Ite, Missa Est. “Vayan, la Misa ha terminado”

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Con estas mismas palabras, conclusivas de la Liturgia, te presentamos el final de esta serie de artículos, que a lo largo de 6 números de Jesucristo Vivo, nos han permitido analizar, con cierto grado de detenimiento, la celebración central de nuestra fe: la Santa Misa.

Pero antes de revisar los ritos finales de conclusión y de despedida, plantearemos una breve reflexión sobre el Santo Sacrificio, de tal manera que podamos reforzar algunos conceptos, para poder cumplir mejor con el objetivo que había orientado nuestro esfuerzo a lo largo de esta serie: Que el lector pueda aprovechar al máximo los dones y bendiciones que Dios concede al hombre y a la mujer de hoy a través de cada Santa Misa.

Finalizando ahora el repaso completo de la Misa, tendremos una visión profunda y clara de lo que sucede cada vez que nos acercamos al Banquete del Señor, y uniéndonos a la peregrinación de todos los fieles de la Iglesia, comulgaremos haciéndonos uno en (y con) el Cuerpo y la Sangre del Redentor.

A partir de ahora ya no será sólo el Canon de la Iglesia, los libros inspirados o las meditaciones de los Santos o de nuestros pastores, los que nos “indiquen” las formas y significados de los ritos. Con todas las orientaciones recibidas, la mayor “revelación” que obtengamos de este Sacrificio será en cierta medida el fruto de nuestra meditación constante sobre el Misterio Divino; sobre el milagro de la “encarnación” de Jesucristo en cada Eucaristía.

De esta manera sentiremos también la urgencia de compartir esta “epifanía personal” (esta manifestación de Dios a cada uno de nosotros) con los otros, para que ellos también puedan gozar a plenitud de la gracia de Dios.

En efecto, descubrir a Cristo vivo en su Palabra, vivo en los gestos del celebrante, pero por sobre todo vivo en el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad que se nos entrega como alimento en la Sagrada Forma, es una epifanía maravillosa para cada uno de nosotros. Somos testigos de un milagro real, vemos una Iglesia unificada en el Amor de Dios, que quiere celebrar la elección permanente que Él hace de cada uno de nosotros, para ser sus hijos, sus amigos, sus compañeros...

Pero este gozo particular no se puede quedar en lo personal. El descubrimiento de ese tesoro extraordinario no puede servir sólo para el regocijo propio, sino que más bien debemos compartirlo y extenderlo a todo el pueblo de Dios.

Al decir esto no sólo hablamos de la obvia misión de todo cristiano, de difundir la Palabra del Señor, sino que nos referimos a la necesidad que tiene el hombre de hoy de reencontrar el sentido de los ritos, de revalorizar también el proceso de “enamoramiento” que significa esa doble búsqueda: la del hombre a su Dios y la de Dios a su criatura; búsqueda que concluye con un abrazo de amor a través del encuentro con la Sagrada Eucaristía.

La “relación directa” con Dios no necesita de ritos aburridos

Efectivamente, muchas personas se jactan de tener una “excelente relación directa” con Dios, de considerar a Jesús un “buen amigo”, con quien supuestamente cada uno de ellos interactúa “a su manera” y así encuentra “lo que necesita” en términos espirituales...

Sin embargo, al ir descubriendo los tesoros que están escondidos detrás de los ritos, en la liturgia de nuestra Iglesia, vemos que no podemos actuar de manera tan insuficiente y mediocre, perdiéndonos una enorme cantidad de enseñanzas, rechazando un camino de encuentro con Dios que, si bien con cierta rebeldía puede pensarse que “no es el único”, tenemos la certeza de que es un camino seguro, probado, y verdaderamente enriquecedor y maravilloso para los ojos y los oídos atentos.

Pero este camino debe de ir descubriéndose paso a paso, diariamente, como fruto no sólo de la lectura, sino de un espíritu atento, dispuesto a analizar cada instante de la Misa, pero ya no desde el aspecto exterior de las cosas que suceden en ella, sino desde el interior, mirando en profundidad, analizando cada gesto y cada palabra, recordando al célebre autor de “El principito”, quien decía que “lo esencial es invisible a los ojos”, pues sólo puede verse con los ojos del corazón.

Así no sólo estaremos en condiciones, sino que tendremos la urgente necesidad de expresar nuestra admiración y eterno agradecimiento al Creador por habernos propiciado la salvación, a pesar de la tozudez habitual del hombre, de caminar en sentido contrario al señalado por nuestro Dios.

Para vivir el Sagrado Misterio debidamente, debemos comenzar por recordar que el pecado es siempre mortal, por más venial que lo pintemos, y que Cristo, a través de los sacramentos, nos da el perdón, y por medio de él la oportunidad de salvar el alma del fuego eterno. Démonos cuenta de que esto no es poco ni es pequeño. Sucede a menudo que de tanto escuchar una misma frase, ésta va perdiendo fuerza hasta llegar a la costumbre, y por esa vía llega a perder su significado.

