La Resurrección del Señor

.

Realizando la investigación previa para la redacción de este artículo, encontramos en un foro de Internet la siguiente opinión: “No es importante si Cristo resucitó o no. Lo importante es su vida, sus enseñanzas como maestro”; un pensamiento verdaderamente representativo de la cultura dominante actual.

Y es que con el relativismo reinante, hoy en día nada tiene una importancia del “todo o nada”, nuestra sociedad es infinitamente tolerante, sobre todo en lo que se refiere a las opiniones religiosas, aunque muchas veces estén orientadas a desacreditar frontalmente al catolicismo. Por ello, no tiene nada de raro pensar que la Resurrección de Cristo es una historia bonita y llena de “enseñanza espiritual”, pero ¿para qué empañarla preocupándose por su realidad literal?

De esta manera, se pierde toda la belleza, la riqueza, la trascendencia del hecho más importante y significativo para la raza humana: la concreción de todo lo que estaba escrito en el Antiguo Testamento, el cumplimiento de las profecías y de una promesa hecha por Dios, hacía varios siglos; la realización de la salvación de los hombres, la apertura definitiva de las puertas del cielo para los hombres y mujeres de buena voluntad...

La Resurrección de Cristo es la prueba palpable de que Él es el Dios Vivo, Verdadero, Inmutable y Eterno, ya que está por encima de lo que nunca nadie había logrado jamás: ¡Venció a la muerte, de una vez y para siempre!

Pues si bien las Sagradas Escrituras nos cuentan de varias resurrecciones, éstas siempre sucedieron con la intervención de alguna otra persona. Cristo es y será siempre el único hombre que resucitó por voluntad propia, por ser Dios Verdadero, y por su majestad sobre la vida y sobre la muerte,

Todas sus enseñanzas, su pasión y su muerte, adquieren sentido redentor en su Resurrección. Jesús Resucitado es la única persona que puede decir con sencillez y veracidad “Me ha sido dado todo poder sobre el cielo y la tierra” (Mt 28,28), y al haber demostrado de esa manera que es un Dios Vivo e inmortal, puede aseverar también que sus preceptos, su enseñanza y su vida, son inmutables, y no están sujetas a ningún supuesto “desarrollo” humano, ya que Él es el Dios de ayer, de hoy y de siempre. Con ese poder funda su Iglesia universal, al enviar a sus discípulos a predicar sus enseñanzas y bautizar al género humano.

Lo dice claramente San Pablo en la Primera Carta a los Corintios (15:12-14), "Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe”.

Veamos esto con algún detenimiento; si Cristo no resucitó, “vana es vuestra fe”. ¡Y cuánta razón tiene Pablo al afirmarlo de manera tan contundente!: Para empezar, resultaría un absurdo, creer en un dios (o peor aún, en un profeta) muerto hace dos mil años, por más sabio, bueno, inteligente y talentoso que éste hubiera sido.

Los católicos, adoramos a un Dios Vivo, presente en cada uno de los detalles de nuestras vidas. Un Dios, que siendo nuestro Padre, Creador, Redentor y Santificador, nos puede asegurar que se hará realidad su promesa en nuestro último día.

Creemos en un Dios, que comparte nuestro día a día, oculto en los tabernáculos del mundo entero desde que Él mismo dijo “Éste es Mi Cuerpo…”, y que renueva su sacrificio del Calvario permanentemente, a través de la Santa Misa, para servir de alimento a nuestros cuerpos y a nuestras almas.

La prueba histórica de su resurrección
Las posturas “modernas” de descreimiento e irreverencia ante la verdad de la Resurrección de Cristo, se asumen hoy en día con la sensación de estar “descubriendo un gran engaño, urdido desde hacen muchos años por un grupo de manipuladores que crearon ese mito en busca del poder”, sin embargo, basta con ver la historia de los primeros católicos, para darse cuenta de que sí Jesús resucitó, y de que se manifestó vivo y glorioso a la vista de muchos... No olvidemos que la gran mayoría de ellos, empezando por los Apóstoles, fueron perseguidos y martirizados por sostener y difundir sus creencias... ¿Qué tipo de poder o privilegio era el que buscaban, que tan “mal” terminaron sus días?

