El “evangelio” “prohibido” “de Judas”

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“... llegará un tiempo en que los hombres ya no soportarán la sana doctrina, sino que se buscarán maestros a su gusto, hábiles para llamar su atención; cerrarán los oídos a la verdad y se volverán hacia puros cuentos.” (2Tim 4,3-4)

El “evangelio” “prohibido” “de Judas”

Con las debidas disculpas al lector -y a la Real Academia Española- por el abuso de las comillas en la redacción de un título, iniciamos este artículo, que tiene el propósito de aportar algo de luz sobre este tema, acerca del cual varios medios de comunicación han reproducido una serie de patrañas durante los últimos meses, desinformando y confundiendo a un amplio sector de la opinión pública internacional.

Intentamos disculparnos por el uso abusivo de las comillas, aludiendo al innegable hecho de que el nombre que se dio al polémico documento –de indiscutible valor histórico, pero de nula significación teológica o religiosa- es simplemente un artificio de mercadeo, pues como veremos más adelante, ni es un evangelio, ni tiene nada de prohibido, ni fue verdaderamente escrito por Judas.

Los orígenes del manoseo

Puesto que los argumentos que desbaratan la amplia gama de majaderías difundidas son, por sí solos, ya bastante extensos, y conviene dedicarles más atención a ellos que a la “historia” del códice cóptico, trataremos –hasta donde nos sea posible- de hacer corto el cuento sobre el documento que sirvió de base para el escándalo, al que ya los medios le han otorgado demasiado espacio y repetición ¡vaya coincidencia!, particularmente al comenzar la Semana Santa.

Se sabe desde el siglo II que este documento fue redactado por la secta gnóstica de los Cainitas y presenta a Judas Iscariote de una manera positiva, casi heroica, como un personaje que sólo habría obedecido la supuesta orden, impartida por el mismo Jesús, de entregarle para que pudiera cumplirse la obra de nuestra redención. (Ver notas acerca de los libros apócrifos y de la secta gnóstica en las páginas 6 - 9).

Se trata de un papiro de 26 páginas, encontrado en Egipto en 1978, que desde entonces ha girado por diversos círculos de anticuarios y ha estado guardado en cajas fuertes bancarias, hasta que la National Geographic Society los compró y los hizo estudiar, invirtiendo cientos de miles de dólares en una mega investigación multidisciplinaria (que reunió a paleontólogos, restauradores, arqueólogos, académicos y traductores) para luego darlo a conocer al público con el clásico aire de “primicia” y cientificismo que caracteriza a sus emisiones.

Según el documento presentado por dicha fundación en Washington, en los primeros días de abril de 2006, poco antes del inicio de la Semana Santa, Judas no habría sido el traidor que vendió a Jesús por unas monedas, sino el discípulo privilegiado a quien el Mesías le habría encargado la misión más difícil de todas: sacrificarlo.

Basándose en los análisis de carbono 14, la tinta, el estilo de escritura y el contenido del documento, sus investigadores concluyen que se trata de un texto escrito alrededor del año 300, es decir, más de 250 años después del suicidio de Judas.
Los textos son una traducción del siglo IV al dialecto sahídico del idioma copto, supuestamente a partir de un original griego que dataría del siglo II. El copto era la lengua más utilizada por los cristianos egipcios a partir del siglo III.

Por los documentos existentes, se sabe que el texto original, atribuido a Judas, era parte de un códice de 66 páginas (más de un tercio del cual resultó ser ilegible), y que contiene otras tres obras: Dos de ellas son obras gnósticas ya conocidas por los hallazgos de Nag Hammadi (1945): el llamado “Primer Apocalipsis de Santiago”, y la “Epístola a Felipe” (atribuida nada menos que a San Pedro), mientras que la tercera es un fragmento de un texto desconocido, titulado provisionalmente como “Libro de Alógenes”.