Es probable que sea esto lo que lleva al hombre a descreer del milagro único que sucede en cada Misa; a pensar que por sus propios medios y en soledad, por el sólo hecho de “no haber matado a nadie”, al menos en sentido literal, puede encontrarse con Dios y disfrutar en plenitud de su presencia, estando en cualquier lado; o yendo a la Iglesia “cuando le nace”, pero no “para pararse, sentarse o arrodillarse cuando lo dice el padrecito”.

Dios se plantea para estas personas como un empleado, cuya tarea y casi “obligación” es la de entender, ayudar y perdonar (en el caso de que reconozcan haber hecho algo alejado de lo que manda Dios, lo cual es poco frecuente para ellos).

Cuando no han roto del todo la ligazón con la Iglesia, y al menos asisten de vez en cuando al sacramento de la Reconciliación, pensarán: “De qué me preocupo, si al final, me rezo unos padrenuestros, me confieso así, con un curita al que ni voy a volver a ver, y me aguanto la misa desde el Evangelio… -para que me valga- y listo, ya estaré tranquilo. En todo caso, si vuelvo a cometer ‘alguna travesura’ empiezo de nuevo...” Como decía un sacerdote en tono de broma: “así, está claro que la misa les vale... les vale gorro...”

¡Qué poco consideramos a Dios, y qué fácil es “inventarse” una religión que no obligue, que no incomode y que se la pueda practicar por el camino placentero y fácil! Confesarse “directamente” con Dios, tenerlo como a un “amigo” personal al que tarde, mal y nunca le hablamos, al que nunca le pedimos perdón y de vez en cuando le decimos gracias...

Acordarse de entrar a la Misa (la mayoría de las veces tarde) sólo cuando se tiene problemas para pedirle a ese “amigo” que solucione las cosas, y “ahora sí” arrodillados, golpeándose el pecho y recurriendo a la Eucaristía como lo manda la Iglesia, como si se tratase de un acto de magia, capaz de conjurar algún embrujo y así mejorar las cosas.

Esa es la manera de ver la religión de muchos de los “amigos directos” de Dios. Esa es la manera de relacionarse con su Creador de quienes a veces caemos en el grupo de los “tibios” a los que tanto rechazó Jesús.

Un célebre pensamiento dice: “quien no vive como piensa, termina pensando como vive”. Si yo digo que creo en Dios, me llamo católico, pero no vivo conforme a lo que indica mi religión, terminaré siendo un ateo práctico... Es decir, ni viviré como creyente, ni tendré razones para explicar mi falta de fe. ¡Y lamentablemente así vive la mayoría de los católicos!

Por eso resulta común escuchar los testimonios de algunos hermanos separados nuestros, que habiendo sido bautizados en nuestra fe terminaron engrosando las filas de alguna secta: “Cuando era católico, fumaba, bebía, golpeaba a mi mujer...” No es necesario que digan más: está claro que fueron pésimos católicos, y que seguramente no vivían con la frecuencia y con la disposición de ánimo necesaria la Eucaristía... Que iban a la Misa a pararse y sentarse cuando tocaba, a escuchar a medias y pensando en cualquier cosa lo que se decía... a quedarse en fin con lo meramente externo de la Liturgia que, correctamente vivida, es el principal instrumento de nuestra Salvación.

Comprender los ritos significa recuperar el valor de lo ceremonial, de la reverencia que amerita lo sagrado, sacar provecho personal de la tradición, que fue cuidadosamente estudiada y establecida para dar a Dios el lugar que le corresponde y tratarle de la manera adecuada; para darle el culto que se merece; para decirle exactamente lo justo y lo necesario, y del modo más apropiado.

Seguir paso a paso la Misa, viviéndola con el corazón, con el alma y el espíritu. Pensando lo que decimos, meditando lo que vemos y tomando conciencia de aquello en lo que participamos, es mostrar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo que no nos han elegido en vano. Que no fue vana la Creación, la Encarnación de Dios en Jesús y todo lo que hizo para reconciliarnos con el Padre. Es dar el valor que se merece a su Pasión, a su Muerte y a su Gloriosa Resurrección, a través de las cuales nos abrió las puertas del Paraíso para toda la eternidad.

