La Santa Misa V:
El Rito de la Comunión

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“El Dios invisible se ha manifestado en el Verbo hecho carne, el Hijo Jesucristo; después de la ascensión “lo que fue visible de nuestro Redentor ha pasado a los sacramentos (ritos sagrados)”. [1] Por ello, “Nosotros vemos una cosa y entendemos otra. Vemos un hombre (Jesús), pero creemos en Dios”. [2]

La Iglesia, sacramento de salvación de Jesucristo para el hombre, vive del culto centrado en el Verbo encarnado, sacramento del Padre; el Canon Romano y la anáfora de San Juan Crisóstomo definen la Santa Misa, “oblationem rationabilem” y “logikèn latreían”, una trasformación de la Palabra divina en evento, en la cual participan el espíritu y la razón. Aquel que es la Palabra, el Verbo, se dirige al hombre y de él espera una respuesta comprensible, razonable (rationabile obsequium). Así, la palabra humana se hace adoración, sacrificio y acción de gracias (eucharistia). Este “culto espiritual” (cf Rm 12,1) es el corazón de la “participación” activa y consciente del pueblo de Dios en el misterio eucarístico,[3] que alcanza la plenitud en la santa comunión.[4] (Sínodo de los Obispos. XIª Asamblea General Ordinaria: “La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia”. Introducción: Por qué un Sínodo sobre la Eucaristía [1]. 2004.)

 Nuevamente nos encontramos, querido lector, para hacerte la penúltima entrega de esta serie de artículos, dedicados a profundizar nuestro conocimiento sobre la Liturgia de la Santa Misa.

Como podrás ver en el recuadro que sintetiza la Liturgia Eucarística, ya hemos hablado acerca de casi la totalidad de las partes que componen la celebración. Sólo nos queda por revisar el Rito de la Comunión, que desarrollaremos en esta edición de Jesucristo Vivo, y finalmente el Rito de Conclusión, al cual nos referiremos en el próximo número, Dios mediante.

Nos sentimos verdaderamente agradecidos al Señor, porque nos ha brindado la oportunidad de presentar a nuestros lectores este artículo seriado sobre la Misa, para de ese modo poder acercarnos juntos, con una disposición de ánimo diferente, a la realidad del milagro más grande de amor, que es la Sagrada Eucaristía.

Efectivamente, las cosas son diferentes cuando las conocemos en lo profundo. Con esta sección fija seguimos en detalle cada paso del Santo Sacrificio: su forma, su significado, su propósito y su fundamento.

Es indudable que a partir de ahora, al menos desde nuestra experiencia personal, ninguna Misa será igual: Ni la rutina, ni la modorra, ni siquiera las actitudes criticables de muchos participantes, e incluso de algunos celebrantes, podrán opacar la maravilla que en realidad se vive en cada Misa.

En la primera publicación de esta sección, en el número 6 de Jesucristo Vivo (Pág. 40), habíamos escrito al comenzar: “Cada día, a toda hora, en algún lugar de la tierra, se está celebrando una Misa. Mientras se escribe este artículo, y a la vez, en el momento mismo en que tú lees estas líneas, Jesucristo se está haciendo presente, y renovando su Eterno Sacrificio ante Dios Padre, en el sacramento que Él mismo ha dejado a su Iglesia y a todos los cristianos… Piensa que alguien, ahora mismo, estará comulgando…”.

Qué diferente nos suena ahora aquella introducción, sabiendo, por un lado, que Jesucristo está realmente vivo y presente entre los nosotros, desde el mismo inicio de aquella renovación permanente de su Alianza con los hombres (“Alianza nueva y eterna”) que se vuelve a sellar con Su Sangre en cada Misa; y en segundo lugar, conociendo ahora con mayor profundidad el sentido de cada uno de los ritos que tienen lugar en la celebración, actos a través de los cuales se une la Iglesia en la Tierra con Dios, nuestro Señor, en los cielos.