Veamos entre ellos a Pedro, que lo negó tres veces, Tomás, que por la razón se negó a creer y termino gritando “Señor mío, Dios mío”, y al mismo Pablo, con su milagrosa ceguera que le llevo de perseguidor a perseguido... Todos cambiaron sus vidas drásticamente ante la evidencia que palparon perfectamente de Cristo resucitado, y dedicaron por completo sus vidas a predicar la doctrina de la salvación, que como un bálsamo de esperanza aún resuena en el mundo descreído y lastimado por tantos siglos de injusticia.

No olvidemos, por ejemplo, que la Roma del primer siglo estaba fuertemente influenciada por las escuelas filosóficas griegas, de profundes raíces racionalistas (y en muchos casos materialistas), y además contaba con sus propios dioses, intensamente arraigados en su sentir nacional y en su orgullo de pueblo dominador del mundo. Pues bien, hablar a los romanos de un Dios nacido en la ínfima aldea de Judea, muerto en una cruz, luego resucitado y ascendido al cielo, les parecía un cuento totalmente ridículo.

Sin embargo, fueron cientos los romanos, además de muchísimos griegos, que oyendo a Pedro, a Pablo y a los demás apóstoles contar sus testimonios y sus prédicas, no solo se convirtieron, sino que soportaron persecución, cárcel, torturas y martirios espantosos, con una alabanza en sus bocas y la mirada puesta en el cielo. Y desde esa época, miles y miles de creyentes han sido martirizados en todo el mundo y en todas las épocas, incluyendo la nuestra.

Sin Cristo resucitado y vivo, la fe cristiana hubiera desaparecido al pie de la misma Cruz, a las tres de la tarde del Viernes Santo. ¿Quién se habría dejado llevar a los leones cantando, sin estar absolutamente convencido de que ese Dios Vivo lo esperaba al otro lado?

La Resurrección es pues, el hecho más importante para los cristianos. Es la prueba palpable de todas las palabras de Cristo a lo largo de su vida, es la concreción real y patente de la trascendencia de nuestra vida y de la vida futura que viviremos en Cristo mismo, junto al Padre Creador de todas las cosas.

Los cristianos de hoy, no lo hemos visto como lo vieron Pedro, Tomás o Pablo. Eso es cierto... También es cierto, que (a excepción de la Sábana Santa,  -para nosotros- prueba irrefutable de la Resurrección del Señor, y de las veces que hayamos podido “sentir” a Cristo en nuestras vidas) no tenemos ninguna otra “prueba” que poder esgrimir ante un jurado, pero tampoco la necesitamos.

Los cristianos creemos en la resurrección de Cristo, sobre todo, por el testimonio que el mismo Espíritu Santo pone en nuestro corazón, deseoso de amar y ser amado por ese Dios que es, en sí mismo, el Amor. Desde esa perspectiva, nuestra fe no está basada en la historia, sino en el Dios que hace la historia. La fe cristiana es, por naturaleza, la fe en la resurrección, ocurrida hacen dos mil años, del Primogénito de Dios, y por sus méritos y su infinita misericordia, resurrección futura también de todos nosotros, como herencia de amor.

Cristo, con su pasión, su muerte y su resurrección, abrió para el hombre las puertas del cielo. La salvación está al alcance de nuestras manos. Él lo hizo todo de nuevo, ahora nos toca a nosotros la tarea de seguirlo, imitarlo y amarlo, para poder un día, más o menos lejano, gozar con Él de las delicias de su Reino. ¿Estamos haciéndolo del mejor modo que podemos?

Si en este mismo instante llegara ese momento del que no hay retorno… ¿estaríamos preparados para encontrarnos con Él?

[^] Volver Arriba

[<] Regresar