Quienes han tenido acceso a él dicen que el papiro original se encuentra sumamente deteriorado: muchas partes del texto se han perdido y otras tantas se conservan sólo parcialmente. Veintiséis de las 66 páginas corresponden al ahora mundialmente famoso “evangelio de Judas”, el cual ha sido envuelto bajo cierto manto de fascinación, al ser presentado como uno de los famosos “libros apócrifos de la Biblia”, respecto de los cuales ya bastante publicidad se había hecho durante más de medio siglo, como aquellos textos que, “por conveniencia”, la Iglesia habría “ocultado” al mundo por centenares de años...

Es cierto que el mal llamado “evangelio de judas” es un libro apócrifo, pero contrariamente a lo que se ha dicho sobre las “obras apócrifas”, éstas de ningún modo constituyen “textos secretos”, escondidos para proteger oscuros intereses eclesiásticos, sino que se trata de simples escritos que han sido marginados del Canon Bíblico a causa de sus imprecisiones, contradicciones y dudosa veracidad.

Jesús nos dijo “... conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Jn 8,32). Trataremos pues, a lo largo de estas páginas, de desmitificar buena parte de las farsas, embustes y medias verdades con las cuales se procura  desvirtuar la realidad, atacando no solamente a la Iglesia sino, lo que es mucho más grave aún: a la base misma de las creencias del mundo cristiano.

Libros apócrifos y herejías (etimología, historia y verdad)

La palabra apócrifo se deriva directamente del griego “apokryphos”, que significa “oculto.”

Originalmente se llamaban apócrifos aquellos libros, supuestamente sagrados, cuyo contenido era “dizque considerado demasiado elevado o sublime” para que lo comprendiera el público en general.

La realidad era que se evitaba la lectura de esos libros en las iglesias, con el propósito de impedir la confusión a la que podían arrastrar a la gente de buena voluntad, pero de pocos conocimientos, que precisamente como causa de su escasa formación, podría haber llegado a tomar por cierto al menos “algo” de lo falso que en abundancia contenían dichos escritos.

Por ese motivo, la palabra “apócrifo” fue tomando rápidamente un sentido negativo, dado que con mucha frecuencia resultaban discutibles tanto los orígenes como la veracidad, la coherencia y la ortodoxia de esos textos.

Puesto que esos “libros secretos” provenían a menudo de personas pertenecientes a diversas sectas o grupos disidentes del cristianismo, que fueron desarrollándose desde el siglo I, los Padres de la Iglesia llegaron a aplicar el término “apócrifo” para referirse en general –aunque no exclusivamente- a las “obras heréticas”; es decir, producidas por herejes.

Conviene detenerse una vez más, abusando de la etimología y de la cordial paciencia del lector, para analizar lo que quiere decir exactamente “hereje”, una expresión usada quizás con mucha frecuencia, pero que resulta oportuno precisar:

El término “hereje” llega al español a través del vocablo latino “Haereticus”, que significa “opción” u “opcional”, y a su vez los latinos lo tomaron de la expresión griega “airesis”, que significa decisión o separación. Así pues, el término griego “airetikós” o “ereticós” estaba referido a todos aquellos actos, productos o creencias que se apartaban e iban en contra de lo establecido, que se salían de las normas generalmente aceptadas.

En tiempos de San Jerónimo, quien por pedido del Papa San Dámaso fue encargado de traducir al latín la Sagrada Biblia (alrededor del año 400), el término “apócrifo” adquirió un nuevo sentido: Desde ese entonces se llaman apócrifos los libros que, pretendiendo ser “revelados”, contenían serias divergencias con la doctrina y la fe, y por tanto no pasaron a formar parte del llamado “canon bíblico”. (Ver artículo sobre el Canon Bíblico en las páginas 31 a 36, y en la próxima edición de JCV).

Los católicos consideramos como “apócrifos” los libros pertenecientes al período bíblico, pero que a causa de sus imprecisiones o falacias, no han sido aceptados por la Iglesia en el canon de las Sagradas Escrituras.