Tendremos siempre la esperanza de que cada uno de los números publicados en esta serie haya servido verdaderamente para tocar al menos algunos corazones, y que la Voluntad de Dios, que quiso ponernos en esta misión, se vea cumplida al haber transformado la visión de aunque sea una sola alma, que mire con ojos de amor al milagro más grande del mundo: la Santa Misa… que la tenemos disponible en cada parroquia o capilla de nuestro rumbo, todos los días y en distintos horarios.

Ahora entendemos mucho mejor aquello que trataba de enseñarnos el Concilio Vaticano II, en la Constitución “Sacrosanctum Concilium”, sobre la Sagrada Liturgia, al decirnos que la Liturgia es “el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. (Que) En ella, los signos sensibles significan y cada uno a su manera realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro.”

(Y que) “En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia” (SC 7).

Así pues, en esta breve descripción encontramos lo que es realmente la Liturgia, puesto que nos expresa claramente lo siguiente:
 
Primero, que es el ejercicio del sacerdocio de Cristo. Es decir, que en la Liturgia, Cristo actúa como sacerdote, ofreciéndose nueva y eternamente al Padre, para la salvación de los hombres.
 
Segundo, que los signos sensibles realizan la santificación de los hombres en lo que quieren decir. Por ejemplo, que el pan en la Eucaristía, siendo ya nuestro propio Dios, convertido por amor en harina, alimenta verdaderamente el espíritu del hombre.

En tercer lugar, que en la acción litúrgica, Cristo y los cristianos, que forman el Cuerpo Místico del cual Él es Cabeza, ejercen el culto público a Dios Padre.

Finalmente, que la Liturgia es la acción sagrada por excelencia, que ninguna oración o acción humana puede igualarla, por ser íntegramente obra de Cristo y de toda su Iglesia, y no de una persona o del grupo que está allí reunido en ese momento.
 
Así pues, como nos dice más adelante el mismo Documento Conciliar: “La Liturgia es la cumbre a la que tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza”. (SC 10).

Esquema de la Liturgia de la Eucaristía

I.      Ritos Iniciales
       a.  Saludo
            i.    Canto de Entrada
            ii.   Veneración del Altar
            iii.  Señal de la Cruz
       b.  Acto Penitencial
            i.    Yo Confieso
            ii.   Súplica de Misericordia, absolución
            iii.  Señor, ten piedad
       c.   Gloria (en domingos, fiestas y solemnidades, pero no en Adviento y Cuaresma)
       d.  Oración Colecta
II.     Liturgia de la Palabra
       a.  Leccionario
            i.    Primera Lectura
            ii.   Salmos
            iii.  Segunda Lectura (en domingos, fiestas y solemnidades)
            iv.   Evangelio
            v.    Homilía
       b.  Credo
       c.   Oración Universal y Oración de los Fieles
III.    Liturgia Eucarística o del Sacrificio
       a.  Preparación de los dones u Ofertorio
            i.    Presentación del pan y del vino
            ii.   Oraciones de presentación
            iii. Lavado de manos del sacerdote
            iv.   Oración sobre las ofrendas

b.     Plegaria Eucarística o Anáfora
            i.    Prefacio
                  1.   Acción de Gracias
                  2.   Sagrado Trisagio (Tres veces Santo)
            ii.   Primera Invocación al Espíritu Santo (Epíclesis)
            iii.  Relato y Consagración
                  1.   Elevación
                  2.   Proclamación de fe
            iv.   Memorial (anamnesia)
            v.    Ofrenda
            vi.   Segunda Invocación al Espíritu Santo
            vii.  Intercesiones
            viii. Doxología final Trinitaria solemne
       c.   Rito de la Comunión
            i.    Padrenuestro
            ii.   Rito de la paz
                  1.   Saludo del sacerdote
                  2.   Intercambio del saludo de la paz
                  3.   Fracción del pan
                  4.   Invocación al Cordero de Dios
            iii.  Presentación de la Hostia Consagrada
            iv.   Comunión
            v.    Oración después de la Comunión
IV.    Rito de conclusión
            a.    Saludo y Bendición
b.    Despedida y misión.

