El Código da Vinci: Abusos, excesos y mentiras

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Como habíamos adelantado en el primer editorial de esta revista, no queríamos dejar de publicar este exhaustivo artículo, a pesar de todo lo ya escrito, dicho (y también especulado) en diversos medios periodísticos sobre la novela anticatólica de Dan Brown, que luego de millonarias inversiones en publicidad y marketing, se ha convertido en un “best seller” de fama mundial, hasta alcanzar un récord de ventas que supera los 44 millones de ejemplares, y que dejaron al autor una ganancia superior a los 250 millones de dólares.

No podíamos dejar de analizar este asunto, con toda la profundidad que se merece, porque aunque es posible que el lector ya haya leído algunas notas al respecto, ya haya visto quizás algunos de los documentales que tratan de poner en claro esta cuestión, sentimos que es nuestro deber brindarle los argumentos necesarios para que los estudie con calma y pueda regresar sobre ellos cuantas veces lo necesite, a fin de facultarse para conversar sobre el tema e ilustrar a algunas de las tantas personas inadvertidas, que tal vez hayan caído en los múltiples engaños con que el autor se ha dado el lujo de llenarse los bolsillos y confundir a millares de personas; mucho más ahora, que se está proyectando la película en diversas salas cinematográficas del mundo.

Comenzamos calificando a la obra de “anticatólica” porque es evidente que ataca en forma directa, obstinada y despiadada a la Iglesia, con toda una serie de barbaries que le atribuye, y lo que es más grave aún: dispara sus misiles contra la base de todo el sistema de creencias del mundo cristiano.

Es que “El Código Da Vinci” ha seguido perfectamente cada uno de los pasos necesarios para convertirse en un espectacular producto de masas: Un estruendoso lanzamiento publicitario; edición rústica y libro ilustrado; ubicación privilegiada de la novela en las vidrieras y escaparates de librerías, con el uso de sus correspondientes exhibidores en muchos casos; diversidad de sitios sobre la obra y sobre el autor en Internet; foros de debate; juegos de adivinanzas y pesquisas sobre los temas del libro; guionización, producción, promoción y sonado lanzamiento de la película; etcétera.

Así, por ejemplo, se afirma que la editorial Doubleday, de la Random House de Nueva York, distribuyó gratuitamente 10 mil ejemplares de la novela entre periodistas especializados en crítica literaria o artística y medios de comunicación en general.

El mensaje principal de Brown es que, después de dos mil años, él ha venido a descubrir “la verdad sobre el mensaje de Cristo”, gracias a la comprensión de unas “claves secretas”, y muy a pesar de la Iglesia, que habría tratado de ocultarlas desde sus orígenes, apelando a todos los medios posibles, sin omitir los asesinatos cada vez que resultaron necesarios...

El autor, pretende aparecer como “un estudioso serio y detallista”, que luego de “investigar concienzudamente y por mucho tiempo el tema”, logró desenmascarar una conspiración en la cual la Iglesia Católica habría venido trabajando desde su fundación.

Como era de esperar, tanto el retorcido tema, como todo el aparato publicitario volcado en los esfuerzos de ventas a nivel mundial, han terminado por generar una verdadera confusión en diversos sectores de nuestra sociedad, generalmente bastante desinformados y ávidos de los escandaletes a los que nos han acostumbrado los líderes políticos, artistas de cine y televisión, y casi cuanta persona destacada se gana un espacio en los grandes medios de comunicación.

El problema más grave de todo este asunto, que en sí mismo no daría para mucho, si la sociedad hubiese desarrollado un discernimiento crítico elemental para poner cada cosa en su lugar, es que las mentiras hiladas convenientemente por Brown para dar vida a su novela, son tomadas por varios de sus receptores como “verdades”, como “elementos nuevos para comprender la realidad”.

Es por ello que se hace verdaderamente necesario realizar un examen detallado sobre este asunto, que aporte argumentos sólidos no sólo a quien quiera conversar sobre el tema sino, sobre todo, a quienes conozcan a alguien que pueda pensar que “se le han abierto los ojos” con la lectura de la novela o con la concurrencia al cine, para ver la película que se realizó a partir de ella.

Analizando brevemente la novela

Tal vez sea bueno comenzar diciendo que los errores de la novela empiezan desde su mismo nombre, que está mal empleado, puesto que la frase “El código Da Vinci” sería apropiada más bien para denominar un código o clave perteneciente a la ciudad de Vinci, Italia.

