Universalis Presbyterorum Conventus
Sacerdotes, forjadores de Santos para el nuevo milenio

.

Conferencia IV: Santidad pneumatico-paulina del Sacerdote
La cuarta conferencia de este histórico encuentro tuvo lugar en el tercer día del evento, cuando el Padre Raniero Cantalamessa, o.f.m. Cap., predicador de la Casa Pontificia, centraba su ponencia en las enseñanzas del Apóstol Pablo sobre la oración: la "Santidad neumático-paulina del sacerdote"

Cantalamessa inició su exposición citando la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte de Juan Pablo II: "Para la pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración...”

La oración es el medio universal e indispensable para crecer en la santidad, y Juan Pablo II resalta la apremiante necesidad de que “la «educación en la oración» se convierta en un punto determinante de toda programación pastoral”.

“Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas ‘escuelas de oración’, donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en un pedido de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y vivacidad de afecto hasta el ‘arrebato del corazón’...”

1. El Espíritu Santo viene para ayudarnos cuando somos débiles

La presencia del Espíritu Santo es la clave esencial para que el ser humano pueda presentar ante Dios una oración valedera, puesto que ésta es una de las operaciones más importantes que realiza el Paráclito en la vida del cristiano.

"Somos débiles, pero el Espíritu viene en nuestra ayuda. No sabemos cómo pedir ni qué pedir, pero el Espíritu lo pide por nosotros, no con palabras sino con gemidos. Y aquel que penetra los secretos más íntimos entiende esas aspiraciones del Espíritu, pues el Espíritu quiere conseguir para los santos lo que es de Dios." (Rom 8, 26-27).

San Pablo afirma que el Espíritu intercede por medio de "gemidos indescriptibles". Si pudiéramos descubrir cómo ora el Espíritu en el corazón del creyente, habríamos descubierto el secreto mismo de la oración.

En efecto, apunta Cantalamessa, el Espíritu que secretamente ora en nosotros y en silencio es el mismo e idéntico Espíritu que reza en los Evangelios. Él, que ha "inspirado" las páginas de las Escrituras, también inspiró las oraciones que leemos en éstas, e inspira los corazones de cada persona en su oración.

El discurso del Espíritu Santo sigue siendo hoy el mismo que ha manifestado a través de los profetas en las Sagradas Escrituras. La Biblia es entonces la escuela de la oración donde vamos a aprender a "ponernos de acuerdo" con el Espíritu y orar como reza Él.

La oración bíblica, desde esta perspectiva, se plantea de un modo más profundo y novedoso. El impulso debe ser guiado por aquellos que han protagonizado esta vivencia en primera persona. En este sentido, el autor nos impulsa a aprender de los “grandes amigos de Dios” como Abraham, como Moisés, Jeremías y los salmistas, descubriendo los aspectos más relevantes de sus sentimientos como “oradores bíblicos”.

El primer hecho que nos llama la atención en estos oradores "inspirados" es la gran fe y el ardor increíble con el que dialogan con Dios. –señalaba el predicador de la Casa Pontificia.

Conocemos bien la oración de Abraham en favor de Sodoma y Gomorra (Cfr. Gén 18, 22 ss). Abraham empieza diciendo: "¿En verdad exterminarás lo justo con lo impío?". A cada sucesivo pedido de perdón, Abraham repite: "¡Ves como me apasiona hablar de mi Señor!". Su súplica es "apasionada" y él mismo se da cuenta. Abraham es el "amigo de Dios" (Is 41,8) y entre amigos, se sabe hasta dónde se puede llegar.

Moisés va más allá todavía. Después de que el pueblo se ha construido el becerro de oro, Dios le dice en la montaña: "Baja rápidamente de allí porque el pueblo al que tú has hecho huir de Egipto se ha descarriado". Moisés le responde con estas palabras: "Por el contrario ellos son tu pueblo, la herencia que tú has hecho fugar de Egipto" (Dt 9, 12.29; cf Ex 32, 7.11).

La tradición rabínica ha entendido bien lo que se sobrentiende en las palabras de Moisés, que no es otra cosa que el reclamo que cualquiera, en circunstancias similares,  podría presentar ante un verdadero amigo: "Cuando este pueblo te es fiel, entonces dices que éste es el pueblo que "tú" hiciste huir de Egipto; mientras que cuando te es infiel, entonces ¿se vuelve "mi" pueblo, al que "yo" hice huir de Egipto...?".