Preparación para la Comunión

Si pudiéramos hacer una gráfica para tratar de representar los momentos más importantes de la Celebración Eucarística, tendríamos una curva de tres picos, correspondientes a los momentos en los cuales Cristo se hace sensiblemente presente para Su Iglesia:

El primero es el correspondiente a la Liturgia de la Palabra. Cuando se leen en la iglesia las Sagradas Escrituras, es Dios mismo quien habla a su pueblo. Podemos oírlo.

El segundo es el del Canon o Liturgia Eucarística, en el que Cristo se hace presente física y espiritualmente en los dones del pan y del vino: el sacramento de nuestra fe. Allí podemos verlo.

El tercer momento es el de la Comunión, rito a través del cual obedecemos el mandato de Cristo en la Última Cena: “Tomen y coman mi cuerpo… tomen y beban mi sangre”. Es la consumación del sacrificio, el banquete del Cordero Pascual. Es Cristo quien se distribuye a todos los fieles que se acercan al altar con un corazón arrepentido -de todas las ofensas que le hacemos, comenzando por nuestra indiferencia- y un espíritu debidamente preparado para recibirlo. Allí podemos tocarlo y alimentarnos, física y espiritualmente de Él.

Los Obispos del mundo, reunidos en Sínodo escribieron: “La Eucaristía es la presencia viviente de Cristo en la Iglesia. La humillación del Señor, lo ha llevado a transformarse en alimento para el hombre (Cfr. 1 Co 10,16; 11,23 s).  […] El misterio de la encarnación del Verbo continúa en el Cuerpo eucarístico, pan del hombre. Jesús lo ha preanunciado en el discurso de Cafarnaúm: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo” (Jn 6,41). Su carne es verdadero alimento, su sangre es verdadera bebida (cf. Jn 6,55). En la comunión eucarística se alimenta la comunión eclesial, la comunión con los santos; en efecto: “Porque aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Co 10,17).

La Eucaristía es el convivio pascual del Cordero inmolado, Cristo el Señor. La plena participación de los fieles en la Misa se cumple en la santa comunión, recibida con las debidas disposiciones externas e internas.” (Sínodo de los Obispos. XIª Asamblea General Ordinaria. Cap. IV: La Liturgia de la Eucaristía, 40 y 41.)

Sin la comunión de los fieles con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la Misa sería incompleta. Para este acto es para el cual precisamente Cristo se inmoló en la Cruz: para que todos los hombres reciban el Pan de Vida, y mediante Él sean salvados.

Sin embargo, la preparación para cumplir con este mandato es de vital importancia, puesto que, como nos dice San Pablo: “siempre que coméis este pan y bebéis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva. Por eso, el que come del pan o bebe del cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, examine cada uno su propia conciencia, y entonces coma del pan y beba del cáliz.” (1Cor 11, 26-28)

Oraciones Preliminares:

Aunque a muchos no nos lo hayan dicho nunca (lo que resulta bastante evidente al ver el grado de distracción y ligereza con la cual la mayoría de los fieles vive ese momento) el rito de la comunión incluye algunas oraciones destinadas a preparar mejor y terminar de “sintonizar” el alma que va a recibir al Señor en su corazón.

