El Canon de las Sagradas Escrituras
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Origen y significado del Canon Bíblico
Buceando en la Historia
Los “dos cánones” del Antiguo Testamento
El canon del Antiguo Testamento en la Iglesia Católica
Conocer ya no sólo las Sagradas Escrituras, sino también el modo en el que se constituyeron, parece ser, hoy más que antes, una verdadera necesidad para los cristianos, al menos como una forma de “vacuna” contra la oleada de embustes que, a partir del éxito comercial de “El Código Da Vinci”, se podrían avizorar para el futuro.
La tardía y aspaventosa presentación de un descubrimiento arqueológico que había tenido lugar en Egipto, ya en 1978, con pretensiones de “remover los cimientos de la Fe” en el 2006, parece reforzar este pronóstico.
Incluso, los mismos realizadores de ese polémico documental vienen anunciando nuevas producciones de análogos tenores y títulos no menos “sensacionalistas”, como “La Biblia Secreta” y otros similares.
De hecho, una de las primeras notas con las que el prestigioso matutino “La Nación” de la Argentina, daba cuenta sobre el desarrollo de la 32ª Feria Internacional del Libro (sin duda uno de los eventos culturales anuales más importantes de ese país), en el mes de abril pasado, presentaba el siguiente encabezamiento:
“A la sombra de ‘El Código Da Vinci’, proliferan cientos de ensayos y ficciones sobre temas relacionados con el cristianismo, que cada vez atrapan a más lectores; en la feria hay unos 200 títulos de ese género, uno de los más vendidos...”
Más adelante, el artículo decía: “Los best sellers manufacturados a la sombra de ‘El Código Da Vinci’ son un fenómeno indiscutido en la 32ª Feria del Libro de Buenos Aires. Se venden a manos llenas y los precios oscilan entre los 25 y los 50 pesos (es decir, entre los 6.5 y los 14 dólares estadounidenses), según se trate de una edición rústica o lujosa, local o extranjera.” (La Nación – Cultura. 24.04.2006)
Como vemos, las patrañas vienen en diversos envoltorios, ajustables a cada bolsillo.
En un excelente artículo del Padre Jordi Rivero, quien entre sus múltiples ocupaciones se las ingenia muy bien para producir verdaderas joyas de “Apologética contemporánea”, puede leerse, palabras más o menos, el siguiente comentario: quien considere que las Sagradas Escrituras no constituyen la Palabra de Dios, sino el producto de determinadas circunstancias políticas, no puede llamarse a sí mismo “cristiano”, pues ha perdido la fe en Dios como fuente de la Revelación “e ignora el proceso por el cual los libros sagrados llegaron a formar parte de la Biblia.” (Cfr. El Evangelio de Judas: Una fábula perniciosa. En: www.corazones.org)
Lamentablemente, somos muchos los cristianos que tenemos fe, pero en verdad ignoramos el modo en que se desarrolló el Canon de las Sagradas Escrituras. Va por ello pues este artículo (que dada su extensión necesariamente será presentado en dos o tres entregas de JCV), con el propósito de transmitir, al menos rudimentariamente, algunos de los detalles que tuvieron lugar en tan importante proceso. Pero vamos por partes:
Origen y significado del Canon Bíblico
El término “Canon” proviene del griego “Kanon”, que originariamente estaba referido a una caña o vara de medición. Por analogía, se extendió el uso del término para el concepto de “regla”, y luego a “norma”. El nombre de “canon” fue utilizado en relación con las Sagradas Escrituras por primera vez por San Atanasio, en sus Decretos del Sínodo de Nicea, en el año 350.
Cuando hablamos del Canon de las Sagradas Escrituras nos referimos nada menos que a la lista, reconocida por la autoridad de la Iglesia, de los Libros Sagrados considerados como Revelación Divina. Los mismos que, en su conjunto, conforman la Santa Biblia.
Dicho de un modo simple y casero, el Canon es el “instrumento” que determina y garantiza cuáles son los Libros Sagrados y cuáles son los apócrifos o dudosos... o, más sencillamente todavía: qué consideramos los creyentes que es la Palabra de Dios, y qué no.
Como dicen los padres Paulo Dierckx y Miguel Jordá, “cuando hablamos del Canon de las Sagradas Escrituras estamos aludiendo a que los libros canónicos constituyen (o al menos debieran constituir) «la regla de vida», o «la norma de vida» para quienes creemos en dichos escritos.” (Cfr. Los libros de la Biblia. Publicado en http://es.catholic.net/biblioteca/libro bajo el título “Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe”. N. E.: Artículo que sirvió como una de las bases principales para la redacción de esta nota).
