Hacia un Encuentro con la Vida:
Primer Congreso de Salud y Vida

“¡Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda la vida humana! ¡Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!” (SS. Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, 25 de marzo, 1995, n.5.)

Entre el jueves 4 y el sábado 6 del mayo pasado se realizó en la ciudad de Mérida, Yucatán, México, el Primer Congreso de Salud y Vida, cuya organización estuvo a cargo de la Asociación de Médicos Católicos de Yucatán.

El Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud apoyó el evento con la presencia del Eminentísimo Sr. Cardenal Javier Lozano Barragán, como delegado pontificio, quien tuvo una muy activa participación con cuatro disertaciones.

El objetivo central del congreso fue el de promover en nuestra sociedad la salud integral unida a la dignidad de la vida humana. De esta manera, el enfoque de cada conferencista estaba orientado a sensibilizar y crear mayor conciencia del respeto a la vida, como un don esencial de Dios.

La promoción de la cultura de la vida impulsa a analizar el estado actual de la salud integral de las sociedades y reflexionar sobre problemas médicos actuales, intentando hallar soluciones acordes con los lineamientos de la bioética, como principio de la defensa de la vida.

La agenda de los tres días del evento estuvo distribuida en conferencias, exposiciones y espacios de esparcimiento y convivencia, y contó con la participación de autoridades tanto eclesiales, como científicas y civiles, que compartieron el lema “Hacia un encuentro con la vida”.

La Asociación de Médicos Católicos de la Arquidiócesis de Yucatán y la organización de Médicos a Favor de la Vida contaron con el apoyo y aval académico de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), la Escuela de Medicina de la Universidad del Mayab, la Universidad Marista de Mérida y la Universidad Patria; instituciones que brindan un considerable apoyo a la divulgación, investigación y desarrollo científico del sureste mexicano.

A lo largo de las tres jornadas, se presentaron doce conferencias en las que, de manera general, se desarrollaron temas sobre diferentes áreas de la salud y la defensa de la vida.

Desde el punto de vista médico-científico, reconocidos profesionales e investigadores tocaron temas referentes a la salud biológica, social y ecológica. Se profundizó también, y con especial relevancia, en asuntos de bioética como anticoncepción, reproducción y aborto; eutanasia, SIDA y salud reproductiva.

Profesionales de leyes y autoridades civiles expandieron los horizontes de los asistentes, al hablar sobre los derechos humanos, la relación existencial médico-paciente, la familia y los medios de comunicación, etcétera; desde el punto de vista de la legislación vigente y sus perspectivas.

La salud espiritual y el sufrimiento

A pesar de que los aportes científicos son siempre los instrumentos a través de los cuales la defensa de la vida encontrará una esperanza en este mundo tan secularizado, consideramos de mucha importancia resumir ahora los aspectos más relevantes de la perspectiva espiritual con la que se enfocó este primer congreso de salud.

Aunque muchos hombres de ciencia rechazan de plano la doctrina católica y cualquier otro sistema religioso, o definitivamente niegan la posibilidad de relación entre un esquema de valores y creencias con el desarrollo científico y tecnológico,  la Iglesia considera que todo avance o descubrimiento en estas áreas debe tener como eje y fin último la dignidad humana.

Definitivamente, será la exactitud de la ciencia, regida de manera especial por la bioética, la que nos orientará hacia la defensa de la vida.

Efectivamente la ciencia avanza con el fin de lograr mayor bienestar para el hombre, y se han ganado muchas batallas en ese ámbito, pero algo que no se puede perder de vista –y ese es el sentido principal de la realización de eventos como éste- es el análisis de la distancia lamentable que se evidencia entre la salud física y la salud moral o espiritual del mundo.

El Emmo. Cardenal Javier Lozano Barragán alertó acerca del gran peligro latente de la “cosificación” del enfermo (es decir, de su tratamiento como si fuese “una cosa”) y la consecuente pérdida de la perspectiva fundamental sobre la dignidad y el valor de la vida humana.

Efectivamente, en la actualidad existe mucho trabajo y esfuerzo en ese sentido, pero para avanzar aún más es necesario recordar siempre lo que la misma Organización Mundial de la Salud nos dice: Que la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no consiste sólo en la ausencia de enfermedades o de malestar físico.

Muy acertadamente dijo Mons. Rodrigo Aguilar Martínez, Obispo de Tehuacan, Puebla, y Presidente de la Comisión Episcopal de la Pastoral Familiar: “se deben reconocer los esfuerzos por aliviar el dolor, pero no por eso convertir la salud en un ídolo al que se subordine cualquier otro valor”.

Es importantísimo con este propósito el reconocer siempre la supremacía de la salud moral sobre la física, ya que como consecuencia de la primera vendrá un estilo de vida que sepa resguardar y mantener la segunda como algo elemental.

Es el principio de la Coherencia Moral que asegurará el respeto a la dignidad humana en su verdadera dimensión, es decir, sabernos hijos de Dios, llamados a la vida eterna, y como tales respetar y dignificar el don divino universal que es la vida.

En esta perspectiva, Monseñor Rafael Palma, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Yucatán, nos daba el principio imprescindible de la dignidad humana: considerar al otro como a otro yo, siguiendo con el mandamiento de Cristo que nos exhorta a amar a nuestro prójimo como Él nos amó.

En esta misma senda se rescata uno de los principios doctrinarios más trascendentales del catolicismo: el sentido cristiano del sufrimiento humano. En este punto ahondaron algunos de los disertantes eclesiásticos, profundizando la explicación de estas premisas fundamentales, que nos abren la visión a la verdadera felicidad, a pesar de las contrariedades propias de nuestra limitada condición humana.

El sufrimiento es inseparable de la existencia del hombre, y viene como consecuencia del pecado, a merced del cual hemos perdido las prerrogativas originales del paraíso (como la vida eterna). Pero gracias a la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, podemos hacernos partícipes de su sufrimiento redentor, y complementar así, con nuestra mísera humanidad, el sacrificio divino que Él ofrece a Dios Padre, como camino de Salvación.

Como aclaraba Mons. Rodrigo Aguilar Martínez, hablando de la actitud cristiana frente al sufrimiento, ésta no consiste en una simple pasividad, ni un conformismo con el cual busquemos endulzar una realidad adversa.

Se trata más bien de descubrir un sentido especial y altamente provechoso para el espíritu humano con el propósito de “sufrir bien”, y ayudar a los demás a “sufrir bien”, convirtiendo la amargura en la dulce promesa de la purificación y el gozo de la salvación eterna.

Hay mucho por leer y por decir sobre el sufrimiento, el sacrificio y el sentido cristiano de la muerte, pero aquí creemos encontrar un nuevo punto de partida hacia la verdadera Luz, que es Cristo, nuestro Señor, en este duro y árido camino de la vida.

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