En efecto, una mínima investigación histórica, demuestra que el nombre del artista era simplemente “Leonardo”, y que recién más de dos siglos después de su muerte, con el fin de identificarlo, se le agregó a su nombre el de su ciudad natal, que era precisamente Vinci, situada en la Región Toscana de Italia Central, a pocos kilómetros de Florencia.

Ya desde ese punto coincidimos con aquello que, con justicia cáustica, sostiene Amy Welborn, cuando dice, en su libro “Descodificando a da Vinci”: “un autor que ni siquiera puede dar el nombre del personaje histórico central de su libro, no merecería que confiáramos en sus conocimientos de historia.

Ciertamente, puede entretenernos de otro modo, pero, por favor, que no pretenda que ‘El Código Da Vinci’ nos informe sobre historia, religión o incluso arte.”

Brown, que declaró en el 2003 al “Philadelphia Inquirer”: “Cuando usted haya terminado el libro, habrá aprendido grandes cosas. He tenido que investigar muchísimo...”, tal vez debería haber partido por averiguar bien el nombre del artista, al que innumerables veces llama simplemente “Da Vinci”.

Es como si, bajo esa lógica, escribiéramos un libro titulado “la Cruz de Nazareth”, que hable sobre la Cruz de Cristo, y en él nos refiramos centenares de veces al personaje central llamándole “De Nazareth” en vez de Jesús o Jesucristo. ¿Cómo lo ve?

En síntesis, “El código Da Vinci”, es un producto híbrido, con elementos de novela policial, de acción y misterio, de novela negra y hasta de manifiesto ideológico, que pretende pasar por otro género, el de “novela histórica”, pero sin preocuparse por cumplir con el requisito principal para poder serlo: que pese a tener personajes creados por el autor, respete la verdad histórica de los acontecimientos.

En este caso, Brown no sólo que no respeta la historia, sino que abiertamente “se la inventa”... Las comillas van porque en rigor, ni siquiera se la inventa él, sino que, como veremos más adelante, la toma de un libro publicado ya en 1981.

Es decir,  Brown sí “crea” una trama, que es la que relata la novela, pero basado en supuestos “hechos históricos” que ya habían sido inventados y presentados por otros autores dos décadas atrás, aunque sin la pretensión de “fidedigna rigurosidad metodológica” que él quiso atribuirles.

Por lo demás, al menos hasta hoy, no ha aparecido un solo historiador, investigador o experto que avale lo que Brown afirma como “verdad descubierta”. Baste para dar cuenta de ello el comentario de un experto, que nos presenta Cynthia Grenier en una nota del semanario “Weekly Standard”: “Por favor, alguien debería dar a este hombre y a sus editores unas clases básicas sobre la historia del cristianismo y un mapa”.

Finalmente, si analizamos la opinión de la crítica literaria internacional, veremos que es absolutamente demoledora para la novela.

Ningún crítico de prestigio la ha valorado positivamente, aunque su lectura lleve a la ilusión de que, al finalizar el libro, el lector formará parte de una élite de “informados” sobre una serie de conocimientos que muy  difìcilmente se daría el trabajo de investigar, y que por ello, le hacen sentir en una situación de superioridad intelectual respecto de los demás.

Las Fuentes de Dan Brown

Según sostiene Amy Welborn, autora anteriormente citada de la magistral obra “Descodificando a da Vinci”, -y según pudimos constatar también nosotros- las tres fuentes básicas que utilizó Brown para la redacción de su novela son las siguientes:
 
1.- El libro “El enigma sagrado” de Baigent, Leigh y Linconl, publicado en 1981, y sus corresponidentes secuelas, como “La Revelación de los Templarios”, de Pyknett, y otros similares.

Este libro relata una supuesta “investigación” hecha por un par de reporteros, que “descubren” una cantidad de cosas misteriosas, relacionadas con el párroco de un pueblo del sur de Francia (Rennes le Chateau), de nombre Berenguer de Saunier.

Este padrecito, habría encontrado en el pilar del altar de su parroquia, unos escritos antiguos, que se llevó en secreto, y misteriosamente, comenzó a gastar enormes cantidades de dinero, que incluso llegó a heredar a su sirvienta, la que al igual que el cura, muere misteriosamente la noche en que decide revelar el origen del dinero.