Con las oraciones previas a la comunión pedimos tres cosas fundamentales para la Iglesia en general y para los corazones de los fieles allí presentes en particular: La liberación de todo mal y de las tentaciones asociadas a él; la ayuda del Señor para cumplir con su Divina Voluntad y mantenernos fieles a sus mandatos; y por último, pedimos a Dios que nos dé siempre la paz interior y exterior, lo que será una consecuencia lógica de las dos peticiones anteriores; es decir, la Paz de Dios será el fruto de la lejanía de toda fuente de mal, y de la cercanía a Él por medio del fiel cumplimiento de su Voluntad. Veamos:

El rezo del Padrenuestro

El Rito de la Comunión comienza con el rezo del Padrenuestro. La consumación del Sacrificio, del Banquete del Señor, se inicia precisamente con la oración que Él mismo nos enseñó, a través de sus discípulos, al decir:

“Ustedes, pues, recen así: Padre nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. Danos hoy el pan que nos corresponde; y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.” (Mt 6, 9-13)

El Padrenuestro es la oración por excelencia, con la cual formulamos siete peticiones al Señor, que cobran un especial sentido al hacerlo durante la Santa Misa, porque expresan el deseo de toda la Iglesia unida. Por eso las palabras con las que el sacerdote nos invita a rezarla, tienden precisamente a establecer un ambiente familiar y de confianza, en el que los hijos pueden dirigirse con libertad y gozo a su Padre.

Al comenzar la oración, lo primero que hacemos es reconocer a Dios como nuestro “Padre” – “Celestial”; es decir, le manifestamos el sano orgullo de nuestra filiación, recuperada por los méritos reconciliatorios de Jesucristo, y le manifestamos que está –o al menos que debiera estar- en la posición más alta y encumbrada para nosotros.

Luego le pedimos tres cosas: en primer lugar, aquello que atañe a los intereses divinos: la santificación de su Nombre (primer mandamiento); la venida de su Reino (el Bien Supremo, que hasta resulta inimaginable para nosotros) y el cumplimiento de su divina Voluntad (del mismo modo entre nosotros a como seguramente sucede entre los ángeles y santos, que viven junto a Él).

En rigor, estas dos últimas cuestiones vienen a ser como las dos “caras de la misma moneda”, pues su Reino se hará realidad palpable entre los hombres en la medida en que aprendamos a sacrificar nuestras múltiples, pequeñas y diversas voluntades, para abandonarnos confiadamente a la búsqueda y ejecución de la Suya.

Más aún: todo lo dicho hasta aquí, en el fondo, refiere una sola y misma cosa: Si le reconocemos como Padre, naturalmente querremos honrar Su nombre (que es también el nuestro) y la única forma de enaltecer el nombre del Santo es “santificándolo”, al tratar de hacernos santos nosotros. Entonces haremos visible Su Reino entre los hombres, lo cual es posible sólo si nos abandonamos a Su Voluntad, con la misma seguridad con la que un niño pequeño se abandona a las decisiones de su padre, casi por instinto.

En segundo lugar, hacemos cuatro peticiones para atender nuestras necesidades humanas: el sustento diario (trabajo, alimento, etc.); la expiación de nuestros pecados por los méritos de su Hijo, que se la presentamos unida a nuestra promesa de seguir con las enseñanzas de Jesucristo: “Porque si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, también el Padre celestial les perdonará a ustedes. Pero si ustedes no perdonan a los demás, tampoco el Padre les perdonará a ustedes.” (Mt 6, 14).

Por último, le pedimos al Señor Misericordioso que nos asista en el momento en que más lo necesitaremos, es decir, cuando tratemos de evitar cualquier tentación con la cual nos aceche el enemigo de nuestras almas, y finalmente, que nos libre de todos los males, a los cuales estamos expuestos por nuestra fragilidad humana.

Siete peticiones que observan los intereses de Dios y los de los hombres, que a la vez son recíprocos: los de Dios garantizan nuestra salvación, y los nuestros le competen a Él, puesto que es nuestro Amoroso Creador y es Omnipotente, y nosotros somos simples y absolutamente limitadas creaturas suyas.

El Rito de La Paz

Luego de que el pueblo reza el Padrenuestro, el sacerdote reitera y reafirma nuestra súplica a Dios, pidiéndole que nos libre de todos los males y perturbaciones hasta el día del glorioso retorno de Nuestro Señor Jesucristo. Luego le pide que, sin tener en cuenta nuestros pecados, nos otorgue, por nuestra fe, la paz y la unidad que Cristo nos dejó como herencia en la Última Cena: “La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, os la doy yo.” (Jn 14, 27). “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí, y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.” (Jn 17,21).