Para quienes escrutan la Palabra de Dios, y disciernen en oración el Misterio Eucarístico, como un don divino para todos los hombres y mujeres, que se hace perenne a través de la Iglesia fundada por Jesucristo, no es absurdo pensar que sólo la autoridad pública, infalible y universal de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, pudo haber “inscrito” los libros en el canon, que, por otra parte, ya está definitivamente cerrado (es decir, que no se agregarán ni quitarán libros jamás; independientemente de cualquier descubrimiento arqueológico, antropológico o histórico).
Este asunto es de trascendental importancia, en la medida en que son las mismas Sagradas Escrituras las que facultan a la Iglesia para... (vamos a decirlo en términos muy humanos y “críticos”, porque así es como lo plantean los detractores de la Iglesia) “detentar el tremendo poder” que significa “decidir” cuál es la Palabra de Dios y cuál no.
La base para sostener lo que afirmamos, se encuentra –entre otros pasajes del Nuevo Testamento- en el Evangelio según San Juan, en varios versículos, distribuidos entre los capítulos 14 y 17 (como 14,17; 14,27; 15,26; 16,7-8; 16,13-14; 17,17-18; 17,20). En todos ellos Jesús mismo habla del Espíritu Santo, que vendrá a recordar Su Palabra y a fortalecernos, y de la Iglesia que se fundará a partir de sus Apóstoles (Jn 17,20 y Jn 20,22-23).
En fin, podríamos escribir mucho sobre este asunto de la Jerarquía Eclesial como sucesora directa de los Apóstoles de Cristo, pero nos alejaríamos algo del tema central de esta nota, haciéndola aún más extensa de lo que, por naturaleza, debe ser. Quizás sea materia para un artículo en un próximo número de Jesucristo Vivo.
Quedémonos por ahora con el concepto de que es la Iglesia, y no son los libros, quien establece la regla para saber cuáles de estos Libros están incluidos en las Sagradas Escrituras. La Iglesia es, por tanto, la autoridad que nos brinda la Biblia y además la discierne, por la gracia especial otorgada a ella a través del Espíritu Santo (Aclaramos: no por mérito o cualidad de sus representantes, pasados o actuales, sino) por la pura e inescrutable Misericordia de Dios, que la fundó como “sacramento”, es decir, como signo e instrumento para la salvación de los hombres. (Cfr. CIC 774 – 780).
Como bien sabemos, nuestra religión nació en el seno mismo del judaísmo, puesto que nuestro buen Dios había elegido a ese pueblo desde sus orígenes, a través de Abrahám, para ser el emisario de Su Poder y Gloria, y para difundir las Verdades sobrenaturales a la humanidad...
Más aún: Jesús predicaba muchas veces refiriéndose a los libros sagrados de su pueblo y citándolos. Justamente, sus discípulos le habían oído decir que Él no había “venido a suprimir la Ley o los Profetas (es decir, el mensaje divino del Antiguo Testamento), sino a cumplirlo y completarlo” (Cfr. Mt. 5,17).
Es por ese motivo que resulta absolutamente necesario analizar el proceso a través del cual se establecieron en el judaísmo los criterios de discernimiento sobre las Revelaciones que hizo Dios al hombre, sobre Sí mismo, desde el principio de los tiempos.
Ahora bien, los judíos no empleaban la palabra canon, pero sí se dieron a la tarea de elaborar un catálogo de los Libros Santos, con el doble fin de preservar la pureza de su fe, de sus Leyes y tradiciones, al mismo tiempo de descartar o erradicar todo aquello que hubiese de humano, pretendiendo pasar por divino, pues ese es un fenómeno tan antiguo como la humanidad misma.
La primera lista completa de libros bíblicos con sus respectivos autores fue compuesta en tiempos del Antiguo Testamento, aunque aparecerá codificada mucho más adelante (recién hacia la segunda mitad del siglo cuarto de la era cristiana), en el llamado “Talmud Babilónico”, primero, y luego en el “Talmud Palestino”; dos versiones codificadas de las enseñanzas contenidas en la religión y en la tradición judía.
Como comenzamos ya a ver, durante el transcurso de los siglos se desarrollaron diversos “cánones” o listas de libros sagrados, en virtud, principalmente, de la dispersión de la cual había sido objeto el pueblo judío.