Siguiendo algunas pistas que se les presentan, los supuestos investigadores encuentran un “Dossier secreto” en el museo del Louvre, que contiene la famosa lista de los grandes maestros del “Priorato de Sion” (una presuntamente antigua sociedad secreta, detentadora del mayor poder de Occidente), además del árbol genealógico de varias familias de Inglaterra y Francia, que llevarían “históricamente” al lector desde el rey Meroveo (aproximadamente los años 448-457) y sus descendientes, los reyes merovingios, hasta nuestros días, terminando con varias familias que habrían “deformado” sus apellidos para ocultar su relación con la dinastía de Jesús.

Entre ellas, los autores mencionan a los Borbón (de bourbon = rojo de sangre), los Sinclair (deformación de Saint Grial= Santo Grial), y por supuesto, los Plantard (de Plant Ard, o planta ardiente ¿recuerdan a Moisés?).

Bueno, ya con las derivaciones lingüísticas tan antojadizas, podemos hacernos una idea sobre la falta de seriedad y sustento que caracterizaba a dicha obra. A partir de allí, comienza una serie de especulaciones, a cual más descabellada, para llegar a las conclusiones más incoherentes y arbitrarias que se puedan imaginar, y que ahora viene a retomar “El Código Da Vinci”.

2.- Las teorías en torno a “la edad perdida de las diosas” y en concreto a “lo sagrado femenino” fueron tomadas por Brown del libro de Margaret Starbird “María Magdalena, ¿la esposa de Jesús?”. Queda muy claro que la descripción que hace de la Magdalena en “El Código...” procede directamente de aquel libro, al que su propia autora calificó como “obra de ficción”.

3.- El gnosticismo, al que pretende reivindicar como la corriente que supuestamente habría interpretado “el correcto mensaje de Jesús”, era un sistema intelectual, espiritual y esotérico, ampliamente difundido en el mundo antiguo, que sostenía que el verdadero conocimiento es el principal vehículo de “redención” para el hombre, y que éste sólo es accesible a unos pocos. (Ver artículo en páginas 8 y 9)
En pocas palabras, Dan Brown toma el tema principal de “El enigma sagrado”, que fue el precursor de la disparatada teoría sobre la maternidad de María Magdalena, los Merovingios y el “Priorato de Sión”. Trata de apoyar todo esto extrayendo detalles del libro de Margaret Stabird, y a esa sopa, le da un sustento pseudofilosófico y supuestamente “histórico”, hablando del gnosticismo y salpicándolo con las modernas teorías del “new age”. He ahí, condensado, el “descubrimiento” de Dan Brown.

Como vemos, se puede asegurar, sin el menor temor a equivocarse, que ni sus fuentes son dignas de crédito, ni tienen base histórica seria, ni sus argumentos son tan novedosos como para calificarlos de “descubrimiento”. En síntesis: una ensalada de chícharos con garbanzos y mandarinas.

Comohemos dicho, el presunto “Dossier”, que sirve como eje a la novela de Brown, habría contenido una lista de supuestos “Grandes Maestros” del Priorato de Sión, entre los que se habían colocado los nombres de personajes muy conocidos por la historia, como Leonardo Da Vinci.

Lo cierto es que este claramente absurdo “catálogo de célebres estrellas de la intelectualidad y el talento”, como Boticelli, Isaac Newton, Jean Cocteau y, naturalmente, Leonardo, es la misma lista que Brown pregona, junto con el supuesto pedigrí del Priorato, en la presentación de “El Código Da Vinci”, bajo el atrevido y engañoso título de “Los hechos”.

Como ya ha sido perfectamente demostrado, el Priorato de Sión fue una invención de Pierre Plantard, un famoso falsificador de origen francés; hijo único de una familia modesta, que dejó la escuela a los 17 años y militó en varias organizaciones de extrema derecha; monárquico y antisemita, fundador de varios grupos anti-judíos, como “Renovación Francesa” y “Alpha Galates”. Un individuo desequilibrado, que pasó un tiempo en un hospital para enfermos mentales, y que entre sus desvaríos quiso hacer creer a la opinión pública francesa que era descendiente de Jesús, y que por lo tanto tenía el “derecho divino” para ocupar el trono de Francia.

Philippe de Chérisey, -muerto en 1985- amigo personal de Plantard, fue quien elaboró los documentos de los “Dossiers Secrets” (Archivos secretos) sobre el Priorato de Sión y sus misterios. Lo confesó públicamente, hasta llegando a lamentarse de que Plantard no le habría pagado por ese servicio.