Sobre este último punto, no nos cansamos de insistir en la gravedad de las palabras conminatorias de nuestro Señor Jesucristo: “Que sean uno... para que el mundo crea que tú me has enviado”. Como expresamos en el documento “El Sentido de nuestro Apostolado”, “De nada sirven, ni van a servir todos nuestros esfuerzos por tratar de convencer a los supuestos “católicos tibios” -¡y menos aún a los no creyentes!- de que Cristo es nuestro Redentor, si no nos hacemos uno... es decir, si ellos no ven, no sienten y no creen que somos uno...” (Cfr. Op. Cit. Apostolado de la Nueva Evangelización -ANE- 2004)

Cuando Cristo, ya resucitado, se aparecía a sus apóstoles, los saludaba dándoles la paz. Nuevamente es el mismo Cristo resucitado Quien también se presenta ante la asamblea de fieles, a través del pan y del vino consagrados, que ahora son el Cuerpo y la Sangre del Señor, y el sacerdote repite sus palabras: “La paz esté con ustedes”. (Jn 20, 19,26)

La paz que se pide al Señor no es sólo la ausencia de problemas, sino la restitución del bienestar interior, que el hombre pierde como consecuencia del pecado. El celebrante pide la paz bíblica (“salom”), que representa todos los bienes celestiales, que sólo Dios puede darnos, “mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”.

Entonces el pueblo congregado en la iglesia consuma la oración con una doxología (del griego doxa, gloria, y logos, tratado), que es una fórmula de alabanza de todas las creaturas hacia su Creador, y se presenta como eco de la liturgia celestial que figura en el libro del Apocalipsis: “Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor” (Ap 5,13).

Apelando a nuestra condición de hermanos, hijos de un mismo Padre, el sacerdote nos invita a intercambiar un signo de la paz, símbolo de la salvación compartida que elimina toda división entre los hombres. Es importante resaltar aquí que el abrazo de paz es un rito serio y solemne, y no debe ser un momento para distraerse.

Es preciso tener la intención seria de hacer verdaderamente la paz con nuestro prójimo, y en particular con quien tengamos algún conflicto, aunque esté ausente en ese lugar y en ese momento; abrazarle espiritualmente, perdonándole sus ofensas y pidiéndole perdón por cuanto le hayamos ofendido nosotros, pues Jesús nos dijo claramente: “...si tú estás para presentar tu ofrenda en el altar, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y vete antes a hacer las paces con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda.” (Mt 2,23)

La Fracción del Pan

Siguen las invocaciones a Cristo, como “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Así lo proclamó Juan Bautista, a orillas del Jordán.

La Santa Misa tuvo su prefiguración en la fiesta judía de la Pascua. En esta fiesta, cada familia inmolaba un cordero sin mancha ni defecto, que se sacrificaba en el templo y cuya sangre se esparcía por el altar; luego se lo llevaban a casa y se lo comían en una cena ritual, entre oraciones y salmos de alabanza, bendición y gratitud a Dios.

Así celebraban la noche de la liberación de la esclavitud en Egipto, cuando todos los primogénitos del país murieron, excepto los de aquellos cuyas casas estaban marcadas y liberadas por la sangre del cordero.

El sacrificio del cordero pascual anticipaba el sacrificio de Cristo. Por eso instituyó la Eucaristía en el transcurso de una cena pascual: Él es el Cordero, cuya inmolación libera a la humanidad de la esclavitud del pecado, y esta liberación se hace presente de nuevo en cada Misa.

En seguida viene la fracción del Pan: el sacerdote parte la Hostia consagrada en tres pedazos. Este acto realizado por el celebrante representa al Cordero de Dios que se destruye, y por cuyo sacrificio estamos en condiciones de alcanzar la Vida Eterna.