En efecto, aproximadamente en el año 597 A.C., el rey Nabuconodosor, en el octavo año de su reinado, conquistó Jerusalén y se llevó a una porción importante de los israelitas cautivos a Babilonia, iniciándose así la llamada “Cautividad Babilónica” del pueblo hebreo. (Cfr. 2 Reyes 24,12 y 2 Reyes 25,1).
Pero no todos los israelitas fueron llevados cautivos, sino que un “resto” quedó en Israel, y otros tantos estuvieron diseminados por otros países cercanos, como Moab, Edón, etcétera (Cfr. Jeremías 40,11). De este modo, el pueblo de Israel sufrió una dispersión o, como se le conoce Bíblicamente, una “diáspora”.
Setenta años más tarde, como había sido preanunciado en las mismas Sagradas Escrituras, el rey Ciro de Persia conquistó Babilonia, en el primer año de su reinado (2 Crónicas 36,20; 2 Crónicas 36,23) y otorgó a los israelitas la libertad de regresar a Israel, poniendo fin de ese modo a su esclavitud.
Algunos de los hebreos regresaron a Palestina (Esdras 1,5; 7,28 y Nehemías 2,11) pero muchos de ellos se fueron a Egipto, para establecerse, en su mayoría, en la ciudad que después sería fundada por Alejandro Magno, en el año 322 A.C., con el nombre de Alejandría, y que se constituyó rápidamente en una gran metrópoli, en la cual convivían egipcios, judíos y griegos.
Alejandría fue un importante centro comercial y cultural, y contaba con la biblioteca más importante del mundo en aquella época, lo cual resulta ser un dato importantísimo a los fines de esta historia.
De esa manera, los judíos continuaron disgregados aun después del fin de su cautiverio: unos en Palestina y otros en la diáspora; como decíamos, especialmente en Alejandría. De hecho, se sabe que en el tiempo de Jesús había más judíos en aquella ciudad que en la misma Palestina (1 Macabeos 1,38-39)
Paradójicamente, mientras la primera semblanza de un canon hebreo se empezaba a formar, la lengua hebrea comenzaba a morir, hasta que, para el año 135 A.C., desaparecería casi por completo. Por esta razón, Jesús y sus contemporáneos en Palestina no hablaban directamente el hebreo sino el arameo, que era un dialecto derivado de aquél.
Los sucesos históricos que narramos resultan de significativa trascendencia aún hasta nuestros días, porque es de allí de donde parte la diferencia que hoy existe entre la Biblia Católica y las de nuestros hermanos separados, los protestantes. Veamos cómo continuó este proceso:
Los “dos cánones” del Antiguo Testamento
La comunidad judía de Jerusalén y el “Canon Palestino”
Con la destrucción de Jerusalén y la desaparición del Estado judío (que como hemos adelantado, ocurrió alrededor de los años 600 antes de Cristo), había quedado irresuelto el deseo de concretar oficialmente la lista de libros sagrados.
Los criterios que utilizarían luego los judíos que retornaron a Palestina, para fijar esta lista de libros sagrados, fueron dos:
Primero: que debían ser, exclusivamente y ante todo, libros que transmitiesen la verdadera fe del pueblo judío, a fin de asegurar la persistencia de esta fe en las generaciones futuras. Esta labor no sería demasiado complicada, pues para realizarla disponían de verdaderos “hombres de Dios”, fieles y ungidos con su Santo Espíritu. Además, la tradición oral había conservado en el pueblo mismo el depósito de su fe, a pesar de las invasiones, la esclavitud y todos los periplos e ignominias que vivieron.
Dado que había varios escritos que parecían dudosos en asuntos de fe, e incluso francamente contradictorios con la doctrina judaica, éstos fueron excluidos, de plano, de la lista oficial.
En segundo lugar, (y este asunto es muy relevante, porque de allí se deriva la diferencia de libros en el interior del cristianismo actual) aceptarían solamente los libros sagrados que hubiesen sido escritos originalmente en hebreo (o arameo), de modo que los libros religiosos escritos en griego –principalmente durante la “diáspora”- no serían incluidos, por ser considerados libros muy recientes, o “de origen no-judío”.
Bajo esos dos principios, se estableció una lista de libros religiosos que eran de verdadera inspiración divina y entraron directamente en la colección de la Escritura Sagrada. A esta lista oficial de libros inspirados se dará, con el tiempo, el nombre de «Canon», o «Libros canónicos».