En la antigüedad era muy frecuente, tanto entre los judíos como entre los cristianos o los griegos, atribuir los escritos a personajes famosos, para darles mayor autoridad o veracidad. Es lo que se denomina la “pseudoepigrafía” o falsa atribución.

Por eso es que entre los libros apócrifos se encuentran los mal llamados “evangelios” pseudónimos, que llevan nombres de personajes destacados de la Iglesia primitiva (como el evangelio “de Bartolomé”, el “de María Magdalena”, el ahora universalmente famoso “evangelio de Judas”, el “de Nicodemo”, y otros supuestos evangelios más, cuya autoría se atribuye a otros Apóstoles).

Ciertos textos apócrifos buscan brindar algunos detalles aparentes de la vida de Jesús que no aparecen en los Evangelios llamados “canónicos” (es decir, el de Mateo, el de Marcos, el de Lucas y el de Juan). La curiosidad de la gente hace que aquellos sean muy populares. De hecho, muchos de ellos pueden encontrarse aún en librerías cristianas y católicas (por eso es que el adjetivo “prohibido” es más producto del sensacionalismo que otra cosa).

Cabe señalar que no todos aquellos libros fueron escritos con el propósito de divulgar doctrinas heréticas. Existen entre ellos algunos muy piadosos que, por el contrario, pretenden resaltar la divinidad o la humanidad del Mesías (como el llamado “evangelio árabe de la infancia”, o el “evangelio armenio de la infancia”, entre otros) que narran una presunta infancia de Jesús absolutamente plagada de “florecillas” y acontecimientos sobrenaturales, como la resucitación de un amiguito, o el que le hubiese “secado” un brazo a otro, haciendo abuso de su poder divino en medio de una riña infantil, etcétera.

Después de haber estudiado estas obras, los Padres de la Iglesia constataron que, por lo general, las supuestas “revelaciones” a las que dichos documentos apócrifos hacen referencia, así como los sucesos que narraban, tenían en verdad muy  poca o ninguna semejanza con el pensamiento y el modo de actuar de Jesús que nos presentan los evangelios canónicos, así como las Epístolas de sus discípulos y el espíritu que emana de los acontecimientos narrados en el Libro de los Hechos de los Apóstoles.

Como decíamos, todos estos textos fueron muy bien analizados en su tiempo por la Iglesia del siglo II y luego fueron desautorizados por sus falsedades, por sus excesos, o por sus profundas contradicciones internas.

Muchos de los libros apócrifos pertenecen a algunas de las llamadas sectas gnósticas, como la de los cainitas, cuya doctrina reivindicaba a ciertas figuras del Antiguo y del Nuevo Testamento que cayeron en la maldad. Tal es el caso de Caín, que mató por envidia a su hermano Abel (de allí su denominativo de “cainitas”), de Esaú, el hermano mayor de Jacob que vendió sus derechos de primogenitura por un plato de lentejas, o de Judas, que traicionó a Jesús a pesar de haber vivido junto a Él por casi tres años...

El “evangelio de Judas” corresponde a la época de mayor auge de la secta de los gnósticos del desierto de Egipto (la segunda mitad del siglo II), cuando una enorme cantidad de textos con supuestas “nuevas revelaciones”, quisieron colocarse por encima de los auténticos y verdaderos Evangelios, que dieron origen al cristianismo.

En este documento, se lee que Jesús le habría dicho a Judas, en referencia a sus otros discípulos: «Serás mejor que todos los demás, porque sacrificarás el cuerpo de hombre del que estoy revestido».

Como veremos más adelante, este concepto es muy propio de los gnósticos “cainitas”: Al entregar a Jesús a la muerte, Judas cometería un acto heroico, ya que facilitaría su salida del cuerpo aparente y la “liberación” de la divinidad que llevaba dentro.