En ese momento Dios recurre al arma de la seducción y llega a su siervo con la idea que, una vez destruido el pueblo rebelde, hará Él de éste «una gran nación». (Ex 32,10). Moisés responde recurriendo a un pequeño chantaje; le dice a Dios: ¡Cuidado porque si destruyes este pueblo, se dirá entre la gente que lo has hecho porque no eras capaz de hacerlo llegar hasta la tierra que les había prometido! "Y Dios abandonó la idea de perjudicar a su pueblo." (Cfr. Ex 32,12; Dt 9,28).

Actitudes similares pueden causar confusión en quien leyera estas líneas de manera superficial. Sin embargo, debemos prestar atención a lo fundamental, que es el tipo de relación que existe entre Dios y cada uno de sus interlocutores, citados por Raniero Cantalamessa.

No es Dios quien empuja al hombre a la irreverencia hacia Él, ni mucho menos, pero es Él quien inspira o aprueba esta forma de oración, de conversación con Él. La respuesta radica en que el hombre bíblico está seguro de esa relación como criatura con Dios. El que ora, en la Biblia, está en realidad tan embelesado con el sentido de la majestad de Dios, totalmente sometido a Él, que no tiene el menor margen de duda: todo es seguro.

La oración preferida por el orador bíblico es siempre la misma: "Tú eres justo en todo lo que has hecho, tus obras son verdaderas, rectas tus vías y tus juicios [...] ya que nosotros hemos pecado " (Dn 3,28 ss; cf Dt 32,4 ss). "Tu eres justo, ¡Señor!".

Finalmente, apunta el Padre Cantalamessa, la explicación está en el corazón con el cual los hombres rezan. La seguridad de quien ora radicará en su convicción sobre la omnipotencia de Dios, su incalculable justicia, y también sobre la sensatez y congruencia de sus peticiones, invocando al Espíritu Santo para que sea Él quien ore en nosotros e inspire sus palabras.

No vayamos a pensar, malinterpretando el análisis realizado hasta aquí por el predicador de la Casa Pontificia, que a partir de ahora tendríamos la libertad abierta para tratar a Dios como a cualquier persona, o que la irreverencia es válida para “exigirle” nuestras cuestiones, dado que así “le funcionó” a Moisés, a Abraham y a otros profetas. En todo caso, para así poder hacerlo, tendríamos que llegar al mismo grado de intimidad con el Creador, y alcanzar el mismo grado de perfección y santidad que caracterizaron a los profetas… lo cual no es imposible, pero sí poco probable.

2. La oración de Jesús

En Cristo se conduce a la perfección el estado de “fidelidad del corazón” de todo ser hacia Dios, que es lo que se constituye en la clave de la oración bíblica.

La oración de Jesús se caracteriza por la obediencia y filial humildad que siempre muestra a su Padre. Él hacía siempre las cosas que a Dios le agradaban (Cfr. Jn 4,34; 11,42).

El ejemplo que el Verbo encarnado, el Hijo de Dios, nos da con su oración, nos enseña que lo más importante no es lo que se dice, sino lo que se es; es decir, no lo que se tiene entre los labios (la forma) sino lo que se tiene en el corazón (el fondo).
 
San Agustín señalaba que el problema fundamental no es el saber lo que se dice en la oración, quid ores, sino "cómo eres en el orar", qualis ores.

Cristo hizo mucho hincapié en que el grado de compromiso del interior de la persona, tanto en el actuar como en el orar, hace la diferencia entre los “justos” y los “hipócritas”.

Cuando oramos con el Espíritu Santo, y dejamos que Él actúe en nuestra vida de oración, reforma el "ser" de quien reza y lo convierte en amigo de Dios. Remueve en la persona el corazón lleno de miedos y la esclavitud, y le dona el corazón de “hijo”.

Es el Espíritu de Jesús el que, al decir de Pablo, “reza en nosotros con gemidos indescriptibles.” Es decir, el Espíritu no se limita a enseñarnos cómo debemos rezar sino que reza con nosotros. Él no se limita a decirnos qué debemos hacer sino que lo hace con nosotros. “El Espíritu no da una ley de la oración, sino una gracia de oración.”

De esta manera tenemos la seguridad de que cuando decimos orando: “Padre nuestro, que estás en el cielo”, estamos realmente asumiendo la condición de hijos de Dios, por los méritos de su verdadero Hijo, Jesucristo, que nos envía a su Espíritu para orar junto a nosotros.

3. El respiro trinitario de la oración cristiana

Es el Espíritu Santo que infunde entonces, en el corazón, el sentimiento de las criaturas divinas, el que nos hace sentir(¡no sólo saber!) hijos de Dios: "El Espíritu mismo atestigua en nuestro espíritu que somos hijos de Dios" (Rom 8,16).