Seguir viviéndola mediocremente nos hará recordar las palabras de Jesús: “¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida!, porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, haría ya tiempo que se hubieran arrepentido cubiertas de saco y ceniza. Pero os digo que en el día del juicio habrá más tolerancia para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿crees que te vas a elevar hasta el cielo? ¡Hasta el abismo te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros realizados en ti, duraría hasta el día de hoy. Pero os digo que el día del juicio habrá más tolerancia para Sodoma que para ti”. (Mt. 11, 21-24)

El Rito de Conclusión

Luego de la reflexión anterior podemos entrar en el tema que nos toca para finalizar nuestro repaso de la Santa Misa. En el anterior número habíamos llegado hasta el momento de la comunión. Habíamos hablado del proceso interior que vive la persona que se acerca a comulgar, y la forma maravillosa en la que Cristo llena los corazones con su gracia.

Que Dios actúe milagrosamente cada día convirtiendo el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre es algo grandioso; pero que nos visite interiormente, que se haga uno con nosotros de una manera tan suave, tan fina, tan delicada, es realmente un misterio extraordinario que cuesta entender, y que por ello mismo cuesta a veces demasiado valorar en toda su magnitud.

Darse cuenta de que ese Dios que creó el mundo, ese Dios todopoderoso, ese Cristo que hizo tantos milagros, ese Cristo que fue capaz de morir en una cruz, ahora está dentro de nosotros, a pesar de lo que cargamos, y está vivo en nuestro corazón después de recibirlo en la comunión, es realmente –como decíamos- una epifanía maravillosa; una manifestación personal de la Gloria de Dios.

Son cosas que creemos, pero que nunca lograremos entender y valorar suficientemente en toda su trascendencia. Nunca podremos expresar en su totalidad lo que realmente significa la comunión, pero sí podemos asomarnos ligeramente a ese misterio conociendo los frutos que esa venida de Cristo produce en nuestra alma.

Si ya por el bautismo somos hijos legítimos de Dios, con la comunión nos unimos íntimamente a Él. Nuestro cuerpo, nuestra vida, se hacen en esos momentos uno con el cuerpo y la vida de Dios. Igual que Dios está en el cielo, así Dios está en nuestro interior.

Y como es de imaginar, ese Dios que ahora habita en nuestro interior no puede dejarnos igual que antes. Cada comunión nos ayuda a mantener, a renovar y acrecentar la gracia que recibimos de Él. Cada día nos vamos asemejando más a Cristo, cada día Él va trabajando y transformando el alma... si le dejamos obrar.

En la vida espiritual es necesaria la lucha y el esfuerzo personal para superarnos en la virtud y encauzar los defectos del temperamento y las pobres inclinaciones y fragilidades humanas. Pero más importante es reconocer con humildad que es Cristo, cada día en la comunión, quien transforma nuestra vida. Es Él quien logra que nosotros seamos mejores. Así, después de algún tiempo, aquella dificultad que nos resultaba imposible de vencer, nos cuesta ya menos sacrificio, aquel “imposible” ya no lo es tanto; aquel pecado frecuente está menos enraizado. Ha sido Dios que ha transformado el alma a través de la comunión.

Después de la Comunión

El sacerdote reza la Oración para después de la Comunión, que resume los sentimientos expresados durante el gran silencio, con el deseo de que la gracia de Dios recibida en la Eucaristía permanezca en nuestra vida ordinaria y nos lleve a la vida eterna.

Encontramos palabras acordes tanto en la Antífona de la Comunión como en las oraciones que el sacerdote eleva a Dios.

Antes de dar por terminada la Asamblea, es común que los celebrantes, sobre todo en las parroquias, hagan anuncios pastorales o avisos parroquiales. Créase o no, éste es un momento muy significativo dentro de la Liturgia.

El hecho de que los anuncios parroquiales se hagan antes de la bendición final y la despedida, no significa que la Iglesia quiera “obligar” a los participantes a escuchar su pequeña “tanda publicitaria”, ya que todos quieren recibir la bendición del sacerdote. El verdadero significado de que así haya sido planteado es que toda la vida comunitaria de la Iglesia forma parte de la Liturgia vivida y resumida en la Santa Misa.

Así como durante los 45 minutos que duró la celebración vivimos en comunidad y participamos de los ritos y cánones establecidos para el Santo Sacrificio, del mismo modo estamos llamados a participar también de la vida comunitaria en nuestra parroquia. Allí se anuncian cursos de catequesis, fiestas y actividades locales, matrimonios, bautismos y primera comunión, etc.

En realidad, todos los parroquianos deberíamos estar muy interesados en hacer de nuestra parroquia una institución fuertemente activa, con objetivos claros de crecimiento espiritual para la colectividad, de apoyo a los enfermos, a los desempleados, a los ancianos y a las personas más necesitadas en general; en fin, todo aquello que pueda apuntar a mejorar las condiciones generales de vida de esa comunidad y que, como Iglesia, consideramos necesario atender, para progresar, para ofrecer un futuro mejor a las generaciones venideras, y en particular a nuestros hijos. Si el esfuerzo fuera en conjunto de todos y cada uno de nosotros –lo cual muy rara vez ocurre- los resultados serían impresionantes.

