y eterno Sacerdote” (Cfr. Enc. Ecclesia de Eucharistia n.29).

“He sido glorificado en ellos... Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad... Yo por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad” (Jn 17, 10.17.19). La dimensión cristocéntrica o cristológica, entonces, es connatural a la santidad cristiana y sacerdotal.

Ser sacerdote, y al mismo tiempo no ser, o no desear ser santo, sería una contradicción teológica, ya que el ser y el obrar sacerdotal comporta la participación y prolongación del ser y del obrar de Cristo en la Iglesia y en el mundo.

 

2.1 Llamados a ser transparencia de la vida y de las vivencias de Cristo Buen Pastor

La dimensión cristocéntrica de la santidad sacerdotal nos sitúa en una profunda relación de amistad con Cristo. Se basa en una realidad ontológica:

El sacerdote participa en Su ser (consagración), prolonga Su obrar (misión) y vive en sintonía con Sus mismos sentimientos y actitudes, según la expresión paulina: “Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5).

La santidad sólo se obtiene de la persona de Cristo, amándolo y encontrándolo en el amor: “Si alguno me ama... yo le amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21). Cuando uno se sabe amado por Cristo, lo quiere amar y hacerlo amar. Es decir, quiere entregarse con totalidad al camino de santidad y de misión.

Se trata de “transparentar” a Cristo, de hacerlo visible, en el momento de anunciarlo, de celebrarlo, de prolongarlo... Esta dimensión cristológica es, pues, de línea profética (anunciar a Cristo), litúrgica (hacer presente a Cristo) y diaconal (servir a Cristo en los hermanos).

El sacerdote se siente interpelado a hacer carne propia de la vivencia de Cristo, que amó a “los suyos” y los presentó cariñosamente ante el Padre: “los que tú me has dado” (Jn 17,2ss), “los has amado como a mí” (Jn 17,23).

Por ello mismo se ve y se siente obligado a impulsar, a los fieles que tiene a su cargo, a forjar su propia santidad, para así poder presentarlos también él ante Dios.

2.2 Llamados a ser maestros y forjadores de santos, enamorados de Cristo

La llamada a la santidad sacerdotal contempla el compromiso de ayudar a los fieles a emprender el mismo itinerario de santificación. De este modo, la dimensión cristocéntrica de la santidad se concreta necesariamente en dimensión eclesiológica.

La vida sacerdotal se puede resumir en la acción ministerial eucarística: “Esto es mi cuerpo... ésta es mi sangre” (Mt 26,26-28). En ese momento, el presbítero obra en nombre de Cristo y se transforma en Él. Esta acción incluye el anuncio (profetismo), la comunión (diaconía), y a través de la eficacia de las palabras del Señor no sólo llega hasta lo más hondo del ser, transformándolo, sino que también va pasando a toda la Iglesia y a toda la humanidad (liturgia).

A la luz de este servicio ministerial, toda la vida del clérigo se reduce a la urgencia de ser santo y de formar santos, como consecuencia del mandato Eucarístico: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19; 1Cor 11,24). Es la tarea de anunciar, celebrar y comunicar a Cristo.

En su primera carta del Jueves Santo (1979), Juan Pablo II invita a quienes han asumido la llamada del Señor, a inspirarse en las figuras sacerdotales de la historia: “Cada uno de ellos era distinto de los otros, era él mismo, era hijo de su época y estaba al día con respecto a su tiempo. Pero «el estar al día» era una respuesta original al Evangelio, una respuesta necesaria para aquellos tiempos, era la respuesta de la santidad y del celo”

El mundo de hoy pide testigos de la experiencia de Dios (Cfr. EN 76; RMi 91). Todo apóstol y de modo especial el sacerdote, debe poder decir como San Juan: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos” (1Jn 1,3). El Espíritu Santo, recibido especialmente el día de ordenación, capacita para transmitir a los demás la propia experiencia de Jesús.

Una línea característica de la espiritualidad cristiana y sacerdotal, en el inicio del tercer milenio, es la esperanza, que presupone la fe y se tiene que concretar en la caridad. El apego y la vivencia plena de las tres virtudes teologales habilitan el escenario para que hoy en día sea posible ser santos y apóstoles.

Es posible evangelizar en las situaciones nuevas, porque tenemos gracias nuevas. Es por esto que Juan Pablo II hace el llamado urgente a la Nueva Evangelización. Un llamado a toda la humanidad, y no solamente a los ordenados. Pero una evangelización nueva necesita de apóstoles renovados, especialmente en la santidad.

En la espiritualidad y santidad sacerdotal, este tono de esperanza se traduce en “gozo pascual”. […] Es el gozo de ser fieles trabajadores en la tarea de hacer “pasar”, o de transformar, el sufrimiento en amor de donación, como herencia que nos ha dejado Jesús en la última cena.

 

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