Resaltamos entonces que todos los libros canónicos de la comunidad de Palestina debían ser libros originalmente escritos en hebreo-arameo.
En tiempos de Jesucristo, encontramos que en Palestina el pueblo judío sólo aceptaba lo que ha venido a ser, para nosotros, el Antiguo Testamento (A.T.), y ni siquiera en su totalidad, aunque es muy importante resaltar que para ese momento no se había terminado de definir la lista completa de sus libros sagrados, y que, por lo tanto, seguía abierta la posibilidad de agregar nuevos escritos a la colección de libros inspirados.
Hacia el primer siglo de nuestra era (para el año 90 después de Cristo) la comunidad judía de Palestina había llegado a reconocer, en la práctica, 39 libros como inspirados oficialmente.
Esta lista de los 39 libros del A.T. será conocida teológicamente, y recordada históricamente, bajo el nombre de «Canon de Palestina», o «Canon de Jerusalén».
La comunidad judía de Egipto y el “Canon de Alejandría”
Como dijimos antes, además de la gran colectividad judía residente en Palestina, existía otra igualmente numerosa comunidad judía en Egipto, precisamente en la ciudad de Alejandría.
Era una colonia verdaderamente muy numerosa, pues contaba con más de 100 mil israelitas, que ya no hablaban, y en general tampoco entendían el hebreo, porque hacía tiempo que habían adoptado el griego como propio, dado que ésta era la “lengua oficial” en todo el Cercano Oriente.
Sin embargo, a pesar de haber “concedido” su lengua, no habían hecho lo mismo con su religión y sus tradiciones. En sus reuniones religiosas y en sus sinagogas, ellos utilizaban una traducción de la Sagrada Escritura hecha del hebreo al griego que se llamaba “Traducción Septuagésima” o “Traducción de los Setenta”, porque según una creencia muy antigua, esta traducción había sido realizada casi milagrosamente por 70 sabios, entre los años 250 y 150 antes de Cristo.
La traducción griega “de los Setenta” conservaba los 39 libros que reconocería luego el Canon de Palestina (canon hebreo), pero además incluía otros 7 libros, de los que siempre se pensó que habían sido escritos originalmente en griego (*). Así se constituyó el denominado «Canon de Alejandría» con un total de 46 libros sagrados.
La comunidad judía de Palestina rechazaba aquellos 7 libros, en primer lugar, porque estaban escritos “originalmente” en griego (por lo cual les atribuían “origen no judío”), y en segunda instancia, porque eran libros agregados “tardíamente”; es decir, después de la caída de Jerusalén en manos de Nabuconodosor.
Por su parte, los judíos en Alejandría tenían un concepto más amplio sobre la inspiración bíblica. Estaban convencidos de que Dios no dejaba de comunicarse con su pueblo aún estando fuera de la Tierra Santa, y de que lo hacía iluminando a sus hijos en las nuevas circunstancias en que se encontraban.
(*) En la nota de los padres Paulo Dierckx y Miguel Jordá, citada al principio como fuente central de este artículo, se comenta que “En el año 1947 los arqueólogos descubrieron en Qumram (Palestina) escritos muy antiguos, y encontraron entre ellos los libros de Judit, Baruc, Eclesiástico y 1 de Macabeos, escritos originalmente en hebreo, y el libro de Tobías en arameo. (Lo que) quiere decir que solamente los libros de Sabiduría y 2 de Macabeos fueron redactados en griego. Así el argumento (principal) para no aceptar estos 7 libros, por estar escritos en griego, ya no es válido...” (Cfr. Obra citada, en: http://es.catholic.net/biblioteca).
Podemos decir en síntesis que, al tiempo del nacimiento del cristianismo, había dos grandes centros religiosos del judaísmo: el de Jerusalén (en Palestina), y el de Alejandría (en Egipto). En ambos lugares tenían acreditados los libros del A.T: en Jerusalén 39 libros, escritos en hebreo o arameo, y en Alejandría 46 libros, escritos todos en griego, (a partir de la Traducción Septuagésima).
Es posible que Jesús haya “utilizado” el Canon Breve, de 39 libros, puesto que era el de uso más habitual en Palestina, aunque no puede decirse a ciencia cierta que haya sido así, dado que, como nos narra el Evangelio de Mateo sobre la infancia de Jesús, la Sagrada Familia se refugió en Egipto al huir del rey Herodes (Mt 2,13-22), y allí se usaba el Canon de Alejandría.