Bendición y Despedida

A continuación el celebrante da la bendición. La bendición nos garantiza la compañía y la benevolencia de Dios durante toda la jornada, de forma tal que nuestros actos quedan como consagrados a su servicio. Debemos recibir la bendición con nuestra alma dispuesta al combate espiritual, dispuesta a realizar en la vida lo que se ha celebrado en la fe.

La bendición impartida por el sacerdote es la bendición de Dios, recibida de quien actúa “In Persona Christi Capitis”, es decir, personificando a Cristo mismo. Jamás caigamos en la tentación de pensar que es la persona del celebrante quien nos bendice, ya que perdería entonces el significado real de la gracia recibida.

Diariamente recibimos la bendición de nuestros padres, de nuestros amigos cercanos o de nuestra pareja. Es una bendición que conlleva el amor filial de quien nos tiene cariño. Sin embargo, en virtud del Sacramento del Orden, el sacerdote nos hace llegar la bendición que Cristo dio a sus apóstoles para ser transmitida a todo el mundo. Mucho más en la Misa, en la que se hace presente la Santísima Trinidad para actuar en el celebrante. No es, por lo tanto, tan significativa la bendición de un sacerdote en cualquier otro momento como lo es al concluir la Santa Misa.

Finalmente dice a los fieles: "La Misa ha terminado, pueden ir en paz”. Así termina el sacrificio de Cristo y comienza el nuestro, que consistirá en prolongar la vida de Cristo en nosotros durante toda la jornada, por la vivencia fiel de nuestros compromisos y por el afán apostólico de invitar a otros a compartir esta vida. Nuestro sacrificio será rechazar todo lo que nos aleje de ese propósito, aunque sea algo medianamente aceptable, pero no muy conveniente.

Las palabras con las que el celebrante concluye la ceremonia, han sido un punto fuerte de análisis y desarrollo intelectual. Originalmente se utilizaba la fórmula en Latín: “Ite, missa est”, que literalmente significa: “vayan, hemos llegado al final”.

El vocablo latín “missa” significa llegar al final, a la conclusión o dimisión de las actividades realizadas en los ámbitos generales de la vida común. Aplicada a la reunión de la asamblea de creyentes durante las primeras celebraciones eucarísticas, se entiende que con ella se daba por terminada dicha asamblea.

Pero también debemos revisar la etimología completa del vocablo. Missa proviene del latín mitto, que significa enviar, despachar, enviar como regalo, arrojar; verter; completar con... También significa: dejar ir, soltar, entregar; dimitir (de dimisión), descargar; concluir...

La palabra mitto se conjuga mitto, mittere, misi, missum ó missa, de donde proviene el nombre de nuestra Celebración Eucarística.

Leamos lo que nos enseña nuestro Papa sobre esta elección de palabras para dar por concluida la celebración:“Las  palabras "ite, missa est", antes del cristianismo, constituían sólo una fórmula para decir: “se disuelve la asamblea", "hemos concluido". La liturgia romana eligió estas palabras tan sobrias para decir: “nuestra asamblea ha concluido". Luego, poco a poco, fue cobrando un significado más profundo. Para la antigua Roma sólo quería decir: “hemos concluido". "Missa" significaba "dimisión". Ahora ya no significa "dimisión" sino "misión", porque aquí no se trata de una asamblea técnica, burocrática, sino de estar juntos con el Señor que toca nuestro corazón y nos da una nueva vida”. (Palabras del Papa Benedicto XVI al final de la comida con los Padres  Sinodales. Sábado 22 de octubre de 2005)

Estas últimas palabras del sacerdote nos vuelven a poner en el mismo lugar en el que habíamos iniciado nuestra vida como hijos de Dios. Con el Bautismo inauguramos nuestra vida en la Iglesia (Ver artículo sobre el Bautismo en Jesucristo Vivo Nº 11, pág. 32), e iniciamos una vida de misión: difundir el Evangelio a todos nuestros hermanos, constituirnos en activos evangelizadores e instrumentos de Dios.

Pues bien, acabamos de recibir al Jesucristo en persona, a través de la comunión, y acabamos de proclamar nuestra fe como cristianos, hijos de Dios. Es ahora que la Iglesia nos envía a esa misión, así como Cristo envió a  sus discípulos antes de ser elevado a los cielos.

La celebración de la Eucaristía hace que los que comulgan se constituyan en testigos del Señor en el mundo. Allí donde aman, trabajan, se recrean; en una palabra, en los gozos y sufrimientos de la vida cotidiana. Allí se sigue ofrendando la vida como Cristo: cuerpo entregado y Sangre derramada por la salvación cotidiana de la humanidad.

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