Cabe notar la profunda contradicción que existiría entre aquella frase atribuida a Jesús y otras tantas que nos resultan conocidas, como por ejemplo: “si alguno de ustedes quiere ser el primero, que se haga el esclavo de todos...” (Mt 20,26-27) Muy lejos estaría Jesús pues de tratar de encumbrar a uno de sus discípulos, haciéndole sentir cierta superioridad sobre los demás...

Mayor contradicción habría aún entre aquel relato del “evangelio de judas” y el pasaje que sigue, que está narrado casi con las mismas palabras en tres de los cuatro Evangelios (y al que también alude el Evangelio de San Juan): “El hijo del hombre se va, según está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el hijo del hombre es entregado! ¡Mejor le fuera no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: ‘¿Soy yo acaso, maestro?’. Jesús le respondió: «Tú lo has dicho».” (Mt 26,24-25. - Cfr. Mc 14,21 - Cfr. Lc 22, 3. 21-22 - Cfr. Jn 13,27).
Los Evangelios de Lucas y de Juan hablan claramente de que satanás entró en Judas y lo movió a la traición, lo cual tira por la borda cualquier pretensión de atribuir a Jesús la autoría intelectual de su propio sacrificio, como sugiere el escrito gnóstico.

El Gnosticismo: Radiografía de los verdaderos autores del “evangelio de Judas”
Por: Padre Jordi Rivero, con aportación del profesor Antonio López (www.corazones.org)

El gnosticismo es un complejo sistema sincretista de creencias provenientes de Grecia, Persia, Egipto, Siria, Asia Menor, etcétera, en el cual resalta la influencia platónica. Por su complejidad, la cantidad de sectas gnósticas y la diversidad de sus creencias, es muy difícil de entender y sintetizar el gnosticismo.

Se les llama “gnósticos” por la “gnosis” (conocimiento), ya que afirmaban tener conocimientos secretos obtenidos de los apóstoles y no revelados sino a su grupo de elite, los iluminados capaces de entender esas cosas. Enseñaban conocimientos secretos de lo divino, mientras que la doctrina del cristianismo ortodoxo era asequible a todos.

Muchos grupos gnósticos se tenían por cristianos, por lo que causaban una enorme confusión. Es por eso que la Iglesia tuvo que confrontar los errores del gnosticismo y diferenciarlos del cristianismo auténtico. Desde sus orígenes, las creencias gnósticas fueron rechazadas por los cristianos, por ser una peligrosa falsificación del Evangelio. Entre los numerosos escritores cristianos de los primeros siglos que combatieron el gnosticismo están: San Ireneo, Orígenes, Justino, Hipólito y San Agustín.

El descubrimiento, en 1945, de textos gnósticos en Nag Hammadi, Egipto, hizo posible acceder a un mayor conocimiento de sus creencias. En la actualidad los escritos gnósticos son objeto de gran interés. Su antigüedad y la pretensión de representar una corriente alternativa al cristianismo ortodoxo, ha servido de base a los intereses de novelas como “El Código Da Vinci”, que buscan eliminar las doctrinas cristianas. Esta novela, aunque cita fuentes gnósticas, suplanta la fe cristiana con creencias paganas que son muy diferentes aún de las gnósticas. De la misma manera, algunas feministas pretenden justificarse usando fuentes gnósticas, cuando en realidad el gnosticismo concibe a la mujer como un ser inferior al hombre.

Las creencias generalmente sostenidas por los gnósticos:

1- La posibilidad de ascender a una esfera oculta por medio de los conocimientos a los que sólo una minoría selecta puede acceder por vía de una iluminación no asequible a otros. Conocer esas creencias sería suficiente para salvarse, sin necesidad de una práctica de moral.  Cree en revelaciones secretas y en el esoterismo.

2- Mezcla las doctrinas de diversas religiones, cambiando el significado que tenían originalmente según “la iluminación gnóstica”.  Así, pretende poseer un conocimiento intuitivo de los misterios divinos superior a la doctrina de la Iglesia Católica.