Sin embargo, en relación con los Apóstoles, es prácticamente un hecho que, al llevar el Evangelio al Imperio Greco-Romano, utilizaron el Canon Alejandrino. De esa manera, la Iglesia primitiva recibió este canon, que consta de 46 libros.
En efecto, la versión alejandrina, con los siete libros llamados más adelante “deuterocanónicos” (**), se propagó mucho en la era Apostólica, entre otras cosas, en virtud de que, como narran Los Hechos de los Apóstoles y sus Epístolas, la terrible persecución que ejercieron los sacerdotes y escribas (apoyados en el poder político judío y romano) contra las primeras comunidades cristianas, hizo que el cristianismo se difundiera principalmente fuera de Palestina, es decir, por el mundo griego y romano.
Eso explica el porqué de que los libros del Nuevo Testamento (al menos en su redacción definitiva) hicieran las citas del Antiguo Testamento en griego y según el Canon largo de Alejandría; puesto que la mayoría de sus destinatarios, hablaban el griego.
Por esta razón no es sorprendente que esta fuera la versión utilizada y citada por los escritores del Nuevo Testamento. De hecho, 300 de las 350 referencias que se hacen al Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento son tomadas directamente de la versión alejandrina, directamente del griego.
(**) En un profundo y brillante desarrollo de George J. Reid, traducido por Javier Algara Cossío, que se publica en la Enciclopedia Católica (http://www.enciclopediacatolica.com/c/canonantiguo.htm) y que ha sido el otro pie fundamental para la redacción de esta nota, se da una cabal cuenta del significado de las palabras “deuterocanónico” y “protocanónico”, que vemos por conveniente reproducir en forma textual aquí:
“Los términos protocanónico y deuterocanónico, de uso frecuente entre los teólogos y exegetas católicos, piden una palabra de advertencia: Dichas palabras no son gratuitas ni se puede inferir de ellas que la Iglesia ha poseído dos cánones bíblicos distintos en forma sucesiva. Sólo se puede hablar de un primer y un segundo canon en forma parcial y restringida.
“Protocanónico” (de protos, primero) es una palabra convencional que señala aquellos escritos que han sido siempre aceptados sin discusión por el cristianismo. Los libros protocanónicos del Antiguo Testamento corresponden a los de la Biblia hebrea y al Antiguo Testamento reconocido por los protestantes.
Los deuterocanónicos (deuteros, segundo) son aquellos cuya autenticidad fue debatida por alguna razón, pero que desde hace mucho tiempo ganaron un lugar seguro en la Biblia de la Iglesia Católica, aunque los protestantes consideran “apócrifos” los que quedaron incluidos en el Antiguo Testamento. Esos libros son siete: Tobías, Judit, Baruc, Eclesiástico, Sabiduría, I y II de Macabeos. También algunas adiciones a los libros de Ester y Daniel.”
Finalmente se agrega: “Se debe hacer notar que protocanónico y deuterocanónico son términos modernos que no fueron usados sino hasta el siglo XVI”.
Lo cierto es que, en el año 90 después de Cristo, los responsables del judaísmo unificaron finalmente sus criterios: Los 7 libros griegos del Canon de Alejandría fueron declarados como libros «apócrifos» y no inspirados y proclamaron oficialmente el Canon judío para sus 39 libros sagrados.
Cabría preguntarse, hasta qué punto esta decisión no se vio influida por una franca oposición del judaísmo hacia el surgente cristianismo, que basándose en las profecías de lo que ellos consideraban “sus” Libros Sagrados, fundamentaban su fe en Jesús de Nazareth, a quien ellos consideraban un verdadero hereje de su religión.
Los cristianos, por su parte, y sin que la naciente Iglesia resolviera nada oficialmente, siguieron con la costumbre de usar los 46 libros como libros inspirados del A.T. De vez en cuando había algunas voces discordantes dentro de la Iglesia que querían imponer el Canon oficial de los judíos con sus 39 libros. Pero varios concilios, dentro de la Iglesia, terminaron por definir que los 46 libros del A.T. son realmente libros inspirados y sagrados.
El canon del Antiguo Testamento en la Iglesia Católica
La primera definición explícita y exhaustiva del canon católico es la que dio el Concilio de Trento, en su cuarta sesión, que se desarrolló recién a mediados del siglo XVI (en el año 1546), y que confirmó el canon del Antiguo Testamento con los 46 escritos.
