El Bautismo, filiación celestial e incorporación a la Iglesia
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En el número anterior de JCV habíamos iniciado esta nueva sección, destinada a ayudarnos a profundizar nuestro conocimiento acerca de los sacramentos, para así poder –tal como decíamos en aquel artículo— darles el justo valor que debieran tener en nuestras vidas, en tanto que constituyen el vehículo principal de santificación, y por lo tanto, de Salvación para todos los hombres y mujeres.
Como habíamos recalcado en la anterior edición, en la cual iniciamos esta sección con una breve nota introductoria general al tema, los sacramentos son “las obras maestras de Dios” (Cfr. CIC N° 1116), pues como decía San Agustín de Hippona, constituyen “signos externos y visibles de una gracia interna y espiritual”.
El carácter fundamental de estos “signos” (que como vimos trascienden el mero aspecto simbólico, pues a la vez que son señal se constituyen en actos “dispensadores” de bienes) es que al haber sido instituidos por Jesucristo son causantes de la gracia divina para los hombres, precisamente en virtud de su institución divina.
En este número hablaremos del primero de los siete sacramentos: el Bautismo, que debido a su importancia, y a su carácter iniciático, no sólo es un sacramento sino que suele llamársele “Iannua sacramentorum”, que en latín quiere decir “puerta de los sacramentos”.
El Bautismo es pues el momento sublime y supremo en el cual, la persona que lo recibe, se une absolutamente con el amor de Dios Padre, y nace a una nueva vida, al hacerse miembro del Cuerpo Místico de Cristo que es su Iglesia.
En el Evangelio según San Mateo, vemos que antes de ascender a los Cielos, Jesucristo les dijo a sus Apóstoles: “Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, Bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes...” (Cfr. Mt 28, 19-20).
De la misma manera, pero con un énfasis todavía mayor (lo que nos muestra hasta qué punto es grave y urgente su necesidad para nosotros) Marcos nos cuenta que Jesús les dijo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a todas las criaturas. El que crea y se bautice se salvará, pero el que se niegue a creer se condenará.” (Mc 16,15-16).
Sin embargo, quizás convenga resaltar que Jesús no dijo “el que no se bautice se condenará”, porque de hecho, hay todavía rincones del planeta adonde no llegó la Buena Nueva del Evangelio. Lo que dijo, claramente fue: “el que se niegue a creer”, o “el que no crea”; es decir, el que habiendo recibido la Luz del Evangelio, prefiera la comodidad –o las tinieblas- del mundo, de la carne, del pecado.
Como sabemos bien, todos nacemos con la mancha del pecado original, cuyo origen se remonta hasta nuestros primeros padres, Adán y Eva, quienes en soberbia y desobediencia “comieron la fruta del árbol prohibido” y, de esa manera quebrantaron su amistad con Dios. A partir de entonces cada ser humano en esta tierra nace con la herencia de aquel pecado.
Sólo un ser tan sublime como nuestra Santísima Madre, la Virgen María, fue concebido sin pecado, para poder llevar en su vientre al Hijo de Dios, dando su “si” en el FIAT co-redentor, y por amor a Él, se mantuvo pura por siempre.
Y puesto que en toda la historia existió tan solo una persona con tal gracia y mérito, decimos que “todos” debemos ser bautizados, en forma única y definitiva.
Ahora bien, dado que no sabemos cuánto tiempo ha dispuesto Dios para nosotros, en nuestro tránsito por esta tierra, conviene que este sacramento sea recibido lo antes posible, por cada uno de acuerdo con sus circunstancias y antecedentes.
Por esta razón, si nacen en un hogar católico, los niños son generalmente bautizados al poco tiempo de haber nacido, ya que, si mueren sin lavar esa mancha, lo único que se puede hacer es suplicar la Misericordia de nuestro Señor para que esa alma sea salvada.
“Dejad que los niños vengan a mí…”, dijo Jesús, y al pedir esto nos muestra su predilección por la inocencia y pureza de corazón de los niños, lo que nos permite abrigar la esperanza de que, en su inmenso amor y misericordia, auxiliará a las almas de los niños que han muerto sin ser bautizados. Aun así, los padres y/o padrinos deben asumir la responsabilidad de toda pequeña vida que empieza, para lavarla y hacerla digna de una vida espiritual en Dios.
Esto no quiere decir que solamente un niño pequeño pueda ser bautizado, pues como seguramente habremos visto, muchas personas se bautizan a una edad más avanzada. En tales circunstancias, todos los pecados de quien se bautiza le son perdonados, es decir, no sólo el pecado original, sino todos aquellos que arrastrara a lo largo de su vida, hasta el momento de ser lavado con el agua bautismal.