Entre los judíos, partir el pan en la mesa era un gesto tradicional que correspondía al padre de familia, gesto que también es propio de Jesús en varias escenas del Evangelio –al multiplicar los panes, en la Última Cena, ya resucitado, en Emaús, etcétera-

Por eso la Iglesia primitiva tomó esta acción como un símbolo profundo, que incluso llegó a dar a toda la Ceremonia de la Eucaristía el nombre de “fracción del pan”. La liturgia ha conservado siempre este rito, durante el cual el sacerdote parte el pan consagrado, y antes de dejar caer en el cáliz la parte más pequeña, repite en silencio una oración: “Que el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna”.

La fracción del pan también simboliza la unidad de todos los cristianos, como fragmentos del mismo cuerpo, que es la Iglesia de Dios.

Seguidamente, el sacerdote presenta el Cuerpo de Cristo, la Hostia consagrada, al pueblo usando las palabras de Juan el Bautista: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), y añade las palabras celestiales del Apocalipsis: “Dichosos los invitados a la cena del Señor” (Ap 19,9). El pueblo responde al igual que aquel centurión del Evangelio que mereció la alabanza de Cristo: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme” (Cfr. Mt 8,8).

Antes de repartir la Comunión entre los fieles, el sacerdote al comulgar pide a Dios, una vez más, que lo purifique, diciendo en secreto: “Señor Jesucristo, hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo, líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de Ti”. O también: “Señor Jesucristo: la comunión de tu Cuerpo y de tu sangre no sea para mí un motivo de juicio y de condenación, sino que por tu piedad, me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable”. Generalmente le escuchamos decir: “Que el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo nos guarden y nos lleven a la Vida Eterna”, a lo que debemos contestar solemnemente “Amén”.

La Santa Comunión

Como decíamos anteriormente, junto a la Consagración, la Comunión es el momento más importante de la Misa. Ahora nos acercamos a recibir el Pan Vivo bajado del cielo, momento en el que nuestro corazón se convertirá en un Sagrario para Cristo. Este es el instante en el que recibimos en nuestra alma la gracia de la unión estrecha e íntima con Cristo, por Él, y en Él. Nada debe haber, en el alma o en la mente, que en ese momento nos pueda separar de Cristo.

El sacerdote nos recuerda a Quién recibimos, al decirnos: “El Cuerpo de Cristo”, y nosotros respondemos: “Amén”. Este amén no es la proclamación de una simple convicción intelectual, sino que es decirle a Cristo: “Quiero que toda mi vida esté de acuerdo con tu vida, con tu Evangelio”; es decir “sí” al sacrificio de Cristo y unir a él nuestros propios sacrificios.
La comunión sacramental es el encuentro más amoroso y profundo, más cierto y santificante que podemos tener con Cristo en este mundo. Es una inefable unión espiritual con Jesucristo glorioso.

Los fieles se acercan al Altar por el pasillo central de la capilla y caminan hacia el altar, recordando que la Iglesia es peregrina, ya que Cristo envió a los suyos por todo el mundo para llevar su palabra. Precisamente, los envió “de dos en dos”, por lo que se hace una fila doble.

Al momento de acercarnos al celebrante, o ministro de la Eucaristía, lo hacemos con absoluta reverencia y respeto al Magno Sacramento frente al cual nos encontramos. Hacemos una genuflexión o al menos inclinamos la cabeza, antes de recibir a Jesús, e incluso, si es posible, resulta mejor arrodillarse para recibirlo. Con las manos juntas en actitud orante, recibimos la Sagrada Forma y nos retiramos en silencio, permitiendo que se diluya sin masticarla ni “manejarla” con la lengua en la boca.