El gnosticismo se parece al New Age moderno en que abarca creencias que van cambiando y aumentando, según salen nuevos escritos, formando una amalgama con muy poca coherencia interna. Tiene gran popularidad porque hoy, no menos que en la antigüedad, a muchos les interesa la novedad y no la verdad.

3- Hay dos principios: el buen dios, que creó el mundo espiritual y el perverso, el cual es co-responsable por la creación del mundo, en cuanto a la materia y el cuerpo se refiere. En ese esquema de pensamiento, Yahvé es un Dios del mal, culpable por haber realizado la creación del mundo material.

Nuestro cuerpo, como en el pitagorismo heredado por Platón, era, para los gnósticos, la cárcel en la que estaba presa nuestra alma como consecuencia de una caída original del ámbito del “Pleroma”, del que realmente procede nuestra alma. En nuestra liberación de la materia, la iluminación gnóstica era considerada necesaria para lograr la salvación.
 
4- En la visión gnóstica, existe una enorme jerarquía de seres. Las Personas de la Trinidad serían diferentes seres de relativo bajo rango en dicha jerarquía. La divinidad está compuesta, para ellos,  de una multitud de seres espirituales.

El tiempo gnóstico estaba marcado por los envíos de “eónes”, y gran variedad de niveles cósmicos, muchos de ellos generalmente correspondientes a las esferas celestiales, típicas de la cosmología de aquel entonces.

5- Al creer que la materia es una prisión, la procreación es también vista como algo perverso. Atrapa a las almas inmortales en la cámara de tortura que es el universo. El matrimonio es también perverso, porque conduce al sexo.

6- Las mujeres, por su propia naturaleza, son formas de vida espiritualmente inferiores porque son ellas las que encuban a los prisioneros. Ellas cooperan con una diosa que atrapa a las almas inmortales para encarcelarlas en cuerpos humanos. El “evangelio gnóstico de Tomás”, por ejemplo, dice que las mujeres no pueden salvarse si no llegan a ser como hombres.

7- Jesús no es ni dios ni hombre sino un ser espiritual que solo aparentó tomar cuerpo y vivir entre nosotros, con el fin de darnos los conocimientos secretos necesarios para liberarnos de la prisión que es nuestro cuerpo.  Por lo tanto, nos salvamos al adquirir conocimiento y no por la obra de redención de Cristo. Se trata de una suerte de “auto-divinización”. Sostenían que Jesús estaba asociado al dios bueno. La mayoría de ellos creían que Jesús era un auténtico mediador entre nosotros y nuestra verdadera vida, más allá de la materia, con el dios bueno.

8- Niegan la muerte expiatoria de Jesús (ya que no tenía verdadero cuerpo propio, y porque no hace falta la “redención” por parte de Dios cuando se tienen los conocimientos gnósticos). Rechazan la resurrección del cuerpo.

9- Rechazo a las tradiciones y a una gran parte de la Biblia judía.

Especulaciones gnósticas y un trasfondo filosófico contradictorio:

Uno de los temas de especulación favoritos, en los círculos gnósticos, era el de una supuesta aparición de Jesús, ya resucitado, a algún personaje famoso de la Iglesia (como vimos, se tentó con decenas de nombres), a quien el Señor le habría revelado “un camino secreto de perfección”.

Esta fórmula resulta obviamente atractiva, especialmente a quienes pretenden encontrar soluciones mágicas para la propia redención, en vez de seguir el camino de la Cruz que Cristo mismo nos enseñó, no sólo de palabra (Cfr. Mt 16,24 – Mc 8,24 – Lc 9,23) sino también con su propio ejemplo (Jn 19,17).