Este baño es también llamado “de regeneración y renovación en el Espíritu Santo” (Cfr. CIC, 1215), porque simboliza la muerte, purificación y renacimiento de la persona a una nueva vida en el Espíritu, de un modo similar al que Jesús murió y resucitó para salvar a la humanidad.
También se lo representa como “iluminación”, ya que la persona adulta que se bautiza debe prepararse con una formación catequética previa, para estar conciente de lo que va a recibir. El bautizado es iluminado para recibir al Verbo, y de esta forma ser “hijo de la luz” y, a la vez, él mismo “ser luz” para transmitir a otros el gozo de la Buena Nueva (Cfr. Ef 5,8).
El bautismo de los niños y el “catecumenado”
Conviene detenerse aquí un momento para analizar un aspecto muy importante, que lamentablemente, la mayoría de las veces suele ser pasado por alto:
Antiguamente, es decir, en los albores del cristianismo, el bautismo era recibido en la edad adulta, luego de pasar por un necesario y considerable período de formación (y en cierto modo de prueba) al que se le daba, y se le da todavía hoy, el nombre de “catecumenado”.
Ésta palabra proviene del latín “catechumenus” y de la voz griega “katekhoumenos”, que a su vez se deriva del verbo “katekhein”, que quiere decir “catequizar”. El catecumenado es pues, como decíamos, el período de instrucción de los conversos en la fe antes de recibir el bautismo y su admisión definitiva en la Iglesia Católica.
En la Iglesia primitiva sólo se bautizaba a los candidatos considerados aptos por su conocimiento de la doctrina y la liturgia de la Iglesia. Así, el catecumenado era el período de iniciación en la fe, que duraba por lo general varios años.
De hecho, era frecuente que las personas recibieran el bautismo poco tiempo antes de morir. Tal fue el caso del emperador Constantino, que habiéndose convertido al cristianismo entre los años 312 y 316 (hay dos versiones al respecto), habiendo sido el promotor de la tolerancia al cristianismo en Roma y del Primer Concilio Ecuménico de Nicea (325), fue bautizado recién en su lecho de muerte, en el mes de mayo del año 337.
Con el tiempo, y el número creciente de conversos, el catecumenado se fue abreviando poco a poco. Después de la caída del imperio romano de Occidente, el catecumenado pasó a consistir en una breve preparación para el bautismo inmediato.
Llegó así el momento en que comenzó a bautizarse a los niños, porque nacían en familias cristianas de profundo fervor e intachable testimonio, respecto de las cuales la Iglesia no dudaba de que formarían a esos pequeños en la fe, en el auténtico amor a Dios y en la práctica de las virtudes cristianas.
El bautismo de los niños recién nacidos se volvió, con el correr de los años, una costumbre, pero lamentablemente –como decíamos en el inicio de esta sección— los padres y padrinos de hoy difícilmente constituyan una garantía de que los niños recibirán cuando sea oportuno esa formación, pues muchas veces bautizan a sus pequeños más por una cuestión de “costumbre” que de convicción, y preparando con más esmero la fiesta social que la celebración espiritual.
Pocos padres piensan, en efecto, que así como se vela por el crecimiento físico y mental (intelectual) de sus hijos, deben esmerarse por darles una adecuada formación espiritual... Es común ver un padre molesto porque los niños no saben de buenos modales, pero pocas veces los vemos corregir la falta de conocimiento o de respeto a las cosas sagradas.
¿Y qué decir de los padrinos? Les importa mucho más el “compadrazgo” que el “padrinazgo”. Ya desde el momento de elegir padrinos, los padres piensan más en con quién se llevan, o a quién desean halagar u honrar, que en quiénes sabrán estimular el crecimiento espiritual de los niños que serán sus futuros ahijados.
En fin, el caso es que hoy en día se le llama catecúmenos a los jóvenes o adultos que se preparan para recibir los sacramentos de iniciación que no los recibieron en la niñez.
El Concilio Vaticano II ha promulgado directrices específicas para el catecumenado, respecto del cual expresa lo siguiente: “Esta conversión hay que considerarla ciertamente como inicial, pero suficiente para que el hombre sienta que, arrancado del pecado, entra en el misterio del amor de Dios, que lo llama a entablar una comunicación personal consigo mismo en Cristo”
Más adelante, refiriéndose concretamente al catecumenado, dice “que no es una mera exposición de dogmas y preceptos, sino una formación y noviciado convenientemente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo su Maestro. Iníciense, pues, los catecúmenos convenientemente en el misterio de la salvación, en el ejercicio de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados que han de celebrarse en los tiempos sucesivos, introdúzcanse en la vida de la fe, de la liturgia y de la caridad del Pueblo de Dios.”
Síntesis de las directrices eclesiales para el catecumenado
En www.corazones.org se resumen las directrices conciliares sobre el catecumenado en 4 puntos, a saber:
“1- Un catecumenado más intenso y normalmente prolongado para las tierras de misión.