La documentación correspondiente a la falsificación cursa en los documentos del abogado de Chérisey. Estos Dossiers Secrets, fueron “encontrados” en el año 1975 por las mismas personas que los habían escondido en la Biblioteca Nacional de París: Plantard y sus amigos. Y es completamente cierto que no se trata de documentos antiguos sino de documentos falsos modernos.

El auténtico Priorato de Sión resultó ser, en la realidad, un grupo reducido e inofensivo de amigos con idénticas ideas (de tinte “rosacruciano”), creado en 1956, según se puede observar en el Boletín Oficial de la República Francesa número 167, página 6731, publicado el 20 de julio de 1956.

Como no existe una conexión real entre Meroveo (año 457) y Jesús, se tejen una serie de leyendas, entre románticas y fantasiosas, entre las que podemos mencionar, que los reyes Merovingios eran conocidos por ser rubios, altos y de complexión perfecta, que tenían poderes extraordinarios para curar enfermedades (¿Poder divino?), y que atribuían esos poderes a sus largas melenas (¿Recuerdan a Sansón?), y que recorrían las ciudades haciendo el bien a los pobres...

Aún así, gran parte de la confusión  que ocasiona este libro, es el hecho de que el autor afirma textualmente en la página 9 de su libro que “todas las descripciones de arte, arquitectura, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela son veraces”. Hay muchos lectores que leen el libro tal y como desea el autor: como un libro de investigación, que les desvela parte de la historia real del mundo, “que la mentirosa y pérfida Iglesia Católica les ha ocultado durante siglos.”

Una Serie de Mentiras

Además de los Dossier Secretos, que como bien hemos visto son falsos, Dan Brown, haciendo gala de una falta de seriedad absoluta, recurre a una serie de mentiras, para poder sostener el hilo anti católico de su novela, en la que dice: “Ha llegado el momento de descubrir las falsedades de la Iglesia Católica, y conocer el ‘verdadero mensaje de Cristo’.”

¿Qué más podríamos esperar...? Todo en el relato es ampuloso y deforme. La figura de Jesús es tratada con menosprecio. Además de negar su divinidad, se le describe como un hombre cualquiera, acosado de pasiones y cargado de problemas menos nobles. No se oculta su condición de maestro y “líder”, pero siempre en un plano más bien social, horizontal y achatado. Las descripciones sobre su supuesto matrimonio con la Magdalena y el trato con su supuesta “hija” son elementos básicos para rebajar su condición espiritual y su condición divina, y vulgarizar hasta el extremo su comportamiento.

Aún omitiendo las ofensas y agravios directos que como católico o cristiano uno pueda sentir, es importante resaltar la falsedad de la mayoría de las cosas que sostiene la novela, a fin de demostrar en forma objetiva que -aunque uno no fuera creyente- no se puede, racionalmente, dar el más mínimo crédito a tanto disparate. Veamos sólo algunas de aquellas mentiras, para que nos sirvan de muestra:

Primera Mentira:
Sostiene que la idea de que Jesús es Dios proviene del Siglo III:

Dice textualmente la novela: “Hasta aquel momento de la historia, Jesús era visto por sus discípulos como un profeta mortal, un poderoso y un gran hombre, pero un hombre nada más. Un mortal”.

Al decir “aquel momento” se refiriere a los tiempos del emperador romano Constantino, a cuya conversión atribuye Brown la difusión de una Iglesia Católica engañosa y promotora de una imagen distorsionada de Jesús.

La Verdad

Es cierto que Constantino promulgó el Edicto de Milán, por medio del cual se otorgaba libertad de culto en el imperio romano, y por tanto se ponía fin a las terribles persecuciones de que fueron objeto los cristianos en Roma por más de 150 años.

Sin embargo, la conversión de Constantino sucedió, de acuerdo con las fuentes históricas más serias, como resultado inmediato de su victoria en la batalla del Puente Milvio, el 28 de octubre del año 312.

Como sabemos, los cuatro Evangelios, fueron escritos al menos ciento cincuenta años antes del 312, y en ellos vemos innumerables muestras de que no sólo los apóstoles creían que Jesús es Dios, sino que Él mismo lo dijo en más de una ocasión.