Existen muchas controversias respecto de si la comunión “debe” o “puede” recibirse en la mano o en la boca. Por ahora no queremos profundizar demasiado en este tema, aunque es posible que lo tratemos en un próximo número de JCV. Sin embargo, reproducimos a continuación una breve cita que refleja el pensamiento del Papa Paulo VI sobre este asunto:

Refiriéndose a la recepción de la Comunión en la boca, decía: “Este modo de distribuir la santa Comunión, considerado el estado actual de la Iglesia en su conjunto, DEBE SER CONSERVADO, no solamente porque se apoya en un uso transmitido por una tradición de muchos siglos, sino, principalmente, porque significa la reverencia de los fieles cristianos hacia la Eucaristía. Ahora bien, este uso no quita nada a la dignidad de la persona de los que se acercan a tan grande Sacramento, y es propio de la preparación que se requiere para recibir el Cuerpo del Señor del modo más fructuoso posible...

Por lo demás, con esta manera de obrar, que ya debe considerarse tradicional, se asegura más eficazmente que la Sagrada Comunión sea distribuida con la reverencia, el decoro y la dignidad que le son debidas DE MANERA QUE SE APARTE TODO PELIGRO DE PROFANAR LAS ESPECIES EUCARÍSTICAS, en las que «de modo singular está presente todo y entero Cristo, Dios y hombre, de manera substancial y permanente»; y finalmente, para que se guarde con diligencia el cuidado que la Iglesia ha recomendado siempre acerca de los fragmentos mismos del pan consagrado: «Pues lo que dejas caer, considéralo, como amputado de tus propios miembros.» (Instrucción Memoriale Domini 1276-1278)”.
(Texto tomado de  www.santuario.com.ar/paginas/mano.html).

Después de la Comunión

Luego de que todos los fieles que estén debidamente preparados hayan recibido la Eucaristía, el sacerdote realiza la purificación de los objetos sagrados.

Como ya se sabe, al decir “debidamente preparados” nos referimos principalmente, en lo espiritual, a que no se tengan pecados mortales que no hayan sido confesados, y en lo corporal a que se haya mantenido el ayuno de por lo menos una hora antes de la Comunión.

Después de comulgar, estando ya todos sentados, viene un importante momento de silencio y oración en acción de gracias, donde cada uno agradece a Dios por los innumerables beneficios que ha recibido de Él, pero muy en especial por el beneficio inmenso de la Comunión, por la visita que el mismo Cristo hace a nuestra alma.

Se trata de un agradecimiento teñido de amor y alabanza, en el que no cabe espacio para la distracción o el apuro. Si por razones pastorales este período se acorta o se omite, es conveniente que lo tengamos en forma personal, al acabar la Santa Misa.

Debemos en este momento pedirle a Dios que nos conceda la capacidad de comprender la ternura que supone, por parte de Cristo, el entregarse a Sí mismo y dejarnos en alimento su propio Cuerpo, y en bebida su propia Sangre.

Es en ese instante cuando debemos suplicar a Cristo particularmente la gracia de la fortaleza, para aprender a vivir crucificados con Él, que es la exigencia de toda vida cristiana y apostólica: Negarse al mundo, al demonio y a las propias pasiones, para servir únicamente a los intereses del Padre y de las almas.

Esto requiere el consuelo y el incentivo que sólo puede encontrarse en la Pasión de Cristo y en la esperanza de la Resurrección con Él.  Recordemos la jaculatoria de San Ignacio de Loyola: “... ¡Pasión de Cristo, confórtame!...”.

Es también el momento de presentar a Cristo nuestra propia indigencia, a fin de que nos conceda todas las gracias y favores que necesitamos para transitar por el camino hacia Él.

Expongámosle aquí todos nuestros deseos más elevados: las virtudes que más necesitamos, sobre todo el crecimiento en el amor personal, real y apasionado a Cristo, y en la adhesión inquebrantable a la voluntad de Dios; las necesidades espirituales y materiales de los nuestros y de todos aquellos a quienes se dirige nuestro Apostolado; y en fin, la gracia de las gracias para nosotros y para todos los que están bajo nuestra atención apostólica: la perseverancia final.

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