2- Enfatizó la importancia no sólo de la instrucción, sino también del entrenamiento en la práctica de la virtud.
3- Apuntó la responsabilidad de toda la comunidad cristiana en cooperar en la preparación de los catecúmenos.
4- El catecumenado debe ser integrado en el año litúrgico y en la celebración del Misterio Pascual (Cfr. Decreto Ad Gentes Divinitus, 13-14).”
¿Qué recibimos en el Bautismo?
Como hemos venido sugiriendo, es muy común que las personas consideren que el bautismo es un mero acto simbólico, religioso sí, pero al final de cuentas simbólico, cuando no un simple festejo tardío (masivo, y por lo tanto caro) del nacimiento; una fiesta que se debe realizar al poquito tiempo de que un niño nace.
Se siente que es una especie de “obligación” pero desconociendo las verdaderas razones por las cuales una persona debe ser bautizada; y muy particularmente la principal: para poder salvarse.
De hecho, en muchas ocasiones el criterio esencial para definir el momento o la fecha para el bautismo de un hijo suele ser la disponibilidad o no de dinero para hacer la fiesta... Y no es que tratemos de decir que no se deben festejar los bautismos; por el contrario: ¡Claro que hay mucho que festejar! El problema radica en desconocer o soslayar el sentido profundo del bautismo, y en no saber dar a cada cosa su justo lugar.
Lo más importante, sin lugar a dudas, es el aspecto espiritual: el significado trascendente del sacramento, y la adecuada preparación de padres y padrinos, de modo que tomen verdadera consciencia de las responsabilidades que se están contrayendo, frente a Dios, a la criatura y a toda la Iglesia.
Por medio del bautismo recibimos de Dios muchos beneficios, además de la gracia de comenzar nuestra vida “limpia” y llena de Él.
El primer beneficio que recibimos con el bautismo es precisamente el de poder purificarnos, quitarnos la mancha original, que como humanos hemos heredado, y en caso de las personas adultas, el beneficio de librarse de todos y cada uno de los pecados cometidos a lo largo de su vida, y hasta el momento mismo del bautismo.
El instante sublime en el que el agua cae sobre nosotros y nos lava, y junto con la gracia santificante, se “confieren” al bautizado también las Tres Personas Divinas esto quiere decir que Padre, Hijo, y Espíritu Santo se unen por entero, en ese momento, con la persona bautizada.
Habitualmente comprendemos que el Espíritu Santo baja a santificar nuestras vidas por medio de sus dones (Cfr. Hechos 2,38), como sucedió en el Jordán cuando Jesús era bautizado. En ese momento se abrió el cielo en lo alto, y bajó el espíritu Santo en forma de paloma descendiendo sobre Jesús para hacer una perfecta unión entre Dios Padre, Dios hijo, y Dios Espíritu Santo.
En ese momento nos hacemos hijos legítimos de Dios y de la Iglesia. Se plasma en el alma un sello imborrable de carácter sacramental. Es por ello que este sacramento –al igual que muchos otros- se realiza sólo una vez, y tiene el propósito de convertirse para el bautizado en un distintivo indeleble –como el de su filiación terrena-, que le acompañará para toda la eternidad.
Es pues un acto supremo, que nos llevará firmes y confiados al día del juicio final, pero bajo la promesa y la convicción (en ese momento detentadas por los padres y padrinos) de que recibamos en su tiempo los demás sacramentos, y mantengamos vivo el Espíritu que llega a nuestras vidas en aquel trascendental instante.
Como decíamos, a través del bautismo somos incorporados a la Iglesia, es decir, al Cuerpo Místico de Jesús, con la responsabilidad de continuar el camino que Él nos marcó y ser miembros activos de ese Cuerpo, siguiendo siempre obedientes y respetuosos de los mandatos que emanen de sus autoridades legítimamente constituidas.
Esta incorporación no solo debería llevarnos a vivir “buenamente” si no a ser auténticos testigos y difusores de la Buena Nueva de Dios entre nuestros hermanos, los seres humanos; buscando así la salvación de más almas.
Es decir, que así como el bautismo nos otorga una filiación celestial, al hacernos hijos de Dios y miembros de un Cuerpo Místico cuya cabeza es Cristo, así también nos OBLIGA a constituirnos en activos evangelizadores e instrumentos de Dios, según el estado y estilo de vida al que seamos llamados, a través de una vocación que se irá manifestando inequívocamente con el correr de los años.
Signos, símbolos y significados
Para poder llevar como corresponde a nuestros hijos o ahijados a la Pila Bautismal (o para ser nosotros mismos quienes recibamos el sacramento del bautismo, si no lo hicimos siendo niños), debemos saber qué es lo que vamos a hacer y por qué lo estamos haciendo, a fin de que nuestro corazón, nuestra mente y nuestro espíritu se encuentren convenientemente dispuestos a recibir todas las gracias celestiales que van a derramarse en ese sagrado momento.