Por ejemplo, cuando dice: “Y yo, que fui consagrado y enviado al mundo por el Padre, ¿estaría insultando a Dios al decir que soy el Hijo de Dios?  Si yo no hago las obras del Padre, no me crean. Pero si las hago, si no me creen a mí, crean a esas obras, para que sepan y reconozcan que el Padre está en mí y yo en el Padre.” (Jn 10,36-38).

También lo vemos en Jn 8,58: “Antes de que Abraham naciera, Yo Soy”, y en Jn 17,5: “Ahora, Padre, glorifícame Tú a tu lado con la gloria que tuve junto a Ti antes de que el mundo existiera”

Más aún, Juan comienza su Evangelio con estas palabras: “En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba ante Dios, y la Palabra era Dios (…) Y la Palabra se hizo carne, puso su tienda entre nosotros, y hemos visto su Gloria: la Gloria que recibe del Padre el Hijo único; en él todo era don amoroso y verdad.

...Por medio de Moisés hemos recibido la Ley, pero la verdad y el don amoroso nos llegó por medio de Jesucristo. Nadie ha visto a Dios jamás, pero Dios-Hijo único nos lo dio a conocer; él está en el seno del Padre y nos lo dio a conocer”. (Jn 1,1; 1,14 y 1,16-17)

Pero además, veamos las opiniones de escritores contemporáneos que no eran cristianos:
- Flavio Josefo, historiador judío contemporáneo de Jesús, escribe: “Por esta época vivió Jesús, un hombre sabio, si es que se le puede llamar hombre, porque llevaba a cabo obras prodigiosas”.
- Plinio el Joven (112 DC) describe las “extrañas” costumbres de las primeras comunidades cristianas y dice: se reúnen “antes de rayar el sol y cantan un himno a Cristo como a Dios”.
- Además de ellos, también escribieron Tácito (año 115 DC) y Suetonio (año 120 DC), todos ellos, además de los Padres de la Iglesia, las cartas de los Apóstoles y las de otros autores cristianos, constituyen pruebas irrefutables de que los primeros discípulos de Cristo estaban absolutamente seguros de su divinidad.

Segunda Mentira:
Sostiene que Jesús estuvo casado:

El principal argumento que Brown utiliza para “sustentar” esta afirmación es que en esa época, un rabino debía ser casado para poder ejercer como tal.

La Verdad

Jesús nunca fue rabino. Sus discípulos lo llamaban RABBI, que significa “maestro”, aspecto sutil que es notorio en el lenguaje formal con el que fueron escritos los Evangelios.

Pese a esto, también había excepciones, como Rabí Simeón ben Azzai, quien, al ser acusado de permanecer soltero, decía: “Mi alma está enamorada de la Torá. Otros pueden sacar adelante el mundo” (Talmud de Babilonia, b. Yeb. 63b).
Diversos historiadores de la época nos informan que había esenios que vivían el celibato, Flavio Josefo (Guerra Judía 2.8.2 & 120-21; Antigüedades judías 18.1.5 & 18-20), Filón (en un pasaje conservado por Eusebio, Prep. evang. 8,11.14) y Plinio el Viejo (Historia natural 5.73,1-3).

También Filón (De vita contemplativa) señala que los “terapeutas”, un grupo de ascetas de Egipto, vivían el celibato. Además sabemos que algunos profetas de Israel, como Jeremías, habían sido célibes. Moisés mismo, según la tradición rabínica, vivió la abstinencia sexual para mantener su estrecha relación con Dios. Juan Bautista tampoco se casó. Por tanto, a pesar de que el celibato era poco común, no era algo inaudito entre los maestros judíos.

Aunque en ningún lugar del Nuevo Testamento se nos dice que Jesús fuera un hombre célibe, casado o viudo, los evangelios hablan de su familia, y especifican que se refieren a su padre, a su madre, a sus “hermanos y hermanas”, pero nunca a su “mujer”. Este silencio es elocuente.

Jesús era conocido como el “hijo de José” (Lc 3,23; 4,22; Jn 2,45; 6,42;) y, cuando los habitantes de Nazareth se sorprenden por su enseñanza, exclaman: “¿No es éste el artesano, el hijo de María, y ‘hermano’ de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus ‘hermanas’ no viven aquí entre nosotros?” (Mc 6,3). Hubiera sido una ligereza extrema omitir a su esposa en tantas citas referentes a su familia, y mucho más si se tiene en cuenta que los israelitas llamaban “hermanos” a los primos, aunque sean parientes “un poco más lejanos”.