El corazón se enternece y la persona tiene la sensación de renacer de esta experiencia. Al interior de ésta aparece una gran confianza y un sentido jamás experimentado de la condescendencia de Dios. Sin embargo, este sentimiento con frecuencia no dura demasiado en el creyente. La profundidad de la experiencia pronto se vuelve un sentimiento, y luego se torna en una emoción, que ha perdido fuerza. La oración se convierte en una serie de frases y fórmulas repetidas sin "sentir" nada.

Es justamente en estos tiempos de "ausencia" de la experiencia y aridez espiritual que se descubre toda la importancia del Espíritu Santo por medio de nuestra oración. “Él, que ni lo vemos ni lo sentimos, llena nuestras palabras y nuestros gemidos del deseo de Dios, de humildad y de amor, ‘y aquél que explora los corazones sabe cuales son los deseos del Espíritu’.”

Todo esto sucede por medio de la fe. El vacío de sentimiento en nuestras palabras, o la sequedad espiritual, son superables haciendo conciencia de ese respiro que nos da el Espíritu de Dios y diciéndole: "Padre, tú me has donado el Espíritu de Jesús; formando por esto un sólo Espíritu con Jesús, rezo este salmo, celebro esta santa Misa, o estoy simplemente en silencio en tu presencia. Quiero darte aquella gloria y alegría que te daría Jesús, como si fuera Él mismo quien viene a rezarte en persona desde la tierra".

En la oración se realizan dos movimientos propios del espíritu humano: penetrar en sí mismo y salir de sí.

Con la oración auténtica, en el primer movimiento, llegamos a nuestro propio corazón, al interior de uno mismo. La oración profunda nos recoge en unidad y nos pone en contacto con nuestro yo más profundo. La persona no es más la misma cuando reza. El segundo movimiento es sólo posibilitado por la asistencia del Espíritu Santo, que nos permite salir de nosotros mismos para “hundirnos en lo infinito que es Dios”.

“En esto se revela la diferencia de la oración cristiana con respecto a otras formas de oración y de meditación de otro origen (como el yoga, la meditación trascendental o "enneagramma", etcétera) Estas técnicas de concentración pueden ser de ayuda para realizar el primero de los dos movimientos de la oración -aquel que conduce hacia el centro de sí mismo- sin embargo, no son capaces de realizar el segundo movimiento, el del ‘yo’ que se dirige hacia Dios”.

Por eso es que sabemos que no hay otra vía que la del Espíritu de Aquél que ha dicho: "Nadie va al Padre sino por medio de mí". Es un verdadero tesoro, único de nuestra fe.

4. "Dame lo que me encargaste"

Existen cristianos que se van hasta el extremo oriente para aprender a orar; todavía no han descubierto esta capacidad en sí mismos, que viene dada por el bautismo, la fuente misma de la oración, es decir, la presencia del Espíritu de Dios en su alma.

Esta vena interior de oración no vivifica sólo la oración de súplica, sino que hace vivas y verdaderas todas las otras formas de oración: de alabanza, espontánea y litúrgica.

Efectivamente, cuando nosotros rezamos espontáneamente, con palabras nuestras, es el Espíritu que hace suya nuestra oración, pero cuando oramos con las palabras de la Biblia o de la liturgia, somos nosotros quienes hacemos nuestra la oración del Espíritu, y por ello ésta es la oración “más segura”.

La capacidad de orar "en el Espíritu" es un gran recurso nuestro, sobre todo a la hora de enfrentar las tentaciones y ocasiones de pecado. Sabemos que nos es imposible evitar el pecado por nosotros mismos, y que para hacerlo, necesitamos la gracia de Dios. Pero la gracia no se la obtiene por mérito propio, es el Paráclito quien nos la provee.

El Concilio de Trento recalca esta fuerza infundida en el hombre, al decirnos: “Dios, dándote la gracia, te manda hacer lo que puedes y pedir lo que no puedes”. Y agrega además el Padre Cantalamessa: “Cuando uno ha hecho todo cuanto es posible y no consigue, le queda siempre una posibilidad: rezar y, si ya ha rezado, ¡rezar todavía más!”.

San Agustín que había combatido inútilmente consigo mismo para ser casto, cambió de método y pidió la ayuda celestial: “¡Oh Dios, tú me ordenas ser casto, pues bien, dame lo que me ordenas y luego ordéname lo que quieras!”. Y así obtuvo la castidad.

5. El sacerdote, maestro de oración

En la Novo Millennio Ineunte Juan Pablo II dice que la santidad es un “don” que se traduce en “deber”. Del mismo modo, la oración es un don de gracia, que crea en quien lo recibe el deber de corresponder, de cultivar.

Si las comunidades cristianas deben ser “escuelas de oración”, los sacerdotes que las guían deberían - por consiguiente - ser “maestros de oración”.