A continuación presentaremos una elemental y breve explicación acerca de la celebración del bautismo, refiriendo los signos visibles y su significado profundo:
La señal de la Cruz:
Al comenzar la celebración, la persona que celebra el bautismo hace la Señal de la Cruz, rememorando y haciendo presente el amor de Dios Padre, la gracia que Cristo nos ha traído por ese amor, a través de su Cruz, y la comunión de todos los fieles, congregados por el Espíritu Santo.
El anuncio de la Palabra de Dios:
El anuncio de la Palabra de Dios abre los corazones de todos los presentes. Así pues, (los catecúmenos, si es el caso), los padres, padrinos, familiares y amigos, se disponen a escuchar lo que Dios mismo –a través de los Evangelistas, de los Apóstoles, de la Ley y de los profetas- nos ha dicho acerca del Bautizo.
Este momento es muy importante, sobre todo para aquellos a quienes se les está encomendando la tarea de guiar a un niño por el camino de la fe.
En el caso de los catecúmenos, es a ellos a quienes deben llegar, de una manera especial, estas palabras, y quedarse impresas en sus corazones para acompañarles siempre.
Unción del óleo:
Con el llamado “óleo de los catecúmenos” se hace sobre el pecho la unción del Bautismo, pronunciando una breve oración: «Para que el poder de Cristo Salvador te fortalezca, te ungimos con este óleo de salvación en el nombre del mismo Jesucristo, Señor nuestro».
Se trata de un gesto que recuerda a los atletas y luchadores, que ya desde antiguo se daban un masaje con ungüentos, preparándose para el combate y el esfuerzo. En los primeros siglos del cristianismo, esta unción tuvo sentido principalmente de exorcismo, de renuncia y de invocación contra todo mal. Ahora pretende transmitir la fuerza de Dios para el que empieza la vida cristiana, que probablemente será difícil.
El agua Bautismal:
Se vierte tres veces sobre la cabeza de la persona, diciendo las palabras: “Yo te bautizo En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Es en este momento en el que los bautizados son limpiados por el agua y renacen a una vida nueva.
La crismación:
Este óleo perfumado y consagrado por el obispo, que se unta en la cabeza del bautizado, significa el don del espíritu Santo que llega a él por medio del sacramento.
La vestidura blanca:
Simboliza que el bautizado “se ha revestido de Cristo” y ha resucitado con Él.
El Cirio:
Es encendido con el fuego del Cirio Pascual, y significa que Cristo ha iluminado la vida del nuevo bautizado.
Los Padres o Padrinos:
Los padrinos son las personas que guiarán al niño en su vida Cristiana. De allí se deriva la gran importancia del papel que desempeñarán en la vida del bautizado.
También ellos, durante la celebración, renuncian al pecado pues su misión abarca una gran responsabilidad y una vida de ejemplo para su ahijado o ahijada, a quien deberán de encaminar y de guiar como nuevo miembro de la Iglesia.
La primera Comunión Eucarística:
En el caso de los adultos bautizados, habiendo sido unidos a la vida del Cuerpo Místico de Cristo, reciben de inmediato la Comunión con el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor.
En caso de que el bautizado sea un menor de edad, el bautizante lo introduce simbólicamente a la eucaristía, acercando al niño al altar y rezando todos los presentes el Padre Nuestro.
El que bautiza:
Un aspecto muy importante, y quizás novedoso para muchos, es el hecho de que no solamente un sacerdote, un diácono u obispo tiene la potestad de bautizar, si no que, en caso de necesidad urgente, cualquier persona que tenga la firme y sana intención, aunque ella no sea bautizada, está en condiciones de hacerlo, en tanto tenga el propósito de hacer lo que hace la Iglesia y lo realice correctamente, usando la fórmula Trinitaria.
La Iglesia ha dispuesto que así sea, en estricto cumplimiento de su misión trascendental, que es la salvación del mundo, dada precisamente la necesidad que todo ser humano tiene de recibir este sacramento para poder ser salvo.
Bautismo de deseo y Bautismo de sangre
Cuando no es posible recibir el sacramento del bautismo, se puede alcanzar la gracia para salvarse por medio del llamado “bautismo de deseo” -un acto de perfecto amor a Dios, con la contrición de los pecados, y con el voto explícito o implícito del sacramento, es decir, con la voluntad de hacer todas las cosas necesarias para la salvación y por ello, en especial, el recibir el bautismo de agua en cuanto sea posible- o bien por el llamado “bautismo de sangre” o martirio, que es un don especial de Dios y consiste en dar la vida por Cristo.