Los decretos del Concilio de Trento, a partir de los cuales se obtuvo la lista definitiva del los Libros Sagrados del Antiguo Testamento constituyeron el primer pronunciamiento infalible y efectivo dirigido a la Iglesia universal que se promulgó sobre el canon.
Al conferirles carácter dogmático, se sostiene que los apóstoles transmitieron el mismo canon a la Iglesia, como parte del depósito de la fe (“depositum fidei”). Pero debe quedar claro –como lo sugeríamos párrafos antes- que esto no ocurrió a través de una decisión formal, cuyas evidencias puedan extraerse directa y textualmente de las páginas del Nuevo Testamento.
Decimos más bien que el canon amplio del Antiguo Testamento pasó tácitamente a través de las manos de los apóstoles hacia la Iglesia, a partir de su uso y de la actitud general de los primeros fieles cristianos con respecto a sus componentes.
Fue una “actitud” que se revela en el Nuevo Testamento a través de las múltiples citas, en el caso de la mayor parte de los escritos sagrados del Antiguo Testamento, y en el caso de otros pocos, que no son citados en forma directa, se considera que debieron haberse manifestado a través de expresiones orales, y por lo tanto no registradas, o bien por medio de su aprobación “de hecho”, a través de la reverencia especial que, indudablemente, les otorgaban los fieles de las primeras comunidades cristianas.
La mayoría de los libros del Antiguo Testamento hebreo están citados en el Nuevo, excepto aquellos que han sido apropiadamente llamados “Antilegomena del Antiguo Testamento”, es decir: Ester, Eclesiastés y El Cantar de los Cantares. Más aún, tampoco se citan en el Nuevo Testamento los libros de Esdras y Nehemías, que son “protocanónicos” (es decir, que están incluidos en el Canon Palestino); por lo cual, no pudo haberse establecido como criterio de canonicidad el hecho de que estuvieran citados o no.
Por ello, la reconocida ausencia de cualquier cita explícita de algunos de los libros deuterocanónicos no es motivo suficiente para sostener que los personajes y autores del Nuevo Testamento los consideraran como escritos inferiores a los libros del Canon Breve, o les desconociesen el origen divino considerándoles “apócrifos” (como más adelante sugirieron algunos teólogos disidentes de la Iglesia Católica, en tiempo de la Reforma).
Si bien no hay alusiones directas, se puede ver de manera clara que los apóstoles y evangelistas estaban familiarizados con los libros alejandrinos, que los consideraban como fuentes merecedoras de respeto, y que escribieron bajo cierta influencia de ellos.
Así, por ejemplo, si se compara el capítulo 11 de la carta a los Hebreos con los capítulos 6 y 7 del 2° Libro de Macabeos, se manifiesta una inconfundible referencia a éste último, al hablar el primero de los mártires glorificados. Asimismo, hay mucha afinidad de pensamiento, e incluso de formas de lenguaje, entre 1Pe 1, 6-7 y Sab. 3,5-6; entre Heb 1,3 y Sab 7,26-27; entre 1Cor 10,9-10 y Judith 8, 24-25; entre 1Cor. 6,13 y Eclesiástico 36,20, etcétera.
Un gran número de autoridades católicas percibe una indudable base para la canonización de los deuterocanónicos en la aprobación masiva, por parte de los Apóstoles, del Antiguo Testamento griego, sobre la base (ya mencionada) de que el Nuevo Testamento muestra cierta preferencia por la “Traducción de los Setenta”.
San Justino Mártir fue el primero en darse cuenta que la Iglesia poseía una versión de las Escrituras del Antiguo Testamento que diferían de las de los judíos. Fue también el primero en insinuar el principio, que luego sería abiertamente promulgado por escritores posteriores, de la autosuficiencia de la Iglesia Cristiana para establecer el canon; y su independencia con respecto a las autoridades judías sobre ese asunto.
La plena comprensión de esta verdad tomó tiempo en madurar, por lo menos en Oriente, donde no faltan indicaciones de que, por largo tiempo, en algunos frentes no se pudo evitar la influencia de la tradición judeo-palestina.
Por tales motivos, realmente nunca hubo una duda, lo suficientemente seria como para ser atendida, de que la Iglesia apostólica del primer siglo aceptó los 7 libros deuterocanónicos como parte de su canon (es decir, de sus libros reconocidos como Palabra de Dios), y que por lo tanto, utilizó el Canon Completo de los 46 libros del Antiguo Testamento.
En el próximo número de Jesucristo Vivo, con la bendición del Señor, veremos de qué modo se definió el Canon del Nuevo Testamento.