Tercera Mentira:
Sostiene que los cuatro Evangelios son un simple “montaje” de Constantino:

Brown lanza esta acusación alevosa, y por supuesto, no hace ni dice nada por sostenerla. Pareciera ser que, a los fines publicitarios, le bastaba el escándalo que ocasionaría su irreverencia e ignorancia.

La Verdad

Los apóstoles y otros discípulos fueron testigos de la predicación de Jesús, de su muerte y de su resurrección. Guardaron lo que habían visto y oído y lo transmitieron, primero en forma oral y luego por escrito.

Si bien es cierto que aparecieron otros textos, principalmente gnósticos, que sin embargo no gozaron de credibilidad para la gran masa de los cristianos (como recuerda Introvigne, en la época del Canon Muratoriano -que data aproximadamente del año 190 después de Cristo-) el reconocimiento de cuatro evangelios como Auténticos y Legítimos, así como la exclusión de textos gnósticos era un proceso que ya se encontraba sustancialmente completo noventa años antes de que naciese Constantino.

La historia sobre el establecimiento del Canon de la Sagrada Escritura –que ha sido estudiada de una manera metodológica y objetivamente intachable- muestra claramente que las cosas jamás habrían podido suceder como tan ligeramente las sostiene Brown. Jesús dejó los sólidos cimientos de una Iglesia entre sus Apóstoles, María, y otros discípulos (hombres y mujeres). Esta Iglesia sólo aceptaría los textos que se escribieron en la primera época apostólica.

De hecho, como veremos en la segunda parte del artículo sobre el Canon de las Sagradas Escrituras (que se publicará en el próximo número de Jesucristo Vivo, D. m.) uno de los criterios básicos de legitimidad, en relación con los Evangelios, fue que estuvieran escritos por los Apóstoles o sus discípulos directos.

Esos discípulos -guiados por la Luz del Espíritu Santo-conservaron con exactitud las palabras y los hechos de Jesús. Éstas eran palabras que, desde el principio, se empleaban en la liturgia, la predicación y la enseñanza para comunicar fielmente la fe en Jesucristo a toda la comunidad cristiana.

Por el contrario, los textos gnósticos en los que supuestamente Brown centra su teoría, nunca fueron considerados canónicos, ni se consideraron fiables o dignos del menor crédito.

Dice un estudioso crítico del “Código da Vinci”: “Tenemos que pensar con lógica y seriedad sobre esto. ¿Qué provecho obtendrían los apóstoles y los primeros cristianos por ocultar la verdad? ¿Les proporcionaría honra y alabanzas? ¿Les haría más ricos? ¿Les haría ganar poder? Puesto en lugar de ellos, ¿soportaría uno los mismos padecimientos de los primeros cristianos si supiera que todo era una mentira? Sabemos históricamente, que todos los Apóstoles murieron en el martirio, ¿Lo hubieran aceptado sólo por seguir una mentira?

¿Y todos los mártires de los primeros años, los del circo Romano, los crucificados de la Vía Apia, etcétera...? Recordemos, que todo esto sucedió más de doscientos años antes de Constantino...

Y, además de todo lo anterior, ¿qué sucedió al final con Jesús? ¿Acaso no resucitó? Lo cierto es que, a lo largo de los siglos, los cristianos fueron arrestados, torturados y encarcelados, pero no por seguir simplemente a un maestro. Fueron castigados porque, tal y como se entendía el cristianismo, daban culto a Dios, encarnado en Jesús de Nazareth, con una fidelidad que les impedía honrar al César como señor o como dios, aunque eso les acarrease el martirio. Su visión de un mundo en el que Dios reinaba como Señor del universo era, con absoluta certeza, una traición para los demás”. Pero ellos vivieron y murieron por su Fe, antes de que Constantino fuese siquiera soñado por los abuelos de sus tatarabuelos.

Cuarta Mentira:
Sostiene que la Iglesia pinta a María Magdalena como una prostituta para denigrarla:

Según la novela, los partidarios de Pedro, en su opinión el “partido ganador”, de los dos que -dizque- había en disputa en el cristianismo primitivo, se encargaron de oscurecer la imagen de la Magdalena, habiendo quedado “la historia de los vencedores”, como verdad.

La Verdad

Desde los Primeros Padres de la Iglesia, se considera a María Magdalena como a una santa de la cristiandad, existen varios templos consagrados a ella, e incluso se le atribuyen milagros, principalmente de conversión. ¿Cómo pues podría decirse que se oscurece su figura?