Si –como sostiene el “evangelio de Judas”- Dios llamara a alguien para que realice el mal, entonces no sería Dios. San Ireneo (a quien los documentales de la National Geographic atribuyen la culpa de haber ocultado –prohibido y destruido- el original o una primera copia del “evangelio de Judas”) escribió que cuando los gnósticos decían que Dios “llama” a algunas personas para que realicen una acción mala, como por ejemplo una traición, entonces Dios está prácticamente obligando al hombre a cometer una maldad, y si Dios obliga a alguien a cometer una cosa mala, entonces Dios no es esencialmente bueno; es decir, no es Dios. (Ver artículo sobre San Ireneo en JCV Nº 12).

Como dice el doctor en Teología Dogmática Gustavo Sánchez Rojas, a través de una interesante entrevista concedida a ACI Prensa, en relación con “el evangelio de Judas y el relativismo moderno”: “La consecuencia de la herejía gnóstica es, en última instancia, el ateísmo, es decir, la negación de Dios (como Bien Supremo). Esto nos muestra un aspecto muy interesante y actual: pensar que Dios pueda llamar a alguien para que haga el mal es, después de todo, negarlo, y la negación de Dios, hoy día, es algo muy extendido...”

Un resumen del texto gnóstico

Como es de público conocimiento, el documento pretende presentar a Judas Iscariote de manera positiva, y le describe obedeciendo la orden divina de entregar a Jesús a las autoridades para consumar la salvación del mundo. En él se ve a Judas como “el único discípulo que conoce la identidad verdadera de Jesús”.

A continuación, presentamos algunos de los pasajes de dicho texto, traducido del inglés, con el propósito de ilustrar al lector sobre el contenido esencial del documento, a tiempo de remarcar algunas de sus incoherencias y demostrar en él la presencia del pensamiento gnóstico, que el Padre Jordi Rivero sintetiza tan claramente en la nota que publicamos en la página anterior.

CLAVES DE LECTURA: Los textos entre paréntesis corresponden, en algunos casos, a las palabras que faltarían, y que han sido completadas por los traductores; a ciertas Notas de los mismos (señaladas como “N.T.”); o a breves notas del editor de Jesucristo Vivo (bajo el rótulo de “N.E.”)

La presentación del texto:
La secreta historia de la revelación que Jesús hizo en conversación con Judas Iscariote durante una semana, tres días antes de que celebrara la Pascua.

El ministerio terrenal de Jesús:
Cuando Jesús apareció en la tierra, él hizo milagros y grandes maravillas para la salvación de la humanidad. Y entre que algunos (caminaron) en el camino de la rectitud y otros caminaron en sus transgresiones, los 12 discípulos fueron llamados. Él comenzó a hablarles sobre los misterios más allá del mundo y lo que sucedería al fin. A menudo no se les aparecía a sus discípulos como él mismo, sino como un niño. (N.E.: Es algo sugestiva e infantil esta idea de las metamorfosis periódicas de Jesús ¿cierto?).

El enojo de los discípulos y la revelación de Judas:
“Un día, él estaba con sus discípulos en Judea, y los encontró congregados y en piadosa observancia. Cuando se acercó a ellos y los vio dando las gracias por el pan, se rió. Los discípulos le dijeron “Maestro, ¿por qué te estás riendo de nuestra oración de gracias? Estamos haciendo lo correcto” Él les respondió “no me estoy riendo de ustedes. (Ustedes) no están haciendo esto por su propia voluntad sino porque es a través de esto que su dios será alabado” Ellos dijeron “Maestro, tú eres el hijo de nuestro de dios”. Jesús les respondió “¿cómo me conocen? Ciertamente les digo, ninguna generación de la gente que está en medio de ustedes me conocerá”.