“Desgraciadamente, en muchas parroquias se hace de todo; hay actividades de todo tipo para los jóvenes, ancianos, grupos de deportes, excursiones, el tiempo libre..., pero nada que anime y ayude a la gente a rezar.”

Ya se había mencionado en párrafos anteriores la necesidad de espiritualidad que lleva a los cristianos a buscarla fuera de Cristo, en formas esotéricas y “orientales”.

Cantalamessa subraya en su documento el cuestionamiento que hoy en día es cada vez más evidente: "¿No es acaso un ‘signo de los tiempos’ el que hoy, a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar?”

En su Homilía de la solemnidad de la Epifanía del Señor, Benedicto XVI nos exhortó a anunciar a Dios con el testimonio del amor. Nadie puede enseñar a los demás a rezar si no lleva una vida de oración, y es aquí donde se toca un punto neurálgico de nuestro tiempo: El pastor puede delegar a los demás todo, o casi todo, en la conducción de la comunidad, excepto la oración.

6. Oración y acción pastoral

Hay una cuestión necesaria que, sobre todo, debe renovarse en la vida del sacerdote: es la relación entre la oración y la acción.

Antes de tomar cualquier acción pastoral se debe recurrir siempre primero a la oración, pero es importantísimo hacerlo no solamente como una relación de orden de los factores, sino buscando una fuente de inspiración: primero se reza y luego se hace lo que el Señor ha inspirado en la oración.

Los apóstoles y los santos no rezaban simplemente antes de hacer algo; rezaban para conocer lo que debían hacer.

“Si creemos verdaderamente que Dios gobierna la Iglesia con su Espíritu y responde a las oraciones, deberíamos tomar muy en serio la oración que precede un encuentro pastoral, una decisión importante; no contentarnos con declamar, muy rápidamente, un Ave María y hacer la señal de la cruz para después pasar al orden del día como si esto no fuera una cosa seria.”

Encargando así nuestros asuntos de Iglesia a Dios, despojados de todo interés personal y pretensión egoísta, se da a Dios la posibilidad de intervenir, de hacer entender cuál es su Voluntad.

Frecuentemente tenemos la sensación que el tiempo que dedicamos a la oración sobre un problema es vano y las cosas no se solucionan como pretenderíamos, pero está en manos de Dios mostrarnos el camino de su Divino Querer.

Junto con la importancia fundamental de la vida de oración, está también el particular lugar que debe ocupar la oración de intercesión en la vida del sacerdote (extendamos esto también a la vida de todo bautizado).
 
Jesús dedica muy poco tiempo a rezar por sí mismo, y mucho más para rezar por los demás, es decir, para interceder.

A lo largo de toda la historia hemos atestiguado cuán estricta es la Justicia Divina, pero también podemos evidenciar la grandeza de la Misericordia de Dios al ver el amor patente de la intercesión.

La Santa Ira de Dios se desarma ante un alma piadosa que invoca Misericordia para sus hermanos, cuánto más aún si el acto de amor es llevado hasta el extremo. Conocemos las vidas de santos que han detenido la destrucción del mundo con sus oraciones, y profetas que han llegado a enfrentar al mismo Creador por caridad a su prójimo.

Para el sacerdote, la intercesión mediante la oración, no solamente es una herramienta confiable para crecer en santidad, sino que a la larga es un gran testimonio que le ganará luego la fuerza ante el pueblo para defender las cosas de Dios. “Sólo quien ha defendido al pueblo delante de Dios y ha llevado el peso de su pecado, tiene el derecho - y tendrá el coraje -, después, de exclamar contra éste en defensa de Dios.”

Lo que el Padre Raniero Cantalamessa nos presenta a través de este modelo de sacerdote como “hombre de oración”, bien debiera ser considerado por todos los laicos que se sienten comprometidos con Dios y con su Iglesia, y que trabajan para Él en algún movimiento de apostolado o en la parroquia. Y si en algún momento se siente que este modelo presenta demasiada exigencia, en lo que parece “inalcanzable” para el ser humano común, Cantalamessa nos invita a recordar lo que San Pablo nos asegura, y que mencionamos en el principio de esta nota: "El Espíritu Santo viene para rectificar nuestras debilidades".

“Con el valor que nos pueden dar estas palabras –concluía el predicador de la Casa Pontificia— nosotros podemos comenzar cada mañana nuestras oraciones diciendo: ‘Espíritu Santo ven a ayudarme a enfrentar mis debilidades. Hazme rezar. Ora tú a través de mí, con gemidos indescriptibles. Yo digo Amén y sí a lo que tu pides para mí al Padre, en el nombre de Jesús’.”

[^] Volver Arriba

[<] Regresar