Muy al contrario, los Evangelios relatan la importancia de María Magdalena, al haber sido ella la primera que vio a Jesús resucitado, siendo éste el único relato en el que aparecen ella y Pedro juntos, lo que se puede leer claramente en Juan 20,1-18.

Juan Chapa ilustra este asunto con un criterio analítico y simple, diciendo: “Las relaciones entre Pedro y María Magdalena debieron de ser similares a las que había entre Pedro y Juan, Pedro y Pablo, Pedro y Salomé, etc. Es decir, las  relaciones propias del que estaba al frente de la Iglesia con los otros que habían sido discípulos del Señor y que, después de su resurrección, daban testimonio del resucitado y proclamaban el Evangelio.”

Quinta Mentira:
Sostiene que la Iglesia Católica es ferozmente patriarcal y machista:

A través de toda la novela, y sobre todo a por medio de su personaje Teabing, manifiesta que a lo largo de dos mil años, la Iglesia en su afán de defender al partido de Pedro, se empeñó en hacer desaparecer todo culto a lo femenino, desfigurando así el legado de Jesús, que habría dejado como jefe de su iglesia a María Magdalena, símbolo de las diosas ancestrales de lo femenino.

La Verdad

Resulta risible que Brown, luego de haber “investigado profundamente” la historia o la institución de la Iglesia, desconozca el profundo significado de la Virgen María para los Católicos, que hasta nos lleva a ser llamados “idólatras” por la veneración que sentimos hacia la Madre de Dios.

La Iglesia ha sostenido desde sus orígenes que, aunque María no es Dios, su vida se nos revela como el primer y principal ejemplo de la fidelidad a Dios, porque a través de su decisivo papel en la historia de nuestra salvación, al decir «sí» a Dios –y permitir la encarnación de Jesús en su virginal vientre– hizo posible al género humano su Reconciliación definitiva con Dios, y, por tanto, nos abrió las puertas de la Vida Eterna.
 
En este sentido, Brown se equivoca de nuevo. El cristianismo no ha “reprimido la atención a lo «sagrado femenino»”, como él sostiene. Por el contrario, en María, la cristiandad católica y ortodoxa lo ha celebrado y alimentado, ¡Y qué decir de la gran cantidad de santas, doctoras de la Iglesia, beatas y mujeres ejemplares que la Iglesia nos presenta como verdaderos ejemplos de vida a sus fieles, y que son objeto de reverencia, contando a la propia María Magdalena entre ellas.

Por otra parte, si Brown sostiene que Jesús no era Dios ¿cómo hablar de “lo sagrado femenino” en su supuesta esposa, y hablar de la “realeza” en su presunta descendencia? Esa nos parece la mayor contradicción interna del relato, sumada al hecho históricamente comprobado de que los gnósticos, a quienes él atribuye el depósito de la verdadera fe (a través de ese supuesto culto a lo “sagrado femenino”) eran definitivamente anti-femeninos, como puede leerse en el artículo que habla sobre ellos en la Pág. 8 de esta revista.

Sexta Mentira:
Sostiene que la Iglesia Católica es una invención de Constantino:

La Iglesia aparece, en la novela, como una creación de Constantino, que andaba en busca de una religión única para afianzar su imperio, y elije al cristianismo, que (según Brown), era una simple creencia de origen oriental que giraba en torno a un profeta judío llamado Jesús, que había enseñado una doctrina atractiva mientras convivía con una mujer de nombre María Magdalena y con su hija Sarah.

Intenta hacer creíbles sus fantasías mediante la mezcla de sucesos imaginarios y algunos hechos reales, afirmando que el conjunto es el “resultado de investigaciones históricas serias”.
 
Brown pone en boca de sus personajes frases como “los historiadores se asombran de que...”; “afortunadamente para los historiadores...”; “muchos expertos afirman...”, etcétera, para dar la impresión de que sus elucubraciones han sido extraídas de serios documentos producidos por otros serios  “historiadores” y por “expertos”, lo que resulta evidentemente sospechoso, pues nunca dice los  nombres de dichos historiadores; y no hay un solo historiador en verdad serio que avale sus divagues.