Cuando los discípulos escucharon esto, comenzaron a enojarse y enfurecerse, y a blasfemar en contra suya en sus corazones. Cuando Jesús se dio cuenta de su falta de (entendimiento, les dijo) “¿Por qué esta agitación los conduce al odio? Vuestro dios que está dentro suyo y (N.T. algunas palabras perdidas) ha provocado el odio en sus almas. Dejen que cualquiera de ustedes que sea lo suficientemente fuerte entre los humanos manifieste al hombre perfecto y se pare frente a mi cara”.
Ellos dijeron “Tenemos la fuerza”. Pero sus espíritus no se atrevieron a pararse (y) colocarse frente a él, excepto Judas Iscariote. Él se puso delante de Jesús, pero no pudo mirarlo a los ojos, y dio vuelta su cara.

Le dijo “yo sé quién eres y de dónde vienes. Tú vienes del reino inmortal de Barbelo. (N.E.: Los gnósticos llamaban “Barbelo” a la primera manifestación divina, el primer Antropos, imagen de Dios) Y yo no soy digno de pronunciar el nombre de quien te ha enviado” Sabiendo Jesús que estaba reflexionando sobre algo que lo tenía exaltado, Jesús le dijo “aléjate de los otros y yo te diré los misterios del reino. Es posible para ti alcanzarlo, pero deberás asumir un gran trato”. (N.E.: Suena demasiado humano el “negocio” que le propondría Jesús ¿verdad?)

El sueño de Judas:
Judas le dijo “en la visión me vi a mí mismo con los discípulos apedreándome y persiguiéndome severamente. Y además fui a un lugar donde (N.T. algunas palabras perdidas) detrás tuyo y vi (una casa...) y mis ojos no podían (abarcar) su tamaño. Mucha gente estaba rodeándola y la casa tenía un techo de arbustos y en medio de la casa había una multitud (N.T. dos líneas completas perdidas) diciendo “Maestro, llévame junto a esta gente”.

Jesús le respondió diciendo “Judas, tu estrella te ha llevado al error. Ningún mortal es digno de entrar a la casa que viste, a ese lugar reservado para los benditos. Ni el sol ni la luna gobernarán allí, ni el día, excepto los benditos, morarán ahí siempre, en eterno dominio con los ángeles. Mira, te he explicado los misterios del reino y te he instruido en el error de las estrellas...”

Judas pregunta por su destino:
“Ven, yo (N.T. dos líneas completas perdidas), pero te acongojarás mucho cuando veas al reino y toda su generación”. Cuando escuchó esto, Judas le dijo “¿qué beneficio es el que he recibido por haberme apartado de esta generación? Jesús le contestó “te convertirás en el decimotercero y serás maldito por las demás generaciones y tú gobernarás sobre ellos. En los últimos días ellos maldecirán tu ascenso a la (generación) bendita”.

Jesús habla de la traición de Judas:
“Serás mejor que todos los demás, porque sacrificarás el cuerpo de hombre del que estoy revestido.” “Por ti se sacrificará el hombre que me reviste. Ya tu cuerno se ha alzado, tu cólera se ha encendido, tu estrella ha brillado y tu corazón (N.T. dos líneas y media perdidas) el gobernante, desde que será destruido.

Y entonces la imagen de la gran generación de Adán será alabada, desde antes al cielo, tierra y los ángeles, esta generación que es de los reinos eternos, existe. Mira, lo has contado todo. Eleva tus ojos y mira a la nube y la luz en ella y las estrellas rodeándola. La estrella que guía el camino es la tuya”...

Algunos pensamientos a modo de conclusión

Como hemos visto, el mal llamado “evangelio prohibido de Judas” nada tuvo de prohibido, y no fue escrito por él. Sólo restaba explicar por qué no se puede decir que se trate de un “evangelio”, y para ello basta contrastar los pasajes del texto cóptico reproducido en las páginas anteriores, con el significado de la palabra griega “evangelio”, que quiere decir “Buena Noticia”.

Queda claro pues, por lo que vimos del texto gnóstico, que de ser ciertas las palabras contenidas en aquel documento, la buena noticia sería sólo para Judas: “Serás mejor que todos los demás, porque sacrificarás el cuerpo de hombre del que estoy revestido.”

Muy por el contrario, la “Buena Nueva” del Evangelio es para todos, y está referida, como aclara Pablo en su primera epístola a los Corintios, a “que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día...” (1Cor 15,3-4); que luego subió a los Cielos y que allí habrá de preparar una morada para todos los que fielmente sigamos sus enseñanzas. (Cfr. Jn 14,1-6)

En los días posteriores a la divulgación del documental de la National Geographic, el New York Times publicaba una nota en la cual decía que el “evangelio de Judas” “ha sacudido las escuelas Bíblicas, al revelar la diversidad de creencias y prácticas (que había) entre los primeros cristianos.” (N. Y. Times, abril de 2006)

Frente a tan temerarias declaraciones, pareciera necesario insistir en que los gnósticos no eran cristianos, sino una secta de la época, que tenía su propia filosofía y una seudo teología, absolutamente incompatible con el cristianismo, como hemos podido advertir en la nota del P. Rivero.

Más aún, como sostiene el mismo autor, los gnósticos “despreciaban al cristianismo, por considerarlo una religión para la plebe, ignorante del conocimiento ‘oculto’ que sólo ellos -como una elite mística de iniciados que se consideraban- podían descifrar.

Precisamente por eso, eran ellos (y no los pastores de la Iglesia cristiana original) quienes hablaban de que los libros apócrifos eran “demasiado elevados y sublimes” para que los leyera el vulgo.

Sin embargo, es importante recalcar también que, como nos dice el Padre Jordi, “durante el segundo siglo de la era cristiana, ante la influencia cada vez mayor del cristianismo, los gnósticos comenzaron a introducir temas cristianos en sus propios escritos, tal como lo habían hecho antes con el judaísmo y con otras religiones.

No obstante, la incorporación de temáticas y personajes cristianos a su doctrina no se debía a un interés particular de ellos por la fe cristiana, sino más bien a un artificio proselitista: el deseo de ampliar su oferta de “conocimientos secretos”, a fin de “remozar” y poner más a la moda el “combo” doctrinario que ofrecían.

Lo mismo sucede hoy (salvando las distancias históricas y supuestamente “evolutivas” que nos separan de las gentes de aquel tiempo) con la difusión del pensamiento “New Age”, de la “Cienciología”, la “Metafísica” y otros tantos desatinos...
Y es que mientras los cristianos no conozcamos las sólidas, históricas e irrefutables bases de nuestra Fe, y más aún, -como se sostiene en el primer artículo editorial de esta revista-  mientras no nos llenemos del Espíritu de Dios, a través del cultivo de una relación personal con Él, seremos dóciles presas de cualquier engaño.

El problema de base es el mismo que señalaba también San Pablo, en su carta a los romanos:
“... ¿Cómo invocarán al Señor sin haber creído en él? Y ¿cómo podrán creer si no han oído hablar de él? Y ¿cómo oirán si no hay quién lo proclame? (...) Así, pues, la fe nace de una proclamación, y lo que se proclama es el mensaje cristiano.  Me pregunto: ¿Será porque no oyeron? ¡Claro que oyeron! Esta voz resonó en toda la tierra y sus palabras se oyeron hasta en el último rincón del mundo...” (Rom 10,14-18)

Juan Pablo II se encargó personalmente de hacer que se plasmara, una vez más, la Misión Universal de la Iglesia. ¡Y cuántos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos trabajan hoy en la proclamación de la Buena Nueva, por los rincones más recónditos del planeta!

Pero sucede que al hombre y a la mujer de hoy les resulta más fácil y cómodo creer en cualquier “vía de redención posible” que no le exija mayor compromiso, esfuerzo o sacrificio. ¡Si hasta estamos dispuestos a negar por completo la existencia del alma, con tal de no tener que privarnos de placeres y lujos!

Por eso Jesús nos advertía: “Entren por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él. Pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! y qué pocos son los que lo encuentran.” (Mt 7,13-14).

 

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