Se limita a repetir los viejos tópicos de siempre sobre las Cruzadas, la inquisición, la condena al racionalismo o cientificismo, etcétera, y cuando se refiere a la época contemporánea, alude, ¿cómo no? de modo negativo, al Banco Ambrosiano y a las finanzas del Vaticano, al supuesto afán de dominio o a la escasa valoración de la mujer en la Iglesia. Con todo esto, el libro aporta mucha información aparente, pero con incorrecciones y errores de bulto que no resisten la crítica más elemental.
Así por ejemplo, el Opus Dei sería, según la novela, una especie de secta fanática, formada por “monjes” que desprecian su cuerpo y hacen penitencias increíbles; someten y oprimen a la mujer, fomentan los valores más conservadores del catolicismo y adoptan agresivos métodos de reclutamiento, como drogar a los jóvenes con mezcalina. Pero a la vez sería una empresa de gran potencial económico, que construye un rascacielos en Manhattan, su prelado viaja en jet privado y ostenta joyas fabulosas, etcétera.

La Verdad

Fue el mismo Cristo quién fundó la Iglesia Católica al decir: “Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo.”  (Mt 16,18-20)

Como decíamos al principio, la Iglesia Católica es el blanco directo de Dan Brown. Y para atacarla, no desprecia nada, interpolando y mezclando hechos reales con inventos propios y de otros, pero de una maera tan infantil que no menciona ni una sola cosa buena que haya hecho o haga hoy.

Con referencia a los Caballeros Templarios, por ejemplo, quienes también eran llamados “Caballeros Pobres de Cristo y del Templo de Salomón”, jamás dice que constituían una orden monástica de caballeros, que eran «monjes», puesto que hacían votos y vivían la obediencia a una regla que marcaba sus obligaciones religiosas, así como las exigencias de un comportamiento profundamente ético.

Cuando habla de ellos, Brown suele referirse al «Vaticano», como origen de las decisiones papales que culminarían en “la masacre” de estos buenos caballeros. Una vez más se equivoca de un modo que trasluce su desconocimiento fundamental de aquel período histórico, pues durante aquellos años, el Papa Clemente V no vivía en el Vaticano, ni siquiera en Italia, sino en Avignon, Francia, como un virtual prisionero del rey Felipe IV, y sometido a tremendas presiones por parte de dicho monarca.

La idea denostadora que trata de sembar sobre el Opus Dei, repercute necesariamente en la Iglesia, puesto que se trata de una institución muy apreciada por la jerarquía eclesial. Pero además la novela contiene acusaciones directas, tan graves como disparatadas.

Como es de conocimiento público, el Opus Dei es un movimiento fundado por el santo sacerdote español Josemaría Escrivá de Balaguer, como un medio apara que los fieles (laicos y consagrados) vivan su personal llamada a la santidad.

El ideario de este movimiento puede ser leído por cualquiera que esté interesadoen el tema, a través de las principales obras de su fundador: “Camino” y ‘Es Cristo que pasa’ ”.
En efecto, basta con leer dos o tres párrafos de cualquiera de esas dos obras para darse cuenta del talante espiritualde su fundador, y que naturalmente adoptó como orientación el Opus Dei. En el número 5 de JCV, páginas 27 a 29, el lector podrá encontrar una breve nota sobre este gran santo de nuestra época.

En fin, podríamos señalar toda una serie de mentiras e incoherencias más en las que “El Código Da Vinci” abunda, pero creemos que, con lo ya dicho basta y sobra. El resto sería sólo perder el tiempo y gastar más espacio.

Clonclusión

Además de esa sensación de vileza que a uno le embarga, por el sacrilegio premeditado en busca de unos dólares, no podemos dejar pensar con pena en los miles de cristianos que se sienten o se sentirán verdaderamente ofendidos por todas las injurias y agravios que “El código da Vinci” proporciona a Cristo y a su Iglesia, que somos todos nosotros.

Sin embargo, más tristeza nos debe dar aún el pensar en los otros miles de católicos, que verán tambalear su fe, como consecuencia de leer o ver toda esa trama de mentiras, excesos y abusos, sin dedicar tiempo ni esfuerzo para investigar seriamente su propia religión.

Por todo lo expuesto, así como por la inmensa cantidad de críticas realizadas por verdaderos expertos (esta vez con nombres y apelidos), tales como  Amy Welborn, Santiago Ausin, Marc Augé y muchos otros más, compartimos la opinión de J. J. G. Noblejas, periodista  de www.scriptor.org, quien sostiene que: “El Código da Vinchi es una canallada cultural, una explícita, voluntaria y pertinaz falta de respeto a las creencias de más de mil millones de personas”.

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